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Materia y Resurrección

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Este artículo es continuación de: Implicaciones teológicas de la física moderna, por D. Manuel Carreira, s.j.

F – Materia y Resurrección

Según la Teología, la muerte debe dar paso a un nuevo modo de vida, en que ya no hay muerte, ni necesidad de renuevo  de generaciones sucesivas.  El ser humano está llamado a ser, en cuanto a su existencia y actividad, “como los ángeles en el cielo” (Mc 12,25), independiente de las limitaciones de la materia, libre del marco espacio-temporal en que se desarrolla la actividad física. Esto afectará a la totalidad de la persona humana, dando valor permanente a todas nuestras acciones terrenas, y dando también sentido a la existencia de la raza humana y del Universo en su conjunto, librando aun a la materia de la “futilidad de la corrupción” (S. Pablo, Rom 8, 21).  En la Resurrección de Cristo se encuentra el paradigma de este nuevo modo de vida

La predicción más insistente de Cristo en su catequesis de los Apóstoles es la de su Muerte y Resurrección. Y ninguna de sus obras maravillosas chocó tanto con la incredulidad de sus discípulos como su vida  tras la sepultura. Ni siquiera sus enemigos intentaron negar con prueba alguna el hecho del sepulcro vacío, ni pudieron hacer más que proferir amenazas para acallar el testimonio de los Apóstoles, que se presentaban, primariamente, como “testigos de la Resurrección”.  No es necesario aquí dar detalles de los textos en que se afirma esta convicción de los Apóstoles y de la comunidad cristiana primitiva: ningún exegeta objetivo puede ponerlo en duda. Como dice S. Pablo, “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe…. y nosotros somos los más miserables de los hombres” (1 Cor 15, 17-19).

No tiene sentido la palabra misma resurrección si no se aplica a lo que ha muerto, y es el cuerpo material el que ha sufrido esa situación destructiva de su actividad vital.  Especialmente en el contexto de la cultura hebrea, tan apegada a lo terreno y a lo tangible, no puede concebirse que una existencia fantasmal se considere suficiente resarcimiento de la muerte más atroz.  Por eso se hace necesaria la comprobación casi grosera de que Cristo vive: ningún otro argumento es suficiente para Sto. Tomás. La centralidad de la Resurrección se afirma como el resultado de la experiencia directa de esos Apóstoles, que comieron y bebieron con el Señor después de su muerte en la Cruz, y que por esa experiencia se transformaron de cobardes incrédulos en testigos sinceros y valientes hasta la muerte.

No hay explicación posible del Cristianismo en ninguna otra hipótesis, ni puede reducirse a ningún tipo de “vivencia” subjetiva, individual o comunitaria, lo que se atestigua como hecho real, histórico, objetivo.  Tal historicidad es explícitamente subrayada en el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, contra toda interpretación simbólica o cuasi-mitológica, tan difundida entre intérpretes protestantes modernos.  No se justifica el hablar de un hecho “meta-histórico” para rebajar su objetividad: la constatación de la muerte de Cristo y de su vida subsiguiente es estrictamente una prueba de su resurrección, aunque el momento mismo en que acaeció no tuviese testigos presenciales.  Como nadie pone en duda la historicidad del nacimiento de una persona viva, aunque no haya testigos presenciales del hecho inicial.

Las características de Cristo Resucitado pueden resumirse en dos palabras: es Él mismo, transformado.  Al mostrarse a sus discípulos, subraya la identidad, especialmente corporal:  no es un fantasma, sino que tiene carne y huesos; es el mismo Cuerpo, señalado por las huellas de los clavos y la lanza; tiene la capacidad de comer, y lo hace ante ellos, con gestos propios que llevan a su reconocimiento en Emaús.  Y es la misma Persona, que recuerda lo que les ha dicho, que les conoce como amigos, que se dirige por su nombre a cada uno de ellos.  La fuerza de convicción es total, y la maravilla de su nueva vida llega hasta la confesión de divinidad más explícita en el caso de Sto. Tomás.

Pero siendo el mismo Maestro de su previa experiencia de tres años, es también un nuevo “Señor” que muestra -sin alardes- su total dominio sobre la realidad material, incluido su propio Cuerpo.  Las paredes del Cenáculo no son barrera para su entrar o salir, ni se le puede ver o encontrar sino cuando y como Él quiere. Puede ser desconocido aun para sus íntimos, como si su Cuerpo fuese totalmente plástico bajo el control de su Espíritu. Y cuando, finalmente, tras cuarenta días de asombro, el Señor se despide de ellos en la Ascensión, ven cómo se eleva al cielo espontáneamente,  sin que peso o fuerza alguna pueda impedir su vuelo.

La Teología de siglos, en su esfuerzo para expresar realidades tan nuevas, da nombres a este proceder inusitado de la materia: el Cuerpo de Cristo goza de “sutileza, agilidad, incorruptibilidad, inmortalidad”.  Con la concisión de S. Pablo: es un cuerpo “espiritual” (1 Cor 15, 44), libre de las limitaciones físicas propias de la materia ordinaria, pero todavía “Cuerpo”.  Y esta palabra no tiene sentido alguno sino como estructura material, básicamente compuesta de las partículas y energías que describe la Física.  Cualquier otra interpretación inmaterial es arbitraria y contradictoria.  Consecuentemente, se plantea un desafío a nuestro entendimiento: ¿Es lo que afirmamos compatible con la idea de materia de la Física moderna?

El modo en que la experiencia macroscópica vulgar nos presenta a la materia lleva a afirmar como sus características inevitables la extensión, masa, impenetrabilidad y localización necesaria y única.  A estas propiedades pasivas se unen otras de carácter activo, razón suficiente de las interacciones que aceptamos en los órdenes físico-químico y biológico; es fácil ver a éstos procederes como el resultado de “energías” que se conciben como menos materiales y de carácter accidental.  Finalmente se supone que partículas y energía se distinguen claramente entre sí y del marco espacio-temporal en que la materia actúa, sin que su actividad influya sobre el espacio o tiempo, ni sea afectada por ellos.  Así se concibe el mundo físico dentro del paradigma Newtoniano.

A partir del s. XIX se establece la multiplicidad de 92 elementos químicamente irreductibles, que forman el Sistema Periódico.  Y con los datos de la desintegración radioactiva y los experimentos de Rutherford, muy pronto se llegó a la conclusión de que todos esos elementos están formados por tres partículas solamente: protón y neutrón en el núcleo (nucleones) y electrones en la periferia del átomo.  Hay dos nuevas fuerzas nucleares, fuerte y débil; la primera explica la cohesión de los protones y neutrones a pesar de la repulsión eléctrica de aquellos, mientras la fuerza débil da razón de las transformaciones de partículas observadas en la radioactividad.

Para explicar la estabilidad del átomo se requiere afirmar, contra las leyes del electromagnetismo, que un electrón acelerado (en órbita) no emite energía: de lo contrario, se precipitaría sobre el núcleo casi  instantáneamente.  El estudio del espectro de luz emitido por cada átomo exige aceptar que los electrones sólo pueden existir en órbitas a distancias precisas del núcleo, perdiendo energía o absorbiéndola solamente en cambios de órbita.  Para dar razón de este modo de proceder discontinuo es preciso incluir en la imagen del electrón un aspecto nuevo: una “onda” cuya interferencia selecciona las órbitas permitidas.  Las partículas elementales dejan de ser pequeños perdigones con radio medible y localización precisa; parece que se convierten en algo irreal y que la misma noción de materia se desdibuja.

Otras muchas partículas, de existencia efímera y propiedades extrañas, empezaron a proliferar en choques violentos. Algunas, hipotéticas al principio, dotadas de nuevas “cargas” de índole desconocida –“color” y “sabor”- terminaron por ser consideradas reales, pero sin posibilidad de existencia independiente (quarks).  Todas las partículas son convertibles en pura energía, y pueden sintetizarse de la bruta energía de un choque.  No hay distinción clara entre lo que considerábamos más básico, la partícula, y algo que parecía accidental a ella, la energía.  Pero la energía no puede localizarse exactamente, ni es impenetrable, ni está individualizada, ni forma estructuras estables; ya no pueden afirmarse tales características como esencialmente necesarias tampoco para las partículas que de ella se sintetizan.

La Teoría General de la Relatividad establece una interacción entre la masa y el espacio vacío: el vacío físico es una realidad material con propiedades electromagnéticas y geométricas medibles.  Incluso en la ausencia total de partículas y energía perceptible ese espacio es algo real, afectado por una curvatura que la masa causa y que roba energía a un astro que se mueve en órbita sin rozamiento alguno (producción de ondas gravitatorias).

