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1) Noción general de la Iglesia

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Como muestra la historia, el tratado de la Iglesia es de origen más bien reciente.

  • Hasta la baja Edad Media en Occidente y hasta la época moderna o contemporánea en Oriente, sería difícil encontrar un tratado sistemático sobre la comunidad de los discípulos de Cristo, comparable, p. ej., al de la Trinidad, de la Encarnación o de la Gracia. La realidad eclesial era plenamente vivida por el cristiano, pero no se sintió la necesidad de una sistematización científica.
  • Fueron las controversias en los países latinos con los precursores de la herejía protestante y, sobre todo, con los mismos protestantes, las que suscitaron la elaboración de un tratado autónomo De Ecclesia. Al principio, los puntos de vista apologético y dogmático se encontraban frecuentemente mezclados, pues los interlocutores no eran incrédulos, sino cristianos separados del catolicismo que constituían comunidades a las que se debía calificar generalmente de cismáticas o heréticas; contra éstas no había necesidad de demostrar el origen divino, el primer desarrollo y el fin de la asociación de los fieles de Cristo; la discusión principal se centraba en la cuestión de saber en dónde se encontraba la verdadera Iglesia de Jesús. Así se explica la célebre «definición» de S. Roberto Belarmino: «La Iglesia es la sociedad de los hombres unidos por la profesión de la misma fe cristiana y la participación en los mismos sacramentos, gobernados por los pastores legítimos y, sobre todo, por el único Vicario de Cristo sobre la tierra, el Papa de Roma» (Controversiae, 11,3: De Ecclesia militante, ed. Cologne 1619, 108). Como puede verse, todas las condiciones enumeradas hacen referencia a factores externos y visibles; no son mencionadas la finalidad de la Iglesia y la gracia.
  • La presencia de nociones religiosas básicas generalmente aceptadas y vividas en el mundo de los creyentes bastaban por otra parte para orientar el pensamiento fundamental. Cuando en el s. XVIII y, sobre todo, en el XIX se hizo cada vez más predominante el racionalismo deísta, se hizo urgente organizar la defensa y redactar en consecuencia un tratado apologético basado en la historia y el raciocinio; de ello resultaba la existencia y la credibilidad de la sociedad fundada por Cristo; temas muy importantes pero que no conducen más que al umbral de la fe y de la teología dogmática explicativa. Esta disciplina -la teología dogmática- no se ocupa solamente de lo que la Iglesia nos propone para que lo creamos, sino también de la Iglesia misma. En otras palabras, no se la considera únicamente como órgano de enseñanza, sino, sobre todo, como objeto de fe e instrumento de salvación. Ahora se comprende por qué el Conc. Vaticano II se ha hecho la pregunta siguiente: «Iglesia, ¿qué dices de ti misma?». La primera preocupación no es, por consiguiente, buscar una definición estricta de la Iglesia siguiendo un método metafísico, sino describir esta parte del contenido del mensaje evangélico que se refiere al organismo instituido -por el Salvador para continuar su obra.

Una descripción de este género depende exclusivamente del enunciado de las fuentes de la Revelación; ahora bien, ésta no es un conjunto de proposiciones teóricas que podrían servir de premisas para deducir de ellas conclusiones cada vez más detalladas; la Revelación es el anuncio de la salvación y, al mismo tiempo, su realización, siempre que medie la libre respuesta de los hombres. Contiene ciertamente afirmaciones nocionales, sin las cuales no llegaría hasta nuestra facultad intelectual y nos dejaría en la ignorancia de lo que se nos da y de lo que se nos exige; pero hace más que eso: si la aceptamos, transforma nuestra vida, nos da la libertad de los hijos de Dios, nos hace practicar la caridad divina y pone en tensión nuestras energías para conducirnos a través de nuestra vida terrestre al término de la bienaventuranza eterna. Ninguna verdad humana, por elaborada que esté, es capaz de obtener un resultado semejante, que trasciende todos los límites creados, para sumergirnos plenamente en el «misterio» del Padre celestial. He aquí la razón por la que siempre será imposible dar de la Iglesia una definición exhaustiva y que satisfaga completamente nuestro espíritu; será siempre de naturaleza analógica, pues implica inevitablemente un elemento divino. Ahora bien, la analogía entre Dios y la creatura, según el IV Conc, de Letrán, contiene siempre más desemejanza que semejanza (Denz.Seh. 806); por consiguiente, hasta el momento en que aparezca la luz perfecta, la naturaleza profunda de la Iglesia permanecerá como un centro luminoso ciertamente, pero velado y rodeado de sombras; es imposible en consecuencia hacer translúcida totalmente para una persona incrédula esta noción que es al mismo tiempo una realidad dinámica.

