es_tu_dia

Just another WordPress.com weblog

1.3. Amor a sí mismo, por amor a Dios

leave a comment »

dreamy-beach-wallpaper.preview

La caridad «es amistad del hombre principalmente con Dios, y por consiguiente con todo lo que es de Dios, entre lo que se encuentra el mismo hombre que tiene la caridad. Y de este modo, entre las cosas que el hombre ama con caridad, como pertenecientes a Dios, está que se ame a sí mismo»[996]. Estas palabras del Doctor común nos pueden servir de base para exponer la enseñanza de san Josemaría.

1.3.1. Buscar la propia santidad

Mencionemos ante todo la relación del amor a sí mismo con el amor a Dios. Para san Josemaría, la caridad mueve a dirigirse confiada y filialmente a Dios diciendo: quiero, en todo, lo que Tú quieras[997]. Y lo que Dios quiere para cada uno es su unión con Él: la santidad, que comporta la plena felicidad. El recto amor a sí mismo busca, por tanto, la santidad y los medios para alcanzarla. Este es el bien supremo que se ha de desear para uno mismo y al que se debe subordinar cualquier otro deseo. Todo eso, que te preocupa de momento, importa más o menos. –Lo que importa absolutamente es que seas feliz, que te salves[998]. Vamos a detenernos algo más en este punto.

El bien que la caridad persigue es ser como Dios quiere que seamos: santos y perfectos en el amor (cfr. Ef 1,4), con una perfección que incluye todas las virtudes cristianas. En consecuencia, la caridad impulsa a poner los medios para alcanzar ese fin: tanto los sobrenaturales (por ejemplo, la participación en los sacramentos y la oración) como los humanos; y, entre estos últimos, los espirituales (la cultura, la libertad civil, etc.) y los materiales (la salud, las condiciones materiales de vida).

Vale la pena hacer notar de nuevo que las condiciones materiales de vida deben buscarse porque en sí mismas están al servicio de la perfección humana y cristiana. San Josemaría habla de la conveniencia de un mínimo de bienestar para practicar las virtudes cristianas, para estar en condiciones de trabajar y para que se desarrolle con dignidad y sin estridencias la personalidad humana[999]. Este bienestar material se advierte de modo ejemplar en la sencillez del hogar de Nazaret, que fue testigo de la vida oculta de Jesús[1000]. Otras veces san Josemaría se refiere al mínimo de bienestar imprescindible para la lucha ascética y para el apostolado[1001], y para trabajar intensamente, durante muchos años, en servicio de Dios y de las almas[1002]. No es una necesidad absoluta, ya que hasta la carencia de esas condiciones materiales básicas puede transformarse en medio de unión con Cristo. Es, en circunstancias normales, una necesidad relativa a la tarea de santificar el mundo desde dentro de las actividades civiles y seculares.

En este sentido, es importante cuidar la salud y la buena forma física, no por vanidad o autocomplacencia sino por amor a Dios.

Aceptamos gustosamente la enfermedad, cuando el Señor nos la envíe; pero debemos hacer lo posible para estar sanos y fuertes, con el fin de trabajar por Jesucristo, por la Iglesia, por las almas[1003]. Tenéis, por eso, que cuidaros, para morir viejos, muy viejos, exprimidos como un limón, aceptando desde ahora la Voluntad del Señor[1004].

Santo Tomás considera que «el hombre debe amar a su propio cuerpo por caridad», y da la siguiente explicación: «Nuestro cuerpo puede considerarse bajo dos aspectos: según su naturaleza, o según la corrupción de la culpa y de la pena. Según su naturaleza, nuestro cuerpo ha sido creado no por el principio del mal, como dicen las fábulas maniqueas, sino por Dios, y de ahí que podamos emplearlo a su servicio, según leemos en la Escritura: “usad vuestros miembros como arma de justicia para Dios” (Rm 6,13). Y así, por el amor de caridad con que amamos a Dios, debemos también amar nuestro cuerpo»[1005]. Esta reflexión está en la base de la enseñanza de san Josemaría que acabamos de mencionar. Citamos también las palabras que siguen, que ayudan a comprender que la mortificación corporal cristiana no contradice el amor al cuerpo (tema del que hablaremos en el capítulo 8º): «Pero no debemos amar en el cuerpo la infección de la culpa [del pecado] y la corrupción de la pena, sino anhelar extirparlas con el deseo de la caridad»[1006].

La entrada triunfante de Jesús en Jerusalén a lomo de un borrico, sugiere a san Josemaría una comparación con el cristiano que ha de servir a Cristo también con su cuerpo.

Es el cuerpo, efectivamente, al mismo tiempo, amigo y enemigo de nuestra vida sobrenatural. Si lo matamos, Nuestro Señor se queda sin borriquito. Hay que procurar que el borriquito sea dócil, pero también que esté fuerte y sano, para que pueda cumplir su tarea de servir a Dios[1007].

