es_tu_dia

Just another WordPress.com weblog

La gracia de la fe

leave a comment »

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que la fe sobrenatural es una gracia (n. 153), un don de Dios, en el sentido de que es una virtud infundida por Dios en nosotros desde el bautismo. Pero eso no implica que la fe deje ser un acto profundamente humano.

En efecto, enseña el Catecismo que el acto de fe sobrenatural no es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre (n. 154). Afirma también que “en la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina” (n. 155). Por la fe, el entendimiento humano acepta lo que se nos revela, gracias a que la voluntad le pide que dé ese paso. Así, el entendimiento es movido por Dios a través de la gracia[1].

Por eso, el acto de fe sobrenatural no es un acto ciego, sino que tiene motivos, posee sus razones. Como dice el Catecismo, “el motivo de creer no radica en el hecho de que las verdades reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra razón natural” (n. 156). El motivo por el cual creemos es más bien la autoridad del mismo Dios, que es quien revela, y Él no puede engañarse ni engañarnos, como enseña la famosa fórmula dela constitución Dei Filius del Concilio Vaticano I. Creemos a Dios porque presuponemos racionalmente que si Dios es Dios, entonces en Él no puede haber nada de falsedad o de mentira. Sería irracional pensar que aceptemos que Dios nos dice algo, pero que eso sea mentira. Si lo reveló Dios no puede ser mentira, y si es mentira entonces no lo pudo haber revelado Dios. Desde el momento en que aceptamos que es Dios quien se nos revela, entonces debemos aceptar como verdadero lo que Él nos dice, y lo creemos porque Él lo dice, esa es la razón natural de la fe sobrenatural: Dios no se puede engañar ni nos puede engañar. De lo contrario no sería Dios, porque es el ser perfectísimo, y por tanto debe ser absolutamente veraz.

El acto de fe sobrenatural así considerado se convierte en un acto de confianza en Dios, y por tanto de amor. Creemos a Dios porque confiamos en Él, y la confianza es un signo del amor que le tenemos. Así, creemos lo que Dios nos ha dicho aunque no lo entendamos, porque le tenemos amor y confianza, lo suficiente como para entregarnos a sus designios y aceptar lo que nos ha revelado, aún cuando sea de difícil comprensión. Aunque la fe sobrenatural es un don de la gracia, no deja por ello de ser un acto humano en el que intervienen la inteligencia y la voluntad, y en esta medida es un acto meritorio y virtuoso. Tiene sentido entonces la promesa de Jesús en el Evangelio: “el que crea y se bautice se salvará, pero el que se resista a creer será condenado” (Mc 16, 16). Y san Pablo dice algo semejante: “sin confiesas con la boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás” (Rom, 10, 9). Estas dos citas bíblicas implican que se nos dará la salvación si decidimos creer, en un acto de suprema libertad. Pero si decidimos no creer, entonces perderemos la herencia eterna.

Pareciera que en este acto de fe sobrenatural el único motivo es un argumento de autoridad. Aprovechemos para recordar que en el orden de las argumentaciones para sostener un postulado, el argumento de autoridad está en último lugar, es el que tiene el menor valor entre todos los tipos de argumentos. Un científico que quiere explicar las razones de un fenómeno emplea en primer lugar argumentos empíricos o de la experiencia, argumentos lógicos, o argumentos que son el resultado de una medición. Sólo cuando no tiene otro argumento, emplea el de autoridad, pero éste es el más débil en el orden de los argumentos. Y resulta que nosotros creemos lo que Dios nos ha revelado fundados en un argumento de autoridad. ¿Qué decir al respecto? ¿Tendremos que afirmar que las razones para creer son tan débiles que se fundamentan en un argumento de autoridad? No precisamente.

El hecho de que el principal motivo de la fe sobrenatural sea un argumento de autoridad, hace de esta fe algo más hermoso, porque implica una confianza y un amor a Dios más grande. Vamos a ilustrarlo con un ejemplo. Si un padre lleva a su hijo pequeño de siete años al médico a que le pongan una inyección dolorosa, o al odontólogo para que le metan un taladro en los dientes, el niño podría pensar de buenas a primeras que su padre no le quiere, porque le lleva a personas que le van a producir un dolor físico muy grande. Pero el papá le dice al niño: hijo, créeme, esto es por tu bien, esto te va a ayudar a estar mejor. El niño puede no entender nada, y sobre todo si le dicen que algo que le va a producir dolor, le va a ayudar a estar mejor. Pero el niño se fía de su padre, le cree, sólo porque lo dice su padre, que nunca le engaña. El único motivo que el niño tiene para creer en su padre sería su autoridad, es decir, que está convencido de que su padre es veraz y nunca miente. Pero en esta dinámica se añade además un motivo oculto: el niño está tan convencido de la bondad de su padre, que sabe que su padre nunca dejará que le hagan daño, y si aparentemente le van a hacer daño con unas inyecciones o unos aparaticos que le taladrarán los dientes, el niño piensa entonces que es para mejor. Es decir, el niño cree en su padre porque sabe que su padre le ama. Y además, el niño cree en su padre porque le ama. El argumento de autoridad que fundamenta la fe del niño, tiene como motivo último el amor. Pero también la humildad, porque el niño sabe que él, por su pequeñez, es incapaz de comprender por qué algo que le duele, le puede producir un bien, pero a pesar de eso cree, y esa fe se hace entonces más hermosa y más meritoria. Es una fe que es expresión de la humildad y del amor.

Así es la fe sobrenatural, una fe que se fundamenta en la autoridad de Dios, porque reconoce la bondad y el amor de Dios con nosotros. Pero también reconoce que Dios ha confiado y creído en nosotros, al dejarnos la libertad de creer en Él. Por eso, el amor hacia Él nos lleva a devolverle la confianza, creyendo en Él contra toda esperanza, aunque todo parezca derrumbarse, aunque no haya aparentemente suficientes motivos para creer.

Esta es justamente la fe que tuvo Abraham, que creyó “contra toda esperanza” y que ha sido llamado “nuestro padre en la fe”. Como sabemos, Dios había prometido a Abraham una descendencia tan numerosa como las arenas de la playa o como las estrellas del cielo. Abraham creyó a Dios, y fue así que luego de haber tenido a un hijo con su esclava Agar llamado Ismael, tuvo al hijo de la promesa con su esposa Sara, al que llamó Isaac. Este hijo fue dado a Abraham y Sara en la ancianidad, y a pesar de que eran estériles. La fe de Abraham fue premiada con el hijo prometido. Pues resultó que cuando Isaac era aún un niño, Dios pidió a Abraham que sacrificara a su hijo Isaac en el monte Moria. Fue una prueba muy fuerte para Abraham. Sin embargo, el patriarca creyó en Dios y se dispuso a sacrificar a su hijo en el altar del monte. En el momento en que iba a asestar a Isaac el golpe de gracia con un cuchillo, un ángel detuvo la mano de Abraham y le dijo: “Juro por mí mismo, oráculo del Señor, que por haber hecho una cosa así, y no haberme negado a tu hijo, a tu único hijo, te colmaré de bendiciones y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de las playas; y tu descendencia se adueñará de las ciudades de sus enemigos. En tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra porque has obedecido mi voz” (Gen 22, 16-18). Dios le había puesto una prueba muy dura, pero Abraham, gracias a la fe, la superó. Por eso es un modelo de fe para todas las generaciones. Esta es la fe sobrenatural, por la cual creemos en Dios y a Dios, por un don que Él mismo nos ha dado.

En la fe sobrenatural entran no sólo las razones sobrenaturales, sino también una especie de conocimiento por connaturalidad y una intuición sobrenatural que nos lleva a inclinarnos a creer lo que Dios nos dice. Blas Pascal decía que “el corazón tiene razones que la razón no conoce” (Pensamientos). Son también estas razones del corazón las que pesan en el acto de fe, y así el acto de fe se convierte en algo más humano, aún porque implica no sólo la mente o inteligencia racional, sino también el corazón o la inteligencia emocional. El corazón intuye que es bueno creer, y por eso asiente a lo que Dios le revela. Es así un acto humano, donde se implican la inteligencia y la voluntad. Pero al mismo tiempo es un don divino, expresión de un corazón humilde, que reconoce que nunca podrá llegar a comprender plenamente el misterio que se le revela, pero que en esa misma humildad lo acepta aunque no lo entienda. Y no sin motivo. El motivo último es el amor. Por eso, no se puede entender un acto de fe sobrenatural que no esté acompañado del amor. La fe va de la mano del amor. Y la fe sin el amor está muerta y no sirve para nada, como nos dice el apóstol san Pablo: “podría tener una fe como mover montañas, pero si no tengo amor de nada me sirve” (1 Cor 13, 2). La fe es expresión del amor, es manifestación de humildad, es prueba de la confianza.

La carta a los Hebreos, por su parte, define la fe como “garantía de lo que se espera y prueba de lo que no se ve” (Heb 11, 1). Si los contenidos de la fe fueran evidentes, no haría falta la fe. Necesitamos precisamente este don porque las cosas que creemos no las vemos, o bien porque además superan nuestra inteligencia y nuestra comprensión. Pero gracias a la fe podemos tener garantía de las cosas que esperamos, pues la fe se fundamenta en Dios mismo. ¿Qué más garantía queremos? Y si tenemos fe, entonces podemos estar ciertos de que alcanzaremos aquellas cosas que se nos han prometido: el Cielo eterno, la felicidad suprema por toda la eternidad junto a Dios. ¿Quién nos garantiza eso? La fe. Si no tenemos fe, no podremos alcanzar esos bienes eternos. La fe es también prueba de lo que no se ve. ¿Qué nos puede probar que existe Dios, que Jesús está en la Eucaristía, o que después de esta vida hay una vida eterna? La fe. Es decir, la confianza en Dios, la autoridad de Dios que se nos revela, y que es veraz y no engaña.

Por eso no hay nada que dé más seguridad en esta vida, incluso desde el punto de vista humano, que la fe sobrenatural. Si ponemos toda nuestra confianza en Dios, y tenemos la certeza de que Dios es absolutamente bueno y quiere lo mejor para sus hijos, entonces estaremos tranquilos, y si alguna vez nos pasara algo malo, tendríamos que pensar lógicamente que eso que nos pasa no es absolutamente malo, porque si Dios lo permite es porque sabrá sacar cosas buenas de ello. Seremos quizás como el niño que se somete al doloroso tratamiento médico, pero que piensa que si su padre lo permite es por su bien, aunque no entienda.

Sólo podemos acceder a la fe libremente, a través de lo que el Concilio Vaticano II llama la “obediencia de la fe”, como dice la Dei Verbum:

“Cuando Dios revela hay que prestarle ‘la obediencia de la fe’, por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios prestando ‘a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad’, y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él. Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que proviene y ayuda, a los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da ‘a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad’. Y para que la inteligencia de la revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones”: (Constitución Dei Verbum, 5).

Recordemos que la palabra obediencia viene del latín ob-audire, que significa “oír atentamente”. La obediencia consiste en la adecuada disposición para oír. La obediencia de la fe sería entonces la disposición para escuchar lo que Dios nos dice. Eso nos evoca aquel primer mandamiento que comienza con las palabras: “escucha Israel”, el famoso shemá. En este sentido, la fe es disposición abierta para escuchar lo que Dios quiere revelarnos, para aceptarlo en nuestra mente y para llevarlo a la propia vida.

Esta escucha debe ser libre. Si la fe fuera obligada, no sería fe. Por ello la Iglesia es una gran defensora de la libertad con que acogemos la verdad revelada, y proclama que a nadie se le debe obligar a creer contra su voluntad, como dice el Concilio Vaticano II:

“Es uno de los más importantes principios de la doctrina católica, contenido en la palabra de Dios y enseñado constantemente por los Padres, que el hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios, y que, por tanto, nadie debe ser forzado a abrazar la fe contra su voluntad”: (Declaración Dignitatis Humanae, 10).

Esto vale también, como principio inalienable, para la libertad religiosa, que hunde sus raíces en la libertad del acto de fe. Y el asentimiento que damos al mensaje divino lo hacemos con el acto de fe, como reza la Declaración Dignitatis Humanae:

“porque el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza, ya que el hombre, redimido por Cristo Salvador y llamado por Jesucristo a la filiación adoptiva, no puede adherirse a Dios que se revela a sí mismo, a menos que, atraído por el Padre, rinda a Dios el obsequio racional y libre de la fe. Está por consiguiente en total acuerdo con la índole de la fe que quede excluido cualquier género de imposición por parte de los hombres en materia religiosa” (n. 10).

La larga historia de persecuciones que ha sufrido la Iglesia a lo largo de la historia, unida a los periodos oscuros en los que algunos representantes de la Iglesia forzaban a la conversión a grupos humanos, la Iglesia ha aprendido la lección, y dedica sus esfuerzos a defender esa libertad religiosa que reclama para sí, pero que también aplica a los que no tienen la fe católica. En este sentido, el Vaticano II proclamó con toda claridad:

“Un régimen de libertad religiosa contribuye no poco a favorecer aquel estado de cosas en que los hombres puedan ser invitados fácilmente a la fe cristiana, a abrazarla por su propia determinación y a profesarla activamente en toda la ordenación de la vida”: (Declaración Dignitatis Humanae, 10).


[1] Cfr. Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 2, a. 9.

Anuncios

Written by rsanzcarrera

agosto 6, 2013 a 4:44 pm

Publicado en Teología, teología fundamental

Tagged with , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: