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Resurrección – Vida Eterna

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Este post es parte del artículo Materia y Resurrección, de D. Manuel Carreira, s.j.

Resurrección – Vida Eterna

El Catecismo de la Iglesia Católica, especialmente en los números 638 a 644, insiste en el carácter histórico y objetivo del hecho de la Resurrección de Cristo.  Y en el nº 645 apunta a la transformación que cambia el modo de existir del Cuerpo del Señor: “no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere”…”es soberanamente libre de aparecer como quiere” (diversos aspectos)..”pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio”…”participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que S. Pablo puede decir de Cristo que es “el hombre celestial”.

En los números 988 y siguientes, se habla de nuestra resurrección: “El Credo cristiano…culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna”.  “La ‘resurrección de la carne’ significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros ‘cuerpos mortales’ volverán a tener vida”.  Pero, como contraposición, leemos en el nº 996: “Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones….Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?”

La respuesta a esta pregunta, en los números siguientes, acentúa nuestra asimilación a Cristo, y afirma la universalidad de la resurrección con sus connotaciones de  estado definitivo, al fin de los tiempos, pero con premio o castigo según el proceder individual durante la vida en la Tierra.  Y se admite que el “cómo” sobrepasa nuestra imaginación y entendimiento: “no es accesible más que en la fe” (nº 1000). Sucede así porque nuestros conceptos e imágenes del cuerpo y su proceder se fundan sobre experiencias sensoriales unidas siempre al marco espacio-temporal.  No podemos comprender un modo de vida (que siempre significa actividad) si no hay un tiempo en que esa actividad se desarrolle.

Es el mismo problema que afrontamos al hablar de la vida inmutable de Dios en su eternidad.  Pero es la ciencia actual la que subraya que el tiempo es un parámetro de la materia; que antes de la gran explosión primitiva “no hubo antes”, que el tiempo deja de tener sentido en el interior de un agujero negro.  Y tampoco sabemos realmente entender lo que estas expresiones científicas implican: aunque el formalismo matemático sea correcto, nos es imposible imaginar la realidad que implican las fórmulas.

Volviendo  nuestra atención a la parte positiva de la enseñanza cristiana, se nos dice que el cuerpo resucitado de Cristo (modelo y fuerza activa para nuestra propia resurrección) existe fuera del entorno de espacio y tiempo, aunque puede hacerse presente en él a voluntad del espíritu.  Sin espacio y tiempo no hay actividad física, ni puede haber desgaste o muerte.  Tampoco puede ser la materia ordinaria barrera alguna para ese hacerse espacialmente presente, siempre posible por tratarse aún de  un verdadero cuerpo.  Los procederes antes descritos de las partículas elementales desafían ya nuestra comprensión científica, aunque están claramente comprobados y son reproducibles a voluntad; mucho más debe superarnos lo que Dios tiene reservado para los suyos en un modo de existir que no está ceñido por las leyes físicas.

Tal vez el único punto que no parece tratarse explícitamente en el Catecismo sea el de la identidad corporal.  En el caso de Cristo, es obvio que El quiere probar tal identidad a sus discípulos, con señales inequívocas de las heridas.  Pero El había muerto en el pleno vigor de su Humanidad, y su cadáver  no había sufrido descomposición ni alteración drástica.   No  es lo mismo el caso de quien muere antes de su desarrollo orgánico, con deformidades congénitas o adquiridas, en la decrepitud de la vejez, con un cuerpo destruido por el fuego o simplemente por el lento deshacerse en la tumba.  Ni es tampoco claro el sentido de propiedad con respecto al cuerpo de quienes han tenido trasplantes de órganos o han pasado -directa o indirectamente-  a ser asimilados en parte por otros.

Nada nos dice la fe de estos problemas, aunque la Tradición y la Teología insisten en la perfección del cuerpo resucitado, no solamente por su integridad física y desarrollo armonioso y completo, sino por su carácter “espiritual” que transparenta la gloria del alma  ya resplandeciente por la unión con Dios de los bienaventurados.  No es fácil reducir estas afirmaciones a un canon de belleza universal, ni a una estructuración que es independiente de espacio y, por tanto, de forma y extensión.  Una vez más, tampoco entendemos como Dios, Belleza infinita en su espiritualidad, es reflejado en la belleza del mundo material, aun corruptible.  Pero no se ve esto como una dificultad seria para aceptar la resurrección del cuerpo.

