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La vida de fe

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Downtown New York, NYLa fe no es un simple conocimiento teórico de unas verdades reveladas, sino una virtud y un don vivos que dan a la persona la fuerza para llevar a la práctica lo que cree, y para anunciarlo con la palabra y con la vida. Está claro que la fe nos da la justificación, según aquellas palabras de Jesús: “El que crea y se bautice se salvará, y el que se resista a creer será condenado” (Mc 16, 16). Esto es así en el sentido de que la fe precede a la vida, pero la vida es expresión de la fe y signo de su presencia.

San Pablo deja bien clara la primacía de la fe en su epístola a los Romanos, cuando afirma: “Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás” (Rom 10, 9). Sin la fe es imposible agradar a Dios, y el inicio de nuestro seguimiento a Jesús es el don de la fe. La carta a los Romanos explica el don de la fe en contraposición con las obras de la Ley antigua, que fue superada con la Nueva Alianza de Cristo. Es la fe en Jesús la que nos da la salvación, y no las obras de la ley:

Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen —pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios— y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, pasando por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él justo y justificador del que cree en Jesús” (Rom 3 ,21-26).

San Pablo nos dice que la justificación viene por la fe en Jesucristo, que nos salvó a través de su sangre derramada en la cruz, con la que nos hizo partícipes de su vida divina. No puede venir a nosotros la gracia de Dios, si no creemos en Jesús. Somos justificados por el don de la gracia de Cristo. Y este don implica la fe, que nos hace creer en Jesús.

Pero la fe en Jesús es una fe viva, no muerta. El indicador de que la fe está viva es la práctica de la caridad, porque la fe conduce a la caridad. Es en este contexto en que hay que leer la carta de Santiago, en la que se contrapone la fe con las obras. Pero Santiago no habla de las obras de la ley de Moisés, sino de las obras del amor que hemos recibido de Cristo. Veamos de qué manera nos lo dice el apóstol Santiago: ¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo?” (Sant 2, 14). Al referirse a las obras del amor, y no a las obras de la ley antigua, Santiago pone a continuación un ejemplo que tiene que ver directamente con la caridad: “¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: «Vayan en paz, caliéntense y coman», y no les da lo que necesitan para su cuerpo?” (Sant 2, 15-16). Si actuáramos de esa manera, sería señal de que no tenemos una fe verdadera, por eso sentencia Santiago con tanta claridad: “Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta” (Sant 2, 17).

Según el texto que estamos escrutando, queda claro que en la cuestión de las virtudes teologales –fe, esperanza y caridad– no valen las “especializaciones”, en el sentido de que no se trata de que alguien se especialice en la fe, mientras que otro de dedique sólo a la caridad, en tanto que un tercero haga lo propio con la esperanza. No es así, porque esas tres virtudes teologales van de la mano. No puede haber verdadera caridad sin fe, ni verdadera fe sin caridad ni esperanza. Santiago explica esta realidad diciendo: “Sin embargo, alguien puede objetar: «Uno tiene la fe y otro, las obras». A ese habría que responderle: «Muéstrame, si puedes, tu fe sin las obras. Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe»” (Sant 2, 18). Las obras del amor son expresión de la fe, y serán verdaderas obras divinas si no están acompañadas del don de la fe.

Pero tampoco basta simplemente con creer en Dios, porque “los demonios también creen, y sin embargo, tiemblan” (Sant 2, 19). Es necesario también obrar según eso que creemos, porque de lo contrario seríamos semejantes a los demonios, si nos conformáramos con tener sólo fe, sin que eso nos impulse a tener una vida de fe, una existencia vivificada por el amor.

Y para convencernos que la fe sin obras es estéril, Santiago saca a colación la historia del patriarca Abraham:

“¿Acaso nuestro padre Abraham no fue justificado por las obras, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿Ves cómo la fe no estaba separada de las obras, y por las obras alcanzó su perfección? Así se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó en Dios y esto le fue tenido en cuenta para su justificación, y fue llamado amigo de Dios. Como ven, el hombre no es justificado sólo por la fe, sino también por las obras” (Sant 2, 21-24).

