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1.1. Amor a Dios con todo el corazón: “el estilo de las almas contemplativas”

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En el título hemos puesto “con todo el corazón” (y podríamos haber añadido “con toda la mente y con todas las fuerzas”) porque, como se acaba de decir, no vamos a hablar del acto de amor a Dios, sino de lo que representa la virtud de la caridad en el cristiano: de cómo configura su personalidad. La idea de fondo es que esa virtud unifica interiormente, de modo sobrenatural, todas las facultades de la persona –inteligencia, voluntad, sentidos–, al dirigirlas a la unión con Dios, modelando en el cristiano un alma contemplativa que, al vivir de cara a Dios, vive también, como Cristo, de cara a la redención de la humanidad entera, porque es esa la voluntad del Padre. 

Para ver cómo está en el sujeto, conviene considerar ante todo que la caridad no es la elevación de una virtud humana ya existente: no hay una previa “caridad humana”, pues sería una “caridad informe”, una “caridad sin caridad”, lo cual es contradictorio, mientras que sí hay una justicia humana (sin caridad), una fortaleza humana (idem), etc., que son el fundamento de las correspondientes virtudes cristianas en cuanto que pueden ser informadas por la caridad.

Vale la pena hacer un inciso para aclarar algo más este punto. No estamos afirmando que quien no está bautizado no pueda amar a Dios. Decimos que si le ama verdaderamente, cumpliendo su voluntad expresada en la ley moral, entonces le ama con caridad sobrenatural, aunque no conozca el Evangelio ni esté bautizado, no con una “caridad natural”, que –teológicamente hablando– no existe.

Amar a Dios sobre todas las cosas –y por tanto anteponer siempre el cumplimiento de su voluntad a todo lo demás– es un precepto accesible a la razón. Es incluso, como subraya san Josemaría, el primero y más grave deber del orden natural[870]. De hecho, la Ley de Moisés mandaba amar a Dios. Pero si los justos del Antiguo Testamento le amaron –y lo mismo vale para cualquier hombre no bautizado que ama a Dios con todo su corazón– es porque estaban ya misteriosamente unidos a Cristo y a su Iglesia por la vida de la gracia. No hay, pues, una virtud de la caridad que no sea sobrenatural. Un hombre que se encuentra en estado de pecado y, por tanto, sin esa orientación fundamental y esa unión con Dios que constituye la esencia del amor, puede ser un hombre recto en muchos aspectos de su vida (con la rectitud que le dan sus virtudes) pero no puede amar a Dios con todo su corazón: no tiene la caridad, aunque su rectitud humana le disponga de algún modo a recibirla.

La caridad «no se funda principalmente sobre una virtud humana»[871], afirma santo Tomás. Dice “principalmente” porque lo principal de la caridad es el amor a Dios –el “primer” mandamiento– y este amor no se funda en una “caridad humana”, como hemos dicho. En cambio, el “segundo” mandamiento –el amor a los demás–, que también pertenece a la caridad, sí que asume y eleva la amistad humana, pero no se funda “principalmente” en ella. Se funda principalmente en que los demás son hijos de Dios o están llamados a serlo, como veremos luego.

La caridad no es elevación de una virtud ya presente en la voluntad, sino de la voluntad misma. Se suele decir que constituye como una nueva “potencia sobrenatural” y no sólo una “virtud sobrenatural de una potencia humana”, como en el caso de las virtudes humanas del cristiano. Ciertamente, hablando con propiedad, la caridad no es una nueva “potencia” sino una virtud cuyo sujeto es la voluntad. Sin embargo, no está en la voluntad como una virtud humana en su potencia, porque no sólo da la “facilidad” sino la misma “posibilidad” de realizar determinados actos: amar a Dios como hijos suyos y dar alcance sobrenatural a las demás virtudes. La caridad es como una “potenciación sobrenatural” de la voluntad, que la configura con la voluntad humana de Cristo. Es la cualidad definitoria de la voluntad de un hijo de Dios.

La caridad eleva y “potencia” sobrenaturalmente la voluntad hasta tal punto que se puede afirmar, de modo sorprendente, que, como nos recuerda la Escritura Santa, también el sueño debe ser oración (cfr. Dt 6,6 y 7,15)[872]. La caridad permite amar a Dios incluso sin que se realice ningún acto de la voluntad, porque no eleva sólo sus actos sino la voluntad misma. Evidentemente esto no debe entenderse en un sentido quietista de que para amar a Dios “no hay que hacer nada” (como es el caso del que duerme); más bien significa que, quien procura hacer todo lo que Dios quiere, puede llegar a amar incluso cuando Dios quiere que no haga nada. Somos hijos pequeños delante de Dios; y así como un pequeño ama a su padre sin darse cuenta, análogamente podemos amar a Dios sin hacer más que descansar en Él, cuando Él quiere que no hagamos ninguna otra cosa.

La caridad que infunde el Espíritu Santo lleva a clamar: «Abba!, ¡Padre!» (Rm 8,15), no como mera articulación de palabras o simple declaración de una verdad más o menos sentida, sino como un clamor que expresa la decisión de entregar la vida al cumplimiento de la Voluntad del Padre, como Cristo en el Huerto de los Olivos: «Abba, Padre… no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). Para un hijo de Dios, la caridad no es algo abstracto; quiere decir entrega real y total al servicio de Dios y de todos los hombres[873]. Implica la determinación de realizar la Voluntad de nuestro Padre Dios sin reservarse nada, con una obediencia «hasta la muerte y muerte de Cruz» (Flp 2,8), porque las relaciones con Dios son necesariamente relaciones de entrega, y asumen un sentido de totalidad[874]. La caridad permite amar a Dios con esa totalidad: «con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas» (Mc 12,30). Es la virtud que unifica todas las energías del sujeto dirigiéndolas al último fin y confiriendo de este modo una sobrenatural unidad interior a la persona. Unifica ante todo los actos de la voluntad, concentrándola en el cumplimiento del querer divino; y, a través de ella, unifica también a las demás facultades ordenando a Dios los actos de todas las virtudes. Viviendo la caridad –el Amor– se viven todas las virtudes humanas y sobrenaturales del cristiano, que forman una unidad[875].

De aquí derivan dos consecuencias de la “totalidad” del amor a Dios, que están relacionadas, respectivamente, con las otras dos dimensiones de la caridad (hacia los demás y hacia uno mismo). La primera es que en un cristiano que quiere amar a Dios “con todo el corazón”, cualquier amor humano debe ordenarse al amor a Dios. Dicho de otro modo, ningún amor humano puede ponerse por encima de Dios: «Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10,37). San Josemaría lo expresa vivamente cuando escribe: ¡No hay más amor que el Amor![876] La exclamación no significa sólo que “no hay mayor amor que el Amor a Dios”, sino que para un cristiano no puede haber un verdadero amor que excluya el amor a Dios o que lo postergue o sea independiente de él. Volveremos sobre esta necesaria “subordinación” de todo amor humano cuando hablemos de la amistad.

La segunda consecuencia es que el amor a Dios exige renunciar a todo amor a uno mismo que no sea por amor a Dios. «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame; pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,24-25). A la necesidad de purificar el amor a sí mismo nos referiremos con más detalle en el contexto de la abnegación.

La totalidad del amor a Dios (“con todo el corazón”) es, no obstante, una totalidad dinámica, abierta a un crecimiento que no tiene término, como expone san Josemaría citando a santo Tomás:

Un hombre se va haciendo poco a poco, y nunca llega a hacerse del todo, a realizar en sí mismo toda la perfección humana de que la naturaleza es capaz. En un aspecto determinado, puede incluso llegar a ser el mejor, en relación con todos los demás, y quizá a ser insuperable en esa actividad concreta natural. Sin embargo, como cristiano su crecimiento no tiene límites: siempre puede crecer en caridad, que es la esencia de la perfección. Pues la caridad, según su propia razón específica, no tiene término en su aumento: siendo como es una participación de la caridad infinita, que es el Espíritu Santo. También la causa del aumento de la caridad –es decir, Dios– es infinita en su poder. Y de modo semejante, tampoco por parte del sujeto se puede señalar un término a esta mejora: porque siempre, al crecer la caridad, crece también la capacidad para un ulterior acrecentamiento. Por lo que debe concluirse que en esta vida no se puede prefijar un término al aumento de la caridad (S. Thomas, S.Th. II-II, q. 24, a. 7, c)[877].

Por esa totalidad “creciente” que reclama el amor a Dios, cualquier amor que esté al margen de la caridad, ya sea a otras personas o a uno mismo, se suele llamar “apegamiento” o “atadura”: estorbo para progresar. San Josemaría emplea esos términos muchas veces. También observa –evocando al Doctor místico– que, en este campo, un hilillo sutil tiene el mismo efecto que una cadena de hierro[878].

Positivamente, en la medida en que el amor invade el alma de un hijo de Dios y penetra en sus quehaceres, estos se convierten en oración. ¡Alcanzamos el estilo de las almas contemplativas, en medio de la labor cotidiana![879], exclama san Josemaría. Un alma modelada por la caridad y por los dones del Espíritu Santo es un alma contemplativa. Por eso, si nos preguntamos cómo la caridad configura al alma, la respuesta es: haciéndola contemplativa, de modo que procure ver y amar a Dios en todo lo que hace.

