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Jesucristo

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Se cuenta que en el régimen comunista de la Unión Soviética del siglo XX, los jerarcas del gobierno hicieron un plan bien pensado para destruir cualquier vestigio de religión. Esto lo hacían de conformidad con el principio marxista de que “la religión es el opio del pueblo”. El plan consistía en hacer propaganda de un elemento de la religión en desmedro de otro, para así ir eliminando los aspectos religiosos que hubiera en un ambiente de una impronta tan cristiana como era la cultura rusa. El primer paso del plan era repetir hasta el cansancio el siguiente slogan: “creo en la Iglesia, pero no creo en los hombres que la conforman”. Una vez que habían mandado de paseo a los pastores y miembros de la jerarquía de la Iglesia, cambiaron el slogan, que sería en adelante: “creo en Jesucristo pero no creo en la Iglesia”. Avanzando en el cambio de paradigma ideológico, una vez que lograron crear la convicción de que la Iglesia no era necesaria para ningún plan religioso de salvación, propusieron extender la frese: “creo en Dios pero no creo en Jesucristo”. No fue fácil quitar a Jesucristo del horizonte religioso de los soviéticos, pero a fuerza de propaganda lograron que la mayoría no le diera ya a Jesucristo la importancia que tenía en el horizonte religioso. Pero la cosa iba más allá, porque lo que querían hacer en definitiva era eliminar a Dios de la cultura de los habitantes de la Unión Soviética. Quitar un sentimiento religioso que había durado tantos siglos desarrollándose y afianzándose en una cultura, no era fácil, y había que ir por partes. Pues bien, ya habían logrado eliminar todos los elementos que dependían de Dios indisolublemente: Jesucristo, su Iglesia y sus pastores. Ahora quedaba el paso más difícil e importante: eliminar a Dios. Para ello, tenían que buscar sustituir a Dios por otra cosa, e inventaron el slogan: “creo en el hombre, pero no creo en Dios”. Pero una vez que se elimina a Dios de cualquier cultura, lo que sobreviene es la destrucción del mismo hombre, y fue así que el régimen comunista soviético cayó por su propio peso, destruido por el mismo régimen desde dentro. Este cambio se verificó con la caída del muro de Berlín en 1989.

Podemos afirmar así que cuando se pretende eliminar a Dios, y todo lo que depende de Dios, del horizonte religioso del ser humano, se va hacia la destrucción del mismo ser humano.

Es lo que pasa también cuando eliminamos a Jesucristo de nuestro horizonte, pues Cristo es Dios. Y de Jesucristo hablaremos en este apartado.

Jesús de Nazaret es un personaje histórico, que vivió en el siglo I de nuestra era. Tuvo tanto impacto en la historia, que su nacimiento fue empleado como punto de referencia, a partir del siglo IV, para contar la historia, tanto en el mundo occidental como en el oriental. Hoy día es universalmente aceptado el calendario cristiano, según el cual la historia se divide en dos etapas: antes de Cristo y después de Cristo. Y de hecho, estamos en el año 2013 del nacimiento de Cristo.

Las fuentes históricas de todas las índoles dan cuenta de la existencia de Jesús de Nazaret. No sólo las internas al cristianismo, como los evangelios, las cartas de san Pablo o los demás escritos del Nuevo Testamento. También atestiguan la existencia histórica de Cristo autores paganos como Plinio el Joven y Tácito, o autores judíos como Filón de Alejandría. No podemos negar la existencia histórica de Jesús de Nazaret, ni los elementos que rodean su existencia. Los mismos judíos, enemigos de Jesús, tuvieron que rendirse ante la evidencia de sus milagros, pero le acusaron de que los hiciera en sábado, al no poder negar que hacía milagros. Otros le acusaban que expulsaba a los demonios con el poder de Belzebú, príncipe de los demonios, pues no podían negar que expulsaba demonios, porque estaba a la vista de todos. Ni siquiera pudieron negar la evidencia del más grande de sus milagros: su propia resurrección. Ante el hecho inequívoco de la resurrección de Jesús, los jefes de los sacerdotes sobornaron a los guardias y les dieron dinero para que ellos atestiguaran falsamente que se habían quedado dormidos, y que los discípulos de Jesús habían robado el cuerpo. Es más, tenían tanto miedo de que Jesús resucitara como lo había anunciado, que pidieron a Pilato que pusiera a unos soldados a custodiar el sepulcro, quizás para que a la fuerza impidieran que Jesús resucitara, o para matarlo de nuevo si tenía la osadía de resucitar.

Al dedicar este apartado a Jesucristo, comencemos por indicar el significado de los nombres Jesús y Cristo. El Catecismo de la Iglesia Católica es sumamente claro al respecto: “Jesús quiere decir en hebreo: ‘Dios salva’. En el momento de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la vez su identidad y su misión (cf.Lc 1, 31)” (n. 430). Por otra parte, dice el Catecismo acerca del nombre Cristo: “Cristo viene de la traducción griega del término hebreo ‘Mesías’ que quiere decir ‘ungido’. Pasa a ser nombre propio de Jesús porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él” (n. 436). Así pues, Jesús quiere decir salvador, y Cristo quiere decir ungido. Dos nombres que fueron unidos en uno solo, y así es como designamos al mesías salvador: Jesucristo.

El Jesús histórico no es distinto del Cristo de la fe, en quien creyeron las primeras comunidades cristianas. Se trata de una misma persona, que es Dios verdadero y hombre verdadero. Curiosamente, las primeras controversias teológicas en los inicios del cristianismo, versaron sobre la persona de Jesús. Un grupo de cristianos de finales del siglo I y del siglo II, influenciados por el gnoscitismo, corriente que sostiene que la salvación viene por el conocimiento, llegaron a pensar que Jesús era tan Dios, que no podía ser verdadero hombre. Los gnósticos no podían poner en duda los milagros de Jesús, ni las afirmaciones sobre su divinidad, que aún resonaban en el ambiente de la época, pues el fenómeno de Jesús todavía estaba próximo en el tiempo. Entonces estos cristianos gnósticos comenzaron a dudar de la humanidad de Jesús, y aunque llegaron a afirmar que Jesús era Dios, negaron que fuera hombre verdadero. Esto se compaginaba con la corriente de pensamiento dualista, según la cual lo espiritual era bueno, mientras que lo material era malo. Y como lo humano es corporal, y por tanto material, Jesús, que es Dios, no podía ser verdaderamente humano. Surgió así la herejía de los docetas (del griego dokein, que significa apariencia), quienes afirmaban que el cuerpo de Jesús era aparente, y no era real. En definitiva, Jesús sería de tal modo Dios verdadero, que no podía ser hombre verdadero. La herejía gnóstica y doceta fue rechazada por los pastores de la Iglesia de los primeros siglos, hasta el punto que terminó extinguiéndose.

Con el correr del tiempo, otro grupo de cristianos se fue al extremo opuesto del docetismo, pues con los datos que proporcionaba el Evangelio no podían negar que Jesús era verdadero hombre. Jesús de Nazaret había nacido en un pesebre, había sido envuelto en pañales y había tenido que huir de un rey malvado que lo quería matar. Había sido tentado, había pasado hambre y sed, había experimentado el cansancio, e incluso la ira. Es más, había llegado a llorar, no sólo por la muerte de su amigo Lázaro, sino también por la tristeza que le produjo la dureza de corazón de la ciudad de Jerusalén. No había duda de que era hombre. Pero, ¿cómo podía ser Dios? Fue así cuando en el siglo IV, con la influencia de las enseñanzas erradas de un sacerdote llamado Arrio (256-336), un grupo de herejes comenzó a negar la divinidad de Cristo. Según ellos, Jesús sería verdadero hombre, pero no sería Dios. El arrianismo adoptó diversas formas, en las que prevaleció el adopcionismo, herejía que afirmó que Jesús era menor que el Padre, adoptado por Dios como hijo, y negó así que era Hijo de Dios por naturaleza. Al negar la divinidad de Cristo, los arrianos asestaron un duro golpe al corazón de la fe cristiana. Contra las perniciosas doctrinas de Arrio, se alzó el Concilio de Nicea en el año 325, primer Concilio universal (ecuménico) de la Iglesia, en el cual se proclamó solemnemente la divinidad de Cristo. El símbolo de fe de Nicea fue completado por el Concilio de Constantinopla en 381. El credo, fruto de ambos concilios, enseñó que Jesús es “engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho”. Y para que no quedara ninguna duda de su divinidad, rezaba el símbolo que Jesús era “Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero”. Esta fórmula indicaba que Jesús era verdadero Dios, pero que al mismo tiempo procedía del Padre, pues fue generado o engendrado desde la eternidad, pero no creado.

