es_tu_dia

Just another WordPress.com weblog

La Iglesia

leave a comment »

Sculpture of St. Peter at The Vatican. Vatican City, Rome, Italy.Algunos documentales televisivos, sobre todo luego de haberse escrito y haberse proyectado en la pantalla grande del famoso Código Da Vinci de Dan Brown, han afirmado que Jesús de Nazaret se casó. Y eso es verdad, a menos por cuanto nos dice san Pablo en la carta a los Efesios (5, 25-32). Pero no se casó con María Magdalena ni nada por el estilo. Se casó nada menos que con la Iglesia, que es la esposa de Cristo, a quien Jesús santificó dejándola sin mancha, ni arruga, ni nada semejante: “Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola mediante el baño del agua por la palabra, para mostrar ante sí mismo a la Iglesia resplandeciente” (Ef 5, 26-27). La Iglesia es la esposa de Cristo hasta el punto que Jesús se hizo un solo cuerpo con ella, tal como ocurre en un matrimonio. Es más, el matrimonio como la unión sagrada entre un hombre y una mujer para hacerse una sola carne, es un signo de la unión de Cristo con la Iglesia (Ef 5, 32). Jesús se ha hecho una sola cosa con ella, y por ello la Iglesia es llamada el “cuerpo místico de Cristo”. San Agustín hablaba del Cristo total, que era Cristo unido a su Iglesia: la Iglesia es el cuerpo de Cristo, y Cristo es la cabeza de la Iglesia. De este modo, podemos decir que la fe en la Iglesia hunde sus raíces en la fe en Jesús de Nazaret, que es quien fundó a la Iglesia.

El evangelio nos habla de la intención clara de Jesús de fundar una Iglesia, cuando nos narra las palabras de Jesús dirigidas a Pedro: “Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las fuerzas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18). Esa Iglesia, edificado sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, recibió en Pentecostés al Espíritu Santo, prometido por Jesús para guiarla, y llevarnos a la verdad completa.

Ahora bien, ¿qué necesidad tenía Jesús de fundar una Iglesia? ¿Para qué la Iglesia? ¿No hubiese bastado con todas sus obras y sus enseñanzas? No precisamente. Jesús fundó la Iglesia justamente para que sus obras y sus enseñanzas pudieran llegar a las personas de todos los lugares y de todos los tiempos.

En honor a la verdad, para muchos cristianos la parte más difícil del credo es: “creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica”. Había un santo sacerdote que vivía en Roma, y solía rezar el credo frente a la Basílica de San Pedro, y cuando llegaba a la parte del credo que nombraba a la Iglesia, decía: “Creo en la Iglesia, que es una, santa… a pesar de los pesares…, católica y apostólica”. Ese sacerdote le comentó a un cardenal la costumbre que tenía de rezar el credo así, el cardenal le preguntó: ¿a qué quiere referirse cuando dice a pesar de los pesares?”, a lo que el sacerdote contestó: “a pesar de mis pecados y de los suyos”.

Efectivamente, la Iglesia es santa, a pesar de nuestros pecados. Nuestra fe en la Iglesia, es la fe en una institución fundada por Cristo, pero formada por hombres, y por tanto, siendo santa en honor a su fundador y a su doctrina, está integrada por pecadores que están continuamente confesando sus pecados. Por ello no debemos escandalizarnos si encontramos el pecado en los miembros de la Iglesia, tal como lo encontraremos en cualquier institución humana. Los miembros de la Iglesia no están exentos de pecado. Sin embargo, aunque la Iglesia esté formada por pecadores, ella no pacta con el pecado. El hecho de que sea difícil vivir conforme al evangelio no quiere decir que la Iglesia deba permitir aquello que sea más difícil, o aquel pecado que esté más extendido en un lugar o en una época determinada.

Antes de seguir adelante, digamos algo acerca del significado de la palabra “Iglesia”. El Catecismo de la Iglesia Católica dice al respecto: “La palabra ‘Iglesia’ [ekklèsia, del griego ek-kalein – ‘llamar fuera’] significa ‘convocación’. Designa asambleas del pueblo (cf. Hch 19, 39), en general de carácter religioso. Es el término frecuentemente utilizado en el texto griego del Antiguo Testamento para designar la asamblea del pueblo elegido en la presencia de Dios, sobre todo cuando se trata de la asamblea del Sinaí, en donde Israel recibió la Ley y fue constituido por Dios como su pueblo santo (cf. Ex 19). Dándose a sí misma el nombre de ‘Iglesia’, la primera comunidad de los que creían en Cristo se reconoce heredera de aquella asamblea. En ella, Dios ‘convoca’ a su Pueblo desde todos los confines de la tierra. El término Kyriaké, del que se deriva las palabras church en inglés, y Kirche en alemán, significa ‘la que pertenece al Señor’” (n. 751).

El papa Benedicto XVI, en un discurso a la curia romana, destacaba el lado humano de la Iglesia, citando una visión de santa Hildegarda de Bingen sobre la Iglesia. El relato de la visión de la santa doctora de la Iglesia es el siguiente:

“En el año 1170 después de Cristo estuve en cama, enferma durante mucho tiempo. Entonces, física y mentalmente despierta, vi una mujer de una tal belleza que la mente humana no es capaz de comprender. Su figura se erguía de la tierra hasta el cielo. Su rostro brillaba con un esplendor sublime. Sus ojos miraban al cielo. Llevaba un vestido luminoso y radiante de seda blanca y con un manto cuajado de piedras preciosas. En los pies calzaba zapatos de ónix. Pero su rostro estaba cubierto de polvo, su vestido estaba rasgado en la parte derecha. También el manto había perdido su belleza singular y sus zapatos estaban sucios por encima. Con gran voz y lastimera, la mujer alzó su grito al cielo: ‘Escucha, cielo: mi rostro está embadurnado. Aflígete, tierra: mi vestido está rasgado. Tiembla, abismo: mis zapatos están ensuciados’. Y prosiguió: ‘Estuve escondida en el corazón del Padre, hasta que el Hijo del hombre, concebido y dado a luz en la virginidad, derramó su sangre. Con esta sangre, como dote, me tomó como esposa. Los estigmas de mi esposo permanecen frescos y abiertos mientras estén abiertas las heridas de los pecados de los hombres. El que permanezcan abiertas las heridas de Cristo es precisamente culpa de los sacerdotes. Ellos rasgan mi vestido porque son transgresores de la Ley, del Evangelio y de su deber sacerdotal. Quitan el esplendor de mi manto, porque descuidan totalmente los preceptos que tienen impuestos. Ensucian mis zapatos, porque no caminan por el camino recto, es decir por el duro y severo de la justicia, y también porque no dan un buen ejemplo a sus súbditos. Sin embargo, encuentro en algunos el esplendor de la verdad’. Y escuché una voz del cielo que decía: ‘Esta imagen representa a la Iglesia. Por esto, oh ser humano que ves todo esto y que escuchas los lamentos, anúncialo a los sacerdotes que han de guiar e instruir al pueblo de Dios y a los que, como a los apóstoles, se les dijo: ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’ (Mc 16,15)”[1].

Benedicto XVI comentó la visión de Hildegarda, en medio del año sacerdotal, cuando explotó la crisis ocasionada por los escándalos de pedofilia de algunos sacerdotes. Así se expresaba el papa:

“En la visión de santa Hildegarda, el rostro de la Iglesia está cubierto de polvo, y así es como lo hemos visto. Su vestido está rasgado por culpa de los sacerdotes. Tal como ella lo ha visto y expresado, así lo hemos visto este año. Hemos de acoger esta humillación como una exhortación a la verdad y una llamada a la renovación. Solamente la verdad salva. Hemos de preguntarnos qué podemos hacer para reparar lo más posible la injusticia cometida. Hemos de preguntarnos qué había de equivocado en nuestro anuncio, en todo nuestro modo de configurar el ser cristiano, de forma que algo así pudiera suceder. Hemos de hallar una nueva determinación en la fe y en el bien. Hemos de ser capaces de penitencia. Debemos esforzarnos en hacer todo lo posible en la preparación para el sacerdocio, para que algo semejante no vuelva a suceder jamás. También éste es el lugar para dar las gracias de corazón a todos los que se esfuerzan por ayudar a las víctimas y devolverles la confianza en la Iglesia, la capacidad de creer en su mensaje. En mis encuentros con las víctimas de este pecado, siembre he encontrado también personas que, con gran dedicación, están al lado del que sufre y ha sufrido daño. Ésta es la ocasión para dar las gracias también a tantos buenos sacerdotes que transmiten con humildad y fidelidad la bondad del Señor y, en medio de la devastación, son testigos de la belleza permanente del sacerdocio” (Discurso, 10-12-2010).

La Iglesia es la primera víctima de los pecados de sus sacerdotes, y de hecho, los ataques más duros que ha sufrido la Iglesia a lo largo de los siglos han venido de los sacerdotes. Se cuenta que Napoleón Bonaparte, habiendo llegado a Roma para doblegar al papa Pío VI, tuvo un diálogo con el cardenal Ercole Consalvi, que le preguntó: “Emperador, ¿a qué viene Usted a Roma?”. Bonaparte habría respondido retador: “vengo a destruir a la Iglesia”. A lo que el cardenal Consalvi, sonriente, replicaría: “No pierda su tiempo Emperador, que ni siquiera los que estamos adentro hemos podido destruir a la Iglesia en 18 siglos”. Algunos incluso se atreven a decir que la prueba de que la Iglesia católica es de Dios, es que ni siquiera los sacerdotes la han podido destruir.

A pesar de todos los ataques que ha recibido la Iglesia desde dentro y desde fuera, ella sigue progresando en la historia, aprendiendo de sus errores, y purificándose de las faltas de sus hijos. Es la única institución en el mundo que ha durado tanto tiempo. Los imperios más fuertes han caído, los regímenes más florecientes han caducado, las instituciones más prestigiosas se han acabado. Pero la Iglesia no muere, y cuanto más la atacan, pareciera que más se fortalece. Ya decía Tertuliano en los inicios del cristianismo: “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”. La Iglesia es la única institución en el mundo que ha pedido perdón por los pecados y los errores de sus hijos en las épocas pasadas. Ninguna otra religión ha realizado ese acto de heroísmo sincero y de humildad suprema. Muy pocos gobiernos han pedido perdón por algún crimen o falta grave cometida en el pasado. Pero la grandeza de la Iglesia consiste precisamente en su humildad de pedir perdón, por faltas cometidas por otros en el pasado, pero que se cometieron por miembros de la misma Iglesia. La solidaridad que vivimos los cristianos, nos ha llevado incluso a pedir perdón unos por otros. Si los pecados de los hijos de la Iglesia son un antitestimonio por  los que hay que pedir perdón, el reconocimiento de las faltas es una señal de que se quiere enmendar y purificar de esos pecados.

Más allá de los pecados de los miembros de la Iglesia, hemos de señalar que cuando decimos que creemos en la Iglesia, estamos diciendo en definitiva que creemos en Cristo, que es el esposo de la Iglesia, y que creemos en el Espíritu Santo, que es quien vivifica a la Iglesia. Estamos proclamando que creemos en el Dios que confía tanto en los hombres, que deja en sus manos la obra de la salvación. Muchas veces encontramos a gente que dice que no cree en Dios. Pero nosotros tenemos a un Dios que sí cree en los hombres, que confía de tal manera en ellos que les ha entregado su Iglesia, y ha depositado en ella los medios de la salvación.

La Iglesia es el misterio de un Dios que cree y confía en el hombre, pero no le deja solo, sino que le ayuda y le da su fuerza y su gracia. Esa es la Iglesia de Cristo: el misterio de un Dios que actúa a través de hombres pecadores, el fenómeno de un Dios que se pone en manos de los sacerdotes que consagran la Eucaristía para darla como alimento a los hijos de Dios. La Iglesia es el espacio en el que Dios nos perdona por el ministerio de los presbíteros, que absuelven los pecados en nombre de Cristo, haciendo sus veces.

Esa es la Iglesia en que creemos, y rezamos por ella para que se mantenga en la unidad, y para que viva la caridad con todas sus consecuencias.

Cuando rezamos el credo largo, decimos: “Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica”. Estas son las famosas cuatro notas características de la Iglesia fundada por Cristo. Nos detendremos ahora en cada una de ellas.

a)     La unidad de la Iglesia

La Iglesia de Cristo es Una porque Jesús fundó una sola Iglesia, y pidió que se mantuviera en la unidad cuando rezó al Padre en estos términos: “que todos sean uno, como tú padre en mí y yo en ti. Que todos sean uno para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21). Jesús no quiso una Iglesia dividida, sino unida en el amor. Y la única Iglesia que fundó Jesús es la católica, pues es la única que mantiene todos los elementos de la Iglesia primitiva. El Concilio Vaticano II afirma que la Iglesia fundada por Cristo “subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica” (Lumen Gentium 8).

El camino hacia la unidad es arduo, debido a que a lo largo de la historia, la Iglesia de Cristo ha experimentado dolorosas rupturas, que ha dado lugar a divisiones que no son queridas por Dios, sino que son fruto del mal uso de la libertad de los hombres.

La soolicitud por la unidad de todos los cristianos en una misma Iglesia se denomina ecumenismo, y la Iglesia católica está tan empeñada en buscar esta unidad, que posee un dicasterio en la Santa Sede dedicado a esta misión. Se trata del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos. Los esfuerzos ecuménicos de la Iglesia católica han dado hermosos frutos. En épocas recientes un grupo importante de anglicanos ha vuelto en masa a la Iglesia católica, en número tan elevado que el papa Benedicto XVI tuvo que erigir varias circunscripciones eclesiásticas nuevas, llamadas ordinariatos personales, para acoger a los cristianos que venían del anglicanismo, permitiéndoles la subsistencia de sus propias tradiciones litúrgicas, pero ahora unidos a la única Iglesia de Cristo. El camino hacia la unidad plena de los cristianos continúa, en un esfuerzo no sólo de la Iglesia católica, sino también de algunas denominaciones ortodoxas y protestantes que están en diálogo continuo con la Iglesia católica para conseguir la tan anhelada unidad.

La unidad de los cristianos es tarea de todos, y todos debemos trabajar y rezar por esta intención. Ayudaremos mucho a que se realice si nos empeñamos en estar más unidos entre nosotros. De hecho, Nuestro Señor ha pedido que todos seamos uno “para que el mundo crea” (Jn 17, 21). La unidad de la Iglesia es un testimonio que despierta la fe de los que aún no creen. Si nos mantenemos unidos, haremos que el mundo crea, avivaremos la fe de muchos.

Unidad no significa uniformidad. Es así que en la única Iglesia de Cristo hay diversidad de funciones, carismas y ministerios. Estamos unidos, pero no todos tenemos las misma vocación o la misma misión. Hay quienes son llamados al ministerio sacerdotal, otros a la vida consagrada, y existe también la vocación al matrimonio. Dentro de la vida consagrada hay monjes que se apartan totalmente del mundo para vivir en oración, pero también hay religiosos de vida activa. Existen además numerosos carismas, que reflejan la multiformidad de los dones del Espíritu Santo. Y aunque en la Iglesia todos hacemos cosas distintas, estamos unidos en una misma fe, un solo bautismo, un solo Señor, un solo Dios y Padre. Esta unidad también se debe ver reflejada en las parroquias, que han sido definidas como “comunidad de comunidades”: en la parroquia confluye una variedad de comunidades unidas en torno al pastor, el párroco. Cada comunidad tiene sus características propias, pero todas están unidas en la fe. Entre ellas se impulsan y se respetan, y se cultiva la unidad.