 

Hemos visto que el amor de sí mismo es parte integrante de la caridad, inseparable del amor a Dios. También lo es del amor a los demás. No podría tener amistad con los demás quien no se amara rectamente a sí mismo, porque en ambos casos se ama lo que Dios ama. Incluso, la medida del amor al prójimo viene dada por el amor a uno mismo, según las palabras de la Escritura: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19,18; cfr. Mt 22,39; Mc 12,31).

Puede ser útil mencionar un razonamiento de santo Tomás que ayuda a profundizar en estas palabras de la Escritura y a comprender mejor la afirmación ya citada de que “hemos de portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios”. Partiendo de que la amistad es fundamento de la caridad con los demás, el Aquinate observa que «propiamente uno no tiene amistad consigo mismo, sino otra cosa mayor que ella, ya que la amistad comporta unión, pues el amor es “poder unitivo” y cada uno tiene consigo mismo una unidad que es mayor que cualquier otra unión»[1008]. Por eso, el precepto «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» indica que el amor a los demás ha de ser tal que instaure una unión con ellos análoga a la que uno tiene consigo mismo. Esto es posible por la gracia de Cristo, que repara la disgregación producida por el pecado dentro de nosotros mismos y nos une a todos en la unidad de la Santísima Trinidad (cfr. Jn 17,23.25-26).

San Josemaría habla de esta necesidad del amor a sí mismo para amar a los demás, aplicándola sobre todo al apostolado. El discípulo de Cristo ha de preocuparse de buscar la propia santidad, poniendo los medios, si verdaderamente quiere ayudar todo lo posible a que los demás sean santos.

Alma de apóstol: primero, tú. (…). No suceda dice San Pablo que habiendo predicado a los otros, yo vaya a ser reprobado[1009].

Por otra parte, quien no amara a los demás, tampoco podría amarse a sí mismo, porque este amor implica buscar para sí el bien que Dios quiere, y parte integrante de ese bien es la comunión con los demás, concretamente la entrega a las personas con las que se convive. Es preciso darse a los demás para alcanzar la propia plenitud[1010].

1.3.2. Rechazar el “amor propio”. “Abnegación” y “olvido de sí”

A la vez que el Señor enseña el amor a uno mismo, declara también que si alguno no “odia su propia vida” no puede ser su discípulo (cfr. Lc 14,26). A primera vista parece una contradicción, pero no la hay si se considera que junto al amor recto de sí mismo hay otro que es el polo opuesto de la caridad. No es sólo “falta de amor a Dios” sino “amor a sí mismo en lugar de Dios”: “amor propio” desordenado o “egoísmo”, que es la forma primigenia de la idolatría. El cristiano no se debe amar de este modo; debe huir de la idolatría, “odiarla”. La verdadera caridad busca la propia perfección y felicidad porque Dios la quiere, y rechaza u “odia” la realización de la propia vida de espaldas a Dios. San Josemaría lo expresa de un modo radical: Si la vida no tuviera por fin dar gloria a Dios, sería despreciable, más aún: aborrecible[1011].

El amor propio desordenado es patente cuando se quieren para uno mismo cosas claramente opuestas a la Ley de Dios. Pero puede haber también egoísmo cuando el objeto del querer es algo en sí lícito, que se busca, sin embargo, haciendo caso omiso de la concreta voluntad de Dios. El egoísta no es el que quiere algo para sí, sino el que lo quiere de modo desordenado. Por esto se pueden pretender por egoísmo cosas buenas, incluso las mismas que se podrían pretender por amor a Dios. A este género de egoísmo están más expuestos quienes deliberadamente persiguen la meta de la santidad. San Josemaría lo describe en el siguiente punto de Surco, que ayuda a desenmascarar formas encubiertas de amor propio desordenado:

Cumples un plan de vida exigente: madrugas, haces oración, frecuentas los Sacramentos, trabajas o estudias mucho, eres sobrio, te mortificas…, ¡pero notas que te falta algo!

Lleva a tu diálogo con Dios esta consideración: como la santidad –la lucha para alcanzarla– es la plenitud de la caridad, has de revisar tu amor a Dios y, por Él, a los demás. Quizá descubrirás entonces, escondidos en tu alma, grandes defectos, contra los que ni siquiera luchabas: no eres buen hijo, buen hermano, buen compañero, buen amigo, buen colega; y, como amas desordenadamente “tu santidad”, eres envidioso.

Te “sacrificas” en muchos detalles “personales”: por eso estás apegado a tu yo, a tu persona y, en el fondo, no vives para Dios ni para los demás: sólo para ti[1012].

El objeto de estas palabras es avisar de una insidia que está siempre al acecho, porque no basta que nuestras acciones sean buenas por su objeto, sino que lo han de ser también por su fin, y en definitiva por el fin último. Si éste no es el amor a Dios sino el amor propio, hasta las acciones más santas se corrompen y la personalidad se forma de un modo opuesto a la de Jesucristo, que es modelo del perfecto amor de sí precisamente porque ha venido a entregarse totalmente por nosotros.

Mirad constantemente a Jesús que, sin dejar de ser Dios, se humilló tomando forma de siervo (cfr. Flp 2,6-7), para poder servirnos (…). Cristo nos sitúa ante el dilema definitivo: o consumir la propia existencia de una forma egoísta y solitaria, o dedicarse con todas las fuerzas a una tarea de servicio[1013].

 

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24). En el lenguaje corriente, “negarse a sí mismo” o “abnegarse” es renunciar al propio interés y estar dispuesto a sacrificarse por el bien de alguien. La abnegación cristiana es una realidad mucho más profunda: es un aspecto de la caridad, y por tanto hace referencia ante todo a Dios. Es “negación de sí mismo” ante Dios: negación de ser algo por uno mismo, sin Dios; rechazo del amor propio, que es una afirmación del amor a Dios unida al deseo de seguir a Cristo llevando la cruz.

Sólo captando este sentido radical de la abnegación se puede entender su valor positivo en la tradición cristiana y la forma en que lo expresa san Josemaría, con su testimonio personal:

Miro mi vida y, con sinceridad, veo que no soy nada, que no valgo nada, que no tengo nada, que no puedo nada; más: ¡que soy la nada!, pero Él es el todo y, al mismo tiempo, es mío, y yo soy suyo, porque no me rechaza, porque se ha entregado por mí. ¿Habéis contemplado amor más grande?[1014]

La afirmación de la propia “nada” no se opone a la verdad de que Dios nos ha comunicado el ser. “No soy nada” no significa “no soy en absoluto”, sino “no soy nada por mí mismo”; es decir, no hay nada de ser y de bien en mí, por mí mismo, y por tanto no he de amarme por mí mismo, sino por Dios, para darle gloria. Es la doctrina de san Pablo: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías, como si no lo hubieras recibido?» (1 Co 4,7). La cristiana “negación de sí” –la abnegación de un hijo de Dios– implica la afirmación de que todo el bien que hay en nosotros es don de Dios, y de que hemos de amarlo por Dios. Se niega todo valor de sí mismo que no sea debido a Dios, haciendo surgir de esa negación un reconocimiento más fuerte de la propia dignidad filial. Con esta actitud radical de saberse “nada”, el hombre deja de buscar el propio interés y se sacrifica por amor a Dios y a los demás.

Normalmente, negarse a cometer un pecado –una acción que es pecado por su objeto–, no se suele llamar abnegación. En todo caso, la abnegación cristiana no se limita a negarse al pecado: es la renuncia a cosas en sí lícitas y buenas, por amor a Dios y al prójimo, para servir a los demás.

¿Cómo haré yo para que mi amor al Señor continúe, para que aumente?, me preguntas encendido. –Hijo, ir dejando el hombre viejo, también con la entrega gustosa de aquellas cosas, buenas en sí mismas, pero que impiden el desprendimiento de tu yo…; decir al Señor, con obras y continuamente: “aquí me tienes, para lo que quieras”[1015].

Bajo esta perspectiva resulta claro que la “abnegación” cristiana no es una actitud negativa: está transida de amor a Dios. No hay nada en la vida espiritual que sea simple negación, ni siquiera como condición para una afirmación posterior (“negarse a sí mismo para después poder amar a Dios”): la abnegación misma es ya amor a Dios, es afirmación. La invitación de Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24), no significa que en su seguimiento haya un primer “momento” negativo (negarse a sí mismo) y otro posterior positivo (tomar la Cruz), sino que la misma abnegación por amor tiene valor redentor (es tomar la Cruz), y que todo “tomar la Cruz” implica abnegación. Consiste en que disminuyendo nuestro egoísmo, crezca Cristo en nosotros, ya que illum oportet crescere, me autem minui (Jn 3,30), hace falta que Él crezca y que yo disminuya[1016].

 

“Olvido de sí” es otra expresión frecuente en san Josemaría. Viene a ser como la manifestación más honda de la abnegación. No es sólo prescindir de cualquier interés egoísta; es no pensar ni siquiera en sí mismo, para estar pendiente sólo de amar y servir a Dios y a los demás. Es la abnegación llevada hasta lo más interior: a los pensamientos, los recuerdos, la imaginación…, para que no giren alrededor del yo. Olvidarse de sí mismo significa poner en el centro a Dios.

Toda persona está inclinada a mantener un monólogo interior, en el que generalmente se enaltece el propio yo. El olvido de sí por amor a Dios tiende a sustituir ese monólogo por el diálogo con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, presente en el alma en gracia. Es una actitud de absoluto amor a Dios; un reconocer que Él es el origen, el fin y el centro de todo; un vivir radicalmente de Dios, en Dios y para Dios, sin permitir que el yo ocupe el lugar que sólo a Él pertenece.

San Josemaría llega a afirmar que no amamos a Dios si nos dedicamos a pensar sólo en nuestra propia santidad: hay que pensar en los demás, en la santidad de nuestros hermanos y de todas las almas[1017]. El cristiano no debe estar centrado en sí mismo, ni siquiera en su “propia” santidad. Porque la caridad no le lleva a querer ser santo “por ser santo”, sino a querer ser santo “por amor a Dios”.

El olvido de sí es también necesario para vivir plenamente la caridad con los demás.

La caridad, el cariño santo consiste en olvidarte de ti y ocuparte de los demás. Tú no eres nada. Los demás lo son todo en Cristo[1018].

Esta actitud ha de penetrar tanto en el alma que llegue a constituir una especie de “prejuicio psicológico”: elprejuicio psicológico de pensar habitualmente en los demás[1019].

Cuando la vida de un hijo de Dios tiene como centro a Dios, a Cristo y a su Iglesia, su personalidad cuenta con una base sólida para estar “centrada”, mientras que la del egoísta está, por ese mismo hecho, “descentrada”, replegada sobre sí misma y sometida a conflictos[1020].

Casi todos los que tienen problemas personales, los tienen por el egoísmo de pensar en sí mismos. Es necesario darse a los demás, servir a los demás por amor de Dios: ése es el camino para que desaparezcan nuestras penas. La mayor parte de las contradicciones tienen su origen en que nos olvidamos del servicio que debemos a los demás hombres y nos ocupamos demasiado de nuestro yo[1021].

En fin, para san Josemaría, el crecimiento de la caridad –y, por lo tanto, de la vida cristiana– se reconoce por este “olvido de sí” y la consiguiente preocupación por la santidad de los demás.

Cuando al hacer por la noche ese pequeño examen tengas que acabar diciendo: Señor, pero ¡si no me he acordado de mí!, me he ocupado de los demás… Ese día es que te has portado muy bien, porque has vivido como San Pablo y podrás decir que no vives tú, sino que Cristo vive en ti[1022].

——————

[996] SANTO TOMÁS DE AQUINO, S.Th. II-II, q. 25, a. 4, c.
[997] Forja, n. 529.
[998] Camino, n. 297.
[999] Carta 6-V-1945, n. 22.
[1000] Ibid.
[1001] Carta 29-VII-1965, n. 34.
[1002] Ibid., n. 45.
[1003] Instrucción, 31-V-1936, n. 67.
[1004] Ibid., nota 95.
[1005] SANTO TOMÁS DE AQUINO, S.Th. II-II, q. 25, a. 5, c.
[1006] Ibid.
[1007] Carta 29-VII-1965, n. 46.
[1008] SANTO TOMÁS DE AQUINO, S.Th. II-II, q. 25, a. 4, c.
[1009] Camino, n. 930.
[1010] El hombre «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás» (CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, n. 24).
[1011] Camino, n. 783.
[1012] Surco, n. 739.
[1013] Amigos de Dios, n. 236.
[1014] Ibid., n. 215. Cfr. Camino, n. 731.
[1015] Forja, n. 117.
[1016] Es Cristo que pasa, n. 58.
[1017] Apuntes de una meditación, 3-III-1963 (AGP, P09, pp. 63-64).
[1018] Apuntes de la predicación (AGP, P01 III-1970, p. 10).
[1019] Apuntes de una meditación, 3-III-1963 (AGP, P09, pp. 63-64).
[1020] No hablamos de casos patológicos. La cita de san Josemaría que se reproduce a continuación comienza prudentemente con las palabras “Casi todos…”. Porque no todos los que tienen “problemas personales” –no se refiere a las preocupaciones o desvelos que no faltan nunca en quien ama, sino a los conflictos que manifiestan falta de unidad interior–, los tienen por egoísmo. Hay quienes padecen enfermedades psíquicas que tienen esos efectos y, sin embargo, aman a Dios con todo su corazón y santifican esas difíciles situaciones. San Josemaría no habla aquí de estos casos, sino de conflictos interiores en personas con suficiente salud mental que proceden del “egoísmo de pensar en sí mismos”. Ni mucho menos quiere decir que todos los “problemas personales” se resuelvan simplemente con buena voluntad. En ocasiones remite al médico (cfr. Camino, n. 706).
[1021] Carta 24-III-1931, n. 15.
[1022] Apuntes de la predicación, 9-IV-1974 (AGP, P01 V-1974, p. 134).

Written by rsanzcarrera

noviembre 2, 2014 a 11:31 pm

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: