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Futuro del Universo

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Este artículo es continuación de: Implicaciones teológicas de la física moderna, por D. Manuel Carreira, s.j.

E – Futuro del Universo

El desarrollo evolutivo del Universo a partir de la Gran Explosión inicial está marcado por el fenómeno de la expansión de un espacio que arrastra consigo a los cúmulos de galaxias.  No hay otra explicación física plausible para el corrimiento al rojo de las líneas espectrales, en todas las longitudes de onda, proporcional a la distancia de la fuente.  Aun los proponentes más reacios del estado estacionario reconocen, con contadas excepciones, que el universo al alcance de nuestros telescopios está aumentando de volumen según la Ley de Hubble, con una velocidad que es función lineal de la distancia, aunque todavía no podamos dar un valor exacto de tal velocidad (con un error menor de un 10%).

La pregunta que se formula automáticamente respecto al futuro se centra en esta expansión. O bien continuará indefinidamente, sin llegar nunca a detenerse por completo (Universo abierto), o debe finalmente ceder ante la atracción gravitatoria e invertir el movimiento para dar lugar a una contracción catastrófica en una especie de Big Bang a la inversa (Universo cerrado). Ambos tipos de universo pueden tener topologías (propiedades geométricas) compatibles con un volumen finito en todo momento.  No es posible otra tercera solución a esta alternativa.

La elección científica entre ambas posibilidades depende de la relación entre energía cinética de las galaxias y energía potencial de la masa gravitatoria que debe frenar la expansión.  Por tanto debemos medir con la mayor exactitud posible las velocidades de las galaxias como función de su distancia, y la densidad media del Universo en todas las formas detectables, aun indirectamente, de masa y energía.

Todos los datos experimentales que actualmente poseemos, así como las teorías más plausibles de unificación de fuerzas y de condiciones iniciales, indican que la expansión continuará sin fin.  La materia visible apenas llega a un 2% de la masa crítica, que marca el límite entre expansión y contracción; la masa invisible puede ser, tal vez, 20 veces más.  No hay indicación alguna de que exista ni el valor crítico de densidad, ni menos aún un valor superior, necesario para la contracción.

En ambas hipótesis se predice un futuro de destrucción de todas las estructuras materiales donde pueden darse condiciones para la vida, sea cual sea su entorno.  La hipótesis de contracción futura, a pesar de la falta de apoyo experimental, se invoca a menudo como preferible, por sugerir la posibilidad de un reciclaje que evite el estado final, irrevocable, de oscuridad, vacío y frío.  Pero no es compatible tal universo cíclico con las leyes físicas: en cada ciclo se da la conversión de masa en energía en las reacciones nucleares que permiten brillar a las estrellas, y ciclos subsiguientes tendrán más energía y menos masa, hasta terminar como universos abiertos.  Ni deja de ser extraño que el proceso de construcción y destrucción de estructuras se considere menos absurdo por repetirse una vez tras otra.

Debemos, pues, hablar -en términos físicos- de un Universo abierto, cuya cesación de actividad puede describirse en etapas de duración inimaginable, pero que no vuelve a la nada, aunque sea cada vez más diluido su contenido de materia en cualquier forma.   Desde el punto de vista humano, aunque sea más lógico hablar del fin de la vida en la Tierra, puede parecer que el Universo es aún comprensible mientras duren las estrellas.  Pero dentro de 10 billones de años habrá tan sólo cuerpos oscuros y fríos, vagando interminablemente en un espacio de volumen mil millones de veces mayor que el actual.   Es posible continuar las predicciones hasta edades trillones de veces más amplias, pero no cambia esencialmente el panorama de negrura y muerte, aunque se pueden llegar a destruir no solamente las estrellas y galaxias sino también los átomos y las mismas partículas elementales, para terminar en un vacío oscuro y frío con una densidad de energía siempre tendiendo a cero sin alcanzar nunca esa “nada” de la no-existencia.

Ante estas predicciones científicas, es natural una reacción de desaliento y futilidad.  ¿Qué sentido tiene una realidad tan maravillosa como la que la ciencia nos muestra a nuestro alrededor, si todo va a destruirse? Incluso la existencia humana parece carecer de justificación si todos los logros de nuestra inteligencia y voluntad, la cultura, el arte, los hechos más heroicos, van a desaparecer sin rastro ni memoria en esa negrura final.  Hemos visto cómo el Principio Antrópico busca la finalidad cósmica en la existencia de vida inteligente; parece absurdo que la misma vida que justifica al Universo termine siendo destruida irremisiblemente por la evolución futura según las leyes que permitieron la aparición y desarrollo de la vida humana.

El materialismo marxista tomaba como dogma básico la eternidad de la materia y su continuo desarrollo hacia formas siempre de mayor perfección.  Pero es precisamente la ciencia de la materia, la Física que describe las grandes estructuras cósmicas, la que niega ambas afirmaciones. La materia no es eterna en el pasado: ha tenido un comienzo.  Y su evolución futura no es hacia mayor esplendor y desarrollo, sino hacia una muerte térmica incompatible con la vida y finalmente con toda actividad, excepto las mínimas fluctuaciones del vacío cuántico.

Nada tiene que decir la Teología que cambie las conclusiones de la ciencia, pero sí puede darnos un punto de vista más positivo cuando se trata del futuro de la vida humana.  Si queda establecido que en nuestra realidad personal debe aceptarse un componente esencial distinto de la materia, el espíritu o alma que nos distingue de los animales, puede aceptarse como consecuencia de su inmaterialidad una posible supervivencia fuera del tiempo y del espacio, aunque las estructuras materiales se destruyan.  Es verdad que no sabemos cómo sería tal existencia, pues toda nuestra actividad aparece como una función de la totalidad humana, alma y cuerpo.  Pero el no saber imaginarlo o explicarlo no es prueba de su imposibilidad.

La revelación bíblica, en su elaboración secular, llega finalmente a esta afirmación de supervivencia más allá de la muerte individual.  No se pregunta acerca de los procesos físicos de un Universo evolutivo, desconocido hasta el siglo XX, pero en la destrucción del cuerpo no acepta la destrucción total del Hombre.  Esta idea es central dentro de la antropología cristiana, y la repiten y elaboran los tratados teológicos y formulaciones conciliares, hasta el Catecismo de la Iglesia Católica de nuestros días.  Si es aplicable a la muerte personal, debe también admitirse para la muerte cósmica, que no nos afecta más que lo hace la descomposición de nuestro cuerpo.

El punto de vista teológico nos ilumina la aparente paradoja de que el Universo parezca carecer finalmente de sentido.  No han sido en vano su existencia y evolución; su final no es un volver a la nada, ni tampoco una mera continuación, por inercia física, de un mero existir sin valor alguno. Ha cumplido su cometido dando oportunidad para la vida humana, que trasciende todo límite temporal, y así se libra la misma materia de la futilidad.

La Teología, sin embargo, no se detiene aquí.  La materia humana -ceniza de estrellas-  se salva de ser destruida en la maravilla de la Resurrección, y el Cuerpo de Cristo, materia como la nuestra, está en el trono de la Trinidad, adorado por ángeles. Y es en el dogma de la resurrección donde la Física moderna, sorprendentemente, nos apoya con un concepto de materia mucho más rico, flexible e inimaginable que el basado en ideas de “sentido común”, que todavía limitan las disquisiciones de algunos teólogos, especialmente protestantes, pero también católicos, aunque influidos por la obsesión “desmitologizadora” del protestantismo moderno.

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Written by rsanzcarrera

octubre 23, 2009 a 12:01 pm

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