En cambio, el identificar como propio un cuerpo  compartido, tal vez ya en vida, sí sugiere  problemas en que la Física puede ayudarnos a aclarar ideas.  Como  queda indicado, las partículas elementales son indistinguibles en nuestros experimentos: no puede decirse que tienen individualidad propia.  Todas son intercambiables con energía, y esta energía permite rehacer partículas semejantes o distintas de las originales.

Si aceptamos la idea de un substrato universal -vacío físico- cuyas distorsiones aparecen como partículas o energía, exigir su identificación sería tan impropio como hacerlo con respecto a idénticos remolinos de las mismas gotas de agua en el mismo océano.  Y si una célula llevada de mi cuerpo al laboratorio es un animal independiente de mí, pero vuelve a ser parte de mi cuerpo al reintegrarla al organismo, no hay realmente una objeción válida si esa célula o células han sido en algún momento parte de otro cuerpo humano.[4]

El nuevo Hombre, con su cuerpo “espiritualizado”, se afirma en la resurrección al fin de los tiempos.  Y esto da lugar a otra pregunta de difícil contestación: ¿qué tipo de vida tiene el alma desde el momento de la muerte hasta esa transformación escatológica?.  Hemos dicho que la persona humana no se da en su sustancialidad total sino en la unión de alma y cuerpo, y que no es imaginable una existencia humana satisfactoria sin la materia.  La respuesta tradicional, dentro de la Teología, se centra en la felicidad esencial del conocer intuitivamente y amar a Dios, con el gozo completo -también del cuerpo- reservado para el fin de los tiempos.

En el mismo modo de concebir nuestra existencia futura se afirma que todo ser creado (aun espiritual, como los ángeles) necesariamente se encuentra en un flujo temporal, porque no puede poseer toda su esencia simultáneamente.  Hay, por tanto, un tiempo de espera entre la muerte y la resurrección, durante el cual no se verifica en su totalidad la transformación humana al modo de existir definitivo y glorioso, aunque sea posible, y se afirme explícitamente, la actividad cognoscitiva y volitiva propia del espíritu.

Este modo de concebir nuestro paso a la eternidad es, ciertamente, suficiente para responder a objeciones intuitivas sin caer en ningún absurdo ni contradicción.  Ni es nuestra incapacidad de imaginar tal tipo de vida un obstáculo infranqueable: ya hemos indicado que no sabemos imaginar sino lo que nos dan nuestros sentidos en alguna forma.  Pero tal vez sea posible subrayar que el concepto tradicional de “tiempo” no es el que hoy nos da la Física: éste debe aplicarse exclusivamente al mundo de la materia.  Si podemos decir que lo no-material está fuera del tiempo, tendría sentido afirmar que no hay tiempo en la vida del espíritu, como sugieren las citas anteriores del Catecismo de la Iglesia Católica.

En tal caso sería correcto decir que el alma, tras la muerte, no está en espera de la resurrección, como tampoco hay espera para Dios, aunque sí la hay para nosotros, inmersos en el tiempo.  Por tanto, hablando con precisión, no se daría nunca un estado de existencia separada de alma y cuerpo, desde el punto de vista del alma; no tendría operaciones vitales sucesivas un alma independiente, aunque siga siendo necesario expresar el flujo histórico de cada ser humano y de la humanidad entera como incluyendo diversas etapas siempre enmarcadas en el tiempo.  Recordemos que la eternidad no es un flujo temporal, al menos en el sentido que nosotros damos a estos términos, y que nuestras oraciones y la intercesión de los santos ocurren ante Dios en un “ahora” que para El es simultáneo en todo cuanto acontece. Lo mismo debemos aceptar como aplicable a nacimiento, vida, muerte y resurrección: sólo para quienes están en el marco espacio-temporal son episodios cuya cronología parece importante.[5]

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Written by rsanzcarrera

octubre 23, 2009 a 3:46 pm

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