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Capítulo II. LA JUSTIFICACIÓN

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El Catecismo de la Iglesia comienza así su exposición:

«La gracia del Espíritu Santo tiene el poder de santificarnos, es decir, de lavarnos de nuestros pecados y comunicarnos “la justicia de Dios por la fe en Jesucristo” y por el Bautismo» (CEC, núm. 1987).

En la Sagrada Escritura, la palabra «justicia» (de ella deriva «justificación») aparece muchas veces, y en su significación más profunda tiene una estrecha relación con santidad, salvación.

La justificación es una acción salvadora de Dios: un cambio que Dios realiza en el hombre, que comienza con el perdón de los pecados y culmina con la santificación, o comunicación de la justicia de Dios.

Entender ese cambio requiere hacerse cargo, en primer lugar, del estado inicial. Es decir, de la condición del hombre que se ha alejado de Dios voluntariamente (pecado personal) y por tanto carece de la vida de la gracia divina (vive en pecado).

A) Naturaleza del pecado

«Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde». (Lc 15, 11-12)

Las primeras palabras del hijo más joven, introducen de forma abrupta y nítida la realidad del pecado y sugieren sus razones y causas.

  1. Inicialmente, el hijo que vive en la casa del Padre, goza de todos los bienes de la familiaridad con Dios. Participa de su vida íntima, de su felicidad y alegría. Nada le falta.
  2. Sin embargo, en un cierto momento empieza a echar de menos algo. En el fondo, es el deseo de ocupar el lugar de su Padre: gozar de la potestad de marcar el orden de su vida y establecer los valores que la rijan.
  3. Al principio, quizá, es sólo una divagación de la mente. Luego se convierte en una posibilidad que va tomando fuerza progresivamente en su corazón, a la par que el amor al Padre se enfría. El conocimiento gustoso de los misterios de Dios se oscurece, mientras, adquieren cada vez más brillo otros bienes: disponer sin trabas de la parte de hacienda que le corresponde, y la sucesión de goces hedonistas con que se dibuja el futuro en su imaginación.
  4. Llega un momento en que la inteligencia queda convencida por estos nuevos «bienes», a los que el corazón se inclina -ante la pérdida de atractivo de la vida en Casa del Padre-, y la decisión voluntaria acaba por producirse, lamentablemente.
  5. El conjunto de razones que influyen puede ser complejo o bastante simple; puede recorrer un largo trecho de vacilaciones o decidirse en un instante. En cualquier caso, hay un momento en el que la libertad se inclina ante el objeto que una inteligencia mal dirigida le presenta como más deseable.

Se ve con claridad cómo el pecado es un abandono de Dios motivado por la preferencia desordenada de algo (aversio a Deo et conversio ad creaturas). No es una acción neutral, aséptica por el simple hecho de que -en la intención- no vaya directamente a ofender a Dios; siempre es faltar al amor verdadero para con Dios por un apego perverso a ciertos bienes temporales. El Catecismo de la Iglesia pone de relieve su malicia en un párrafo muy completo:

«El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse “como dioses” (…). El pecado es así “amor de sí hasta el desprecio de Dios” (…)» (CEC, núm. 1850). Pero, además, el pecado «es una falta contra la razón, la verdad y la conciencia recta» (Ibíd., núm. 1849), y que por surgir de lo más íntimo de la persona la deja en una situación vital falsa.

En ocasiones no es fácil advertir esto: cuando alguien hace de su propia conciencia la fuente originaria de lo que es bueno o malo, según su propio sistema de valores, puede ver el pecado como una simple etiqueta que se le coloca a su acción desde otra perspectiva (en este caso, la doctrina del Evangelio). Y, en consecuencia, es probable que le pase inadvertida la realidad del pecado.

  1. La vocación del hombre a la vida en el espíritu, como criatura imagen y semejanza de Dios, queda violentada con una mala elección: el pecado destruye la semejanza con Dios en lo más alto del misterio (intimidad con las tres Personas divinas), y oscurece la imagen (ni siquiera le era concedido al hijo disipador comer las algarrobas que comían los cerdos).
  2. Las razones por las que alguien realiza esta mala elección son varias. En el fondo se reducen a tres: la concupiscencia de la carne, la de los ojos y la soberbia de la vida, que, como vimos en el capítulo anterior, siguen presentes en el hombre redimido. De ellas se sirve el diablo para incitar al hombre a apartarse de Dios.
  3. Pero la causa está solamente en la libre decisión personal. Sólo el consentimiento deliberado, con advertencia plena, en un acto cuya materia es grave, es pecado (mortal, si se dan estas tres condiciones; venial, si falta alguna).

Consecuencias

«Después de gastar todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad. Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras a guardar cerdos; le entraban ganas de saciarse con las algarrobas que comían los cerdos; y nadie se las daba» (Lc 15,14-16).

  1. El verdadero rostro del pecado aparece pronto. La satisfacción que promete es efímera y limitada. En aquella región, lejos de Dios, los bienes son relativos, y se acaban. El corazón humano que está hecho para Dios, empieza a pasar necesidad porque no lo puede llenar más que lo que procede de Él.
  2. Y el que rehusó servir a su Padre, tiene que ir a servir a un dueño ajeno que le impone unas condiciones ignominiosas. Es la esclavitud del pecado. El hombre se ha deslizado en ella y ahora no puede salir por sus fuerzas. Se ha quedado sin recursos.
  3. Sólo queda la posibilidad de que alguien más poderoso que su actual señor intervenga y le rescate. Es lo que va a hacer el Padre: con su amor misericordioso va a salir al encuentro del hombre pecador y comenzar la obra de su justificación. Jesús lo reveló con claridad: «Nadie puede venir a Mí si el Padre que me ha enviado no lo atrae» (Jn 6,44).

Autor de la justificación

La justificación es obra de Dios, común a las tres Personas divinas. Se realiza según un orden, que manifiesta la estructura trinitaria de la gracia, y se puede expresar de diversas formas. Así, en el Catecismo se puede leer:

«La justificación es

  1. – la obra más excelente del amor de Dios,
  2. – manifestado en Cristo Jesús,
  3. – y concedido por el Espíritu Santo» (CEC, núm. 1994).

Otro modo de decirlo, que manifiesta la misma disposición ternaria, es el siguiente:

  1. Jesucristo nos ha merecido la justificación por su Pasión;
  2. – el Espíritu Santo nos concede poder participar de la Pasión y Resurrección (comenzando por el bautismo, que nos hace miembros del Cuerpo de Cristo);
  3. – al estar injertados en Cristo, somos hijos del Padre.

En la Sagrada Escritura (y por consiguiente, en la teología) se encuentran otras expresiones: se menciona, por ejemplo, la gracia del Espíritu Santo, la gracia de Cristo, la gracia que nos hace hijos de Dios, etc. No son clases distintas de gracia, sino formas diversas de referirse a la misma realidad. La abundancia de expresiones es consecuencia de la hondura insondable del misterio de Dios, y de la limitación del pensamiento y el lenguaje humanos.

Itinerario de la justificación

Es, en síntesis, el delineado en el regreso del hijo pródigo. Recorre unas etapas expresadas conceptualmente en el Catecismo de la Iglesia en un párrafo de gran densidad. Vamos a exponer correlativamente ambos textos para verlo con mayor claridad:

a) «Recapacitando se dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros.

Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre (…)».

  • El cambio interior que ha comenzado a producirse en el hijo se sintetiza así: «movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado (…)».

b) El reconocimiento del pecado ante el Padre encuentra el perdón: «Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y se compadeció; y corriendo a su encuentro se le echó al cuello y lo cubrió de besos (…)».

  • Y el hijo acoge el perdón y la justicia de lo alto: «La justificación entraña, por tanto, el perdón de los pecados( …)».

c) «Pero el padre dijo a sus criados:,-¡Pronto! Sacad el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado.

Y se pusieron a celebrarlo» (Lc 15, 17-24).

  • El itinerario de la justificación concluye en «la santificación y la renovación del hombre interior (…)» (CEC, núm. 1989).

Vamos a estudiar ahora por separado las etapas de ese itinerario.

1) Necesidad previa de la gracia

Desde la situación lamentable en la que ha caído, el hijo recapacita, vuelve en sí…, empieza a recordar todo lo que ha perdido; en contraste con lo que ahora tiene, se despierta en él la añoranza de los bienes de la casa de su padre, y sobre todo de volver a vivir como hijo en su casa.

El proceso interior de la mente y el corazón es ahora inverso al de la caída. La inteligencia percibe con claridad creciente dónde está su verdadero bien, y la equivocación y malicia del pecado que cometió; y por fin se produce la decisión voluntaria: se levanta, se marcha de todo lo que representa la vida de pecado -arrepentimiento-, y se pone en camino hacia Dios para obtener el perdón.

Es una reflexión personal perfectamente ponderada y una decisión firme. Podría parecer que ambas surgen solamente de la iniciativa personal del hijo.

Pues bien, sin la gracia de Dios previa, nadie puede dar los primeros pasos que le conducen a la conversión: «Si alguno dijera que, sin la inspiración previniente del Espíritu y sin ayuda, puede el hombre creer, esperar y amar o arrepentirse como conviene para que se le confiera la gracia de la justificación, sea anatema» (DS 1521).

Se trata de la gracia actual, que ilustra el entendimiento con la luz de la fe, y atrae la voluntad a unirse otra vez a Dios rompiendo el afecto al pecado. La acción de la gracia actual precede no sólo al acto de fe, amor o arrepentimiento, sino también la preparación del hombre para acoger la gracia.

La precedencia absoluta de la gracia a toda iniciativa humana es un tema difícil, porque toca el nervio del misterio de la comunicación de Dios al hombre y la respuesta de la libertad humana. Pero el Magisterio de la Iglesia lo afirma con toda claridad, porque así lo ha revelado Dios en la Sagrada Escritura:

«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).

San Pablo expresa la misma idea con otras palabras:

«No es que nosotros seamos capaces de pensar algo como de nosotros mismos, porque toda nuestra suficiencia viene de Dios» (2 Cor 3,5). Ni siquiera una jaculatoria podríamos rezar sin la intervención de la gracia: «Nadie puede decir “Jesús es el Señor” sino en el Espíritu Santo» (1 Cor 12,3).

La adecuada comprensión de esta doctrina debe evitar que caigamos en extremos igualmente erróneos: atribuir demasiado a la iniciativa humana, o pensar que la gracia hace superfluo el papel del hombre. Por este motivo, una breve referencia histórica de algunos errores doctrinales ayudará a precisar con más claridad lo esencial.

– Algunos errores históricos

Pelagio, monje procedente de Inglaterra, difundió a comienzos del siglo V su personal visión de la vida cristiana. Pensaba que la naturaleza humana no había quedado dañada por el pecado original (este consistía sólo en el mal ejemplo de Adán y Eva). Por tanto, el hombre conservaba intactas sus fuerzas morales, y podía sólo con ellas, tanto hacer el bien, como evitar el mal, convertirse y salvarse.

El pecado, para Pelagio, no es más que un simple desorden moral que el hombre puede equilibrar con su propia y libre decisión. Este poder está en la naturaleza humana y, ciertamente, hay que adjudicarlo a Dios como su Creador. Pero ahí se termina el papel de Dios. El querer y el hacer el bien son sólo tarea del hombre.

De Cristo sólo nos aprovechaba su ejemplo; no hace falta más. La gracia es sólo la ejemplaridad externa que para nosotros tiene Su vida, y que nos ayuda a obrar bien, pero no es imprescindible.

Contra el pelagianismo se dirigieron varias afirmaciones del Magisterio de la Iglesia.34

  1. Una primera consecuencia de esta doctrina es la debilitación (y la pérdida) del sentido de pecado: la noción de ofensa a Dios cede paso a la de error o equivocación, y frecuentemente acaba por desvanecerse la noción misma de pecado.
  2. La segunda, unida a la anterior, es el oscurecimiento de la fe y del sentido de Dios. Entonces la vida cristiana consiste esencialmente en las buenas acciones del hombre.

Otro error en esta línea, pero más moderado, es el semipelagianismo. Afirma la necesidad de la gracia, pero también que el hombre puede dar el primer paso hacia la conversión sin gracia previa.

Es decir, el hombre puede querer convertirse por propia iniciativa, sin la gracia divina, aunque luego, para convertirse de hecho necesite el auxilio de Dios.

El 2.º Concilio de Orange (año 529) excluye esta doctrina. Santo Tomás resumiría más tarde lo esencial del siguiente modo: «Cualquier preparación que pueda haber en el hombre proviene del auxilio de Dios que mueve el alma al bien».35

Al examinar la doctrina católica sobre este punto, cabe preguntarse: ¿no es demasiado hacer depender de Dios hasta el primer paso que da el hombre? ¿No sería más congruente con la dignidad del hombre que dependa de él ese inicio sobre el que vendrá después la gracia de Dios?

La respuesta negativa del Magisterio no es arbitraria. Efectivamente, si el primer paso hacia Dios dependiese de la voluntad autónoma del hombre, sin la gracia preparatoria, no se ve por qué no podría seguir avanzando los siguientes pasos en el camino de la salvación sin el auxilio de la gracia. Con lo que se caería de nuevo en el error anterior: la salvación es tarea humana que Dios corrobora.

En el otro extremo de los planteamientos deficientes sobre la gracia está la doctrina de Lutero. Para él, la naturaleza humana estaba corrompida desde el primer pecado, por lo que todas sus acciones eran malas.

La justificación, según Lutero, es sólo una decisión divina de considerar justo al que era y sigue siendo pecador. Por tanto, en su pensamiento no tenía cabida la posibilidad de una gracia sobrenatural que moviese al hombre a actuar bien. Si ocurre algo bueno es Dios quien lo hace a través del pecador y a Él hay que atribuirlo. Se pueden ilustrar las diferentes posturas históricas que hemos examinado con un ejemplo. Supongamos que un hombre cae en una fosa, y yace herido en el fondo. Para salir de allí, es necesario que alguien le tienda una mano. En nuestro caso es Dios el que tiende su mano para rescatarle.

Podemos imaginar varias posibilidades:

  • a) Dios, efectivamente, tiende su mano. Pero ahí termina su iniciativa; no hace nada más. El hombre decide por sí solo asirse a la mano y tiene la fuerza para hacerlo. Esta sería la postura pelagiana.
  • b) El hombre quiere coger la mano que Dios le tiende e inicia el movimiento; al verlo, Dios extiende más su brazo y le alza. Así sería la postura semipelagiana.
  • c) El hombre ha quedado completamente imposibilitado en el fondo del hoyo; no puede hacer nada, y es Dios el que debe hacer todo. Es la tesis luterana.
  • d) Dios no solamente tiende la mano, sino que da la fuerza para que el hombre pueda asirla. Esta es la doctrina verdadera: «La iniciativa divina en la obra de la gracia previene, prepara y suscita la respuesta libre del hombre» (CEC, núm. 2022).

2) El hombre se vuelve a Dios

La acción preparatoria de la gracia no sólo no limita la libertad del hombre sino que la desafía a que se realice más allá de sus solas fuerzas, capacitándola para ello.

  • Los errores históricos en torno al misterio de 1a gracia y la libertad, son, en parte, consecuencia de enfocarlo como un «reparto de competencias» entre dos actores que concurren al mismo nivel (y lo que se adjudique a uno va en detrimento del otro).
  • Tampoco sería correcto plantearlo como dos fuerzas que se yuxtaponen.

La justificación es toda obra de Dios. Y el hombre es totalmente responsable de su justificación. Dios y el hombre concurren en ella, pero en planos distintos: Dios, como Dios Creador y Fin del hombre; el hombre, como criatura. Dios atrae al hombre según el modo en que el hombre puede ser atraído, que es por su inteligencia y voluntad libre.

«La justificación establece la colaboración entre la gracia de Dios y la libertad del hombre. Por parte del hombre se expresa en el asentimiento de la fe a la Palabra de Dios que lo invita a la conversión, y en la cooperación de la caridad al impulso del Espíritu Santo que lo previene y lo custodia» (CEC, núm. 1993).

Movido por la gracia, «el hombre tiene que dominarse a sí mismo totalmente, cogerse, por así decirlo, de la mano y darse otra dirección; tiene que trastornar la dirección de su vida, y tal actividad alcanza las raíces mismas del pensamiento y de la voluntad. San Agustín la llamó aversión del mundo y conversión a Dios» (M. Schmaus, Teología dogmática, t. V, § 205).

Este proceso íntimo puede darse en un instante o durar mucho tiempo, según la iniciativa divina y la resistencia del hombre a la gracia.

El relato de la parábola, en cualquier caso, presenta la respuesta afirmativa del hijo a la gracia: rompe con el pecado y se levanta a recibir el perdón de Dios.

Para quienes son miembros de la Iglesia, el arrepentimiento, fruto del amor a Dios sobre todas las cosas, incluye el propósito de confesar los pecados en el sacramento, y obtiene el perdón incluso de los pecados mortales. Es la contrición perfecta. No lo sería si faltase ese propósito.

B) El perdón

Dios es quien, ante todo, ha sido ofendido por el pecado. Sólo Él lo puede perdonar. El hijo va al encuentro del Padre consciente de esta realidad; nadie se puede otorgar el perdón a sí mismo ni puede dictar las condiciones para obtenerlo. Asimismo se reconoce indigno de ser llamado de nuevo hijo, y se confía en la misericordia del Padre.

Por su parte, la actitud del Padre tampoco ahora es pasiva: «Dios nos espera -comentaba san Josemaría Escrivá- como el padre de la parábola; extendidos los brazos, aunque no lo merezcamos. No importa nuestra deuda. Como en el caso del hijo pródigo, hace falta sólo que abramos el corazón, que tengamos añoranza del hogar de nuestro Padre, que nos maravillemos y nos alegremos ante el don que Dios nos hace de podernos llamar y de ser, a pesar de tanta falta de correspondencia por nuestra parte, verdaderamente hijos suyos» (Es Cristo que pasa, núm. 64).

La mejor manera de comprenderlo es fijarse en Jesucristo, que cumple la voluntad de su Padre. La búsqueda del pecador, su infatigable deseo de convertirle, su constante oferta de perdón, son actitudes constantes en el corazón de Cristo.

Por último, ¿cuál es el alcance del perdón? Sencillamente: el pecado queda borrado, destruido. Los gestos y las palabras del Padre expresan que para Él ya no existe el hijo que estaba muerto, sino el que ha vuelto a la vida. El hombre queda liberado de su pasado.

Lutero afirmó que lo único que sucedía era que Dios no se lo tenía en cuenta; lo cubría con el manto de los méritos de Cristo que ocultaban la condición pecadora inalterada. Esta tesis fue objeto de estudio y desaprobación por parte del Magisterio en el Concilio de Trento.40 La actitud de Cristo, vinculando algunas curaciones con el perdón de los pecados, expresa sin lugar a dudas el alcance vivificante del perdón. Basta fijarse en la curación del paralítico narrada por san Marcos:

«Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra -se dirige al paralítico-: A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Y se levantó y, tomando al instante su camilla, salió en presencia de todos, de manera que todos quedaron admirados y dieron gloria a Dios diciendo: nunca vimos cosa igual».41

C) La santificación y renovación interior

Al perdón de los pecados va unida la santificación y renovación del hombre interior. Son dos aspectos de una misma acción de Dios que se produce de una vez. La precedencia de uno sobre el otro en la exposición es, fundamentalmente, de carácter conceptual: el análisis sucesivo de aspectos que en la realidad se dan unidos facilita una mejor comprensión. Pero no hay instante en que estén perdonados los pecados sin santificación, ni santificación sin perdón de los pecados.

La santificación supone un cambio en el sujeto; recibe algo que antes no tenía. Nada menos que una vida nueva: el hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida. San Pablo abundará en esta idea cuando hable de la necesidad de despojarse del hombre viejo que se corrompe, y de revestirse del nuevo, creado por Dios según la santidad verdadera.

La naturaleza de dicha santificación, misteriosa, que implica la comunicación de la vida de Dios en lo más hondo del alma, podemos verla reflejada en las imágenes que el mismo Cristo emplea en la parábola, tras la acogida del hijo por el Padre:

¡Pronto! Sacad el mejor traje y vestidlo.

El vestido simboliza la gracia santificante que se difunde en el hombre justificado. No es un simple recubrimiento externo del cuerpo sino una transformación de todo el ser, que refleja la santidad de Dios.

La imagen del vestido aparece en otros lugares de la Sagrada Escritura con esta connotación. Baste recordar dos:

  1. a) La parábola de los invitados a las bodas y la reprensión del rey al que ha entrado sin traje de boda.42
  2. b) La carta de san Pablo a los Gálatas, en la que ese vestido tiene ya un nombre propio: quienes han sido bautizados en Cristo han sido «revestidos» de Cristo.43

Ponedle un anillo.

Es el anillo -el sello- del hijo. Significa que en el momento de infundirnos la gracia Dios nos hace hijos suyos; nos engendra a una vida nueva en la que participamos de la filiación divina del mismo Cristo. La revelación de la vocación a la filiación divina recorre el Nuevo Testamento. Citaremos sólo un párrafo de la primera carta de san Juan: «ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios, y lo seamos (…). Carísimos, ahora somos hijos de Dios».44

Y por ser hijo, el hombre justificado es también heredero. Tiene derecho a sus bienes: todos los dones necesarios para la santificación en esta vida; y en la vida eterna, la participación cara a cara en la vida de Dios Uno y Trino.

Esa familiaridad con Dios del hijo que vive en Su casa y participa de todos sus bienes la expresa el banquete: Traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete.

Ponedle sandalias en los pies.

Son los medios que le permitirán caminar en adelante como hijo. En la nueva vida de la gracia, esas sandalias pueden simbolizar:

  1. a) Las virtudes infusas: «Con la justificación son difundidas en nuestros corazones la fe, la esperanza y la caridad, y nos es concedida la obediencia a la voluntad divina».45
  2. b) Los dones del Espíritu Santo y otras gracias (gracias sacramentales, gracias de estado y carismas).

Conclusión

Hemos visto al hijo joven, imagen del hombre de cualquier tiempo, redimido y en posesión inicial de los tesoros de la vida sobrenatural.

Hemos asistido al proceso de deterioro y posterior pérdida de esa vida, con el abandono de su casa y la marcha a un país lejano.

Y finalmente, hemos podido seguir el proceso de la justificación, fruto del amor de Dios que toma la iniciativa y sale al encuentro del hombre.

El hombre responde con el asentimiento de la fe, que lo invita a la conversión, y con el amor que mueve a la voluntad a unirse de nuevo a Dios y apartarse del pecado. Y sin dejar de ser atraído por Dios, busca y obtiene el perdón, que lleva consigo la santificación y renovación interior.

Toda la justificación es don gratuito de Dios. Pero en este don podemos distinguir con claridad:

  • – la actuación amorosa divina que está en el origen y en el curso de la justificación: son las gracias actuales
  • la participación estable de la vida divina: gracia santificante, o también gracia habitual (y con ella, las virtudes infusas y dones del Espíritu Santo).

Ahora debemos estudiar la vida de la gracia, deteniéndonos primero en la gracia santificante, y después, en la actual (que sigue presente activamente en el progreso de la santificación).

Del libro La Vida de Gracia de Juan Francisco Pozo

Written by rsanzcarrera

enero 25, 2016 a 5:17 pm

4 comentarios

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  1. Rosa con todo la confianza que me das he puesto comentario en vez del que me enviaste porque me parece más claro y sencillo. Gracias por odo.
    La justificación
    La justificación del cristiano es otra de las formas con que Pablo expresa los efectos de la acción salvífica de Cristo. Jesús… resucitó para nuestra justificación (Rm 4,25). Este efecto del acontecimiento Cristo no es en realidad tan importante en la teología de san Pablo como se creyó en las controversias de la Reforma y en la interpretación agustiniana. Tiene para él un carácter secundario. La justificación es el aspecto de la salvación que surgió en el contexto polémico de la controversia de Pablo con los judaizantes.

    La justificación, en cuanto metáfora aplicada a la salvación, tiene su origen en el procedimiento judicial por el que se emite un veredicto de absolución y constituye una perspectiva de la salvación casi exclusiva de Pablo.

    El AT enseñaba que ningún ser viviente es justo ante Dios (Sal 143,2), es decir, nadie alcanza por sí mismo el perdón en la presencia de Dios (cfr. 1 Re 8,46; Job 9,2; Sal 130,3­4; Is 64,6). Se esperaba que la justicia fuera realizada por un redentor futuro (Is 59,15-20). Si embargo, Pablo subraya que la justificación ya ha tenido lugar por la fe en el acontecimiento Cristo: fue para manifestar ahora, en el tiempo presente, que Dios es justo e incluso justificador del hombre que cree en Jesús (Rm 3,26; cfr. 5,1). Y no sólo pone de relieve Pablo que la justificación del hombre ya se ha efectuado, sino que insiste en su completa gratuidad. Viene exclusivamente de Dios. Por su parte, los hombres pecaron y se privaron de la gloria de Dios (Rm 3,23) pero Dios por pura gracia la ha llevado a cabo en Cristo, por quien el hombre queda justificado ante Dios.

    Pero ¿significa esto que el hombre es simplemente declarado justo mediante una ficción legal, siendo realmente pecador? No. La justificación consiste en que el hombre queda situado en un estado de justicia ante Dios por su vinculación a la actividad salvífica de Cristo Jesús: por su incorporación a Cristo y a su Iglesia mediante la fe y el bautismo. En efecto de esta justificación es que el cristiano se hace dikaios (justo); no es que sea declarado justo, sino que realmente queda constituido como tal (katastathesontai, Rm 5,19). Pablo reconoce que como cristiano no tiene ya una justicia propia, fundada en la ley, sino una justicia adquirida por medio de la fe en Cristo, una justicia de Dios (Flp 3,8-9). E incluso afirma que el cristiano unido a Cristo es la justicia de Dios (2 Cor 5,21).
    Fuente: https://rsanzcarrera2.wordpress.com/2008/03/08/la-justificacion/

    rosamagarcia

    enero 25, 2016 at 8:18 pm

  2. Me parece fenomenal todo lo que considere oportuno relativo a los comentarios que hago, como no ponerlos si no le gustan o considera que no son suficientemente claros y concisos. Gracias y saludos.

    rosamagarcia

    enero 26, 2016 at 8:46 pm

    • Muy amable de tu parte. Porque el trabajo que haces es grande; pero en este caso al menos, dada la complejidad del tema, me pareció oportunoponer algo más sencillo. Muchisimas gracias Rosa

      rsanzcarrera

      enero 26, 2016 at 9:35 pm


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