  • Entre las dos guerras mundiales la expresión más usada para describir la Iglesia, se encontró basándose en la lectura de S. Pablo. El Apóstol nos habla un número impresionante de veces de la Iglesia como del Cuerpo del Señor. La imagen era fecunda y progresivamente S. Pablo había puesto en evidencia sus diferentes aspectos. Insistió en primer lugar en el tema de la solidaridad de los miembros en una sola corporación, observando, sin embargo, que en el caso presente «el cuerpo eclesial» se constituye a partir de los sacramentos, lo que no encuentra equivalente en el dominio civil; además, con un verdadero enriquecimiento de la analogía, Cristo es Cabeza o Jefe de la Iglesia, no sólo a título de órgano directivo, sino superando la idea de poder, como centro y fuente de vida deífica, comunicando su plenitud a los elegidos de su Padre (cfr. Const. Lumen gentium, 7). No se podrá agradecer suficientemente a Pío XII su enseñanza a este respecto en la enc. Mystici Corporis (29 jun. 1943), en la que defendió esta presentación contra ciertos teólogos que o bien estaban apegados demasiado ansiosamente a un pasado reciente, o bien se inclinaban a las novedades peligrosas, sobrepasando o falseando, por otra parte, la perspectiva paulina.
  • Entretanto las investigaciones teológicas no cesaban y los exegetas más atentos se daban cuenta de la multiplicidad de las figuras que en el N. T. ilustran la Iglesia. Más todavía, han observado que S. Pablo no partía en el fondo de la idea de la Iglesia Cuerpo de Cristo, sino, en general, de la del Pueblo elegido del A. T., transformado en la Nueva Alianza en Pueblo Nuevo, definitivamente en ruta hacia la Ciudad permanente y disfrutando ya de las primicias del Reino (cfr. L. Cerfaux, o. c. en bibl.). Ciertamente, el Apóstol hace notar que esta multitud constituye de una manera misteriosa el cuerpo de Jesús, lo que no podía realizarse en la antigua Economía, pues aún no había tenido lugar la Encarnación. Pero si hoy día hemos sobrepasado el tiempo de la promesa (y el de la esclavitud) para disfrutar ya de la prenda de la vida divina, sigue siendo verdad que esperamos todavía nuestra redención completa.

La descripción de la Iglesia como Pueblo de Dios en marcha posee la ventaja de poner bajo nuestros ojos un conjunto organizado de personas individuales, llamadas cada una por su nombre y comprometidas en un arduo peregrinaje, pero con la certeza de llegar al término. La noción está sacada del mensaje del N. T.; está comprometida en la historia, a la que supera por otra parte, y hace el equilibrio entre el personalismo y el espíritu comunitario; es portadora de energía espiritual y arrastra a todo el mundo sin distinción; no se la puede restringir solamente al laicado, también la Jerarquía forma parte integrante del Pueblo de Dios; tampoco se puede reservar el nombre de Iglesia para el clero, también los laicos son miembros de pleno derecho. La Const. Lumen gentium observa rigurosamente esta interpretación que identifica concretamente la Iglesia y Pueblo de Dios.

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Written by rsanzcarrera

julio 11, 2009 a 5:03 pm

Publicado en Teología

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