Unidad implica por tanto fraternidad y comunión, dos nociones que están estrechamente vinculadas. 

b)     La santidad de la Iglesia

La Iglesia de Cristo también es santa, porque su fundador es santo, Jesús de Nazaret, y porque su doctrina es santa, pues ha sido revelada por Dios. La santidad de la Iglesia también se manifiesta en la multitud de santos que ha tenido a lo largo de la historia. Los santos son personas como tú y como yo, que han vivido el mensaje de Cristo hasta sus últimas consecuencias, y de ese modo han alcanzado la unión plena con Dios en el Cielo. Por eso los santos son nuestros modelos, pero también nuestros intercesores. Recordemos que todos estamos llamados a ser santos, a través del bautismo que hemos recibido. El Concilio Vaticano II ha proclamado claramente esa vocación a la santidad:

“Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre” (Constitución Lumen Gentium, 11).

La llamada a la santidad no es pues un privilegio para una élite, sino una vocación para todos. En el Sermón de la montaña Jesús dijo: “sean perfectos como su padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48). La perfección de la vida cristiana es por tanto una llamada para todos, pues el Señor se dirigía al pueblo llano, y no a un grupito de elegidos.

La mayoría de los cristianos están llamados a ser santos en medio de sus ocupaciones cotidianas y de su trabajo. De modo que el trabajo profesional o la familia no son un obstáculo para ser santos, sino más bien el medio querido por Dios para alcanzar esa santidad. Debemos buscar, con la ayuda de Dios, convertir todos los momentos y circunstancias de nuestra vida en ocasión de amar más a Dios. Debemos buscar a Dios en medio de la calle, del mercado, del autobús o de la casa. Lo haremos si ofrecemos nuestro trabajo a Dios, si tenemos presencia de Dios, y presentamos a Dios el sacrificio de nuestra vida al unirlo al único y perfecto sacrificio de Cristo en la cruz, que se renueva cada día en la Santa Misa.

c)      La universalidad de la Iglesia

Hablemos ahora de la catolicidad de la Iglesia. La Iglesia es católica porque es universal. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña al respecto:

“La palabra ‘católica’ significa ‘universal’ en el sentido de ‘según la totalidad’ o ‘según la integridad’. La Iglesia es católica en un doble sentido: Es católica porque Cristo está presente en ella. ‘Allí donde está Cristo Jesús, está la Iglesia Católica’ (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Smyrnaeos 8, 2). En ella subsiste la plenitud del Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza (cf. Ef 1, 22-23), lo que implica que ella recibe de Él ‘la plenitud de los medios de salvación’ (Ad Gentes, 6) que Él ha querido: confesión de fe recta y completa, vida sacramental íntegra y ministerio ordenado en la sucesión apostólica. La Iglesia, en este sentido fundamental, era católica el día de Pentecostés (cf. Ad Gentes, 4) y lo será siempre hasta el día de la Parusía” (n. 830).

Es interesante saber que el primer documento que aplica el adjetivo “católica” a la Iglesia de Cristo es del año 107 de nuestra era, empleado por el obispo san Ignacio de Antioquía, que cita el Catecismo. Vemos así que ese título de católica aplicado a la Iglesia es antiquísimo, y manifiesta la universalidad de la Iglesia de Cristo, que ha sido fundada para los hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los lugares de la tierra.

El Concilio Vaticano II afirma acerca de la universalidad de la Iglesia:

“Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios. Por eso este pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo el mundo a través de todos los siglos, para que así se cumpla el designio de Dios, que en el principio creó una única naturaleza humana y decidió reunir a sus hijos dispersos […] Este carácter de universalidad, que distingue al pueblo de Dios, es un don del mismo Señor. Gracias a este carácter, la Iglesia Católica tiende siempre y eficazmente a reunir a la humanidad entera con todos sus valores bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu” (Constitución Lumen Gentium, 13).

Gracias a esa catolicidad, la Iglesia ha podido adaptarse a todas las culturas, sin eliminar los elementos de cada cultura, pero elevándolas hacia los más altos valores. Ese proceso de inculturación, en el que las culturas más diversas se adaptan al evangelio, es un fenómeno que sigue la misma lógica de la encarnación. Si al hacerse hombre, el Hijo de Dios asumió todo lo humano y lo elevó al orden de la gracia, entonces todos los elementos de la cultura humana pueden ser elevados al ser asumidos por la Iglesia fundada por Cristo.

d)     La apostolicidad de la Iglesia

Por último, rezamos en el Credo que la Iglesia es apostólica. Esto significa que, como dice san Pablo, está fundada “sobre el cimiento de los apóstoles y profetas” (Ef 2, 20). Cristo quiso que su Iglesia reposara sobre la columna de sus apóstoles, que dieron su vida por la Iglesia, y sobre los sucesores de los apóstoles que son los obispos. Sobre esta propiedad de la Iglesia dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

“La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido: –fue y permanece edificada sobre ‘el fundamento de los Apóstoles’ (Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo (cf. Mt 28, 16-20; Hch 1, 8; 1 Co 9, 1; 15, 7-8; Ga 1, l; etc.)– guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza (cf. Hch 2, 42), el buen depósito, las sanas palabras oídas a los Apóstoles (cf. 2 Tm 1, 13-14). –sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, ‘al que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia’ (Ad Gentes, 5)” (n. 857).

De hecho, la única Iglesia de Cristo está gobernada por los obispos, sucesores de los apóstoles, a quienes se ha comunicado de modo especial la gracia del Espíritu Santo a través del sacramento del orden en el grado del episcopado. Como los apóstoles, los obispos no dejan de ser seres humanos, con pecados y defectos, pero han sido elegidos por Dios para una misión singular y trascendente: pastorear su Iglesia. Por tres veces dijo Jesús a Pedro –príncipe de los apóstoles– que pastoreara las ovejas de su rebaño (Jn 21, 15 ss). Las ovejas somos todos los bautizados, miembros del único rebaño de Cristo. Y los pastores son los sucesores de los apóstoles, los obispos, que ejercen de modo pleno la triple función de santificar, enseñar y gobernar al pueblo de Dios. Es por eso que en la Iglesia católica existe una particular veneración por el papa y los obispos, pues escucharlos a ellos es escuchar a Cristo, y despreciarlos a ellos es despreciar a Cristo, tal como el mismo Jesús enseñó (cf. Lc 10, 16). Y no veneramos a los obispos porque nos caigan bien o porque sean muy simpáticos, siendo así que la mayoría de los obispos son simpáticos, sino que los veneramos porque vemos en ellos a uno de los doce apóstoles del Cordero, elegidos por el mismo Jesús.

La sucesión apostólica en la Iglesia garantiza la fuerza del Espíritu Santo que los apóstoles recibieron del mismo Jesús, y que nos puede llegar a nosotros gracias a esa transmisión de la gracia que ha venido a través de la historia con la imposición de las manos. Por la sucesión apostólica, nos hacemos más cercanos a los cristianos de la Iglesia primitiva, y nos hacemos partícipes más directamente del mensaje y de los dones que Jesús vino a traer al mundo.


[1] Hildegarda de Bingen, Carta a Werner von Kirchheim y a su comunidad sacerdotalPL 197, 269 ss.

Anuncios

Written by rsanzcarrera

agosto 8, 2013 a 4:37 pm

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: