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4.4.2. Paciencia y serenidad (y mansedumbre)

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'77Paciencia

Una parte de la fortaleza es la paciencia para soportar la prueba, la dificultad, la tentación y las propias miserias. San Josemaría se hace eco de la tradición cuando describe esta virtud, a la vez que resalta algunos aspectos. Explica que la paciencia es necesaria en la lucha contra las propias miserias, para no moverse por la prisa de ver los resultados, porque se pierde entonces fácilmente la rectitud de intención, olvidando que, si se combate por amor a Dios, en cierto sentido se ha alcanzado ya la victoria, aunque los frutos no sean aún perceptibles. En relación con los defectos ajenos afirma que la paciencia nos impulsa a ser comprensivos con los demás, persuadidos de que las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo. Más en general y pensando en los ideales del apostolado, aconseja expresivamente: Fomenta tus santas impaciencias…, pero no me pierdas la paciencia.

«La caridad es paciente» (1 Co 13,4). Informada por la caridad, la paciencia permite hacer frente a las dificultades con la serenidad de los Apóstoles que se mostraban «gozosos porque habían sido dignos de sufrir a causa del Nombre [de Jesucristo» (Hch 5,41). En la vida cristiana es muy necesario ver las cosas con paciencia. No son como queremos, sino como vienen por providencia de Dios: hemos de recibirlas con alegría, sean como sean. Si vemos a Dios detrás de cada cosa, estaremos siempre contentos, siempre serenos. Y de ese modo manifestaremos que nuestra vida es contemplativa, sin perder nunca los nervios.

Serenidad

23.8.14. - 1Para que la paciencia no sea un resistir en tensión, necesita el complemento de la serenidad, virtud que domina la inquietud interior ante el prolongarse de las contrariedades, el exceso de trabajo o las preocupaciones de diverso género, y crea en el alma el clima adecuado para la contemplación. La serenidad es una de las virtudes humanas que aparecen con más frecuencia en la predicación de san Josemaría.

Serenos. Pero no con la serenidad del que compra la propia tranquilidad a costa de desinteresarse de sus hermanos o de la gran tarea, que a todos corresponde, de difundir sin tasa el bien por el mundo entero. Serenos porque siempre hay perdón, porque todo encuentra remedio, menos la muerte y, para los hijos de Dios, la muerte es vida.

Bastantes veces habla de la serenidad como de la virtud que pone coto a la precipitación y, sobre todo, a los impulsos de la ira.

En este sentido nos parece que, en sus obras, “serenidad” es el nombre que toma con frecuencia la clásica virtud de la mansedumbre. Lo que dice de una se puede aplicar a la otra.

DSC02161_HDR-Edit-2-Edit-Edit-Edit-2-EditMansedumbre

La mansedumbre del cristiano nace del amor y al amor se encamina. Por amor a Dios y a los demás es preciso dominar la ira y los enfados. Pero moderar no quiere decir siempre suprimir. No es manso el que no se enoja nunca, sino el que lo hace cuando lo reclama el amor a Dios, y en estos casos, la caridad necesita de la mansedumbre. El Señor se manifiesta como modelo de esta virtud: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), y da ejemplo de ella no sólo cuando sufre mansamente las afrentas de la Pasión «como cordero llevado al matadero» (Is 53,7), sino también cuando expulsa a los vendedores del templo (cfr. Jn 2,15-17), enseñando a airarse santamente ante el mal. La caridad precisa de esta virtud de modo particular para saber corregir oportunamente, sin perder la serenidad.

No reprendas cuando sientes la indignación por la falta cometida. –Espera al día siguiente, o más tiempo aún. –Y después, tranquilo y purificada la intención, no dejes de reprender. –Vas a conseguir más con una palabra afectuosa que con tres horas de pelea. –Modera tu genio.

La importancia de esta virtud para llevar a cabo la misión apostólica de santificar el mundo desde dentro, se desprende de las palabras del Señor: «Bienaventurados los mansos, porque poseerán la tierra» (Mt 5,5). Informar con espíritu cristiano todas las actividades humanas, “poseer la tierra” –herencia de los hijos de Dios (cfr. Sal 2,8)–, exige “poseerse a sí mismo” (cfr. Lc 21,19) por la mansedumbre y no perder la serenidad al topar con la oposición de quienes rechazan el reinado de Jesucristo. San Josemaría se refiere a este contraste en la homilía Cristo Rey, al comentar algunos versículos del Salmo 2: «Se han levantado los reyes de la tierra, y se han reunido los príncipes contra el Señor y contra su Cristo (…). A mí me ha dicho el Señor: tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy». La actitud del cristiano en esa situación está condensada en el epígrafe de esa parte de la homilía: Serenos, hijos de Dios.

– El Círculo del Odio y el Círculo del Amor

Written by rsanzcarrera

septiembre 26, 2014 a 9:43 pm

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