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Muerte y Resurrección

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Este post es parte del artículo Materia y Resurrección, de D. Manuel Carreira, s.j.

Muerte y Resurrección

Ya que el espíritu no está sujeto a metabolismo ni enfermedad ni cambio físico alguno, no puede descartarse su pervivencia cuando el hombre muere, aunque se destruya el cuerpo y debamos decir que muere el Hombre.  Pero no tenemos datos que permitan intuir el modo de vida de ese espíritu, desligado de la materia y de sus contribuciones a la actividad humana: parece necesario (filosóficamente) caer en una especie de concepción pagana de un “reino de las sombras” -el “sheol” del Antiguo Testamento- en que apenas se puede hablar de verdadera supervivencia ni de una idea clara de continuidad y responsabilidad personal por la vida terrena.

En los libros recientes del A. Testamento (por ejemplo, 2 Mac 7, 9-14) se da ya una solución nueva, que no hallamos en ninguna mitología ni religión fuera de Israel: se predice una vuelta a la vida de la totalidad humana, con la misma dualidad de cada persona individual, en unión de alma y cuerpo, que también implica la responsabilidad por los actos propios durante la vida mortal.  De esta forma se cumple el que Dios es “Dios de vivos”, porque para Él todos viven, y se cumple también el que el “Dios vivo” nos ha hecho a imagen y semejanza suya.  El cómo y el cuándo de tal resurrección queda velado tras el misterio de la Omnipotencia del Creador, que pudo hacer que existiese lo que no existía, y puede dar de nuevo la existencia y la vida a quienes han perecido.

El modo de concebir la existencia tras la resurrección estaba, probablemente, limitado por una visión del Cosmos  que no  suponía cambio importante con el correr de los siglos, por no haber ideas claras de la actividad de la materia o de sus consecuencias.  Es este conocimiento el que ahora presenta el problema en una forma más acuciante:  el Universo tiene que agotar sus fuentes de energía para terminar en un vacío en que se mueven astros inertes en un frío y oscuridad total.  Las condiciones mínimas para la vida no pueden darse indefinidamente.  Y aunque el “Principio Antrópico” afirma la centralidad finalística del Hombre para determinar los parámetros de la materia y su evolución, la historia total del Cosmos no tiene sentido en el ámbito material:  todo ha sido creado para que sea posible la existencia del Hombre (vida inteligente), pero luego se destruye toda posibilidad de supervivencia para el Hombre mismo.

La única explicación satisfactoria a este absurdo la encontramos en la fe: conocimiento recibido directamente de Dios por su libre revelación, no obtenido por ningún raciocinio ni sagacidad propia.  La muerte debe dar paso a un nuevo modo de vida, en que ya no hay muerte, ni necesidad de renuevo  de generaciones sucesivas.  El ser humano está llamado a ser, en cuanto a su existencia y actividad, “como los ángeles en el cielo”  ( Mc 12,25), independiente de la materia, libre del marco espacio-temporal en que se desarrolla la actividad física.  Esto afectará a la totalidad de la persona humana, dando valor permanente a todas nuestras acciones terrenas, y dando también sentido a la existencia de la raza humana y del Universo en su conjunto, librando aun a la materia de la “futilidad de la corrupción” (S. Pablo, Rom 8, 21).

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Written by rsanzcarrera

octubre 23, 2009 a 3:47 pm

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