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¿Qué es el Hombre?

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Este post es parte del artículo Materia y Resurrección, de D. Manuel Carreira, s.j.

¿Qué es el Hombre?

Como parte del mundo viviente, el Hombre es un organismo con los mismos componentes y funciones básicas de toda la vida en la Tierra.  Su vida vegetativa y sensitiva es equiparable a la de otros mamíferos, incluyendo el proceder instintivo para la supervivencia más elemental del individuo y de la especie.  Como todo ser viviente material, está también sujeto al desgaste, que obliga a la alimentación y continua sustitución de nueva materia en todos los niveles de funcionamiento del organismo.  Como consecuencia, los componentes físicos de cada órgano no pueden mantenerse indefinidamente, y en un espacio de algunos años puede afirmarse que todos los átomos del cuerpo en un momento dado han sido sustituidos por otros que son individualmente distintos.

Como organismo pluricelular, también puede sufrir la pérdida de células completas o de conjuntos de ellas, así como la inserción de otras nuevas. Células que se extraen y cultivan en el laboratorio (por ejemplo, para recuperar la piel destruida en una quemadura) se incorporan al miembro afectado y pasan a ser parte nuestra en igualdad de condiciones con las que no han dejado nunca de serlo.  Injertos de órganos completos tomados de otro cuerpo, incluso no-humano, son parte normal de la experiencia médica de nuestros tiempos, así como las transfusiones de sangre y médula espinal.  Y es también algo común la utilización de elementos no biológicos para sustituir a riñones dañados, huesos, e incluso el corazón, en períodos más o menos largos de una intervención quirúrgica.

En todos estos casos, se mantiene la identidad sustancial del cuerpo humano; tal identidad se afirma también a lo largo de toda la vida, desde la concepción hasta la muerte.  Es claro, como consecuencia, que la expresión “mi cuerpo” no designa un conjunto único e inmutable de átomos o células, sino que indica un modo de considerar a la materia como parte de un Yo de orden superior, aun en el plano de la vida biológica solamente.

Pero en el Hombre se da otro tipo de vida, que  nos especifica dentro del género “animal”.  Somos animales racionales, con actividad cognoscitiva y volitiva motivada por la tendencia universal a buscar Verdad, Belleza y Bien: algo que no se observa en los niveles previos de la escala evolutiva.  El pensamiento abstracto, sea en  Física y Matemática pura, o en Filosofía y Teología, ya no trata de los objetos materiales que impresionan nuestros sentidos.  El Arte, sea literario o plástico, produce una satisfacción nueva por relaciones de orden estático o dinámico que son difíciles de hacer explícitas, pero que se intuyen como el resultado de una inteligencia que escoge y organiza elementos diversos para un fin determinado.  Y del conocimiento de un fin y la elección de medios se deduce también la actividad libre y la responsabilidad, que son el fundamento de toda ética, derecho y estructura social.

Por ser la consciencia raíz y parte del conocer y actuar humano, podemos decir que ella es el carácter distintivo del Hombre: sólo él, en el mundo animal, se conoce a sí mismo como sujeto último de su conocer y fuente de actividad libre.  Esta es la definición filosófica de la Persona.  Y a esta persona se atribuye el conjunto total de lo que somos y hacemos, desde nuestros cambios orgánicos hasta las decisiones más sublimes o culpables.

Porque  la materia en Física se define tan sólo por su comportamiento posible según cuatro “fuerzas” (interacciones: gravitatoria, electromagnética, nuclear fuerte y nuclear débil), si la actividad racional es debida a la materia, debe encontrarse una explicación para ella en una de esas fuerzas o en sus combinaciones.  Esto no es posible sin un salto lógico totalmente a-científico: nada hay en las características de actuación de la materia que lleve consigo la presencia de consciencia, significado abstracto o libertad.  Afirmar lo contrario equivale a suponer una cualidad oculta y desconocida que haría ya conscientes y libres (en algún grado) a las mismas partículas elementales, y no solamente a todos los animales, aun microscópicos. Tal suposición es gratuita e inadmisible.

Es necesario, por tanto, atribuir la actividad que la materia no explica a otro componente del Hombre de orden inmaterial: un “espíritu[1] humano”. Pero si esta dualidad se impone por la estricta lógica del principio de razón suficiente, no es menos clara la evidencia de que el Hombre es uno, y que ambas realidades que lo componen actúan con un influjo mutuo constante que subraya su unidad.  El mismo desarrollo mental de un recién nacido viene condicionado por su cerebro, y por los estímulos sensoriales de su entorno; durante toda la vida, la condición del cerebro es un factor importantísimo para determinar la posibilidad de trabajo intelectual o de verdadera responsabilidad por nuestros actos.  También hay influjos innegables del espíritu sobre el cuerpo: nada es tan nefasto para la salud como una preocupación obsesiva o un sentimiento de culpabilidad y desesperación.

Por ser inmaterial, no puede atribuirse el origen del espíritu a ningún tipo de evolución genética: un emergentismo filosófico estricto solamente es inteligible dentro de un monismo materialista.  Pero tampoco es admisible un espiritualismo que niega realidad a la materia, o la considera como una carga pesada y extrínseca al hombre, de la cual debe librarse el alma definitivamente en la muerte.  Tal dualismo es equivocado en nuestra experiencia íntima, además de ser filosóficamente ilógico. Ni es tampoco compatible con la verdadera fe en la Encarnación, que nos presenta a la muerte corporal de Cristo como el Sacrificio supremo que nos salva, precisamente porque ese Cuerpo santo y divino del Señor sufre la muerte de cruz.   Y sigue siendo el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía el medio maravilloso de su permanencia entre nosotros y el fermento de divinidad que nutre y desarrolla nuestra transformación en verdaderos miembros del Cristo Místico.   No es el Hombre un espíritu encarcelado en la materia, sino una realidad misteriosa en que ambos elementos constitutivos, tan dispares, sin perder su distinción se aúnan en algo de un orden nuevo y único.

Aunque los términos de la filosofía tradicional aristotélico-tomista no son parte del dogma ni tienen que usarse necesariamente, por su importancia histórica y la abundancia de referencias a ellos en la Teología católica, es conveniente conocer su significado: alma y cuerpo son “sustancias incompletas”, de cuya unión se  constituye el Hombre como sustancia completa, porque el alma -espíritu- “informa” al cuerpo.  ”In-formar” es aquí un término técnico, que significa “constituir en un modo de ser determinado”: la materia deja de ser meramente materia, para existir a modo humano, bajo el control del espíritu, y para el bien total del ser completo.

Ambos elementos constitutivos están ordenados el uno para el otro, y hay una dependencia mutua en el comenzar a existir y en el obrar, aunque cada uno tenga su actividad propia.  Por eso la madre que nos da el cuerpo es madre de la persona completa, y la muerte es también muerte de la persona: sólo así es posible entender el hecho central de nuestra fe, que la Persona divina del Hijo se hizo Hombre, que María es Madre de Dios, y que la muerte del Hijo del Hombre en la cruz es redentora por ser un acto de la Persona divina.

Written by rsanzcarrera

octubre 23, 2009 a 3:47 pm

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