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Evolución biológica hacia el Hombre

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Este artículo es continuación de: Implicaciones teológicas de la física moderna, por D. Manuel Carreira, s.j.

D – Evolución biológica hacia el Hombre

I- El Hecho de la Evolución

No es cometido de la Física el establecer los pasos por los que la materia inanimada da origen a la vida, ni describir las etapas de la evolución de especies hasta llegar al Hombre. Aunque la estructura viviente, organización complejísima de la materia, debe utilizar las fuerzas físicas para su cohesión y actividad, y deben ser cambios materiales en la programación genética los que dan lugar a nuevas formas, la Física moderna no contribuye directamente a solucionar los problemas más profundos: la actividad de autoconservación y desarrollo de cada organismo, el paso de sencillas moléculas orgánicas a la complejidad de la célula, la formación de órganos enormemente especializados, el paso de vida no-inteligente a la vida inteligente del Hombre.

El hecho de la aparición de la vida en la Tierra primitiva de hace unos 3.500 millones de años, y el hecho de su evolución, están bien establecidos y no pueden negarse como datos.  Pero seguimos sin conocer dónde ni cuándo ni cómo apareció el primer ser viviente, y es imposible por ningún análisis químico o clasificación de fósiles establecer si todo el proceso vital es explicable en términos de puro azar o si debemos aceptar una direccionalidad finalística. Es aquí donde un estudio lógico de conceptos puede dar luz que aclare supuestos conflictos entre Física y Teología.

Si la Física comienza su trabajo con la aceptación de cualidades activas en la materia -fuerzas- que sirven como base explicativa de su estructuración a diversos niveles, también la Teología admite que Dios dio a toda la materia, creada por Él, capacidades de actuar: ya en el Génesis se describen las plantas como destinadas a producir fruto según su especie, y esta actividad cuasi-vital es la que sugiere a la ciencia medieval un influjo de la Tierra y los astros en la formación de metales e incluso en las características de cada persona.  Durante siglos se aceptó la realidad de una generación espontánea de organismos macroscópicos bien diferenciados, de tal modo que la materia, dotada por el Creador de estas capacidades, daría lugar a formas vivientes siempre que se encontrase en las circunstancias adecuadas.  Si desde el punto de vista humano tal evolución puede decirse que ocurre al azar en cuanto a las circunstancias concretas de tiempo y lugar, sigue en pie la afirmación de orden y causalidad querida por el Creador y prevista en su realización concreta.

Se aceptaba un influjo del ambiente en características de tipo secundario de los vivientes. Así se suponía una cierta evolución intra-específica que explicaría las diferencias individuales, y que tenía el mismo carácter aleatorio, aunque podría ser manipulada por el hombre, por ejemplo para mejorar el ganado.  Sin datos de observación directa, no era lógico hablar de evolución de especies, y el relato del Génesis parecía ser la explicación correcta de la variedad de vida existente, variedad que nunca traspasa los límites específicos en tiempos asequibles a nuestra comprobación directa.

II- Explicaciones propuestas

Como consecuencia de los trabajos de Darwin y Wallace se presenta una alternativa que se mantiene hasta hoy en ambientes de materialismo reduccionista o de fundamentalismo bíblico: se contrapone una evolución de azar ciego a una finalidad dirigida por el Creador, como dos maneras antitéticas de explicar el mismo hecho: la diferenciación progresiva de las formas de vida a lo largo de la historia de la Tierra. Este dilema alcanza su máxima acritud al intentar explicar el último paso evolutivo, de los antropoides primitivos al Hombre, inteligente y libre. Es la disyuntiva vulgar entre “el Hombre desciende del mono” o “fue hecho directamente a partir del barro” del relato bíblico.

El mecanismo evolutivo se describe en términos concretos como el efecto de mutaciones en el material genético -ADN- de las células que dan lugar a un nuevo organismo.  Tales mutaciones (cambios en algún punto de esa molécula complejísima) son debidas a factores químicos, térmicos o de impacto de partículas procedentes de materiales radioactivos o de la radiación cósmica.  La mayoría de las mutaciones son nocivas o indiferentes, pero alguna mejorará al organismo para su supervivencia en un entorno determinado. Esto lleva a una selección natural que finalmente da lugar a nuevas especies que ya no pueden reproducirse entre sí.  Por ser las mutaciones el resultado de hechos imprevisibles y no predispuestos por leyes físicas, es necesario admitir que la evolución es aleatoria, y no puede demostrarse finalidad  alguna concreta. La afirmación teológica de un plan divino que se desarrolla armoniosamente a través de los tiempos preparando la aparición del Hombre sería -para el científico materialista- tan sólo una forma poética y antropomórfica de interpretar los hechos, pero sin validez lógica.

Es, una vez más, el concepto de azar el que da lugar a conflictos injustificados.  Es verdad que no hay correlación de leyes físicas que permitan establecer que tal rayo cósmico, con una energía concreta, impactará sobre un punto determinado de un gameto sexual para dar lugar a una mutación previsible y de efectos evolutivos donde pueda observarse un desarrollo finalístico. En este sentido restringido, es claro que tales cambios se dan aleatoriamente, y la evolución sigue trayectorias totalmente “arbitrarias” marcadas  por infinidad de sucesos microscópicos y también por extinciones macroscópicas y otros factores ambientales -épocas glaciales, volcanismo, deriva de continentes- que hacen imposible la predicción de su rumbo o la probabilidad de un desarrollo semejante, aun comenzando con las mismas condiciones iniciales en el mismo planeta. Pero esto no describe la realidad total, especialmente en relación con la vida humana.

Como ya queda indicado, el azar no es un agente físico, ni puede ser causa explicativa de ningún tipo de orden. Esto es de importancia obvia cuando se quiere explicar la formación de órganos muy especializados, que necesitan ser perfectos en sus funciones para tener valor de supervivencia y selección.   Uno de los puntos más oscuros del proceso de evolución por mutaciones genéticas es la necesidad de múltiples mutaciones, cada una sin valor para el individuo en que ocurren, que deben acumularse simultáneamente para dar lugar a un nuevo órgano o comportamiento que sí tiene ventajas para la supervivencia.  Por eso se habla de un “equilibrio puntuado”, que supone largos períodos de estabilidad mientras se van incorporando multitud de cambios en el material genético, sin efectos visibles, hasta que en algún individuo de la especie se alcanza un conjunto crítico que produce el cambio evolutivo.  Incluso parece necesario suponer que el cambio se da simultáneamente en un número amplio de individuos, pues un único ejemplar de la nueva forma no tendría probabilidad de perpetuarla.

De cualquier manera que se intente explicar en detalle la evolución, sigue siendo filosófica y teológicamente cierto que para el Creador no hay azar, ni puede haberlo.  Su conocimiento total de las propiedades y actividad de cada partícula o unidad de energía, en toda la historia del Universo, determina la elección de condiciones iniciales que producen en el correr de los tiempos aquellos efectos que Él busca, en todos los niveles de estructuración.

Si es propio de todo actuar inteligente el escoger los medios para un fin, más debe esperarse tal determinación finalística de la infinita inteligencia y omnipotencia del Creador.  Pero esto no contradice la aleatoriedad desde el punto de vista físico y de experiencia humana, porque ninguna comprobación experimental puede medir o detectar finalidad ni orden, que no son cuantificables ni expresables en fórmulas matemáticas. La metodología científica no posee ningún instrumento para ello, aunque la pregunta sobre finalidad sea la más espontánea cuando encontramos un objeto arqueológico o para entender el porqué de un acontecimiento o comportamiento humano.

III- La Naturaleza del Hombre

Hay en el ser racional una nueva necesidad, superior a todo instinto animal, que le mueve a buscar Verdad, Belleza y Bien.  Aparece ya este modo de proceder en los restos arqueológicos más primitivos que pueden relacionarse con certeza con el ser humano: decoración de objetos y de cavernas, fabricación de utensilios complejos, de instrumentos músicos, cuidado de enfermos, enterramientos.  Nada de esto es explicable en términos de supervivencia o adaptación al medio, ni puede atribuirse a una programación genética, que puede dar razón de una nueva estructura orgánica o de un nuevo modo fijo de proceder, pero no es razón suficiente de un pensamiento, de un avance cultural, de la consciencia misma. Ni explica la actividad libre, que es nuestra mayor gloria y que nos separa claramente del proceder meramente animal.

Esta libertad no debe buscarse como resultado de la indeterminación cuántica de la actividad de las neuronas cerebrales, pues tal actividad no explica el pensamiento abstracto ni por qué las decisiones humanas son libres (buscadas conscientemente, no aleatorias) mientras no lo son en un delfín o un elefante, con cerebros mayores que el del Hombre. La libertad es lo más opuesto al “porque sí” irracional del azar.

Debe insistirse en una aceptación constante y coherente del concepto de materia que nos da la Física actual.  La definición operativa de toda forma de materia se presenta en términos de sus interacciones con otra materia y, en la práctica, con nuestros instrumentos.  No puede atribuirse a la materia ninguna propiedad imaginada para resolver un problema, si no puede reducirse a una actividad cuantificable.  Esta actividad debe tener siempre como resultado algo también de índole material, con parámetros descriptivos en términos de masa, energía, carga eléctrica, etc. Nada de esto es aplicable al pensamiento ni a la libertad. Por eso no puede afirmarse que son de orden material ni debidas a las interacciones de la materia, aunque haya actividad cerebral concomitante, y el buen funcionamiento del cerebro sea necesario para pensar y ejercer la libertad.

Es digna de mención la actitud casi universal de los físicos con respecto a poderes mentales que producirían efectos al exterior sobre la materia.  Ni la telepatía ni la telekinesia (capacidad de mover objetos a distancia), ni la levitación ni los fenómenos de tipo espiritista han logrado aceptación científica: hay un escepticismo enraizado en la distinción entre el mundo de lo material y el de las actividades subjetivas de orden cognoscitivo-volitivo.

Si estas actividades fuesen atribuibles a fuerzas físicas, con resultados también físicos, sería ilógico negar posibles efectos en el entorno.  Pero, por criterio científico, es imposible atribuir la actividad racional a ninguna de las cuatro interacciones físicas, ni a sus combinaciones.  Ningún parámetro cuantificable describe el contenido de un pensamiento abstracto, ni aspecto alguno de la vida humana en sus expresiones artísticas, éticas o religiosas, aunque su existencia e importancia no pueden negarse.

Aquellos que en un reduccionismo materialista niegan la libertad humana, la afirman en su proceder, exigiendo responsabilidades a otros y buscando reconocimiento por sus logros personales: una actitud totalmente absurda si nuestras acciones, vituperables o dignas de encomio, ocurriesen con la misma necesidad ciega y automática con que una piedra cae al suelo.

Se dice algunas veces que la materia se hace consciente de sí misma en el cerebro.  En su significado literal, esta afirmación es claramente falsa: nadie sabe que tiene cerebro, ni qué hay en él, sin estudiar anatomía,  con la misma metodología experimental sobre el hombre -de disección y estudios microscópicos- que se necesita para estudiar el cerebro de cualquier animal.  Ni es nadie consciente de lo que hacen las neuronas cuando piensa, ni de ninguna otra actividad interna; en la visión, somos conscientes del objeto externo que vemos, pero no de lo que ocurre en la retina, el nervio óptico o la zona visual del cerebro.

Aunque se hable de que la consciencia y la inteligencia “emergen” de la materia cuando ésta alcanza un grado suficiente de complejidad, tal afirmación o simplemente se limita a constatar un hecho, que es la indicación de racionalidad simultánea con el desarrollo cerebral, o tiene que atribuirse la nueva forma de actuar a alguna fuerza física, con la implicación de que la consciencia debe encontrarse en algún grado en todos los niveles de la materia, hasta las partículas elementales. No conozco a ningún físico que haya propuesto esto seriamente.

Por eso se debe aceptar como única explicación lógica la postura de la Filosofía y Teología: una realidad inmaterial es razón necesaria y suficiente de la racionalidad, y exige un acto de creación directa puesto que no puede ser consecuencia de cambios físico-químicos en ningún momento de la evolución meramente biológica.  Aunque el Hombre, como estructura del reino animal, tiene un parentesco innegable con las formas de vida de etapas previas, el paso a ser racional tiene que incluir una nueva realidad del orden de existencia que es propio del Creador inmaterial.

La frase bíblica, en que el Hombre se define como “Imagen y Semejanza” de Dios, expresa lo más profundo y valioso de nuestra esencia, fuente de conocimiento, consciencia, libertad, creatividad y responsabilidad.  Por eso somos personas, en el sentido en que el Creador es también personal -no una fuerza cósmica de evolución ciega- y podemos establecer una relación personal con Él.  Esta es la única razón suficiente para que Dios decida crear.

Quienes, aun desde la Teología, intentan descartar como resto de creencias mitológicas o de dualismo griego la existencia de seres espirituales creados, incluso del alma humana, deben darse cuenta de la arbitrariedad de negar a priori que Dios, puro espíritu, pueda dar el ser también a criaturas semejantes a Él en su independencia de espacio, tiempo y leyes físicas.  No hay razón lógica de negarlo, y la enseñanza bíblica y eclesial de veinte siglos  afirma reiteradamente su creación. No hay razón alguna para esperar que la Iglesia pueda cambiar esta doctrina, claramente presente en concilios, documentos papales y el Catecismo de la Iglesia Católica; lo dicho recientemente por el Papa acerca de la aceptabilidad del hecho evolutivo, explícitamente excluye el atribuir el espíritu humano a ningún cambio genético.

Ni tiene sentido hablar de la Iglesia triunfante y la proclamación de la gloria de los santos si se considera que en su muerte han dejado de existir totalmente al deshacerse sus cuerpos.  No puede entenderse al Hombre como puro espíritu, pero tampoco como sola materia, aunque sea difícil explicar su unión e influjo mutuo en una realidad personal.

Ambos monismos son incompatibles con la experiencia básica de la unidad del YO humano, y ambos son también inaceptables en el ámbito teológico al hablar de nuestra existencia después de la muerte.  Si es la persona humana la que sobrevive tras una destrucción total al deshacerse el cuerpo, sólo una segunda creación podría dar razón de que haya un verdadero viviente en la eternidad, que tendría que ser también “animal racional” con la misma estructuración esencial del Hombre que murió, pero que no podría lógicamente decirse es la misma persona que despareció en la tumba.

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Written by rsanzcarrera

octubre 23, 2009 a 11:58 am

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