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2) Algunos rasgos característicos de la renovación de la eclesiología

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Por la luz que aporta el tema y la importancia de quien lo dice, voy a poner este post del Card. J. Ratzinger (hoy Benedicto XVI), de una Homilía pronunciada en el seminario de Filadelfia (EE UU) el 21 de enero de 1990 (tercer domingo per annum).

Los rasgos principales que configuran la imagen de la Iglesia pueden enumerarse de diversas maneras. El Conc. Vaticano II ha subrayado sobre todo las siguientes características.

  • a) Siguiendo el consejo de Pío XII en la enc. Humani generis (Denz.Sch. 3886), Juan XXIII, en el discurso inaugural del Concilio (11 oct. 1962), exhortó vivamente a los Padres conciliares a que rejuvenecieran su fe al contacto inmediato con las fuentes de la teología. La Teología empieza desde el momento en que un dócil oyente de la Revelación se pone a reflexionar sobre el anuncio que Dios mismo le hace llegar. La palabra de Dios no queda suspendida en el aire: es dirigida a personas que viven en un determinado medio. La primera generación que ha escuchado la voz de lo alto ha trasmitido fielmente lo enunciado; para darnos cuenta de su contenido y de sus matices, debemos descubrir lo más exactamente posible lo que los oyentes primeros han comprendido y lo que han querido trasmitir a sus sucesores, bajo la vigilancia del Magisterio eclesiástico iluminado por el Espíritu Santo. He aquí el método que nos permitirá disfrutar también a nosotros de esta auténtica impresión de novedad que caracteriza a la Palabra eterna, novedad que no agotaremos jamás. La Tradición envuelve por consiguiente a la Escritura a la que venera como inspirada directamente por el Espíritu Santo, pero también esta Tradición es viva.
  • b) Esa verdad salvífica nos alcanza aquí sobre la tierra en donde todo está empeñado en el desarrollo de la historia. El Credo no es una pura enumeración de proposiciones abstractas; cuenta la historia desde el principio de las cosas visibles e invisibles creadas por el Padre; fija en el tiempo la Encarnación, nacimiento y pasión del Hijo (bajo Poncio Pilato), y después la resurrección al tercer día; muestra, por fin, cómo el Espíritu, enviado en Pentecostés, hace que la Iglesia aparezca ante el mundo, la hace progresar y la conduce al término final de la vida eterna.
  • c) En otro tiempo era el no-creyente el que se oponía a su ambiente; hoy, con mucha frecuencia, es el cristiano convencido el que desempeña el papel de no-conformista en medio de la ciudad secularizada. Para ser un verdadero fiel, es necesario hoy día un temple de carácter que trascienda lo vulgar. Más que hasta ahora, tal vez, la personalidad cristiana debe edificarse y hacerse valer: lo que paradójicamente, quizá, exige más que nunca el espíritu comunitario; porque ser una personalidad no significa de ninguna manera encerrarse en el aislamiento sino, al contrario, abrirse a una fraternidad sin límites. Nada de extraño, por consiguiente, que el renacimiento del rico concepto de Iglesia ponga de relieve tanto el compromiso personal como el espíritu de servicio; por otra parte, el uno no va sin el otro; pero no perdamos de vista que si Cristo ha sido perfectamente «el hombre-para-los-otros», es porque era sin ninguna restricción «el hombre-ante-Dios», el Hijo predilecto y amorosísimo de su Padre.
  • d) La Iglesia no desprecia ni el cuerpo ni el universo material; y cuando ha predicado «el desprecio del mundo» es en un sentido bien definido, a saber, la repulsa del mundo malvado, corrompido por el pecado y colocado bajo el dominio usurpado del espíritu maligno. ¿Podrían los santos desestimar el cosmos salido de las manos de Dios y destinado, después de la restauración general, a una nueva existencia?. Cuando se establece una oposición entre la Iglesia y el mundo, es preciso prestar atención. La Iglesia está allí para salvar el mundo pecador por la virtud de Cristo y hacerle partícipe de la bienaventuranza y de la gloria; pero, una vez más, esta transformación, que sobrepasa nuestra imaginación, se opera solamente por la victoria de la fe. Ésta, en cuanto corresponde a la voluntad salvífica de Dios, no excluye a nadie de su perspectiva, a ninguna época, a ninguna región, a ninguna raza, a ninguna condición social. La Iglesia es una sociedad en donde se entra desde los cuatro puntos cardinales y en cada uno de sus cuatro muros hay tres puertas de acceso. He ahí la descripción de la Jerusalén que proviene de lo alto, según el Apocalipsis. No es necesario añadir nada para completar esa descripción, excepto un solo punto: sobre los umbrales de las doce puertas se encuentran grabados los nombres de los doce apóstoles del Cordero (Apoc 21,9 ss.). La ciudad celeste establecida sobre la tierra, la profecía lo dice también, debe crecer y desarrollarse, santificarse cada vez más y extender su amplitud, porque es un ser animado, aun cuando la comparación con una ciudad no evoque directamente todos estos aspectos. Desde este punto de vista, la comparación del cuerpo es más expresiva.

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