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1.2. Amor al prójimo

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La virtud de la caridad lleva también a amar a quienes Dios ama como hijos suyos (cfr. 1 Jn 4,20-21). La enseñanza de san Josemaría es particularmente amplia en este campo.

Ante todo subraya que la caridad con el prójimo es manifestación del amor a Dios[885]. Recoge así la doctrina según la cual «la razón del amor al prójimo es Dios, pues lo que debemos amar en el prójimo es que esté en Dios (…); y por eso el hábito de la caridad no sólo abarca el amor a Dios sino también el amor al prójimo»[886]. Cuando recuerda esta verdad, sus palabras cobran la fuerza de algo no sólo conocido sino experimentado y vivido:¡Qué respeto, qué veneración, qué cariño hemos de sentir por una sola alma, ante la realidad de que Dios la ama como algo suyo![887]

Jesucristo habla del amor al prójimo como de un mandamiento “nuevo”: «Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros» (Jn 13,34). Ya en el Antiguo Testamento se prescribía el amor a Dios y al prójimo, sin embargo Jesús llama “nuevo” a este mandato porque pide amar “como Él nos ha amado”. Amad con el amor de Dios[888], solía decir san Josemaría. Esto es posible gracias al envío del Espíritu Santo que nos hace hijos de Dios e infunde en nuestros corazones la caridad de Cristo.

El sentido de la filiación divina le permitió comprender profundamente esta novedad y ayudar a muchas almas a vivir la “caridad de los hijos de Dios”: la caridad de quienes saben que han de ser para los demás, en la vida ordinaria, otros Cristos, el mismo Cristo.

Querría haceros notar que, después de veinte siglos, todavía aparece con toda la fuerza de la novedad el Mandato del Maestro, que es como la carta de presentación del verdadero hijo de Dios[889]. Todavía sigue siendo un mandato nuevo, porque muy pocos hombres se han preocupado de practicarlo (…). La medida de nuestro amor viene definida por el comportamiento de Jesús[890].

1.2.1. “Portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios”

Toda la enseñanza de san Josemaría sobre la caridad con el prójimo se puede resumir en una frase: Hemos de portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios[891].

Vale la pena citar con más amplitud este texto, muy representativo de su planteamiento en el tema que nos ocupa:

Piensa en los demás –antes que nada, en los que están a tu lado– como en lo que son: hijos de Dios, con toda la dignidad de ese título maravilloso. Hemos de portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios: el nuestro ha de ser un amor sacrificado, diario, hecho de mil detalles de comprensión, de sacrificio silencioso, de entrega que no se nota[892].

El sentido de la filiación divina se presenta aquí como fundamento del desarrollo de la caridad, permitiendo una visión completa de los diversos aspectos de esta virtud: los que derivan de la conciencia de ser uno mismo hijo de Dios y los que proceden de considerar que también los demás son hijos de Dios (o están llamados a serlo).

Al hablar de portarse “como hijos de Dios con los hijos de Dios”, sitúa la caridad en un plano de radical igualdad del que es propio una cierta reciprocidad. La caridad no es sólo darse a sí mismo como hijo de Dios –como  Cristo–, sino ver en los demás hijos de Dios: otros Cristos, el mismo Cristo. No es sólo dar, sino acoger al otro como a Cristo, don del Padre (cfr. Jn 3,16). Saberse hijo de Dios y saber que los demás lo son, lleva a verse como Cristo que ha venido a dar la vida por sus hermanos, hijos del Padre; pero a darse a ellos para recibirlos como don del Padre, uniéndolos a sí mismo, según las palabras que pone en su boca la Epístola a los Hebreos: «Heme aquí y a los hijos que Dios me ha dado» (Hb 2,13). La misión del Hijo es incorporar a Sí a los hijos adoptivos para llevarlos al Padre. La enseñanza de san Josemaría penetra en este sentido profundo de la fraternidad cristiana, fundado en la filiación divina: lleva a tener presente que, de alguna manera, «los cristianos más que ser muchos hermanos, somos uno: ipse Christus»[893]. Al enseñar que la caridad de un hijo de Dios no busca la utilidad propia sino el bien de los demás (cfr.Lc 6,32-35), el sentido de la filiación divina le conduce al fundamento: la caridad quiere el bien de los demás porque todos somos «uno solo en Cristo Jesús» (Ga 3,28) y los demás son los hermanos “que Dios me ha dado”, don de Dios para mí mismo. Esto le permite detectar deformaciones deformaciones profundas, de raíz, que podrían pasar inadvertidas a quien no tuviera ese “sentido de la filiación divina”. Por ejemplo, no sería verdadera caridad la de quien se entregara al servicio de los demás pero estimara que no los necesita ni recibe nada de ellos; sería la “caridad” del que quiere sentirse útil y piensa más en sí mismo que en el bien de sus hermanos. Su actitud podría asemejarse externamente a la caridad, pero distaría mucho de ella porque trataría a los demás como a objetos. San Josemaría previene de esta deformación cuando escribe que la caridad de los hijos de Dios no se confunde con el poco claro afán de ayudar a los otros para demostrarnos a nosotros mismos que somos superiores. Es convivir con el prójimo, venerar –insisto– la imagen de Dios que hay en cada hombre[894].

A la luz de este planteamiento se puede calibrar mejor el sentido que tiene en san Josemaría esta sencilla afirmación: Más que en “dar”, la caridad está en “comprender”[895]. La caridad con los demás no se dirige a algo sino a alguien: a un hijo de Dios. No basta darle lo que necesita; hay que “comprender” su real situación y hacerla propia. “Comprender” es más que entender o captar una indigencia o una dificultad, aunque esto sea mucho; es “abarcar” a toda la persona en sus circunstancias concretas, dolerse con su dolor y gozar con su gozo. La caridad no reclama sólo dar algo, pero viendo la carencia del otro como “ajena”; es darse a sí mismo al dar lo que sea posible dar, porque se percibe la necesidad del prójimo como propia y, al reconocerlo como hijo de Dios, se le ve como un don para uno mismo[896].

En buena lógica, san Josemaría pone mucho énfasis en que a la caridad no se opone solamente el odio (querer un mal para el otro), sino también una forma más frecuente y sutil de ese mismo pecado que es la indiferencia o, como suele decir para poner de manifiesto su malignidad, la crueldad de la indiferencia[897]: la actitud del que prescinde del otro absolutamente y se comporta como si no existiera. Actitud que equivale a rechazar el don que Dios nos ha hecho en los demás, su condición de hijos suyos.

 

Después de estas consideraciones básicas acerca del sujeto de la caridad, pasemos a otras sobre los bienes que tiene por objeto.

La caridad lleva a querer para los demás su bien integral, temporal y eterno. Ese bien, al que se han de ordenar todos los demás bienes, es que sean santos, que conozcan y amen a Dios en esta tierra y después eternamente en la Cielo, pues en esto consiste la glorificación de Dios y la felicidad del hombre. San Josemaría lo expresa de diversos modos. Escribe por ejemplo: Amar en cristiano significa (…) buscar el bien de las almas sin discriminación de ningún género, logrando para ellas, antes que nada, lo mejor: que conozcan a Cristo, que se enamoren de Él[898]. Esto no es otra cosa que el apostolado, al que la caridad impulsa: «La caridad de Cristo nos urge (…). En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios» (2 Co 5,14.20).

En consecuencia, como parte de ese empeño, la caridad conduce a procurar que los demás dispongan de los medios para vivir de acuerdo con su dignidad de hijos de Dios llamados a la santidad. Por un lado, trata de proporcionarles la doctrina cristiana, de darles la posibilidad de participar en los sacramentos y de servirse de la guía de los pastores; en una palabra, les abre el acceso a los medios específicos de santificación (que estudiaremos en el capítulo 9º). Y por otro lado, desea y procura facilitarles las condiciones de vida, de libertad, de trabajo, de cultura, etc., reclamadas por la dignidad humana y que son bienes convenientes en orden a la santidad, no porque santifiquen en sí mismos, como los anteriores (si se emplean éstos con las debidas disposiciones), sino porque la vida sobrenatural es elevación de la vida humana. La enseñanza de san Josemaría se aparta decididamente de las desviaciones “espiritualistas” a las que desde antiguo hubo de enfrentarse el genuino espíritu cristiano[899]. Distingue los bienes sobrenaturales y eternos de los bienes humanos temporales, pero no los separa sino que los integra en vistas al único fin último que es la santidad.

Ahora bien, entre estos medios hay un orden que se ha de manifestar a la hora de procurarlos para los demás. Si se consideran en sí mismos, son más elevados e importantes los sobrenaturales que los naturales; y, entre estos últimos, son superiores los espirituales a los materiales; por esto último, la caridad cristiana no se limita a socorrer al necesitado de bienes económicos; se dirige, antes que nada, a respetar y comprender a cada individuo en cuanto tal, en su intrínseca dignidad de hombre y de hijo del Creador[900]. Pero a la vez es obvio que lo más noble o importante no es siempre lo más urgente. Muchas veces urge proporcionar un medio humano más que un medio sobrenatural o de santificación. Pero al obrar así, el cristiano no se limita a una acción humanitaria. La caridad le llevará a procurar para los demás esos medios humanos, siempre con vistas a la santidad.

Pueden señalarse en este sentido dos defectos de signo opuesto. El primero sería restringir la caridad al afán de proporcionar los medios sobrenaturales, despreocupándose de los humanos. En este sentido san Josemaría reprocha sin ambages la mentalidad de quienes ven el cristianismo como un conjunto de prácticas o actos de piedad, sin percibir su relación con las situaciones de la vida corriente, con la urgencia de atender a las necesidades de los demás y de esforzarse por remediar las injusticias. Diría que quien tiene esa mentalidad no ha comprendido todavía lo que significa que el Hijo de Dios se haya encarnado, que haya tomado cuerpo, alma y voz de hombre, que haya participado en nuestro destino hasta experimentar el desgarramiento supremo de la muerte[901]. Ciertamente la miseria, la enfermedad o la injusticia pueden convertirse en medio y ocasión de santificación; pero no es menos cierto que no se santifica quien pudiendo aliviar la miseria o el dolor de los demás, o remediar una injusticia, no lo hace y les abandona a su suerte. El segundo error sería limitar la caridad a proporcionar los medios humanos (a veces sólo los materiales: alimentación, vivienda, atención sanitaria, etc.), posponiendo por principio los sobrenaturales o incluso abandonándolos por completo. Sería una caridad desnaturalizada, porque no trata a los demás como hijos de Dios.

 

Tras las reflexiones anteriores relativas al sujeto y al objeto de la caridad, fijémonos ahora en su extensión que, siendo universal, reclama un orden.

a) Caridad con todos.“Sólo hay una raza: la de los hijos de Dios”

Lo veíamos antes en un texto de san Josemaría: la caridad no conoce discriminaciones de ningún género. Su extensión es universal porque su motivo es el amor a Dios y Él ama a todos los hombres: tanto, que «ha entregado a su Hijo al mundo para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

El cristiano (…), como Cristo, ha de vivir de cara a los demás hombres, mirando con amor a todos y a cada uno de los que le rodean, y a la humanidad entera[902]. La caridad no excluye a nadie porque por todos ha muerto Jesucristo, para que todos puedan llegar a ser hijos de Dios y hermanos nuestros[903].

No hay, pues, más que una raza: la raza de los hijos de Dios. No hay más que un color: el color de los hijos de Dios. Y no hay más que una lengua: ésa que habla al corazón y a la cabeza, sin ruido de palabras, pero dándonos a conocer a Dios y haciendo que nos amemos los unos a los otros[904].

Dios «quiere que todos los hombres se salven» (1 Tm 2,4) y ha confiado a sus hijos una participación en el sacerdocio de Cristo para que cooperen en la Redención. Para san Josemaría, universalidad de la caridad significa, por eso, universalidad del apostolado[905]: afán de que todos dispongan de los medios de santificación y de los medios terrenos, espirituales y materiales, que pide la dignidad humana.

Este afán de la caridad no se funda en un genérico “amor al hombre” o una filantropía hecha de sentimientos de solidaridad con nuestros semejantes[906], sino en un motivo más profundo: se funda en que Dios ama a cada uno personalmente y, por esto, los hijos de Dios nos encontramos con fuerzas para amar a la humanidad de un modo nuevo[907]. Sin embargo, la filantropía puede ser elevada por la caridad, y servir de preparación para recibirla. San Josemaría valora positivamente el hecho de que muchos hombres rectos, impulsados por un noble ideal –aunque sin motivo sobrenatural, por filantropía–, afrontan toda clase de privaciones y se gastan generosamente en servir a los otros, en ayudarles en sus sufrimientos o en sus dificultades[908]. Esa actitud es ya un buen paso en el camino hacia el descubrimiento de la caridad cristiana, que da solidez a los ideales humanos de fraternidad y los eleva.

La extensión universal de la caridad no es solamente un “buen deseo”, como puede parecer a quien considere que en la práctica resulta imposible servir a la humanidad entera. Esta imposibilidad existe sólo respecto a los servicios materiales directos. Más allá de éstos, san Pablo testifica que es preciso ofrecer «súplicas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres» (1 Tm 2,1). El cristiano puede y debe vivir la caridad universal ante todo con oración que sube al Cielo por la humanidad[909], pidiendo por el bien temporal y eterno de todas las personas. El católico, con corazón universal, ruega por todo el mundo, porque nada puede quedar excluido de su celo[910]. San Josemaría escribe estas palabras refiriéndose concretamente a la Santa Misa, que la Iglesia ofrece siempre no sólo por los vivos «sed etiam pro defunctis»[911]. De la universalidad de la caridad no quedan excluidos, en efecto, los que han dejado ya este mundo. Las ánimas benditas del purgatorio. –Por caridad, por justicia, y por un egoísmo disculpable –¡pueden tanto delante de Dios!– tenlas muy en cuenta en tus sacrificios y en tu oración. Ojalá, cuando las nombres, puedas decir: “Mis buenas amigas las almas del purgatorio…”[912].

Un hijo de Dios llamado a santificar el mundo desde dentro de los quehaceres civiles, puede vivir la caridad “con todos” también por medio de su trabajo y del cumplimiento de sus deberes familiares y sociales, ya que esas tareas, llevadas a cabo con espíritu cristiano, son un servicio a la entera sociedad y pueden convertirse en oración.

Al realizar cada uno vuestro trabajo, al ejercer vuestra profesión en la sociedad, podéis y debéis convertir vuestra ocupación en una tarea de servicio. El trabajo bien acabado, que progresa y hace progresar, que tiene en cuenta los adelantos de la cultura y de la técnica, realiza una gran función, útil siempre a la humanidad entera, si nos mueve la generosidad, no el egoísmo, el bien de todos, no el provecho propio: si está lleno de sentido cristiano de la vida[913].

San Josemaría aconseja frecuentemente realizar las propias tareas personales “de cara a la humanidad entera”, “pensando en todos los hombres”[914], pero sin olvidar a la vez que se es cristiano cuando se es capaz de amar no sólo a la Humanidad en abstracto, sino a cada persona que pasa cerca de nosotros (…): tener un detalle amable con quienes trabajan a nuestro lado, vivir una verdadera amistad con nuestros compañeros, compadecernos de quien padece necesidad[915].

b) Caridad “especialmente con los hermanos en la fe”

Escribe san Pablo: «Hagamos el bien a todos, pero especialmente a los hermanos en la fe» (Ga 6,10). En un sentido, la caridad lleva a querer a todos los hombres por igual; en otro, a quererlos de modo diferente.

Respecto al fin último, la caridad quiere lo mismo para todos: que sean santos y, por tanto, felices, ya ahora en la tierra y después plenamente en el Cielo.

Esto no se opone a que incline a amar especialmente a quienes ya tienen un inicio de la vida sobrenatural, porque están en gracia de Dios y Dios les ama más que a quienes no viven en su amistad (pues Dios ama en nosotros la vida sobrenatural que Él concede). En general, la caridad desea que los hombres se conviertan del estado de pecado mortal al de gracia santificante, y que pasen luego de una situación de gracia a otra de mayor amistad con Dios, mediante nuevas conversiones.

«Hay en el Cielo mayor alegría por un pecador que hace penitencia que por noventa y nueve justos que no la necesitan» (Lc 15,7). La conversión de un pecador (que se arrepiente del pecado, también del venial: de toda falta de amor a Dios) es causa de alegría en el Cielo –en los bienaventurados y en los que tienen un anticipo del Cielo por la gracia–, porque el perdón de los pecados es la mayor manifestación del amor de Dios, que ha enviado a su Hijo «no para llamar a los justos, sino a los pecadores a la penitencia» (Lc 5,32; cfr. Rm 5,6-8). Esa alegría es un acto de caridad[916].

Respecto a los medios para la vida espiritual, la caridad no quiere lo mismo para todos, pues el cristiano ha de buscar en primer lugar proporcionar esos medios a sus hermanos en la fe (cfr. Ga 6,10). La razón es que Dios quiere que los que pertenecen visiblemente a la Iglesia, reciban las atenciones de sus hermanos: que sus hijos se ayuden mutuamente a ser santos, como se ayudan los miembros de un mismo cuerpo. La caridad inclina, pues, a proporcionar preferentemente a los fieles los medios sobrenaturales y humanos que convienen a su condición de cristianos.

En cuanto a los medios sobrenaturales, se entiende fácilmente que la caridad inclina a ayudar primero a los hijos de la Iglesia (por ejemplo, a enseñar la doctrina de la fe a los catecúmenos y a los bautizados, antes que a los que no lo son)[917]. Por lo que se refiere a los medios humanos, desde el primer momento los cristianos ayudaban materialmente a quienes estaban más necesitados entre ellos, como eran en aquel tiempo las viudas (cfr. Hch 6,1ss). San Pablo realiza una colecta «en favor de los pobres de entre los santos que viven en Jerusalén» (Rm 15,26; cfr. 1 Co 16,1-3), y señala que lo hace en virtud de la caridad (cfr. 2 Co 8,7ss)[918]. Los cristianos han de socorrer a sus hermanos necesitados, pero ninguno puede reclamar auxilios donde bastaría su propio esfuerzo. El Apóstol es terminante: «Si alguno no quiere trabajar, que no coma» (2 Ts 3,10). El cristiano no se puede servir de la Iglesia para obtener ventajas materiales: no puede utilizar como instrumento de intereses y de ambiciones humanas la sublimidad y la grandeza del Evangelio[919]. Quien pretendiera hacerlo sería un «traficante de Cristo»[920], como advierte un documento de la primitiva cristiandad, que concluye: «estad en guardia contra los tales»[921].

Siguiendo la enseñanza paulina, san Josemaría, con el corazón abierto a todos los hombres, enseña a preocuparse especialmente por el bien de los cristianos dispersos por todo el mundo, e inculca el interés por conocer su situación, iniciativas, dificultades, etc.: todo lo opuesto a la indiferencia.

Forma parte esencial del espíritu cristiano (…) sentir la unidad con los demás hermanos en la fe. Desde muy antiguo he pensado que uno de los mayores males de la Iglesia en estos tiempos, es el desconocimiento que muchos católicos tienen de lo que hacen y opinan los católicos de otros países o de otros ámbitos sociales. Es necesario actualizar esa fraternidad, que tan hondamente vivían los primeros cristianos[922].

c) Amor a los pobres y a los enfermos

Además del vínculo sobrenatural de la fe, hay un vínculo humano general que justifica una atención preferente de la caridad: el que todos tenemos con los pobres y los enfermos. Se trata de un aspecto integrante e imprescindible de la verdadera caridad cristiana[923].

La peculiar relación de cada uno con los pobres y enfermos –y con los que sufren injusticia, padecen soledad, no reciben educación y cultura, etc.– se puede llamar solidaridad. En general, hay una solidaridad ontológica entre todos los hombres en cuanto miembros de la familia humana, pero más en concreto se llama solidaridad al vínculo con las personas necesitadas y a la virtud que inclina a asumirlo: a saberse y a sentirse ligado a las necesidades de los demás, y a procurar remediarlas[924]. No de los demás en general, sino de cada persona concreta: la solidaridad no es la “conciencia social” de quien se preocupa de la pobreza pero le importan poco los pobres (cada pobre, cada persona).

San Josemaría enseña constantemente, utilizando éste y otros términos, que un cristiano no puede vivir de espaldas a la indigencia humana. No sólo nos preocupan los problemas de cada uno, sino que nos solidarizamos plenamente con los otros ciudadanos en las calamidades y desgracias públicas, que nos afectan del mismo modo[925]. Que el origen del estado de necesidad sean las “calamidades y desgracias públicas” es secundario en este texto. Vale lo mismo cuando la causa es otra. Lo central es la solidaridad con los necesitados, el no ver las dificultades de los demás como ajenas, el quedar personalmente afectado por ellas, considerándolas como algo propio.

«Mantened la caridad fraterna… Acordaos de los encarcelados, como si estuvierais en prisión con ellos, y de los que sufren, pues también vosotros vivís en un cuerpo» (Hb 13,1-3). Hay una especial relación de cada uno con los que padecen dolor, ignorancia, injusticia, pobreza, etc., que da origen a que la caridad procure remediar esas necesidades. Esa relación se puede explicar de diversos modos[926]. En todo caso es importante señalar que se basa en la común participación en la naturaleza humana y en la realidad del pecado, de la todos somos responsables y por la que han entrado en el mundo el dolor y la muerte. Si no se reconociera un fundamento objetivo, los actos de caridad con los necesitados dependerían de un sentimiento autónomo más o menos intermitente, con el riesgo de descuidarlos cuando esté ausente, o de desatender, en el caso opuesto, otros deberes, incluso graves.

San Josemaría advierte de estos peligros, sobre todo del primero. Recomienda como medio de formación para las personas jóvenes, visitar a pobres y enfermos:

Las visitas a los pobres y a los enfermos son una manifestación de la caridad con el prójimo, y también un gran medio de formación (…). En los pobres y en los enfermos aprenden nuestros amigos, que participan en nuestras tareas de formación cristiana, y aprendemos también nosotros, a descubrir y a amar la figura humana y divina de Jesucristo[927].

Estas últimas palabras indican por qué esas visitas forman cristianamente el alma: con ellas se aprende a ver a Cristo en las personas necesitadas (Mt 25,34-40) y se graba en los corazones una dimensión esencial del amor al prójimo. En otros textos sobre el mismo tema san Josemaría aconseja tener siempre alguna atención material con las personas que se visitan, pero advierte que el fin de las visitas no es remediar materialmente la pobreza (o pensar ingenuamente que se remedia), sino poner en práctica aquel núcleo de la caridad que más que en “dar” está en “comprender”, haciendo propios los problemas de los demás. Se enseña así el alma de la caridad y se ponen las bases para afrontar más adelante las diversas dificultades de los demás, también desde el punto de vista material, en la medida que sea posible para cada uno, desde su posición futura en la sociedad. De este modo se ponen las bases para evitar la deformación de realizar “obras de caridad” sin verdadera “caridad”, sin comprensión. Porque quien no supiera com-padecerse de la indigencia ajena, no podría llevar a cabo auténticas “obras de caridad” con los necesitados: más que levantarles, les humillarían. En relación con actitudes de este género, san Josemaría lamenta: ¡Cuántos resentidos hemos fabricado, entre los que están espiritual o materialmente necesitados![928]

Son múltiples los pasajes del Evangelio que muestran las atenciones del Señor, ungido por el Espíritu Santo «para evangelizar a los pobres» (Lc 4,18; cfr. Mt 11,5)[929]. Baste uno solo: «Al desembarcar, vio Jesús una gran multitud, y se llenó de compasión, porque estaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6,34). El texto paralelo de san Mateo dice también que «curó a los enfermos» (Mt 14,14). Jesús cura las enfermedades y enseña. Se compadece de las necesidades de sus hermanos los hombres. Al asumir nuestra naturaleza «ha tomado sobre sí nuestras enfermedades y cargado con nuestros dolores» (Is 53,4; cfr. Mt 8,17).

Compadecerse, hacer propios los dolores de los demás, es la disposición básica para poner materialmente remedio –si es posible– a esas situaciones, de modo conforme a la dignidad de las personas, y para ayudar a sobrellevarlas enseñando el sentido redentor del dolor (lo cual es una verdadera liberación)[930]. Incluso, quien se compadece cristianamente, puede ofrecer a Dios el dolor de sus hermanos los hombres, uniéndolo al sacrificio de Cristo. Tal fue la experiencia interior de san Josemaría en los años sucesivos a la fundación del Opus Dei, cuando dedicaba gran parte de su labor pastoral a la atención de pobres y enfermos. Además de confortarlos humanamente y de enseñarles el sentido cristiano del dolor, tomaba aquel caudal de sufrimientos como un tesoro para avalar su petición de que se hiciera realidad la Obra que Dios le había pedido:

Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada (…). Y en los hospitales, y en las casas donde había enfermos (…). La fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas[931].

 

Para concluir este apartado, vale la pena reproducir con cierta amplitud un comentario de Álvaro del Portillo a la parábola del buen samaritano. Su propósito es mostrar la raíz evangélica de la enseñanza de san Josemaría, explicando cómo se expresa la caridad con los pobres y enfermos en el caso de quienes han recibido la llamada divina a santificarse en los deberes profesionales, familiares y sociales.

El samaritano que interrumpe su viaje para asistir al herido y llevarlo a la posada (cfr. Lc 10,30 ss.), «es imagen de Cristo, modelo de alma sacerdotal, porque el dolor no es sólo medio de santificación en quien lo padece, sino en quien se compadece del que sufre y se sacrifica por atenderle (…). Una vez que ha trasladado personalmente el enfermo a la posada, ¿qué hace el samaritano? “Sacando dos denarios, se los dio al mesonero y le dijo: cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta” (Lc 10,35): prosigue su camino, porque le incumben otros deberes que no puede descuidar. No es una disculpa, no es una evasión, no haría bien si permaneciera más tiempo: sería sentimentalismo, desatendería otras obligaciones. La misma caridad que le ha impulsado a detenerse, le mueve a continuar su viaje. Es Cristo quien nos ofrece el ejemplo (…). El afán de atender y remediar en lo posible las necesidades materiales del prójimo, sin descuidar las demás obligaciones propias de cada uno, como el buen samaritano, es algo característico de la fusión entre alma sacerdotal y mentalidad laical. (…).

«Para ocuparse del herido, el samaritano recurrió también al mesonero. ¿Cómo se hubiera desenvuelto sin él? (…) [San Josemaría] admiraba la figura de este hombre –el dueño de la posada– que pasó inadvertido, hizo la mayor parte del trabajo y actuó profesionalmente. Al contemplar su conducta, entended, por una parte, que todos podéis actuar como él, en el ejercicio de vuestro trabajo, porque cualquier tarea profesional ofrece de un modo más o menos directo la ocasión de ayudar a las personas necesitadas (…). Por otra parte, considerad que la preocupación por los pobres y enfermos –con el alma sacerdotal y la mentalidad laical propias de nuestro espíritu– os ha de impulsar a promover o a participar en labores asistenciales, con las que se trate de remediar, de modo profesional, esas necesidades humanas y muchas otras»[932].

1.2.2. “Hacer amable el camino de la santidad”

Hemos hablado de cómo el vínculo sobrenatural de la fe y el vínculo humano de la solidaridad, influyen en el orden de la caridad. Ahora veremos que también hay vínculos particulares –de parentesco, de relación profesional o social, etc.– que dan lugar a peculiares exigencias de la caridad. San Josemaría no duda en afirmar que considera un celo hipócrita, embustero, el que empuja a tratar bien a los que están lejos, de paso que pisotea o desprecia a los que con nosotros viven la misma fe [este aspecto que ya hemos considerando antes, como acabamos de decir, es preludio del que viene a continuación, en el que nos fijamos ahora]. Tampoco creo que te intereses por el último pobre de la calle, si martirizas a los de tu casa; si permaneces indiferente en sus alegrías, en sus penas y en sus disgustos[933].

La caridad no tiene su base principalmente en la amistad humana que se pueda tener con algunos, ya sea por razón de parentesco, o de relación profesional o de afinidad de carácter, de gustos o de aspiraciones, sino en el amor a Dios (en que Dios ama a todos). Esto no significa, sin embargo, que la amistad carezca de relieve para la caridad. Todo lo contrario: la relación entre caridad y amistad humana es estrechísima. «Vos autem dixi amicos» (Jn 15,15): Jesús llama amigos a quienes ama con caridad sobrenatural.

[La caridad] se llena de matices más entrañables cuando se refiere (…) a los que, porque así lo ha establecido Dios, están más cerca de nosotros: los padres, el marido o la mujer, los hijos y los hermanos, los amigos y los colegas, los vecinos. Si no existiese ese cariño, amor humano noble y limpio, ordenado a Dios y fundado en Él, no habría caridad[934].

La relación entre caridad y amistad humana en la enseñanza de san Josemaría podemos enunciarla así: cuando la amistad existe previamente, la caridad la eleva; y si no existía antes, tiende a establecerla. En uno y en otro caso, la caridad, infundida por Dios en el alma (…), fundamenta sobrenaturalmente la amistad[935]. El resultado es que en un cristiano, en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa[936].

¿Y qué manifestaciones tiene esa caridad para con tus hermanos?[937], se pregunta en una meditación, refiriéndose con “hermanos” no en general a los “hermanos en la fe”, sino concretamente a aquellos con los que se convive. Responde: hacerles amable el camino de la santidad[938]. La caridad-amistad que predica san Josemaría busca para las personas con las que se tiene trato asiduo no sólo la santidad, sino “hacerles amable el camino de la santidad”. Y esto presenta diversas manifestaciones que vamos a ver más de cerca en los apartados sucesivos.

a) Caridad y amistad

La amistad humana se puede describir –sin detenernos a precisar demasiado los términos: es una cuestión amplísima– como una inclinación mutua entre dos personas, que lleva a buscar el bien del otro, no por propio interés ni sólo por justicia, sino gratuitamente y por moción también de los sentimientos o afectos, ordenados por las virtudes morales.

Ésta es la amistad “virtuosa”, que quiere el bien para el otro y comporta la práctica de todas las virtudes, ya que hace falta ser prudente y justo para conocer y querer el verdadero bien del amigo (y por tanto, al menos implícitamente, lo que Dios quiere); y templado y fuerte, para buscarlo. Esta amistad virtuosa es la que es elevada por la caridad[939]. De ella dice la Escritura que «quien encuentra un amigo, halla un tesoro» (Sir 6,14).

Hay también una amistad que no es virtuosa porque no pone en juego las virtudes morales y no acierta a querer el verdadero bien del otro. Se puede dar fácilmente cuando se excluye a Dios de la amistad, y sobre todo cuando se quiere para otra persona algo que ofende a Dios o aparta de Él. A este tipo de relaciones se refiere san Josemaría cuando invita a preguntarse: eso… ¿es una amistad o es una cadena?[940] Tal “amistad” no es auténtica y no puede ser elevada por la caridad.

La caridad eleva la amistad, cuando ésta es auténtica (“virtuosa”). Es un amor a los demás por amor a Dios, que mueve a querer para los amigos lo que Dios quiere para ellos: que le conozcan y le amen como hijos suyos, que es el mayor bien. Es imposible que la caridad “instrumentalice” la amistad, porque no la pone al servicio de un fin distinto del bien de la otra persona. Al contrario, otorga a la amistad humana un fundamento superior, más noble y firme, y la conduce a su plenitud, pues busca para el otro no sólo un bien temporal sino la felicidad eterna. La caridad purifica a la amistad del egoísmo, pues quien ama así no aspira a ser querido por sí mismo sino por amor a Dios.

La caridad muestra también hasta dónde puede llegar la amistad. Hemos de ir con todos, si es preciso, hasta las mismas puertas del infierno: más allá, no; porque allí no se puede amar a Jesucristo[941]. El recto amor a los demás, el que forma parte de la caridad, sólo puede existir mientras se pueda mantener el amor a Dios.

La parábola de las “vírgenes prudentes” (Mt 25,1 ss.) enseña que hay que proveerse personalmente de lo necesario –del “aceite”– para el encuentro con Cristo, y que esas vírgenes hacen bien al no dar del suyo a las “necias”, cuando esto implica perderlo ellas mismas. No es propio de la caridad prestar una ayuda que comporta apartarse de Dios. Una “entrega” a los demás que llevara a perder la propia amistad con Dios no puede ser caridad. No podemos dar del aceite nuestro si nuestra lámpara corre peligro de apagarse. Es lo que hicieron las vírgenes prudentes: no dar de su aceite a las necias (cfr. Mt 25,1 ss). De modo que, si hay peligro para nuestra alma, ¡basta!, a huir, a cortar. Pero si no hay peligro, a dar, a dar mucho aceite[942].

 

Si no existe una amistad previa, la caridad tiende a crearla. Un cristiano no se contenta con lo que san Josemaría llama “caridad oficial”, seca y sin alma[943]. Ve en cada persona a un hijo de Dios, conocido y amado singularmente por Él, y por eso procura amar a cada uno como Dios le ama: no “en general” sino de modo irrepetible, como se ama a un amigo, con un afecto ordenado que siempre pasa por el Corazón Sacratísimo de Jesús[944], porque busca el bien que Jesucristo quiere.

Por la limitación humana, es imposible tener amistad con cada una de las personas que se conocen. Una parte importante del ejercicio de la caridad se dirige necesariamente no a personas singulares sino a muchas a la vez (a través del servicio que se presta a los demás con el trabajo profesional, o con iniciativas asistenciales y educativas, etc.). Pero es indudable que, en sí misma, la caridad “busca” el trato y la amistad personal, porque quiere el bien de cada persona. Lleva a sembrar comprensión, amistad. Que nuestra vida acompañe las vidas de los demás hombres, para que nadie se encuentre o se sienta solo[945].

b) “Apostolado de amistad y confidencia”

La misión apostólica, a la que tiende la caridad, se puede realizar de muchos modos. San Josemaría subraya uno específico, el apostolado de amistad y confidencia[946]. Un modo visible en Jesús que llama amigos a los Apóstoles y les abre su corazón para introducirles en la vida divina: «os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he hecho conocer» (Jn 15,15).

La relación entre caridad y amistad que hemos descrito antes nos permite comprender mejor el valor de esta forma de apostolado en el que la amistad se engrandece y eleva: Cuando te hablo de “apostolado de amistad” –aclara san Josemaría– me refiero a amistad “personal”, sacrificada, sincera: de tú a tú, de corazón a corazón[947].

El apostolado de amistad y confidencia responde plenamente al espíritu de filiación divina, es expresión cabal del “amor de los hijos de Dios a los hijos de Dios”, a quienes Él ama personalmente: a cada uno de modo único e irrepetible. La amistad que se establece es, por tanto, la más profunda, la que mejor corresponde a esa dignidad personal que pide un diálogo en el que se abren el corazón y la mente: la confidencia. La amistad facilita la confidencia; y hace así posible el apostolado de la doctrina, el acercamiento al Señor de esas almas, de esos amigos cuyo bien deseamos[948]. El término confidencia indica dos cosas: que se comunica algo “confidencial” o íntimo, y que se “confía” en la otra persona.

Este modo apostólico responde también adecuadamente a la llamada a santificarse en las actividades temporales, que comportan el trato habitual con colegas de trabajo y con otras personas en la vida social y familiar.

De esa convivencia tomáis ocasión para acercar las almas a Cristo Jesús, y es lógico que no la rehuyáis. Más aún, es preciso que la busquéis, que la fomentéis, porque sois apóstoles, con un apostolado de amistad y de confidencia y (…) el trato noble y sincero con todos es el medio humano de vuestra labor de almas[949].

A través del trato individual con vuestros compañeros de profesión o de oficio, con vuestros parientes, amigos y vecinos, en una labor que muchas veces he llamado apostolado de amistad y de confidencia, sacudiréis su modorra, abriréis horizontes amplios a su existencia egoísta y aburguesada, les complicaréis la vida, haciendo que se olviden de sí mismos y comprendan los problemas de quienes les rodean. Y estad seguros de que, al complicarles la vida, les lleváis –tenéis experiencia– al gaudium cum pace, a la alegría y a la paz[950].

El “apostolado de amistad y confidencia” no es la única manera de realizar la misión apostólica en la enseñanza de san Josemaría. Hay otros modos de sembrar la fe y el amor a Dios que se distinguen de éste por dirigirse a varias personas a la vez, a través de clases o de diversas actividades en las que se difunde el espíritu cristiano. Pero también entonces, como anticipábamos antes, san Josemaría impulsa a llegar, si es posible, al trato personal, buscando acercar a Dios a los demás, uno a uno.

No estará de más hacer notar que, en términos generales, san Josemaría desaconseja el apostolado de amistad y confidencia con personas de distinto sexo, fuera del ámbito de las relaciones familiares o de las que establecen normalmente un varón y una mujer con vistas al matrimonio o con esa posibilidad. El motivo es que, objetivamente, la comunicación que implica ese apostolado conlleva un compartir pensamientos, esperanzas, dificultades, etc., que entre personas de distinto sexo favorece normalmente la posibilidad de una atracción mutua. Teniendo en cuenta el desorden de la concupiscencia, esa atracción –fuera del ámbito familiar o de la posible formación de una nueva familia, como ya se ha señalado– puede desviar la rectitud de intención en el apostolado e incluso exponer a peligros para la castidad y la fidelidad al amor a Dios (y, en el caso de una persona casada, también para la fidelidad al propio cónyuge). La experiencia corrobora la oportunidad de este consejo. No estamos hablando aquí del tema general de la amistad entre personas de distinto sexo, que es mucho más amplio, sino concretamente del “apostolado de amistad y de confidencia” que enseña san Josemaría con ocasión del trabajo profesional o de la vida social.

Desde esta perspectiva se comprende también que las actividades de formación cristiana colectiva –retiros espirituales, cursos de retiro, etc.– que san Josemaría promovió y enseñó a promover, tienen lugar separadamente para hombres y mujeres, pues se trata de actividades estrechamente dependientes del apostolado personal de amistad y confidencia, del que provienen y al que se orientan (aparte de otras razones de conveniencia, como la de adaptar lo mejor posible el contenido de la formación a las exigencias específicas de quienes la reciben).

La dirección espiritual que imparten los sacerdotes a mujeres no es una excepción de lo anterior porque no es “apostolado personal de amistad y confidencia”, sino ejercicio de un ministerio en el que la confidencia no es mutua.

c) “Cariño humano y sobrenatural”

Desafortunadamente, el término “caridad” ha adquirido en el lenguaje corriente a veces un significado reductivo. Para evitar equívocos, san Josemaría enseña que nuestra caridad ha de ser también cariño, calor humano[951]. Quiere indicar que, con quienes nos rodean, ha de integrar necesariamente el afecto humano, elevándolo. Ha de ser cariño humano y sobrenatural, verdadera caridad de Cristo[952].

Para ilustrar esta idea recordaba en ocasiones la queja de una enferma ante la actitud de quienes la asistían: me tratan con caridad, pero mi madre me cuidaba con cariño[953]. Y comentaba que esa separación entre “caridad” y “cariño” no es cristiana.

El amor que nace del Corazón de Cristo no puede dar lugar a esa clase de distinciones. Nosotros no poseemos un corazón para amar a Dios, y otro para querer a las criaturas: este pobre corazón nuestro, de carne, quiere con un cariño humano que, si está unido al amor de Cristo, es también sobrenatural. Esa, y no otra, es la caridad que hemos de cultivar en el alma, la que nos llevará a descubrir en los demás la imagen de Nuestro Señor[954].

Frente a todos los cínicos, a los escépticos, a los desamorados, a los que han convertido la propia cobardía en una mentalidad, los cristianos hemos de demostrar que ese cariño es posible[955].

Como ejemplo de este modo profundamente “humano” de vivir la caridad sobrenatural, invita a contemplar la conducta de los primeros discípulos de Cristo.

Qué bien pusieron en práctica los primeros cristianos esta caridad ardiente, que sobresalía con exceso más allá de las cimas de la simple solidaridad humana o de la benignidad de carácter. Se amaban entre sí, dulce y fuertemente, desde el Corazón de Cristo. Un escritor del siglo II, Tertuliano, nos ha transmitido el comentario de los paganos, conmovidos al contemplar el porte de los fieles de entonces, tan lleno de atractivo sobrenatural y humano: mirad cómo se aman (Tertuliano, Apologeticum, 39), repetían[956].

Las expresiones exteriores de ese cariño con los más próximos serán diversas según los casos. Evidentemente, hay unas manifestaciones sensibles del afecto humano, adecuadas en el ámbito familiar, que no lo serían fuera de ese entorno; y hay otras que son propias de la amistad con quienes se tratan a diario, pero que serían inadecuadas en otras circunstancias. No obstante, en conjunto, las relaciones familiares y de amistad más estrecha constituyen el punto de referencia de lo que ha de ser el “cariño humano” propio de la caridad. No basta la caridad oficial, fría. ¡Cariño!, humano y sobrenatural. Hemos de poner el cariño de Cristo inflamado de amor a los hombres, a su Madre, a los Apóstoles, a Lázaro[957].

Por su parte, la caridad transfigura el cariño humano, lo purifica, lo ennoblece, lo libera de las formas sutiles de egoísmo que puede encubrir la cordialidad o la ternura.

Cuando el cariño pasa por el Corazón Sacratísimo de Jesús y por el Dulcísimo Corazón de María, la caridad fraterna se ejercita con toda su fuerza humana y divina. Anima a soportar la carga, quita pesos, asegura la alegría en la pelea. No es algo pegadizo, es algo que fortalece las alas del alma para alzarse más alta; la caridad fraterna, que no busca su propio interés (cfr. 1 Co 13,5), permite volar para alabar al Señor con un espíritu de sacrificio gustoso[958].

Muchas de las exhortaciones de san Josemaría a no separar la caridad del cariño humano, se dirigen concretamente a los fieles del Opus Dei que tienen entre sí un trato directo por razones de formación y de apostolado. En estos casos, la mayor parte de las veces no ha habido entre ellos una amistad humana precedente, ni tampoco tiene por qué existir una afinidad de caracteres, opiniones y gustos. Los ha reunido la llamada divina a recorrer un mismo camino específico de santificación y de apostolado por amor a Cristo, y éste es el fundamento de una especial fraternidad llena de cariño[959], que hace patente –no se cansa de repetirlo– que nos une también el cariño humano[960]. En la experiencia de esta realidad ve un ejemplo más de cómo pervive en la Iglesia la fraternidad de los primeros cristianos, retratada en la Escritura con palabras conmovedoras: «la multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32)[961]. Con alegría y agradecimiento a Dios escribe que no son pocas las almas que han descubierto el Evangelio en este calor cristiano de nuestro hogar, donde nadie puede sentirse solo, donde nadie puede padecer la amargura de la indiferencia[962].

d) “Querer a los demás con sus defectos”

Si no quieres más que las buenas cualidades que veas en los demás –si no sabes comprender, disculpar, perdonar–, eres un egoísta[963]. Una actitud de este género no es caridad sino egocentrismo. San Josemaría acostumbra a decir que se ha de querer a los demás con sus defectos, con sus maneras de ser[964].

¿Qué se debe entender en este contexto por “defecto”? No, ciertamente, la carencia involuntaria de una cualidad natural (por ejemplo, una limitación física, o la falta de memoria o de otros bienes de naturaleza), y mucho menos la sencilla espontaneidad de tantas personas que no han recibido una educación refinada, a las que se refiere san Josemaría cuando dice: dejadlos con su modo de hablar, con su modo de comportarse, con aquella noble tosquedad encantadora[965]. Por “defecto” se entiende aquí solamente la falta de una cualidad moral que alguien necesitaría para desempeñar mejor sus deberes y que en principio podría adquirir, con la ayuda de Dios y poniendo empeño (por ejemplo, ser más constante, o servicial, o alegre…). Cabría precisar más esta noción, pero no es necesario para explicar que la caridad lleva a querer a los demás “con sus defectos”, en este último sentido. La razón es no sólo que Dios no les deja de amar porque los tengan, sino que los ama “con esos defectos” en cuanto que son o pueden ser ocasión para luchar por superarlos, por amor suyo.

Puede parecer que “querer a los demás con sus defectos” no se conjuga con el hecho de que la caridad hace desear el bien de la persona amada, ya que esas deficiencias morales que podrían remediarse (al menos en principio y considerándolas una a una), no son un bien en sí mismas. Pero san Josemaría no enseña que la caridad ama los defectos en sí mismos, sino que ama que los demás se comporten bien –como Dios quiere– en relación con esos defectos, lo que implica reconocerlos y procurar superarlos por agradar a Dios y servir mejor a los demás.

La santidad está en la lucha, en saber que tenemos defectos y en tratar heroicamente de evitarlos. La santidad –insisto– está en superar esos defectos…, pero nos moriremos con defectos: si no, ya te lo he dicho, seríamos unos soberbios[966]. Siempre es posible que una persona luche así, con más o menos éxito, o al menos que llegue a luchar así más adelante: por esto hay que querer a los demás como son, incluso en el caso de que actualmente no reconozcan sus fallas ni las quieran evitar. San Josemaría –escribe José María Barrio– enseña que los cristianos «han de quererse santos y, a la vez, quererse con sus defectos. Pese a la apariencia, ambas cosas no son incompatibles. De hecho, no hay modo de querer realmente que no sea querer la realidad de lo querido, y la realidad de todo ser humano incluye aspectos positivos y otros que no lo son tanto. Yo no puedo querer a alguien porsus defectos, pero sí puedo quererle con ellos. Ciertamente la caridad cristiana significa querer a los demás luchando contra sus imperfecciones, y ayudarles –humana y sobrenaturalmente– en esa lucha»[967].

Jesucristo escogió como Apóstoles a unos hombres con carencias patentes y les amaba con ternura, aun sabiendo que le iban a negar y teniendo que rogar al Padre para que se convirtieran (cfr. Lc 22,31-34). San Josemaría recuerda que Dios llama a la santidad a personas con miserias[968]. Y añade: yo también las tengo y lucho[969]. La experiencia de las miserias humanas, ajenas y propias, no es motivo para que se enfríe la caridad; al contrario, es ocasión para ahondar en ella: para que sea más humana y más sobrenatural.

Rezad por mí: yo rezo por vosotros y comprendo vuestros defectos, y os quiero como sois, con defectos: y vosotros debéis tener el corazón grande, para querer a todas las criaturas de la tierra con sus defectos, con sus maneras de ser. –Padre, ¿usted quiere nuestros defectos? –Cuando lucháis por quitarlos, ¡los quiero!, porque son un motivo de humildad, y ha dicho aquél –que es el primer literato de Castilla– que la humildad es la base y fundamento de todas las virtudes, y sin ella no hay ninguna que lo sea. Por eso amo vuestros defectos[970].

Según estas palabras, no se trata sólo de amar a una persona “a pesar de sus defectos”; es preciso amarla “con sus defectos”, y no porque se aprueban sino porque le llevan (o le llevarán) a luchar por amor a Dios, con humildad. En este sentido, san Josemaría “ama” incluso los defectos mismos. Y ¿si son ostensibles e incluso desagradables? Precisamente entonces se manifiestan los rasgos inconfundibles de la caridad, porque el verdadero amor a Dios no da importancia a que una determinada manera de comportarse resulte “desagradable”, pues el propio gusto no tiene por qué ser la medida de lo bueno; lo absolutamente “desagradable” es sólo aquello que desagrada a Dios. La mirada de la caridad penetra hasta el corazón del prójimo. De ahí que a veces no conceda demasiada importancia a ciertas miserias patentes, y en cambio la dé a otras menos visibles y que quizá no se oponen a lo “socialmente correcto”, pero que desagradan a Dios. San Josemaría ponía como ejemplo gráfico el modo distinto de juzgar un gesto grosero de un niño, por parte de un espectador extraño y de la propia madre. Dejamos la cita para el apartado siguiente, ya que contiene también otra enseñanza que nos interesará destacar allí. Ahora nos basta la conclusión: No manifestéis repugnancia por pequeñeces espirituales o materiales, que no tienen demasiada categoría. Mirad a vuestros hermanos con amor[971].

También es muy característico de la caridad, amar al prójimo no sólo cuando acepta sus faltas y se esfuerza por mejorar, sino también cuando no las reconoce ni quiere cambiar. La caridad ama a los demás con sus defectos por el hecho principal de que Dios quiere que luchen y los llama a hacerlo, aunque de momento no respondan, sabiendo que Dios cuenta con el tiempo para que se decidan a luchar; y mientras tanto cuenta también con el cariño humano y sobrenatural de quienes les rodean. Este es el consejo de san Josemaría: Llénate de alegría, con la certeza de que el Señor a todos ha concedido la capacidad de hacerse santos, precisamente en la lucha contra los propios defectos[972].

Al mismo tiempo, cuando enseña a amar a los demás con sus defectos, no deja de puntualizar: si no son ofensa de Dios[973]. El pecado no puede agradar al Señor. Él ha dicho «sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48), y la perfección cristiana consiste en el amor. Por eso la persona que tiene defectos puede agradar a Dios si lucha por amor, ya sea que los vaya superando o que se pase la vida batallando por vencerlos. Pero el pecado es lo opuesto al amor a Dios: es una ofensa a Dios, y no se puede amar. La caridad inclina entonces a querer únicamente que esa persona se convierta, pues eso es lo que Dios quiere. Se le ha de amar aunque ofenda a Dios, pero no se puede amar que le ofenda.

Querer a los demás con sus defectos manifiesta también esa dimensión profunda de la caridad que hace ver en los demás un don de Dios. Pues precisamente los defectos ajenos pueden convertirse en ocasión para descubrir y corregir los propios. El diamante se pule con el diamante…, y las almas, con las almas[974]. Esta frase, que se refiere en general a la potencialidad purificadora de los diversos temperamentos y caracteres –sin esos choques que se producen al tratar al prójimo, ¿cómo irías perdiendo las puntas, aristas y salientes (…) de tu genio para adquirir la forma reglada, bruñida y reciamente suave de la caridad, de la perfección?[975]–, se aplica sin duda también a los defectos. El prójimo es don de Dios para uno mismo no sólo por sus cualidades positivas sino también por sus deficiencias. De ahí que apartarse de una persona por sus faltas sería contrario a la caridad, tanto porque no se le “da” ayuda como porque no se “recibe” lo que Dios quiere darnos a través de esa persona.

Lógicamente, si la caridad mueve a querer a los demás con sus miserias, más aún se complace en sus virtudes, porque reflejan la gloria de Dios. Y también quiere a los demás “con sus buenas cualidades” de salud, inteligencia, simpatía, bienes materiales, etc., pero no los quiere por lo que tienen sino por lo que son. No aprecia más a quien tiene esas cualidades, sino a quien las usa para amar a Dios. Lleva a ayudarles a que lo hagan así, reconociéndose administradores de bienes que han recibido de Dios. «La caridad (…) no es envidiosa» (1 Co 13,4): se alegra siempre por el verdadero bien de los demás.

e) Comprensión, misericordia, corrección fraterna

En relación con las faltas del prójimo, la caridad inclina a la vez a la comprensión y a la corrección fraterna.

Por lo que se refiere a la comprensión, ya se dijo que la caridad no está sólo en darse sino en acoger y hacer propio lo de los demás. Cuando lo que se “hace propio” son miserias, la comprensión se llama “misericordia”, porque consiste en llevar en el corazón las necesidades espirituales y materiales de los demás[976]. El Amor de Cristo es un “Amor misericordioso”, ya que Él ha hecho suyos nuestros dolores y cargado con nuestras miserias (cfr. Is 53,4-5; Mt8,17). También el amor de un cristiano ha de ser misericordioso: un amor que “comprende” las miserias (en el sentido de que las abarca o las contiene). No le son ajenas sino que las padece como propias, con la conciencia clara de que todos necesitamos de la misericordia divina, según las palabras del Señor: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5,7).

La misericordia es una forma de caridad propia de los padres, como muestra la parábola del hijo pródigo (cfr. Lc15,20-24). Dios Padre es «rico en misericordia» (Ef 2,4). Pero también es propia de los hijos respecto a sus hermanos, pues en relación con ellos han de tener corazón de padre, como Cristo que, siendo «primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29), llama a sus discípulos “hijos” e “hijitos” (cfr. Jn 13,33), porque Él está en el Padre y el Padre en Él (cfr. Jn 14,10-11)[977]. Para enseñar de modo gráfico este aspecto de la caridad, san Josemaría evoca el cariño de las madres, lleno de visión positiva de los defectos (es el texto que anunciábamos en el apartado anterior):

Siguiendo el ejemplo del Señor, comprended a vuestros hermanos con un corazón muy grande, que de nada se asuste, y queredlos de verdad. Yo os quiero como os quieren vuestras madres: porque procuráis ser santos y porque sois muy majos (…). Al ser muy humanos, sabréis pasar por encima de pequeños defectos y ver siempre, con comprensión maternal, el lado bueno de las cosas. De una manera gráfica y bromeando, os he hecho notar la distinta impresión que se tiene de un mismo fenómeno, según se observe con cariño o sin él. Y os decía –y perdonadme, porque es muy gráfico– que, del niño que anda con el dedo en la nariz, comentan las visitas: ¡qué sucio!; mientras su madre dice: ¡va a ser investigador! Hijas e hijos míos, ya me comprendéis: hemos de disculpar. No manifestéis repugnancia por pequeñeces espirituales o materiales, que no tienen demasiada categoría. Mirad a vuestros hermanos con amor y llegaréis a la conclusión –llena de caridad– de que ¡todos somos investigadores![978]

 

El amor misericordioso de Dios no sólo se manifiesta en que no rechaza a sus hijos: además, los corrige para que se conformen a la imagen del Hijo. Es una corrección para nuestro bien, que la Sagrada Escritura exhorta a recibir como muestra de amor: «Hijo mío, no desprecies la corrección del Señor, ni te desanimes cuando Él te reprenda; porque el Señor corrige al que ama y azota a todo aquel que reconoce como hijo» (Hb 12,5-6). El Señor reprende a los Apóstoles en diversas ocasiones, incluso fuertemente, como a Pedro cuando trata de oponerse al anuncio de la Pasión: «¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, pues no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres» (Mt 16,23). Le corrige para impedir que intente apartarle del bien (o de incitarle al mal, lo cual es propio de Satanás). Le corrige por amor a su Padre y porque ama a Pedro.

En otro momento Jesús enseña a los discípulos que también ellos han de saber corregir cuando resulte necesario. «Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Mt18,15)[979]. La caridad, que es comprensión, inclina también a la corrección fraterna porque lo exige el bien de las almas. Comprender las miserias, hacerlas propias, no es justificarlas, llamando bien a lo que está mal. Comprender y disculpar no significa que cedamos en cosas injustas, porque eso sería también desorden y causaría perjuicios[980]. La comprensión no ha de confundirse con la actitud del “amigo bonachón” que aprueba todo. Más que verdadera comprensión mostraría desinterés, despreocupación por el auténtico bien del otro.

San Josemaría vio con lucidez la importancia de la corrección fraterna como muestra clara de la virtud sobrenatural de la caridad[981], como prueba de sobrenatural cariño y de confianza[982] y como la mejor manera de ayudar, después de la oración y del buen ejemplo[983]. La grandeza de la corrección fraterna se manifiesta en que en aquel momento eres instrumento de Dios[984]. Tiene un claro carácter sacerdotal que se reconoce en el sacrificio que comporta: la corrección fraterna cuesta; más cómodo es inhibirse; ¡más cómodo!, pero no es sobrenatural. –Y de estas omisiones darás cuenta a Dios[985]. Además de recordar su valor, san Josemaría impulsaba a su alrededor la práctica de la corrección fraterna también como manifestación de lealtad hacia los demás, y como medio para velar por la unidad de los fieles entre sí y con la autoridad en la Iglesia (cfr. Ga 2,14).

Advierte, sin embargo, del peligro de la subjetividad. Lo que vemos como defectos en los demás, muchas veces es defecto de nuestra visión[986]. Por eso invita a que uno examine, antes de corregir, la propia conducta en ese mismo punto, porque puede suceder que no se trate de una falta objetiva sino de algo que simplemente no nos agrada a nosotros. Los defectos que ves en los demás quizá son los tuyos. “Si oculus tuus fuerit simplex…” –Si tu ojo fuere sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado; mas si tienes malicioso tu ojo, todo tu cuerpo estará oscurecido. Y más aún: “¿cómo te pones a mirar la mota en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que está dentro del tuyo?”[987]

Para asegurar la objetividad y rectitud del juicio, enseñó a consultar la posible corrección, antes de hacerla, con quien tiene autoridad y prudencia para juzgar de su acierto y conveniencia.

f) Saber perdonar: “ahogar el mal en abundancia de bien”

Cuando san Josemaría quiere mostrar la grandeza del amor de Dios Creador y Redentor, ve su máxima expresión en el perdón de los pecados: ¡Un Dios que perdona!… ¿no es una maravilla?[988] Perdonar es algo divino[989]. Por eso es tan propio de los hijos de Dios. Un hombre que sabe perdonar tiene en su carácter algo divino, porque sólo Dios nos ha enseñado a perdonar así[990].

«Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos» (Mt 5,43-45). San Josemaría comenta así estas palabras:

Podemos no sentirnos humanamente atraídos hacia las personas que nos rechazarían, si nos acercásemos. Pero Jesús nos exige que no les devolvamos mal por mal; que no desaprovechemos las ocasiones de servirles con el corazón, aunque nos cueste; que no dejemos nunca de tenerlas presentes en nuestras oraciones[991].

Un cristiano no puede considerar enemigo a nadie, porque sería querer un mal para alguien, y quien sigue a Cristo ha de querer siempre el bien para todos.

No tengas enemigos. –Ten solamente amigos: amigos… de la derecha –si te hicieron o quisieron hacerte bien– y… de la izquierda –si te han perjudicado o intentaron perjudicarte–[992].

Sí puede ocurrir que otros consideren a un cristiano como enemigo, ya sea por motivos solamente humanos (opiniones contrastantes, intereses enfrentados, envidias, etc.), ya sea precisamente porque es discípulo de Cristo, como Él mismo anunció: «Seréis odiados por todas las gentes a causa de mi nombre» (Mt 24,9).

La caridad lleva a amar también a estos “enemigos”: a pedir a Dios perdón para ellos, como Cristo en la Cruz: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34); y a querer que se conviertan, no sólo ni principalmente para dejar de ser maltratados por ellos, sino ante todo para que no ofendan a Dios y sean buenos hijos suyos. Refiriéndose al amor a los enemigos, el Señor enseña: «Al que te hiere en la mejilla preséntale también la otra, y al que te quite el manto no le niegues tampoco la túnica» (Lc 6,29). Queda claro que lo de menos es recibir ofensas o malos tratos, hasta el punto de que –si el daño no fuera más que ese– la caridad lo permite y soporta. Lo grave es que van contra Dios al tratar injustamente a sus hijos.

San Pablo resume así la actitud cristiana: «No devolváis a nadie mal por mal: buscad hacer el bien delante de todos los hombres. Si es posible, en lo que está de vuestra parte, vivid en paz con todos los hombres. No os venguéis, queridísimos, sino dejad el castigo en manos de Dios, porque está escrito: Mía es la venganza, yo retribuiré lo merecido, dice el Señor. Por el contrario, si tu enemigo tuviese hambre, dale de comer; si tuviese sed, dale de beber; al hacer esto, amontonarás ascuas de fuego sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien» (Rm12,17-21). San Josemaría concluye de estas palabras:

Hemos de comprender a todos, hemos de convivir con todos, hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien (cfr. Rm 12,21)[993].

La caridad con esas personas puede exigir a veces poner los medios para impedir que hagan el mal, pero otras veces puede llevar a no impedírselo. Jesús se ocultó en ocasiones de los que querían darle muerte (cfr. Jn 8,59; 12,36); pero cuando llegó su hora no impidió que le crucificaran y pidió al Padre que les perdonara. El camino para que otro se convierta no siempre pasa por imposibilitar que cometa una injusticia (cfr. 1 P 3,14-17), quizá con más razón cuando alguien obra mal y causa daño pensando que está obrando bien. Incluso puede suceder que personas dadas a Dios sean el instrumento para el mal, putantes se obsequium praestare Deo, pensando que hacen servicio a Dios[994]. San Josemaría tuvo que padecer mucho en este sentido, y dio un ejemplo de caridad heroica, rezando por quienes le perseguían y aprovechando esos ataques como ocasión de purificación personal y de penitencia. Tanto si querían hacerle daño por ir contra Dios, como si lo hacían pensando en servirle, enseñaba a amar a los que persiguen y a ver en la misma persecución una ocasión para identificarse con Cristo. Esta actitud era fuente de una alegría y de una paz humanamente inexplicables[995].

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[885] Amigos de Dios, n. 232.
[886] SANTO TOMÁS DE AQUINO, S.Th. II-II, q. 25, a. 1, c.
[887] Forja, n. 34.
[888] Instrucción, 9-I-1935, n. 41.
[889] Amigos de Dios, n. 44.
[890] Ibid., n. 223.
[891] Es Cristo que pasa, n. 36.
[892] Ibid.
[893] F. OCÁRIZ, La filiación divina, realidad central en la vida y en la enseñanza de Mons. Escrivá de Balaguer, en ID., Naturaleza, Gracia y Gloria, Pamplona 2000, p. 196.
[894] Amigos de Dios, n. 230.
[895] Camino, n. 463.
[896] Este tema ha sido admirablemente expuesto por Benedicto XVI en la encíclica Deus Caritas est, 25-XII-2005, nn. 34-35. «La íntima participación personal en las necesidades y sufrimientos del otro se convierte así en un darme a mí mismo: para que el don no humille al otro, no solamente debo darle algo mío, sino a mí mismo; he de ser parte del don como persona» (n. 34). «Quien es capaz de ayudar reconoce que, precisamente de este modo, también él es ayudado» (n. 35).
[897] Instrucción, 8-XII-1941, n. 64.
[898] Amigos de Dios, n. 231.
[899] Ya SAN AGUSTÍN salía al paso de esas distorsiones: «El que ama al prójimo debe hacer tanto bien a su cuerpo como a su alma, y esto no consiste sólo en acudir al médico, sino también en cuidar el alimento, la bebida, el vestido, la habitación y proteger el cuerpo contra todo lo que pueda resultar molesto…» (De moribus Ecclesiae catholicae et de moribus manichaeorum 1, 28, 56).
[900] Es Cristo que pasa, n. 72. Este orden se manifiesta en otros muchos textos. Cfr., p.ej., Camino, n. 467.
[901] Es Cristo que pasa, n. 98.
[902] Ibid., n. 106.
[903] Carta 11-III-1940, n. 7.
[904] Es Cristo que pasa, n. 106.
[905] Amigos de Dios, n. 230.
[906] Cfr. Camino, n. 280; Es Cristo que pasa, n. 71; Amigos de Dios, n. 235.
[907] Amigos de Dios, n. 230.
[908] Ibid., n. 208.
[909] Surco, n. 518.
[910] Es Cristo que pasa, n. 90.
[911] CONC. DE TRENTO, Sessio XXII, Doctrina et canones de ss. Missae sacrificio, cap. 2: DS 1743.
[912] Camino, n. 571.
[913] Es Cristo que pasa, n. 166.
[914] Cfr. Amigos de Dios, n. 118.
[915] Artículo Las riquezas de la fe, en diario “ABC”, Madrid, 2-XI-1969.
[916] SANTO TOMÁS DE AQUINO, S.Th. II-II, q. 28, a. 4, c.
[917] No se ha de concluir, evidentemente, que el apostolado ad fidem –dirigido a los no católicos para que se incorporen a la Iglesia Católica– debe esperar mientras haya católicos que no reciben formación. Sería una simplificación, ya que muchos rehúsan esa formación, mientras que hay no católicos que están disponibles e incluso deseosos de recibirla. Cuando Pablo y Bernabé predicaban el Evangelio, se dirigieron en primer lugar a los judíos, pero cuando éstos se opusieron, hablaron a los paganos. «Era necesario anunciaros a vosotros [los judíos] en primer lugar la palabra de Dios, pero ya que la rechazáis y os juzgáis indignos de la vida eterna, nos volvemos a los gentiles» (Hch 13,46).
[918] En la línea de lo que se ha dicho en la nota anterior, conviene señalar que puede haber cristianos que sean pobres porque no quieren trabajar. A esos se les hace un mayor bien invitándoles a trabajar que dándoles de comer (cfr. 2 Ts 3,10). En cambio hay muchos no cristianos necesitados de ayuda material y sin posibilidad de valerse por sí mismos, a los que la caridad lleva a socorrer materialmente, sin postergarlos por sus ideas o su religión. Esto no se opone a que la caridad incline a preocuparse especialmente de los cristianos, y más aún si padecen necesidad a causa de la fe (porque son perseguidos o marginados por su fe).
[919] Es Cristo que pasa, n. 62.
[920] Didaché, XII, 5.
[921] Ibid.
[922] Conversaciones, n. 61.
[923] Cfr. CONC. VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 8. El Magisterio pontificio habla de “opción preferencial por los pobres”: cfr., p.ej., JUAN PABLO II, Enc. Sollicitudo rei socialis, 30-XII-1987, n. 42.
[924] El término solidaridad tiene connotaciones diversas. Aquí basta señalar su acepción más general como el saberse y sentirse “solidarios”, es decir, ligados a otros «in solidum» por una causa común que comporta ciertas obligaciones. Se opone al individualismo y al desinterés por los problemas de los demás.
[925] Carta 14-II-1950, n. 20. Cfr. también, p.ej., Forja, n. 453, y Es Cristo que pasa, n. 146.
[926] Un modo tradicional parte de considerar que el hecho de compartir la misma naturaleza humana implica una cierta unión entre los hombres. Se habla de “la comunidad humana” o de “la humanidad”, no como simple conjunto de todos los hombres, sino como “la familia humana” que se forma por generación y educación desde nuestros primeros padres e implica unos vínculos con todos. SANTO TOMÁS DE AQUINO, inspirándose en un principio enunciado por Porfirio (s. III-IV), según el cual «por la participación en la misma especie, todos los hombres forman como un solo hombre», comenta: «Así como en una persona hay muchos miembros, así en la naturaleza humana hay muchas personas» (Comp. Theol., c. 196; cfr. In Ep. ad Rom., c. 5, lect. 4). Utiliza este paralelismo sobre todo para explicar la transmisión del pecado original, porque la participación en la misma naturaleza humana crea una solidaridad de todos con Adán. «Todos los hombres nacidos de Adán pueden ser considerados como un solo hombre en cuanto que poseen la misma naturaleza… como muchos miembros de un mismo cuerpo» (S.Th. I-II, q. 81, a. 1, c), y san Pablo enseña que, en Adán, de algún modo hemos pecado todos (cfr. Rm 5,12-19). Las miserias que padecen los demás miembros de la familia humana como consecuencia del primer pecado –como el dolor, la ignorancia, las injusticias, etc.–, han de verse de algún modo como propias y causadas en cierta medida también por los pecados personales. Algo semejante vale para la solidaridad de todos con Cristo, nuevo Adán, Cabeza de la humanidad redimida, porque ha asumido nuestra naturaleza para redimir a todos los que forman con Él el género humano (cfr. Rm 5,17-21; In III Sent., d. 18, q. 1, a. 6, sol. 1): no hemos sido salvados desde fuera de la naturaleza humana sino desde dentro; gracias a esto podemos ser corredentores con Cristo contribuyendo a reparar las miserias que proceden del pecado.
[927] Carta 8-XII-1949, nn. 192-193. En el Opus Dei, estas “visitas a los pobres” (y enfermos) son un medio específico de formación para las personas jóvenes, practicado y establecido por el fundador desde los comienzos de la Obra.
[928] Surco, n. 228.
[929] Cuando la Sagrada Escritura habla de los “pobres” se refiere a veces a los que están oprimidos o humillados pero confían en Dios (los «pobres de Yahvé»); en otras ocasiones incluye a todos los hombres, pues a causa del pecado todos somos indigentes.
[930] Cfr. capítulo 5º, apartado 3.1.3.
[931] Apuntes de la predicación, 19-III-1975 (AGP, P09, pp. 217-218).
[932] Á. DEL PORTILLO, Carta pastoral, 9-I-1993 (AGP, P17, vol. III, nn. 385-388).
[933] Amigos de Dios, n. 227.
[934] Ibid., n. 231.
[935] Es Cristo que pasa, n. 71.
[936] Forja, n. 565.
[937] Apuntes de una meditación, 29-III-1956 (AGP, P01 VIII-1962, p. 16).
[938] Ibid.
[939] Cfr. SANTO TOMÁS DE AQUINO, De virtutibus in communi, a. 5, ad 5.
[940] Camino, n. 160.
[941] Carta 9-I-1932, n. 77.
[942] Apuntes de la predicación, 15-IX-1971 (AGP, P01 X-1971, p. 43).
[943] Es Cristo que pasa, n. 167.
[944] Carta 14-II-1974, n. 23.
[945] Es Cristo que pasa, n. 36.
[946] Surco, n. 192. Cfr. Conversaciones, n. 62.
[947] Surco, n. 191.
[948] Carta 11-III-1940, n. 54.
[949] Carta 16-VII-1933, n. 13.
[950] Carta 9-I-1959, n. 16.
[951] Es Cristo que pasa, n. 36.
[952] Apuntes de la predicación (AGP, P01 IX-1955, p. 58). La palabra “cariño” indica un amor afectuoso, “humano”, que no es sólo acto de “pura voluntad” sino de toda la persona: surge del corazón (voluntad, razón y sentimientos, como ya se dijo en el capitulo 5º), lo cual no significa que en él dominen los sentimientos o que responda sólo a ellos, porque entonces tampoco sería verdadero amor “humano”.
En este capítulo usamos frecuentemente este término porque sirve para transmitir la idea de que la caridad comprende los sentimientos, y no es algo “seco”, “frío”, “formal” u “oficial”, etc., como por desgracia se entiende a veces. Existe también el peligro contrario, de que “cariño” se interprete como algo “dulzón”, almibarado. Por eso san Josemaría usa con frecuencia expresiones como “cariño noble y recio”, etc. Sucede con este término, como con tantos otros, que va adquiriendo matices distintos, según el tiempo y los lugares. Lógicamente aquí lo entendemos en el sentido en que lo usa san Josemaría.
[953] Amigos de Dios, n. 229.
[954] Ibid.
[955] Ibid., n. 233.
[956] Ibid., n. 225.
[957] Apuntes de la predicación, 1-XI-1964 (AGP, P01 I-1966, p. 12).
[958] Carta 14-II-1974, n. 23.
[959] Carta 16-VI-1960, n. 21.
[960] Carta 29-IX-1957, n. 76.
[961] Cfr. Forja, n. 632.
[962] Carta 11-III-1940, nn. 6-7.
[963] Forja, n. 954.
[964] Apuntes de la predicación (AGP, P01 IV-1971, p. 64).
[965] Instrucción, 8-XII-1941, n. 95.
[966] Forja, n. 312.
[967] J.M. BARRIO, Educar en libertad. Una pedagogía de la confianza, en AA.VV., La grandezza della vita quotidiana (Actas del congreso del centenario del nacimiento san Josemaría), Roma 2002-2004, vol. V/1, Roma 2003, pp. 96-97.
[968] Instrucción, mayo-1935/14-IX-1950, nota 84.
[969] Ibid.
[970] Ibid. El “primer literato de Castilla” es Miguel de Cervantes.
[971] Carta 29-IX-1957, n. 35.
[972] Surco, n. 399.
[973] Apuntes de la predicación, 18-XI-1972 (AGP, P11, p. 21).
[974] Surco, n. 442.
[975] Camino, n. 20.
[976] Cfr. SANTO TOMÁS DE AQUINO, S.Th. I, q. 21, a. 3, c. «¿No sabéis que tener misericordia significa hacerse uno mismo miserable, condoliéndose del otro?» (SAN AGUSTÍN, De moribus Ecclesiae catholicae et de moribus manichaeorum 1, 28, 56).
[977] Cfr. capítulo 4º, apartado 1.2.3.
[978] Carta 29-IX-1957, n. 35.
[979] Aunque la caridad corrige lo que aparta de Dios, en este texto Jesús dice: “si tu hermano peca contra ti…”, y no “si peca contra Dios”. Un modo de entenderlo es considerar que la corrección se refiere a faltas que se pueden advertir en los demás, no a las que únicamente conoce Dios, como son las intenciones del corazón. La corrección no se ha de hacer juzgando las intenciones, sino los hechos que se manifiestan externamente. Corrijo al que peca “contra mí” porque realiza algo que puedo advertir como falta, pero le corrijo porque aquello no agrada a Dios.
[980] Carta 29-IX-1957, n. 34.
[981] Forja, n. 146.
[982] Ibid., n. 566.
[983] Ibid., n. 641.
[984] Ibid., n. 147.
[985] Ibid., n. 146.
[986] Apuntes de la predicación, 4-V-1968 (AGP, P02 X-1968, p. 48). Cfr. Surco, n. 644.
[987] Surco, n. 328. Cfr. Mt 6,22-23; 7,3-5.
[988] Apuntes de la predicación, 13-IV-1972 (AGP, P01 VI-1972, p. 45).
[989] Apuntes de la predicación, 7-IV-1974 (AGP, P01 V-1974, p. 72).
[990] Apuntes de una homilía, 18-V-1974 (AGP, P01 X-1974, p. 97).
[991] Amigos de Dios, n. 231.
[992] Camino, n. 838.
[993] Es Cristo que pasa, n. 182.
[994] Carta 14-IX-1951, n. 11. Cfr. Jn 16, 2.
[995] Cfr. A. VÁZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, cit., vol. I, pp. 227 ss.; vol. II, pp. 464 ss.; vol. III, pp. 188 ss. y 572 ss.

Written by rsanzcarrera

noviembre 2, 2014 a 11:27 pm

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