El comportamiento de las partículas, incluso de átomos enteros, sugiere su presencia simultáneamente en varios entornos, pues la trayectoria que siguen se ve influida por  rendijas u obstáculos enormemente distantes en comparación con su “tamaño” (difracción e interferencia de electrones, neutrones, etc.).   El efecto túnel, de gran importancia en la electrónica actual, se expresa afirmando el paso de un lugar a otro sin pasar por el medio. La individualidad de las partículas se pierde también, hasta el extremo que el insistir en ella imposibilita el cálculo correcto de resultados experimentales.  Incluso la idea de impenetrabilidad deja de ser aplicable, aun en escalas macroscópicas, cuando estrellas enteras pueden desaparecer en el pequeño volumen de un agujero negro, verdadero pozo sin fondo capaz de aceptar masas sin límite alguno. Y en esa situación se describe a la materia como “fuera del espacio y el tiempo accesible a nuestros experimentos”.

Ya no es lógico negar que sea materia real el cuerpo de Cristo resucitado porque aparece dentro de un recinto cerrado, o porque parece ir de un sitio a otro en forma invisible, ni porque se sustraiga a comprobaciones experimentales a nuestro arbitrio.  Todas esas exigencias “de sentido común” se basan en una concepción primitiva de la Física.

Nuevas teorías de unificación de fuerzas proponen espacios multi-dimensionales, aunque solamente sean directamente detectables las tres dimensiones espaciales de nuestra experiencia vulgar.  Distorsiones varias del vacío hacia esas direcciones inimaginables explicarían las diversas fuerzas, que, a su vez, son indistinguibles de las energías y partículas que las actualizan en cada caso.  Casi puede sugerirse que la única realidad material básica es el espacio-tiempo del  vacío físico, arrugado levemente en campos de fuerza, e intensamente deformado en remolinos invisibles que aparecen como partículas, incluso con la producción espontánea y continua de pares “virtuales” que modifican los niveles de energía de un átomo (efecto Lamb).

Finalmente, lo único que parece salvarse de nuestra concepción original, es la capacidad de actuar por medio de alguna de las cuatro fuerzas aceptadas por la Física.  Tal actividad puede no ejercerse, pero existe la posibilidad de hacerlo como la característica que define a la materia, sea en una estrella, en nuestro cuerpo, o en el mismo espacio vacío.

Ciertamente es  difícil entender a la materia, y no debemos negar fácilmente la posibilidad de que, por concesión divina, se comporte en niveles macroscópicos como vemos lo hace en nuestros laboratorios al nivel de lo increíblemente pequeño.  Esto es aplicable al cuerpo resucitado.

El Catecismo de la Iglesia Católica, especialmente en los números 638 a 644, insiste en el carácter histórico y objetivo del hecho de la Resurrección de Cristo.  Y en el no. 645 apunta a la transformación que cambia el modo de existir del Cuerpo del Señor: “No está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere”…”es soberanamente libre de aparecer como quiere” (diversos aspectos)..”pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio”…”participa de la vida divina en el estado de su gloria”, tanto que S. Pablo puede decir de Cristo que es “el hombre celestial”.

En los números 988 y siguientes, se habla de nuestra resurrección: “El Credo cristiano…culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna”.  “La ‘resurrección de la carne’ significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros ‘cuerpos mortales’ volverán a tener vida”.  Pero, como contraposición, leemos en el n1 996: ”Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones….Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?”

La respuesta a esta pregunta, en los números siguientes, acentúa nuestra asimilación a Cristo, y afirma la universalidad de la resurrección con sus connotaciones de  estado definitivo, al fin de los tiempos, pero con premio o castigo según el proceder individual durante la vida en la Tierra.  Y se admite que el “cómo” sobrepasa nuestra imaginación y entendimiento: “No es accesible más que en la fe” (no. 1000). Nuestros conceptos e imágenes del cuerpo y su proceder se fundan sobre experiencias sensoriales unidas al marco espacio-temporal: no podemos comprender un modo de vida (que siempre significa actividad) si no hay un tiempo en que esa actividad se desarrolle. Es el mismo problema que afrontamos al hablar de la vida inmutable de Dios en su eternidad

Pero es la ciencia actual la que subraya que el tiempo es un parámetro de la materia; que antes de la gran explosión primitiva “no hubo antes”, que el tiempo deja de tener sentido en el interior de un agujero negro.  Y tampoco sabemos realmente entender lo que estas expresiones científicas implican: aunque el formalismo matemático sea correcto, nos es imposible imaginar la realidad que implican las fórmulas.

Volviendo  nuestra atención a la parte positiva de la enseñanza cristiana, se nos dice que el cuerpo resucitado de Cristo (modelo y fuerza activa para nuestra propia resurrección) existe fuera del entorno de espacio y tiempo, aunque puede hacerse presente en él a voluntad del espíritu. Sin espacio y tiempo no hay actividad física, ni puede haber desgaste o muerte.  Tampoco puede ser la materia ordinaria barrera alguna para ese hacerse espacialmente presente, siempre posible por tratarse aún de  un verdadero cuerpo.  Los procederes antes descritos de las partículas elementales desafían ya nuestra comprensión científica, aunque están claramente comprobados y son reproducibles a voluntad; mucho más debe superarnos lo que Dios tiene reservado para los suyos en un modo de existir que no está ceñido por las leyes físicas.

Tal vez el único punto que no parece tratarse explícitamente en el Catecismo sea el de la identidad corporal.  En el caso de Cristo, es obvio que Él quiere probar tal identidad a sus discípulos, con señales inequívocas de las heridas.  Pero Él había muerto en el pleno vigor de su Humanidad, y su cadáver  no había sufrido descomposición ni alteración drástica.   No  es lo mismo en el caso de quien muere antes de su pleno desarrollo orgánico, con deformidades congénitas o adquiridas, en la decrepitud de la vejez, con un cuerpo destruido por el fuego o simplemente por el lento deshacerse en la tumba.

Ni es tampoco claro el sentido de propiedad con respecto al cuerpo de quienes han tenido trasplantes de órganos o han pasado -directa o indirectamente-  a ser asimilados en parte por otros.  Pero es claro que todos los cambios orgánicos en la vida humana, con la sustitución constante de nuevas células y nuevos átomos en todos los órganos, no impide el que “mi cuerpo” sea identificado como el mismo desde la niñez hasta la vejez y la muerte.  Es mi cuerpo la estructura material hecha “a medida” para mi espíritu, y bajo su control a lo largo de toda la vida

El identificar como propio un cuerpo  compartido, tal vez ya en vida, sugiere  problemas en que la Física puede también ayudarnos a aclarar ideas.  Como  queda indicado, las partículas elementales son indistinguibles en nuestros experimentos: no puede decirse que tienen individualidad propia.  Todas son intercambiables con energía, y esta energía permite rehacer partículas semejantes o distintas de las originales.  Si aceptamos la idea de un substrato universal -vacío físico- cuyas distorsiones aparecen como partículas o energía, exigir su identificación sería tan impropio como hacerlo con respecto a idénticos remolinos de las mismas gotas de agua en el mismo océano.  Y si una célula llevada de mi cuerpo al laboratorio es un animal independiente de mí, pero vuelve a ser parte de mi cuerpo al reintegrarla al organismo, no hay realmente una objeción válida si esa célula o células han sido en algún momento parte de otro cuerpo humano.

Las consideraciones sobre lo que es la materia y su inimaginable flexibilidad de comportamiento, pueden también ayudar a nuestra comprensión teológica del misterio de la Eucaristía.  Nada hay de carácter físico que pueda comprobarse directamente (por eso no es estrictamente un milagro, en el sentido apologético) pero la afirmación de una presencia simultánea de un Cuerpo en diversos lugares, de la compenetración de todo el Cuerpo en cada partícula de ese “Pan” sacramental, de su independencia del entorno, no es absurdamente incompatible con el concepto de materia, sino una actualización misteriosa de sus más profundas potencialidades, descubiertas por la Física.  Si no podemos entenderlo -imaginarlo- podemos aceptarlo con humildad, como aceptamos sin comprenderlo el comportamiento de las partículas en la Mecánica Cuántica.

Lo mismo debe tenerse en cuenta al hablar de los milagros de Cristo en la Palestina de hace dos mil años: hechos visibles, comprobados por testigos sinceros y ofrecidos por Cristo explícitamente como sus credenciales de enviado de Dios, dotado de autoridad y poder divino.  La transformación de agua en vino, la multiplicación de panes y peces, el caminar sobre las aguas, las curaciones instantáneas, muestran que la realidad material es totalmente flexible en manos de su Creador, que tiene siempre libertad total para crear o transformar sus estructuras o controlar la función de sus fuerzas.

No puede limitarse al Creador y conservador de cada átomo o electrón por una supuesta necesidad determinística que exige, implícitamente, una materia independiente de Él en su continuación de existencia y en su actividad.

Tampoco es científico el decir que todo puede ocurrir por una indeterminación total que excluye un modo de proceder estable para la materia, negando así toda posibilidad de que hecho alguno, por maravilloso que sea, pueda indicar la acción directa de Dios, además de negar la posibilidad de verdadera ciencia, que exige leyes fijas de proceder para poder predecir y calcular la evolución de un sistema dadas sus condiciones iniciales.

Aun en la Mecánica Cuántica las probabilidades calculadas según la ecuación de Schroedinger se obtienen con exacta determinación, si bien no puede predecirse el resultado de un experimento concreto.

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Written by rsanzcarrera

octubre 23, 2009 a 12:03 pm

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