Santiago en ningún momento pone a las obras por encima de la fe, ni excluye a la fe de su discurso. Lo que enseña es que no basta con tener la sola fe, así como tampoco es suficiente tener tan sólo obras. Fe y obras son las dos caras de una misma moneda. Y lo son de tal manera, que el texto de Santiago compara la unión de la fe y las obras con la unión entre el alma y el cuerpo: “De la misma manera que un cuerpo sin alma está muerto, así está muerta la fe sin las obras” (Sant 2, 26). Este ejemplo tiene una gran significación en la mentalidad hebrea, en la cual el ser humano es visto de un modo tremendamente unitario. Para la antropología hebrea, el cuerpo y el alma forman una sola cosa, una sola sustancia. Los hebreos se sitúan así en las antípodas del planteamiento platónico, según el cual el cuerpo es la cárcel del alma, de la cual el alma se quiere liberar. Para los hebreos, el alma es la que vivifica el cuerpo, pero forma una sola cosa con el cuerpo, y no son dos realidades yuxtapuestas. Por ello se entiende claramente que para que vivamos como cristianos, debemos tener una fe viva, una fe vivificada con las obras.

Al comparar la fe con el cuerpo y las obras con el alma, no quiere decir la Escritura que el cuerpo –la fe– no sea importante. Lo que indica es que la fe es importante y tiene sentido sólo cuando está animada por las obras. Pero también las obras deben acompañar a la fe, porque de otro modo estaríamos hablando de un espíritu etéreo, sin cuerpo.

Vemos pues que en definitiva lo que denuncia Santiago es una fe muerta, una fe que no esté vivificada por la caridad, una fe que no se demuestre en obras concretas en favor de nuestros hermanos, sobre todo de los más necesitados. Si la fe no va acompañada de obras, es señal de que está muerta. Pero si la fe va acompañada de obras, es una fe verdadera. Lo que hemos dicho hasta aquí en este apartado puede ser sintetizado con una cita de san Gregorio Magno:

Cree verdaderamente quien, en su hogar, pone en práctica lo que cree. Por eso, a propósito de aquellos que de la fe no poseen más que las palabras, dice San Pablo: ‘profesan conocer a Dios, pero lo niegan con las obras’”[1].

Si queremos trasladar este pasaje a nuestros días, tendremos que pensar cómo podemos llevar a nuestra existencia concreta la fe que tenemos. Para ello es necesario que pidamos a Jesús, como el hombre del Evangelio: “Señor, auméntanos la fe” (Lc 17, 5). Sólo con una fe más intensa podremos llevar una vida más recta. Sólo si creemos realmente lo que Jesús nos ha enseñado y revelado, podremos tener una vivencia más acorde con el mensaje de Jesús.

La vida de fe, de una fe vivificada por la caridad, es equivalente a la vida de la gracia. Si queremos que la caridad anime realmente la fe que hemos recibido como don en el bautismo, debemos vivir en la gracia de Dios. Eso significa que hemos de evitar a toda costa el pecado, y si llegamos a cometer pecado mortal, perdiendo así la gracia de Dios, debemos acudir cuanto antes al sacramento de la confesión, para que Dios nos devuelva la gracia que perdimos por nuestra culpa, y nos impulse a seguir vivificando la fe con las obras de la gracia, que son las obras del amor.

El tema de la gracia de Dios fue objeto de intensas disputas a lo largo de la historia de la teología. Una época de especial intensidad en este tema fue la segunda mitad del siglo XVI, cuando la herejía de Martín Lutero había proclamado que sólo se necesitaba la fe para ser justificados, sin que las obras jugaran algún papel. En la exaltación de este planteamiento, Lutero llegó a afirmar: Pecca fortiter, sed crede fortius: “peca fuertemente, pero cree más fuertemente”. Lutero entendía la justificación como una especie de sábana blanca que cubre un basurero. Según esto, Jesús nos justificaría poniendo la sábana blanca de su misericordia sobre el basurero de nuestros pecados, pero no nos cambiaría realmente. Según Lutero, estamos de tal modo dañados por el pecado, que no podemos alcanzar una verdadera justificación intrínseca.

En cambio, el Concilio de Trento proclamó que la justificación nos transforma realmente, y no simplemente nos cubre con un manto mientras por dentro seguimos en el pecado. Trento es muy claro al respecto, afirmando que la justificación “no sólo es el perdón de los pecados, sino también la santificación y renovación del hombre interior por la admisión voluntaria de la gracia y dones que la siguen; de donde resulta que el hombre de injusto pasa a ser justo, y de enemigo a amigo, para ser heredero en esperanza de la vida eterna” (Decreto sobre la justificación). Si somos justificados por la fe, es para alcanzar algo más elevado que es la gracia, la caridad de Cristo que nos vivifica. Con el poder de la gracia será mucho más fácil realizar las obras que indiquen que nuestra fe está viva y no muerta.

En la justificación están implicadas dos realidades: el don de Dios y nuestra libertad. No podemos obtener la gracia si no colaboramos libremente con ella, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

“La justificación establece la colaboración entre la gracia de Dios y la libertad del hombre. Por parte del hombre se expresa en el asentimiento de la fe a la Palabra de Dios que lo invita a la conversión, y en la cooperación de la caridad al impulso del Espíritu Santo que lo previene y lo custodia: «Cuando Dios toca el corazón del hombre mediante la iluminación del Espíritu Santo, el hombre no está sin hacer nada en absoluto al recibir aquella inspiración, puesto que puede también rechazarla; y, sin embargo, sin la gracia de Dios, tampoco puede dirigirse, por su voluntad libre, hacia la justicia delante de Él» (Concilio de Trento: DS 1525)” (n. 1993).

En este sentido debemos señalar que Dios respeta nuestra libertad, no sólo en cuanto al acto de fe, sino también en cuanto al acto mismo de la justificación. Dios no nos obliga a creer. Creemos porque queremos. Tampoco nos obliga a recibir su gracia. La recibimos porque Él nos la regala, y también porque nosotros queremos recibirla.

La vida de fe consiste pues en obrar en nuestra existencia personal conforme a la fe que profesamos. ¿Y esto qué implica? Implica en primer lugar que debemos imitar a Cristo, pues somos cristianos, llevando a la práctica sus enseñanzas. Y en el centro de la enseñanza de Jesús está la caridad, como enseña el Evangelio en numerosas ocasiones: “En esto reconocerán que son mis discípulos, en que se aman unos a otros” (Jn 13, 35); “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13); “ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando” (Jn 15, 14); “este es mi mandamiento, que se amen unos a otros como yo los he amado” (Jn 15, 12). El amor que hemos de vivir, tal como nos lo manda Jesús, debe ser como el de Jesús, que amó a sus enemigos, los perdonó, y llegó a dar la vida por ellos y por todos.

Una verdadera vida de fe implica estar dispuestos a derramar nuestra sangre por Cristo, llevar una vida de oración semejante a la de Jesús, que pasaba noches enteras orando. Implica estar siempre alegres, hacer nuestro trabajo con toda la perfección humana posible, tratar de acercar a otras personas a Dios, principalmente a los que están más cerca de nosotros.

La fe se encarna en las circunstancias personales, y por ello no podemos pretender desterrar la fe de nuestra vida cotidiana o de nuestra vida familiar o profesional.

Pero la fe se encarna también en la cultura, según la lógica de la encarnación, pues todo lo que asumió Jesucristo fue redimido y elevado, y las manifestaciones de cada cultura están dentro de las realidades redimidas por Jesús.


[1] Gregorio Magno, Homilía 26 sobre los evangelios.

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Written by rsanzcarrera

agosto 9, 2013 a 5:21 pm

Publicado en Teología, teología fundamental

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