Quien está pendiente de Dios, no olvida a los hijos de Dios: el alma contemplativa se desborda en afán apostólico[880]. La caridad que infunde el Paráclito y que lleva a la vida contemplativa, es siempre una caridad sacerdotal que impulsa a entregarse con Cristo para la salvación de las almas. El mismo Espíritu Santo que derrama la caridad en el alma, unge al cristiano en el Bautismo con el sacerdocio de Cristo. Aunque el sacerdocio no exige la caridad (el carácter sacerdotal permanece en quien ha perdido, por el pecado, la gracia y la caridad[881]), hay una congruencia entre ambos. El sacerdocio, al ser un poder para unir a los hombres con Dios, ha de ser ejercido por amor a Dios: es un poder que pide la caridad. San Josemaría condensa este íntimo nexo entre filiación divina, caridad y sacerdocio, en la expresión alma sacerdotal[882]. Un hijo de Dios, con todos sus pensamientos, intenciones y afectos vivificados por la caridad, ha de ser un alma completamente entregada, con Cristo y por amor a Dios, a la Redención, a la corredención de la humanidad entera[883]. Un alma que ama a Dios con todo el corazón es necesariamente un “alma de apóstol”, con expresión que san Josemaría emplea con frecuencia, sobre todo en Camino[884].

Alma contemplativa y alma sacerdotal (o de apóstol) son, en definitiva, los rasgos característicos de un hijo de Dios que ama –que quiere amar– a Dios con todo su corazón y todas sus fuerzas.

——

  • [870] Carta 19-III-1967, n. 84. Es interesante lo que sobre el amor natural a Dios afirma el Aquinate: «Diligere autem Deum super omnia est quiddam connaturale homini (…). Unde homo in statu naturae integrae dilectionem sui ipsius referebat ad amorem Dei sicut ad finem, et similiter dilectionem omnium aliarum rerum. Et ita Deum diligebat plus quam seipsum, et super omnia. Sed in statu naturae corruptae homo ab hoc deficit secundum appetitum voluntatis rationalis, quae propter corruptionem naturae sequitur bonum privatum, nisi sanetur per gratiam Dei. Et ideo dicendum est quod homo in statu naturae integrae non indigebat dono gratiae superadditae naturalibus bonis ad diligendum Deum naturaliter super omnia; licet indigeret auxilio Dei ad hoc eum moventis. Sed in statu naturae corruptae indiget homo etiam ad hoc auxilio gratiae naturam sanantis» (SANTO TOMÁS DE AQUINO, S.Th. I-II, q. 109, a. 3).
    [871] La caridad «non fundatur principaliter super virtute humana, sed super bonitate divina» (SANTO TOMÁS DE AQUINO, S.Th. II-II, q. 23, a. 3, ad 1).
    [872] Es Cristo que pasa, n. 119. Así se expresa un Padre de la Iglesia: «Cuando el Espíritu Santo establece su morada en el hombre, éste no puede dejar de orar, porque el Espíritu Santo no deja nunca de rezar en él. Ya sea que duerma o que vele, la oración no abandona nunca su alma. Mientras come o bebe, cuando se encuentra acostado inmerso en el sueño, o, al contrario, en el trabajo, el perfume de la oración se desprende espontáneamente de su alma. Ya no reza solamente en determinados períodos, sino continuamente» (SAN ISAAC DE NÍNIVE, Tratados, 35). SAN JUAN CRISÓSTOMO plantea la oración como una plegaria «que no esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción» (Hom. 6: De precatione). SAN JERÓNIMO escribe que «el Apóstol nos manda orar siempre, y para los santos el sueño mismo es oración» (Ep. ad Eustochium, 22,37). Es posible que san Josemaría se refiriese a estas palabras cuando comentaba: No sabéis qué consuelo he tenido cuando, después de repetir durante años y años que para un alma contemplativa hasta el dormir es oración, me encontré un texto de San Jerónimo que dice lo mismo (Apuntes de una meditación, 26-XI-1967: AGP, P09, p. 82).
    [873] Conversaciones, n. 62.
    [874] Es Cristo que pasa, n. 46.
  • [875] Conversaciones, n. 62.
    [876] Camino, n. 417.
    [877] Carta 24-III-1931, n. 9.
    [878] Camino, n. 170. Sobre los precedentes de esta comparación en san Juan de la Cruz, cfr. P. RODRÍGUEZ, Edición crítico-histórica de “Camino”, Madrid 2004³, ad loc.
    [879] Amigos de Dios, n. 67. Se refiere concretamente al trabajo convertido en oración, pero nos parece evidente que se puede aplicar a todos los quehaceres que se procuran transformar en diálogo con Dios.
    [880] Es Cristo que pasa, n. 120.
    [881] Cfr. CCE, n. 1121.
    [882] Surco, n. 499. Cfr. Forja, n. 369; etc.
    [883] Via Crucis, XI Estación.
    [884] Cfr. Camino, nn. 161, 321, 578, 737, etc.

 

Written by rsanzcarrera

noviembre 2, 2014 a 11:15 pm

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