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Capítulo I. LA VOCACIÓN DEL HOMBRE: LA VIDA EN EL ESPÍRITU

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El hombre: su origen y su meta

En este título de pocas palabras están implicadas un sinfín de cuestiones que son competencia de diversas ciencias. Cada una dará respuestas a un nivel de comprensión más o menos completo, según los objetivos que busque y el método que emplee.

La respuesta última es la que ha sido revelada por Dios. Se enseña ya desde el primer capítulo del Génesis, y la expresa el Catecismo de la Iglesia en el primer parágrafo:

«Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada». (CEC, núm. l)

Dos son las cuestiones de las que da razón este texto:

  • a) por qué existe el hombre. Por «un designio de pura bondad» de Dios; es decir, como fruto del amor de Dios que quiere comunicar libremente su bondad a las criaturas: «El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor» (CEC, núm. 27).
  • b) para qué existe. Para tener parte «en su vida bienaventurada»: «El hombre está llamado a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de la vida misma de Dios» (EV, núm. 2). Es decir, «familiar» de Dios, alguien capaz de entrar en diálogo con Él, de conocerle y amarle.
  • —> Una tercera verdad, consecuencia de las anteriores, da razón del modo de ser del hombre: Dios lo creó «a imagen y semejanza» suya (Cfr. Gen 1, 27). Sólo así puede conocer y amar a Dios y participar de la vida divina.

Nota: La imagen y semejanza de Dios se refiere a la persona humana en su totalidad, como ser que es a la vez corporal y espiritual.

  • El alma es el principio espiritual del hombre. No es reducible al cuerpo, ni la actividad espiritual a la somática. Puede subsistir -y de hecho subsiste tras la muerte- sin el cuerpo, porque, por ser espiritual, no depende intrínsecamente del mismo. La corporeidad, por su parte, sólo es posible por el alma; sin ella no hay cuerpo sino cadáver. A la vez, el alma está referida al cuerpo. El hombre es unidad sustancial. Pero indudablemente es por parte del alma y de los actos espirituales por donde principalmente alcanza dicha semejanza. Es decir, por lo que se puede denominar «la vida del espíritu».

La vida del espíritu

Es clásica, en teología moral, la distinción entre actos del hombre, y actos humanos.

  • Actos del hombre son todas sus funciones fisiológicas (caminar, respirar, etc.), sensitivas (oír, sentir dolor, etc.), y todos los actos realizados de manera inconsciente, así como las reacciones involuntarias.
  • Actos humanos son los que proceden de valoración de la inteligencia y de la decisión de la voluntad. Por tanto, son libres.

De los actos humanos deriva la responsabilidad personal, y con ellos se alcanza (o se rechaza) la llamada de Dios. La «vida del espíritu» es precisamente la que configuran los actos humanos.

La mentalidad pragmática ampliamente extendida en la sociedad actual, que inclina a valorar sobre todo lo tangible, experimenta una clara dificultad para entender qué es esa vida.

Las cuestiones vitales que se consideran «reales» son la salud, el trabajo, la economía, la vivienda, la alimentación, etc. Y las del espíritu pueden verse como algo etéreo, que pertenece al ámbito interior de la conciencia personal (allí quedan encerradas las cuestiones religiosas, las convicciones morales, las preferencias estéticas, gustos, etc.).

No es difícil ver lo deficiente de una perspectiva de ese estilo. Todo el desarrollo tecnológico actual tiene un origen: la inteligencia del hombre. Y en la misma inteligencia humana está el poder de penetrar cada vez más en el conocimiento de la naturaleza que se plasma en las ciencias experimentales.

El lenguaje, que es una manifestación inequívocamente humana, tiene su raíz en la inteligencia. Y es la misma inteligencia la que proyecta un ordenamiento jurídico de la sociedad. O la que crea el arte, etc… Y la que se plantea las preguntas fundamentales sobre el origen y el destino del hombre, el sentido de la vida, el bien y el mal…, Dios.

La vida intelectiva humana es justamente la más intensa, poderosa y elevada instancia de la persona. Quien no la ejercite según su capacidad, no puede decirse que haya adquirido su plenitud humana. Y lo mismo se debe decir de la libertad y del amor.

  • El que una persona realice un acto de amor comprometido, orienta su vida por un rumbo determinado, totalmente distinto del que hubiera seguido de no hacerlo.
  • La biografía de los que se han entregado a Dios, siguiendo su llamada (es decir, movidos por la fe y el amor) es un ejemplo bien elocuente. La razón de todo lo que hacen, de sus esfuerzos y luchas es un amor renovado fielmente. Es decir, una decisión madura propia de la vida del espíritu.
  • Los que contraen matrimonio, lo hacen por una decisión personal libre, por amor. Y ese acto (espiritual) producirá un cambio en sus vidas, y será el origen de otras vidas humanas.
  • Un acto interno de rencor, o de odio a otra persona, puede no ser perceptible, pero fácilmente condiciona la conducta, y tiene manifestaciones negativas.
  • Cualquier virtud, intelectual o moral, no se puede captar directamente, como si de un objeto material se tratase. Pero cuando alguien la posee, se percibe, porque con su vida la hace real. No es posible ver el interior del corazón de una persona para saber si posee, por .ejemplo, la virtud de la alegría. Pero si la tiene, se manifestará. Análogamente se conoce lo que es la paz al vivir en una sociedad o una familia integrada por personas que la poseen.

La vida del espíritu, en definitiva, es la dimensión específicamente humana, porque esa dimensión lo rige todo en el proceso unitario que es la vida del hombre:

Conocer, amar, darse libremente a Dios al servicio de los demás, hacer de la propia vida don sincero de sí mismo es la vocación de toda persona, hacia la que debe dirigir sus mejores energías bajo la guía de la razón iluminada por la fe, y movida por el amor.

Estas nociones, apenas apuntadas, permitirán entender mejor la gracia; como veremos enseguida, la gracia es la vida de Dios que se nos da. La gracia es vida, porque Dios es Vida.

El hombre en el Paraíso

El primer hombre no sólo fue creado bueno, sino en un: «estado de “santidad y justicia original” (…). Esta gracia de la santidad original era una “participación de la vida divina” (…)» (CEC, núm. 375)

El don de la vida divina, inesperada e inmerecidamente, ilumina, eleva y asume la vida personal. A partir de ese momento, la vida humana está destinada a alcanzar su plena realización en la eternidad, participando de la misma vida de Dios.

«Por la irradiación de esta gracia, todas las dimensiones de la vida del hombre estaban fortalecidas. Mientras permaneciese en la intimidad divina, el hombre no debía ni morir (…) ni sufrir (…). La armonía interior de la persona humana, la armonía entre el hombre y la mujer, y, por último, la armonía entre la primera pareja y toda la creación constituía el estado llamado “justicia original”» (CEC, núm. 376).

Ese fortalecimiento de todas las dimensiones de la vida humana se suele expresar con la categoría de dones «preternaturales». El Catecismo de la Iglesia prefiere presentarlo con la expresión «irradiación» de la gracia, para poner de relieve que esos dones no son entidades extrañas que aparecen en la vida del alma, sino que fluyen de la comunión de vida entre el hombre y Dios.

Pero la realidad expresada es la misma: inmortalidad (poder no morir), inmunidad del sufrimiento, integridad (libre de la triple concupiscencia de los placeres de los sentidos, de la apetencia de los bienes terrenos y de la afirmación de sí contraria a la razón), y conocimiento necesario para ejercer el dominio del mundo que Dios le había encomendado (ciencia infusa).

El hombre rechaza el proyecto de Dios

«Lamentablemente, el magnífico proyecto de Dios se oscurece por la irrupción del pecado en la historia. Con el pecado el hombre se rebela contra el Creador, acabando por idolatrar a las criaturas: “Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador”(…)» (EV, núm. 36).

Adán y Eva, divinizados ya por la gracia, y destinados a la plena divinización de la gloria, quisieron ser como Dios pero desobedeciendo a Dios, por delante de Dios, y sin Él.

Su desobediencia (pecado original originante) tiene consecuencias desastrosas. Pierden la santidad original, y su «irradiación» en la propia naturaleza: pierden la integridad, la armonía interior, entre ellos y con el mundo; quedan sometidos a la muerte.

La naturaleza humana queda herida: inclinada al mal y al error, debilitada para acometer el bien, y afectada por la concupiscencia. En tal condición, y privada de la santidad original, es como cada persona viene a la existencia. Este es el pecado original originado, con el que todos nacemos; es «contraído», no cometido; es un estado, no un acto.

Tras la caída, el hombre no podía por sí mismo recuperar aquella santidad perdida. Y no sólo eso; por haber quedado herida su naturaleza, tampoco podía cumplir íntegramente y siempre el orden moral natural. Pero Dios no lo abandonó. Ya en el mismo episodio que relata el Génesis (Cfr. Gen 3, 5) le anuncia de modo misterioso la promesa de la salvación.

«La tradición cristiana ve en este pasaje un anuncio del “nuevo Adán”(…) que, por su “obediencia hasta la muerte en la Cruz”(…), repara con sobreabundancia la desobediencia de Adán (…)» (CEC, núm. 411).

La Buena Nueva

Al llegar la plenitud de los tiempos, escribe san Pablo, Dios envió a su Hijo, para que, naciendo de mujer, bajo la ley, rescatase a todos y recibiésemos la filiación divina adoptiva (Cfr. Gal 4, 4-5). El Hijo de Dios se encarnó para (Cfr. CEC, núms. 457-560):

  1. salvarnos, reconciliándonos con Dios Padre;
  2. para hacernos partícipes de la naturaleza divina
  3. y para ser nuestro modelo de santidad.

En los tratados de teología que se ocupan de la Creación, del misterio de Cristo, y de la Redención se estudian detenidamente, a partir de la Revelación, todas las riquezas que encierran. De ellas, aquí nos interesa retener las siguientes:

  1. Toda la gracia nos viene de Cristo. El nos la ha conseguido en la Cruz. Para el hombre histórico, por tanto, vivir en gracia, santidad, vivir en Cristo son la misma realidad.
  2. La vida cristiana se engendra y se desarrolla en la Iglesia. La Iglesia es la continuación de la presencia de Cristo a lo largo de los siglos. Y en la Iglesia el hombre es engendrado a la vida de la gracia por el Bautismo. Se fortalece con la Confirmación. Se cura por la Penitencia, y alimenta su alma con el mismo Cuerpo de Cristo en la Eucaristía.

(A quienes, sin culpa, no conocen la Iglesia, ni a Cristo, Dios no deja de otorgarles las gracias necesarias por los caminos que sólo Él conoce.)

«El Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve al hombre a Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual» (CEC, núm. 405).

En concreto, esa debilitación se manifiesta en las llamadas «heridas de la naturaleza» (Cfr. Ramón G. de Haro, La vida cristiana, pp. 149-151):

  1. Ignorancia: dificultad para conocer la verdad y facilidad para equivocarse en los juicios. Se manifiesta también en la propensión a ocultar la verdad que compromete y exige adhesión. Inclina al espíritu crítico y la autosuficiencia intelectual.
  2. Malicia: inclinación de la voluntad al mal; tendencia al egoísmo, resistencia a obrar por amor a Dios y a los demás.
  3. Debilidad ante el esfuerzo que requiere la conducta recta. Suele agrandar imaginativamente las dificultades y disuade de acometerlas.
  4. Concupiscencia: afán desordenado de goces. Exagera el atractivo de los placeres y obnubila la inteligencia, que deja de comprender el orden con que debe observarlos, y los pone en primer lugar; y la voluntad se inclina a ellos de manera también desordenada.

Conclusión

La situación del hijo menor, que contemplamos al inicio de la parábola del hijo pródigo, es por tanto la del hombre redimido hasta el fin de los tiempos. Un hombre que ha sido hecho hijo de Dios, pero que a la vez conserva en sí las heridas del pecado de origen. Por eso, la vida de la gracia será un combate: el hombre deberá luchar, habrá derrotas, pero Dios siempre tomará la iniciativa para otorgarle de nuevo su gracia.

Del libro La Vida de Gracia de Juan Francisco Pozo

Written by rsanzcarrera

enero 24, 2016 a 5:16 pm

2 comentarios

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  1. La dignidad de la persona humana está enraizada en su creación a imagen y semejanza de Dios (artículo 1); se realiza en su vocación a la bienaventuranza divina (artículo 2). Corresponde al ser humano llegar libremente a esta realización (artículo 3). Por sus actos deliberados (artículo 4), la persona humana se conforma, o no se conforma, al bien prometido por Dios y atestiguado por la conciencia moral (artículo 5). Los seres humanos se edifican a sí mismos y crecen desde el interior: hacen de toda su vida sensible y espiritual un material de su crecimiento (artículo 6). Con la ayuda de la gracia crecen en la virtud (artículo 7), evitan el pecado y, si lo cometen, recurren como el hijo pródigo (cf. Lc 15,11-31) a la misericordia de nuestro Padre del cielo (artículo 8). Así acceden a la perfección de la caridad.

    EL HOMBRE IMAGEN DE DIOS

    “Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio de Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (GS 22,1). En Cristo, “imagen del Dios invisible” (Col 1,15; cf 2 Co 4,4), el hombre ha sido creado “a imagen y semejanza” del Creador. En Cristo, redentor u salvador, la imagen divina alterada en el hombre por el primer pecado ha sido restaurada en su belleza original y ennoblecida con la gracia de Dios (cf GS 22,2).

    La imagen divina está presente en todo hombre. Resplandece en la comunión de las personas a semejanza de la unidad de las personas divinas entre sí.

    Dotada de un alma “espiritual e inmortal” (GS 14), la persona humana es la “única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (GS 24,3). Desde su concepción está destinada a la bienaventuranza eterna.

    La persona humana participa de la luz y la fuerza del Espíritu divino. Por la razón es capaz de comprender el orden de las cosas establecido por el Creador. Por su voluntad es capaz de dirigirse por sí misma a su bien verdadero. Encuentra su perfección en la búsqueda y el amor de la verdad y del bien (cf GS 15,2).

    En virtud de su alma y de sus potencias espirituales de entendimiento y de voluntad, el hombre está dotado de libertad, “signo eminente de la imagen divina” (GS 17).

    Mediante su razón, el hombre conoce la voz de Dios que le impulsa “a hacer el bien y a evitar el mal” (GS 16). Todo hombre debe seguir esta ley que resuena en la conciencia y que se realiza en el amor de Dios y del prójimo. El ejercicio de la vida moral proclama la dignidad de la persona humana.

    “El hombre, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia” (GS 13,1). Sucumbió a la tentación y cometió el mal. Conserva el deseo del bien, pero su naturaleza lleva la herida del pecado original. Quedó inclinado al mal y sujeto al error.

    De ahí que el hombre esté dividido en su interior. Por esto, toda vida humana, singular o colectiva, aparece como una lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas (GS 13,2).

    Por su pasión, Cristo nos libró de Satán y del pecado. Nos mereció la vida nueva en el Espíritu Santo. Su gracia restaura lo que el pecado había deteriorado en nosotros.

    El que cree en Cristo se hace hijo de Dios. Esta adopción filial lo transforma dándole la posibilidad de seguir el ejemplo de Cristo. Le hace capaz de obrar rectamente y de practicar el bien. En la unión con su Salvador el discípulo alcanza la perfección de la caridad, la santidad. La vida moral, madurada en la gracia, culmina en vida eterna, en la gloria del cielo. 1265 1050

    RESUMEN

    “Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (GS 22,1).

    Dotada de alma espiritual, de entendimiento y de voluntad, la persona humana está desde su concepción ordenada a Dios y destinada a la bienaventuranza eterna. Camina hacia su perfección en la búsqueda y el amor de la verdad y del bien (cf GS 15,2).

    La libertad verdadera es en el hombre el “signo eminente de la imagen divina” (GS 17).

    El hombre debe seguir la ley moral que le impulsa “a hacer el bien y a evitar el mal” (GS 16). Esta ley resuena en su conciencia.

    El hombre, herido en su naturaleza por el pecado original, está sujeto al error e inclinado al mal en el ejercicio de su libertad

    El que cree en Cristo tiene la vida nueva en el Espíritu Santo. La vida moral, desarrollada y madurada en la gracia, culmina en la gloria del cielo.

    LAS BIENAVENTURANZAS

    Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos:

    Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
    Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán en herencia la tierra.
    Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
    Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
    Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
    Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
    Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
    Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
    Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.

    Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos. (Mt 5,3-12).

    Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos.

    EL DESEO DE FELICIDAD

    Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia él, el único que lo puede satisfacer:

    Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada (S. Agustín, mor. eccl. 1,3,4).

    ¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al busc arte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti (S. Agustín, conf. 10,20.29).

    Sólo Dios sacia (S. Tomás de Aquino, symb. 1).

    Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la promesa y viven de ella en la fe.

    LA BIENAVENTURANZA CRISTIANA

    El Nuevo Testamento utiliza varias expresiones para caracterizar la bienaventuranza a la que Dios llama al hombre: la venida del Reino de Dios (cf Mt 4,17); la visión de Dios: “Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8; cf 1 Jn 3,2; 1 Co 13,12); la entrada en el gozo del Señor (cf Mt 25,21. 23); la entrada en el Descanso de Dios (He 4,7-11)

    Allí descansaremos y veremos; veremos y nos amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá al fin sin fin. ¿Y qué otro fin tenemos, sino llegar al Reino que no tendrá fin? (S. Agustín, civ. 22,30)

    Porque Dios nos ha puesto en el mundo para conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo. La bienaventuranza nos hace participar de la naturaleza divina (2 P 1,4) y de la Vida eterna (cf Jn 17,3). Con ella, el hombre entra en la gloria de Cristo (cf Rom 8,18) y en el gozo de la vida trinitaria.

    Semejante bienaventuranza supera la inteligencia y las solas fuerzas humanas. Es fruto del don gratuito de Dios. Por eso la llamamos sobrenatural, así como la gracia que dispone al hombre a entrar en el gozo divino.

    “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. Ciertamente, según su grandeza y su inexpresable gloria, “nadie verá a Dios y vivirá”, porque el Padre es inasequible; pero según su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llega hasta conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios… “porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios” (S. Ireneo, haer. 4,20,5).

    La bienaventuranza prometida nos coloca ante elecciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus instintos malvados y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino en Dios solo, fuente de todo bien y de todo amor:

    El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje “instintivo” la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad…Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza por tanto es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro…La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa) ha llegado a ser considerada como un bien en sí misma, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración (Newman, mix. 5, sobre la santidad).

    El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la catequesis apostólica nos describen los caminos que conducen al Reino de los Cielos. Por ellos avanzamos paso a paso mediante actos cotidianos, sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios (cf La parábola del sembrador: Mt 13,3-23).

    RESUMEN

    Las bienaventuranzas recogen y perfeccionan las promesas de Dios desde Abraham ordenándolas al Reino de los Cielos. Responden al deseo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón del hombre.

    Las bienaventuranzas nos enseñan el fin último al que Dios nos llama: el Reino, la visión de Dios, la participación en la naturaleza divina, la vida eterna, la filiación, el descanso en Dios.

    La bienaventuranza de la vida eterna es un don gratuito de Dios; es sobrenatural como la gracia que conduce a ella.

    Las bienaventuranzas nos colocan ante elecciones decisivas respecto a los bienes terrenos; purifican nuestro corazón para enseñarnos a amar a Dios por encima de todo.

    La bienaventuranza del Cielo determina los criterios de discernimiento en el uso de los bienes terrenos conforme a la Ley de Dios.

    rosamagarcia

    enero 24, 2016 at 6:47 pm


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