La divinidad de Jesús siempre fue un punto clarísimo en el Nuevo Testamento, donde se afirma de varios modos que Jesús es Dios. Y aunque esto pertenece a la fe revelada, la lógica humana puede reflexionar acerca de por qué es más racional creer que Jesús es Dios, que creer que no lo es. Citamos a continuación un texto del cardenal Silvano Piovaneli, para responder a este planteamiento:

“La hipótesis de Jesús, simple hombre, es definitivamente rechazada por la crítica, porque en un ambiente hebraico la divinización de un hombre no sólo es imposible, sino ni siquiera es pensable. Para un pío hebreo atribuirle a un hombre, aunque sea muy noble y santo, los atributos divinos, constituye y constituía la más abominable de las blasfemias (Jesús fue condenado por la supuesta blasfemia de ser Dios). Además, los sostenedores de esta hipótesis caen en una contradicción crasa. El más sabio, el más bondadoso, el más humilde de los hombres, al declararse Dios, sería el más grande embaucador”[1].

Habría entonces dos posibilidades: que Jesús sea Dios o que no lo sea. Si lo es, decía la verdad. Pero si no lo es, estamos ante el pero impostor de toda la historia.

Las enseñanzas cristológicas de Nicea y Constantinopla fueron mejor sistematizadas en el Concilio de Calcedonia en 451, donde se condenó la doctrina monofisita, que afirmaba que en Jesús había una sola naturaleza (la fisis divina fundida en la humana). Calcedonia proclamó entonces que en Jesús había dos fisis o naturalezas: la humana porque es hombre, y la divina porque es Dios. Así se fue sistematizando la doctrina de la Iglesia sobre la persona de Cristo, segunda persona de la Santísima Trinidad, hecho hombre para salvarnos del pecado, que asumió la naturaleza humana, elevando así al plano divino a todo el género humano, sin dejar de ser Dios. Quedó así más claro aún que al asumir la naturaleza humana, Dios divinizó al ser humano, y lo elevó haciéndolo capaz de la gracia y de la vida eterna. La síntesis del Concilio de Calcedonia sobre Jesucristo es muy elocuente:

“Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre compuesto de alma racional y cuerpo; consubstancial con el Padre según la divinidad, y consubstancial con nosotros según la humanidad, ‘en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado’ (Hb 4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la divinidad; y por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad. Se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo único en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación. La diferencia de naturalezas de ningún modo queda suprimida por su unión, sino que quedan a salvo las propiedades de cada una de las naturalezas y confluyen en un solo sujeto y en una sola persona” (Concilio de Calcedonia, citado por el Catecismo de la Iglesia Católica, 467).

Como vemos, los primeros concilios ecuménicos de la Iglesia católica se centraron en la persona de Cristo, que es el centro de la fe cristiana. Evidentemente, la Iglesia no podía cuestionar la divinidad de Cristo, cuando en los tres primeros siglos del cristianismo, la época de los mártires, miles de cristianos habían sido asesinados por defender la divinidad de Jesús. De hecho, los emperadores romanos de los tres primeros siglos habían reclamado el título de dioses, y pedían por ello ser adorados como tales. Pero los cristianos se negaban a adorar al emperador, o a quemar incienso a los ídolos en señal de adoración, porque proclamaban abiertamente que sólo Cristo era Dios, y que no había ningún otro dios sobre la tierra.

Los primeros concilios de la Iglesia lo que hicieron fue dejar cada vez más claro el misterio de Cristo, contra los que se empeñaban en desvirtuar este misterio. Esto lo hicieron de conformidad con las enseñanzas del Nuevo Testamento, que reflejan una claridad singular cuando se refiere a la persona de Cristo, Dios y hombre verdadero. El himno cristológico de la carta a los Colosenses es particularmente luminoso en la comprensión del misterio de Cristo, y dice así:

“Cristo es imagen del Dios invisible, primogénito de la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas en los cielos y sobre la tierra, las visibles y las invisibles, sean los tronos o las dominaciones, los principados o las potestades. Todo ha sido creado por Él y para Él. Él es antes de todas las cosas y todas subsisten en Él. Él es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia; Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que Él sea el primero en todo, pues Dios tuvo a bien que en Él habitase toda la plenitud, y por Él reconciliar todos los seres consigo, restableciendo la paz por medio de su sangre derramada en la cruz, tanto en las criaturas de la tierra como en las celestiales” (Col 1, 15-20).

El texto de san Pablo deja bien claras dos cosas: que Cristo es Dios, pues es el creador de todas las cosas y existe antes que todas ellas; y que Cristo es hombre, pues es el primogénito de la creación, al asumir un cuerpo y un alma creadas. Además, este Cristo es el fundador de la Iglesia, y su cabeza, y por ella derramó su sangre en la cruz.

