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Pobreza, desprendimiento

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'77Es sabido que esta virtud puede entenderse en dos sentidos: como desprendimiento de sí mismo y como desprendimiento de los bienes terrenos. El primer sentido, más genérico, es la actitud del hombre que se reconoce indigente, sin nada propio y además pecador, pero que confía en Dios y espera todo de su misericordia. El segundo, más específico, es el de la pobreza como templanza en el uso de los bienes terrenos, que exige verlos como dones y emplearlos conforme al querer de Dios.

(Pobreza como faceta de la humildad)

Del primer sentido habla la Sagrada Escritura cuando se refiere a los “pobres de espíritu”. El Señor los llama bienaventurados «porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5,3). En realidad, esta pobreza es un aspecto de la humildad: los pobres de espíritu, dice un Padre de la Iglesia, «son los humildes y contritos de corazón» [1417]. San Josemaría se refiere a ella cuando invita a estar seriamente desprendidos de nosotros mismos: de los dones de la inteligencia, de la salud, de la honra, de las ambiciones nobles, de los triunfos, de los éxitos [1418]. Al ser una faceta de la humildad, esta pobreza de espíritu es fundamento de la pobreza en sentido específico, de la que nos ocupamos a continuación. Hay que tener en cuenta, no obstante, que la expresión “pobreza de espíritu” se aplica también a este segundo sentido de la virtud, para distinguirla de la “pobreza material”, que es la simple carencia de bienes. San Josemaría lo hace así con frecuencia [1419].

(Pobreza como desprendimiento y uso recto de los bienes)

En el caso de los fieles laicos, llamados a la santidad en medio del mundo, la pobreza respecto a los bienes terrenos tiene dos aspectos inseparables: el total desprendimiento interior de esos bienes y la disposición habitual de usarlos para santificar el mundo desde dentro. San Josemaría señala que un punto muy importante del que depende una recta comprensión de la vocación laical es entender que la pobreza no se define por la simple renuncia, ya que los laicos han de utilizar todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana [1420].

Estos dos aspectos –desprendimiento y uso recto de los bienes– no se excluyen mutuamente. Se puede estar desprendido de los bienes que se poseen hasta el punto de vivir como si no se poseyera nada propio (cfr. 1 Co 7,30), y manejarlos a la vez como un administrador, con la obligación de hacerlos rendir (cfr. Mt 25,14 ss.; Lc 12,42-44; 19,12 ss).

Os aconsejo que pongáis un empeño muy grande en estar desprendidos de todo, sin miedo, sin temores ni recelos. Después, al atender y al cumplir vuestras obligaciones personales, familiares…, emplead los medios terrenos honestos con rectitud, pensando en el servicio a Dios [1421].

(Señales del “justo medio” de la pobreza)

Como todas las virtudes humanas, la pobreza tiene un “justo medio”. San Josemaría proporciona a este respecto unos criterios eficaces para reconocerlo.

Aquí tenéis algunas señales de la verdadera pobreza: no tener cosa alguna como propia; no tener nada superfluo; no quejarse cuando falta lo necesario; cuando se trata de elegir algo para uso personal, elegir lo más pobre, lo menos simpático [1422].

Detengámonos en estas orientaciones prácticas:

  • a) Para san Josemaría, “no tener cosa alguna como propia” no se reduce a una genérica disposición interior: es una “señal” de pobreza, concretamente reconocible en el modo de tratar las cosas que se tienen a mano, de emplear el tiempo y de cuidar la salud. Para mí, una manifestación de que nos sentimos señores del mundo, administradores fieles de Dios, es cuidar lo que usamos, con interés en que se conserve, en que dure, en que luzca, en que sirva el mayor tiempo posible para su finalidad, de manera que no se eche a perder [1423]. No maneja las cosas del mismo modo quien no tiene que dar cuenta a nadie y, sintiéndose dueño, actúa a su gusto y placer, que quien se sabe administrador y procura cuidarlas y hacerlas rendir porque debe responder de ellas: llevará cuenta de los gastos, empleará con solicitud los instrumentos de trabajo, etc. Algo semejante se puede decir respecto al uso del tiempo: la pobreza se manifestará en no considerarlo como un bien “propio” en sentido absoluto, sino como un tesoro, para hacerlo rendir en servicio a Dios y a los demás [1424]. Lo mismo se puede decir de la salud: habrá que apreciarla como un don para bien de los otros, un don que el cristiano no puede despreciar ni, por el extremo opuesto, idolatrar o disponer de él a su antojo. Se podrían citar numerosos textos de san Josemaría sobre estos puntos.
  • b) “No tener nada superfluo” es otra “señal” de pobreza. Lo superfluo es lo innecesario para vivir de acuerdo con la propia vocación a santificarse y santificar las actividades en las que uno está involucrado, teniendo en cuenta que “necesario” es no sólo lo “absolutamente necesario”, sino también lo “relativamente necesario” para el buen cumplimiento del propio deber. La distinción concreta entre lo “superfluo” y lo “necesario” dependerá de las circunstancias de cada uno y exigirá delicadeza de conciencia. San Josemaría invita a no inventarse necesidades artificiosas [1425]:

Precisamente porque no consiste la pobreza de espíritu en no tener, sino en estar de veras despegados, debemos permanecer atentos para no engañarnos con imaginarios motivos de fuerza mayor. Buscad lo suficiente, buscad lo que basta. Y no queráis más. Lo que pasa de ahí, es agobio, no alivio; apesadumbra, en vez de levantar (San Agustín, Sermo 85,6) [1426].

  • c) “No quejarse cuando falta lo necesario”. Ciertamente no es contrario a la pobreza procurar proveerse de lo razonable para desempeñar la profesión, asegurar el debido bienestar de la familia, intervenir con dignidad en los acontecimientos de la sociedad…; pero si no dispusiera de lo necesario, el cristiano descubrirá en esas circunstancias la paternal Providencia de Dios. El espíritu de pobreza lleva a “no quejarse”, porque una queja consentida revelaría, al menos hasta cierto punto, que no se desean esos bienes para servir y que no se confía totalmente en Dios, que concede siempre, a quienes se lo piden y ponen los medios, todo lo que realmente necesitan (cfr. Mt 6,26.31-32).

Os aseguro –lo he tocado con mis manos, lo he contemplado con mis ojos– que, si confiáis en la divina Providencia, si os abandonáis en sus brazos omnipotentes, nunca os faltarán los medios para servir a Dios, a la Iglesia Santa, a las almas, sin descuidar ninguno de vuestros deberes; y gozaréis además de una alegría y de una paz que mundus dare non potest (cfr. Jn 14,27), que la posesión de todos los bienes terrenos no puede dar [1427].

La pobreza de espíritu no es menos exigente ni menos dura que la pobreza material, y por eso quien ama y practica la primera no teme la segunda, ni se rebela cuando la sufre: la recibe como uno de los tesoros del hombre en la tierra [1428], como acepta un cristiano el dolor o la enfermedad. A veces dispondrá de bienes para emplearlos por amor a Dios en servicio de los demás; en otras ocasiones el Señor permitirá que carezca de ellos, y entonces podrá ofrecer esa privación unido a la Cruz, con alegría. En los dos casos ha de poder afirmar como san Pablo: «He aprendido a contentarme con lo que tengo: sé vivir en pobreza y vivir en la abundancia, estoy acostumbrado a todo y en todo lugar, a la hartura y a la escasez, a la riqueza y a la pobreza. Todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Flp 4,11-13).

  • d) La última “señal” que menciona el texto citado es “elegir lo más pobre, lo menos simpático”, cuando se trata de cosas “para uso personal”. Esta señal resplandece, como todas, en el Señor, que «siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza» (2 Co 8,9). El Hijo de Dios, después de abajarse a la condición de hombre, eligió lo más pobre: nacer en un establo; trabajar como artesano; no tener, en su vida pública, donde reclinar la cabeza; morir en la Cruz. “Elegir lo más pobre, lo menos simpático”, no es negar que los bienes de la tierra sean bienes, sino manifestar que el primer criterio en la elección de un bien no es la satisfacción personal, lo cual es señal de desprendimiento [1429].

(Síntesis en Conversaciones)

Todas esas enseñanzas se resumen en Conversaciones, donde san Josemaría responde por extenso a una pregunta sobre la pobreza en medio del mundo. Citamos solamente unos párrafos en los que sitúa su postura en relación con otros modos de practicar esta virtud.

Después de la afirmación básica de que quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo, prosigue:

A veces se reflexiona sobre la pobreza cristiana, teniendo como principal punto de referencia a los religiosos, de los que es propio dar siempre y en todo lugar un testimonio público, oficial: y se corre el riesgo de no advertir el carácter específico de un testimonio laical, dado desde dentro, con la sencillez de lo ordinario.

Todo cristiano corriente tiene que hacer compatibles, en su vida, dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradictorios. Pobreza real, que se note y se toque –hecha de cosas concretas–, que sea una profesión de fe en Dios, una manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios, y dar luego a todos de ese mismo amor. Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que hay en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las personas y de las comunidades. La pobreza está en encontrarse verdaderamente desprendido de las cosas terrenas (…).

Para mí, el mejor modelo de pobreza han sido siempre esos padres y esas madres de familia numerosa y pobre, que se desviven por sus hijos, y que con su esfuerzo y su constancia –muchas veces sin voz para decir a nadie que sufren necesidades– sacan adelante a los suyos, creando un hogar alegre en el que todos aprenden a amar, a servir, a trabajar [1430].

(Pobreza como requerimiento de la caridad)

San Josemaría no presenta la pobreza como consecuencia de una visión negativa del uso de los bienes terrenos, sino como requerimiento de la caridad que los desea poner al servicio de Dios y de los demás. La caridad necesita de la pobreza para manifestarse en las acciones que se refieren al uso de esos bienes: reclama el desprendimiento. «No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Lc 16,13), dice el Señor. El joven rico no fue capaz de seguir a Jesús «porque tenía muchos bienes» (Lc 18,23). Su fracaso muestra vivamente la necesidad del desprendimiento para una vida enteramente cristiana [1431]. La virtud humana de la pobreza prepara el alma para escuchar las llamadas de Dios: es una manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios [1432].

A su vez, la pobreza ha de estar informada por el amor a Dios. Vuestro corazón debe estar en el Cielo. Sólo así podréis luego ponerlo, en su justa medida, en las cosas de la tierra [1433]. Si se enfría la caridad, el corazón tiende a apegarse a los bienes terrenos y entonces se difumina la “justa medida” de la pobreza cristiana. Se puede hacer problemático distinguir entre lo “necesario” y lo “superfluo”; y puede resultar inasequible llevar con alegría, sin quejas, la carencia de lo que sería práctico, ventajoso o agradable.

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 [1417] SAN JUAN CRISÓSTOMO, In Matthaeum homiliae, 15, 1.

 [1418] Amigos de Dios, n. 114. Es un modo común de referirse al sentido más radical de esta virtud. JUAN PABLO II, p.ej., habla de la pobreza de espíritu como un «desprendimiento y desapego coherente de sí mismo» (Homilía, 1-XI-2000, n. 3).

 [1419] Cfr., p.ej., Camino, nn. 631, 632, 636.

 [1420] Conversaciones, n. 110. Este texto se cita íntegramente más abajo.

 [1421] Amigos de Dios, n. 118.

 [1422] Instrucción, 31-V-1936, nota 137.

 [1423] Amigos de Dios, n. 122.

 [1424] Cfr. ibid., nn. 45-46, 50-52.

 [1425] Ibid., n. 125.

 [1426] Ibid.

 [1427] Ibid., n. 117.

 [1428] Camino, n. 194.

 [1429] Cfr. ibid., n. 636.

 [1430] Conversaciones, nn. 110-111.

 [1431] Cfr. Camino, n. 631. En esta línea se puede recordar aquí que JUAN PABLO II habló del «enfriamiento religioso causado por el consumismo» (Carta ap. Novo millennio ineunte, 6-I-2001, n. 46). La facilidad para consumir bienes, en bastantes países, ha arrastrado a muchos a no practicar la virtud de la pobreza, llevando a un enfriamiento de la caridad.

 [1432] Conversaciones, n. 110. Este texto se ha citado antes con más amplitud.

 [1433] Apuntes de la predicación (AGP, P10, n. 180).

Written by rsanzcarrera

octubre 3, 2014 a 5:26 pm

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