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Admirable es el Señor en todas sus obras

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Este artículo es continuación de: Implicaciones teológicas de la física moderna, por D. Manuel Carreira, s.j.

ADMIRABLE  ES  EL SEÑOR  EN  TODAS  SUS  OBRAS

La totalidad de la obra de Dios forma un conjunto armonioso que refleja la perfección del que es esencialmente Verdad, Belleza y Bien.  El orden natural se dirige al sobrenatural en un único plan salvífico que eleva a las criaturas al nivel de existencia y vida de su Creador.  No hay nada que no pueda enaltecerse por esta transformación, excepto la aberración que constituye el pecado y que es el rechazar consciente y libremente el plan de Dios.  En la Encarnación, se ennoblece lo más humilde, la ceniza de estrellas que se preparó durante eones para formar la Tierra y los seres vivientes en ella. En el Hombre, la Imagen de Dios alcanza la identidad con Él en la Persona divina de Cristo, y en Él y por Él se eleva al Padre el himno de admiración y gratitud que resonará eternamente en el coro de cuantos han sido incorporados a Cristo como hijos en el Hijo.

En el Espíritu de Vida se nos vivifica tan profundamente que ya la vida humana participará del modo de existir, conocer y amar de esa Trinidad incomprensible, pero que Dios ha querido revelarnos como barrunto de su realidad más íntima, que es el Amor “que mueve el Sol y las estrellas”, con la frase feliz de Dante. En el no-tiempo de esa nueva existencia nos gozaremos, como Dios, conociendo y admirando todo lo que el Creador ha hecho en todos los tiempos, desde el instante del Big Bang hasta el final previsto por la Cosmología física.

También en ese ahora eterno entenderemos a la materia y a la vida; podremos maravillarnos de su riqueza y de la unión íntima de átomos y espíritu que se da en nosotros. Con la frase atrevida de S. Pablo, “conoceremos como somos conocidos” (1Cor 13, 12).  No es, por tanto, la historia evolutiva del Universo algo descartado como sin importancia, ni para Dios ni para los que con Él y en Él existen.

Como última consecuencia de nuestra fe en la resurrección y pervivencia de todo el Hombre fuera del espacio y del tiempo, encontramos ya una respuesta hermosa y completa al sentido del Cosmos.  Su existencia, con toda su complejidad y derroche de estrellas y galaxias, ha florecido en la materia preparada para que Dios una a ella el espíritu.  El Hombre es la razón explicativa de que Dios cree: no por entretenerse en fuegos de artificio de átomos o estrellas, sino para encontrar en la creación una respuesta personal de adoración y amor, que solamente la criatura racional puede dar.  La infinita generosidad de Dios se extiende hasta la Encarnación y Redención, de modo que somos imágenes de Dios siendo imágenes del Dios hecho Hombre, Cristo Jesús.  “Todo ha sido creado por Él y para Él, y en Él reside toda la plenitud”, como leemos en el hermosísimo himno de S. Pablo en su carta a los Colosenses (Col 1,13-20).

Todo nuestro conocimiento del mundo físico, decía Einstein, es incompleto y pueril, pero para él era “lo más precioso que tenemos”.  Desde la luz de la Fe, no es lo más precioso, pues este calificativo debe reservarse para el conocimiento de Dios y de su Amor, pero sí es algo hermoso y digno de todo aprecio. Conocer la obra de Dios en cualquier aspecto de su grandeza es una labor ennoblecedora, y puede y debe hacerse sin prejuicios ni miedos.

Como ha dicho Carl von Weiszäcker, “El primer sorbo de la copa de la ciencia aparta de Dios, pero cuanto más se bebe de ella, más claro se ve en su fondo el rostro del Creador”. Podemos estar seguros de que ninguna verdad científica será obstáculo para nuestra Fe, y podemos confiar, por el contrario, que nuestro esfuerzo racional de entender lo que creemos -definición clásica de la Teología- se verá estimulado y ayudado por el conocimiento más íntimo de la realidad material.

Nuestro trabajo científico es también un tributo a nuestra grandeza. Al inaugurarse el observatorio de Monte Palomar, en 1948, se dijo –muy acertadamente- que “si el Universo que nos descubre la ciencia es verdaderamente asombroso, más maravillosa todavía es la mente humana, capaz de descubrirlo y entenderlo”.

No ha llegado a término esta tarea, ni podemos imaginarnos lo9s avances que desvelarán niveles cada vez más profundos de la realidad, en lo grande yen lo más pequeño. Pero podemos estar seguros de que ninguna verdad científica será obstáculo para nuestra Fe, y podemos confiar, por el contrario, que nuestro esfuerzo por entender lo que creemos –definición clásica de la Teología- se verá estimulado y ayudado por el conocimiento más íntimo de la realidad material.

Doy gracias a Dios porque me ha permitido conocer un poco su obra, y conocerle a Él en el Libro de la Naturaleza y en el de su Palabra. Los dos modos de conocer se complementan e ilustran mutuamente, y con estas dos alas, la Fe y la Razón, podemos volar cada vez más alto. Jamás nos ha dicho Dios ni su Iglesia que dejemos de pensar, ni menos aún que despreciemos la creación material: quien nos ha hecho racionales, a Imagen suya, no puede exigirnos que dejemos de serlo para acercarnos a Él.

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Written by rsanzcarrera

octubre 23, 2009 a 11:45 am

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