Jesús de Nazaret es el centro de nuestra fe, y por ello creemos profundamente el Él. Jesús nos pide no sólo la adhesión de nuestra fe, sino también un trato íntimo y personal con Él. Sólo si tratamos a Jesús, podremos conocerle y podremos amarle cada vez más. No podemos decir que somos cristianos si nos mantenemos indiferentes ante la persona de Cristo, si no encarnamos en nuestras vidas su palabra de salvación, si somos indiferentes a su mensaje o a sus sacramentos.

Jesús de Nazaret vino con una misión universal, y por eso su Iglesia es católica. Su mensaje se adapta a todas las culturas y mentalidades. Esto se realiza en un proceso que se ha denominado inculturación, como dice el Concilio Plenario de Venezuela:

“En el Nuevo Testamento ya aparece la inculturación de la fe. Hay comunidades provenientes del judaísmo y del helenismo. El uso de las Escrituras, el cumplimiento de las leyes y costumbres, la sinagoga y la presencia en el templo, muestran una manera judía de vivir la fe cristiana. Poco a poco aparece la posibilidad y la necesidad de vivir la fe de un modo distinto al judío. San Pablo se opondrá a la judaización de los gentiles. Para ser cristiano no se requiere ser judío. En el ambiente judío se prefiere llamar a Jesucristo ‘Hijo del hombre’; en las comunidades judeocristianas se le llama preferentemente ‘Kyrios’ o ‘Señor’. En las comunidades griegas se le llama ‘Logos’ o ‘Palabra’”[2].

En este proceso de inculturación no se diluyó ni lo más mínimo la realidad de la divinidad y humanidad de Jesucristo. De hecho, los títulos dados a Cristo, que menciona el documento del Concilio Plenario, indican cada uno un aspecto concreto de su ser. La expresión “Hijo del hombre” hace hincapié en su humanidad. El título “Señor” resalta su carácter divino, mientras que el nombre “Logos” o “Palabra” indica que es la segunda persona de la Trinidad, Palabra eterna del Padre.

Para concluir este apartado, podemos hacer una síntesis diciendo que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, y que Jesús es una sola persona –la segunda persona de la Santísima Trinidad– en el cual la naturaleza divina está unida sustancialmente a la naturaleza humana, en lo que la teología ha llamado la unión hipostática (unión sustancial). Por tanto, en Cristo hay dos naturalezas, la humana porque es hombre y la divina porque es Dios. Ambas naturalezas son distintas, y están sustancialmente unidas a la persona del Verbo, de modo que decimos que Jesús es al mismo tiempo Dios verdadero y hombre verdadero.

Es ese Jesús el que nació en Belén, huyó a Egipto. Siendo aún niño, regresó y creció en Nazaret. Como a los 30 años comenzó a predicar el Reino de Dios, una vez que fue bautizado y que pasó 40 días de oración y penitencia en el desierto. Es el Jesús que sanó enfermos, abrió los ojos a ciegos, los oídos a los sordos, la boca a los mudos, hizo caminar a paralíticos, resucitó muertos, sacó demonios, y predicó un mensaje de amor y de salvación. El Jesús que llevó la buena noticia a los pobres, a los afligidos el consuelo y a los cautivos la libertad. El Jesús que vino a salvar lo que estaba perdido, a perdonar los pecados y a abrirnos las puertas del Cielo. El Jesús que “por nosotros los hombres, y por nuestra salvación” fue crucificado, muerto y sepultado. Pero resucitó al tercer día, y cuarenta días luego de resucitar subió al Cielo, para enviarnos a los diez días al Espíritu Santo. El Jesús que prometió a su Iglesia estar con ella todos los días hasta el fin del mundo. El Jesús que se ha quedado en la Eucaristía para que podamos alimentarnos de Él. El Jesús que vendrá al final de los tiempos revestido de todo su poder y su gloria, para juzgar a vivos y muertos, para inaugurar un reino que no tendrá fin. El Jesús en quien nosotros creemos, a quien damos el asentimiento libre de nuestra fe. El Jesús que vive y reina con Dios Padre, en la unidad del Espíritu Santo, y que es Dios, por los siglos de los siglos, amén.


[1] S. Piovaneli, El credo. Una palabra de amor, San Pablo, Caracas, 1993, p. 84.

[2] Concilio Plenario de Venezuela, Documento n. 1: La proclamación profética del Evangelio de Jesucristo en Venezuela, 85.

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Written by rsanzcarrera

agosto 8, 2013 a 4:48 pm

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