es_tu_dia

Just another WordPress.com weblog

Capítulo IV. LA GRACIA Y LAS OBRAS. EL MÉRITO

with 2 comments

I Las obras en gracia ante Dios. El mérito

Abrimos el Evangelio de san Mateo. Acaba de tener lugar el encuentro de Jesús con el joven rico. Tras el desenlace decepcionante, el Señor se explaya con sus discípulos grabando en sus corazones enseñanzas claras a partir de la escena que acaba de desarrollarse ante sus ojos. Y en un momento dado, Pedro toma la palabra y le plantea una cuestión a Jesús:

«Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué recompensa tendremos?

Jesús les respondió: En verdad os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en su trono de gloria, vosotros, los que me habéis seguido, también os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.

Y todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna» (Mt 19, 27-29).

La vida eterna tiene por tanto, en las palabras del Señor, carácter de recompensa, de premio. El hombre solo no la podría conseguir. Pero Él ha querido hacer al hombre capaz de adquirir un verdadero derecho a la recompensa. Ese derecho lo poseen los que siguen a Cristo, los que unidos a Él por la fe y el amor, procuran ser «otro Cristo» (alter Christus), y por tanto hijos de Dios. Ese derecho al premio es lo que se llama mérito.

  • Y, en las palabras del Señor, tiene por objeto tanto la vida eterna (en la regeneración, cuando el Hijo se siente en su trono de Gloria), como los dones de la gracia en el camino de la santificación (el ciento por uno en esta vida).

1) Consideraciones sobre el mérito

«El término “mérito” designa en general la retribución debida por parte de una comunidad o una sociedad a la acción de uno de sus miembros, considerada como obra buena u obra mala, digna de recompensa o de sanción. El mérito corresponde a la virtud de la justicia conforme al principio de igualdad que la rige» (CEC, núm. 2006).

El origen del mérito puede ser simplemente la condición de la persona, o sus obras.

  • Un hijo, merece recibir la parte correspondiente de la herencia de sus padres, en relación con los demás hermanos.
  • Una persona merece que se la trate con la consideración debida; merece tener acceso a los medios indispensables para vivir como tal. Quien desempeña un trabajo merece el sueldo justo.

En este sentido, ni por la condición personal ni por las obras, se puede hablar de mérito como derecho estricto ante Dios, pues falta el principio de igualdad: Dios es nuestro Creador y lo hemos recibido todo de Él. Sin embargo, se puede hablar con propiedad de mérito ante Dios porque es

Dios mismo quien «ha dispuesto libremente asociar al hombre a la obra de su gracia. La acción paternal es lo primero, en cuanto que Él impulsa, y el libre obrar del hombre es lo segundo, en cuanto que éste colabora, de suerte que los méritos de las obras buenas deben atribuirse a la gracia de Dios en primer lugar, y al fiel, seguidamente» (CEC, núm. 2008).

  • En el caso de adopción legal de un hijo, el adoptado al ser acogido como hijo merece los cuidados que se dispensan a un hijo, y la parte de herencia que establezcan los padres adoptivos (según las disposiciones legales al respecto). Pero el mérito del hijo no procede de su condición natural, sino de la decisión libre de quien le recibe como hijo.
  • Con respecto a la actividad profesional, por ejemplo, la dirección de la empresa puede decidir libremente conceder un pago extra a quien consiga un cierto nivel de productividad. Quien lo alcance, merece dicho pago, en virtud precisamente de la libre disposición de quien podía hacerlo.
  • «Asociar al hombre a la obra de su gracia» es lo mismo que adoptarle como hijo e introducirle como tal en su vida divina. Y al ser hijos, somos también herederos de Dios, coherederos con Cristo y por ello mismo, «merecedores» de obtener la herencia de la vida eterna. El mérito de nuestras obras procede en definitiva de que somos hijos de Dios, y por tanto se realizan en el ámbito de la intimidad con Él. «La gracia ha precedido; ahora se da lo que es debido… los méritos son dones de Dios» [San Agustín, Serm 298, 4-5 (cfr. CEC, núm. 2009)].

En la parábola del hijo pródigo, cuando regresa el hermano mayor, se produce una situación dolorosa. Se enfada y no quiere entrar en la fiesta familiar. Tiene que salir el Padre a convencerle. El argumento que ofrece ante la queja desafortunada del primogénito no deja lugar a dudas: «Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo» (Lc 15, 31).

  • El mérito de las obras de los hijos de Dios les pertenece realmente como propio; pero a la vez recae también, y de manera principal, sobre Dios, de quien procede la gracia santificante y las demás gracias y auxilios del Espíritu Santo.

«La gracia, uniéndonos a Cristo con un amor activo, asegura el carácter sobrenatural de nuestros actos, y por consiguiente, su mérito tanto ante Dios como ante los hombres. Los santos han tenido siempre conciencia viva de que sus méritos eran pura gracia» (CEC, núm. 2011).

2) Qué se puede merecer

El hombre que ha sido justificado merece por sus buenas obras: a) el aumento de la gracia santificante; b) la vida eterna; c) el aumento de la gloria.

a) Crecimiento en gracia santificante

La gracia santificante, en cuanto participación en la vida divina, no puede aumentar por otro procedimiento que el la libre decisión divina, que quiere «darse» más al alma si ésta corresponde a las gracias previas (Cfr. CEC, núm. 2010).

«(El Reino de los Cielos) es también como un hombre que al marcharse de su tierra llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno sólo: a cada uno según su capacidad; y se marchó.

El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco.

Del mismo modo, el que había recibido dos ganó otros dos. Pero el que había recibido uno fue, cavó en la tierra y escondió el dinero de su señor» (Mc 25,14-18).

Cuando el Señor vuelve y pide cuentas a los servidores, la respuesta a los dos primeros es la misma: «Bien siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor» (Ibíd., 21).

  • En el pasaje paralelo de san Lucas, en lugar de talentos, Jesús habla de otra unidad contable, la mina, que es entregada a los servidores para negociar con ella. El primero consigue ganar diez minas, el segundo, cinco y un tercero la esconde y la devuelve intacta. Las respuestas son parecidas; en el caso del que ha ganado diez: «Bien siervo bueno, porque has sido fiel en lo poco, ten potestad sobre diez ciudades» (Lc 19,17)
  • Los talentos, las minas, son los dones de la gracia que Dios concede para que den fruto con la correspondencia personal. Pero luego, «entrar en el gozo del Señor», ser constituido «señor de diez ciudades»… es un premio que Dios concede al que lo ha merecido. Es decir, se accede a él por vía de mérito.
  • San Pablo tuvo que escribir a los cristianos de Corinto, que habían empezado a hacer facciones escudándose con el nombre de los que les habían predicado el evangelio; unos decían: «yo soy de Pablo», otros: «yo soy de Apolo»… El argumento de san Pablo clarifica la cuestión del crecimiento en la gracia: «Yo planté, Apolo regó, pero es Dios quien dio el incremento» (1 Cor 3, 6). El plantar o regar es la actuación humana que Dios requiere; ella misma es ya fruto de la gracia: Según la gracia de Dios que me ha sido dada, puse los cimientos como sabio arquitecto. Entonces Dios da el crecimiento.
  • De modo análogo sucede con el crecimiento en las virtudes sobrenaturales, y los dones del Espíritu Santo. Cuando hacemos (movidos por la gracia) un acto de fe, o de amor, merecemos un aumento en esas virtudes y Dios nos lo concede. Por eso es tan conveniente pedirlo al Señor para crecer en santidad. Señor, auméntanos la fe, la esperanza, la caridad. Haz que yo crea más y más en ti, que en ti espere, que te ame (Fac me tibi semper magis credere, in te spem habere, te diligere: Himno Adoro te devote).
  • El caso del que escondió el talento, o la mina, reporta la misma respuesta en ambos relatos: reprensión al siervo malo y perezoso… y mandato de quitarle el talento 0 la mina y entregarla al que más ha ganado: «porque a todo el que tenga se le dará y abundará; pero a quien no tiene, aún lo que tiene se le quitará» (Mt 25, 29). Es decir, quien corresponde a la gracia, merece que se le conceda más gracia. Y quien la malogra, se pone en peligro de perder la que tiene.

b) La vida eterna

En realidad, esta finalidad enlaza con la anterior, «porque el continuo crecimiento en la vida de la gracia es la condición para alcanzar su consumación» (GER, voz “Mérito”, n. 3). La gracia es la incoación de la gloria.

  • En la parábola de las minas el premio concedido sugiere más el marco de la vida presente, mientras que en la de los talentos la recompensa apunta con claridad a la bienaventuranza eterna. Pero el mismo hecho de que Jesucristo emplee esa variedad de comparaciones manifiesta la conexión íntima entre ellas. La vida eterna es recompensa definitiva para quienes llegan al momento de la muerte en gracia de Dios.

c) El aumento de grado de gloria

«El Concilio de Trento dice también que se puede merecer el aumento de la gloria; se entiende que se merece antes de su consecución, es decir, es el aumento que va incluido en el crecimiento de la gracia, y así existirán diversos grados de gloria» ( GER Ibíd).

Aunque en el Catecismo de la Iglesia no se menciona, en la tradición teológica se ha hablado de dos tipos de mérito: el de condigno, y el de congruo.

  1. El de condigno da derecho a la recompensa según una cierta proporción de la justicia. Y éste es el que se daría en los tres casos citados.
  2. En cambio, el de congruo, daría título para el premio en virtud de la liberalidad y benevolencia del que recompensa, y de la amistad o familiaridad del que pide.

En este segundo caso se incluirían todas las demás cosas que se pueden merecer que señala el Catecismo:

«Los mismos bienes temporales, como la salud, la amistad, pueden ser merecidos según la sabiduría de Dios: Estas gracias y bienes son objeto de la oración cristiana, la que provee a nuestra necesidad de la gracia para las acciones meritorias» (CEC, núm. 2010).

También se pueden merecer en favor de los demás las gracias útiles para -su conversión y santificación. Es más; Dios quiere que roguemos insistentemente por ellos. La oración y sacrificio por esa intención es gratísima a sus ojos.

3) Requisitos para poder merecer

  1. El primero, la vida temporal. El tiempo de merecer termina con la muerte. De ahí la trascendencia de la vida en este mundo, ya que en ella se fragua el destino eterno del hombre.
  2. El segundo es que la acción sea libre y buena. El que fuese puntual para trabajar sólo porque está controlado (si no, no lo sería) no adquiere mérito; pero si rectifica y ofrece a Dios ese empeño, por amor a Él, entonces es meritorio (aunque la motivación inicial fuera muy pobre).
  3. El tercero es el estado de gracia. Y junto con la gracia, la caridad; es decir, procurar obrar en todo por amor a Dios. Cuanto más actual y viva sea esta ordenación de los actos, mayor será el mérito porque será mayor la unión a Él. En esto radica la importancia de rectificar la intención con frecuencia buscando hacerlo todo por Amor, para agradar a Dios.

II. Influjo de la gracia en el obrar humano

La vida sobrenatural, que estaba ya en germen en el alma desde el Bautismo, tiene unas exigencias de crecimiento, sostenimiento y maduración. Al desarrollarse, va configurando a cada cristiano como «hombre perfecto, a la medida de la plenitud de Cristo» (Ef 4,13-15).

El «hombre perfecto» es la expresión de la madurez sobrenatural del hijo de Dios que se esfuerza en crecer en gracia y en virtudes.

  • En primer lugar las virtudes teologales, que al elevar el entendimiento y la voluntad a la intimidad de Dios, se reflejan de un modo u otro en todos los pensamientos, obras y deseos del cristiano. En efecto:
    • – la fe, confiere la visión sobrenatural propia del cristiano maduro;
    • – la esperanza, nos mantiene firmes y serenos ante todas las dificultades;
    • – la caridad, al dirigirnos a Dios y a los demás, rompe el círculo estrecho del egoísmo y es fuente de comprensión.
  • Tanto la gracia como las virtudes sobrenaturales no se pueden esperar desde una actitud de «quietismo», es decir, desde un mal entendido abandono en Dios que atribuye sólo al Espíritu Santo todo el progreso en la vida espiritual. Por el contrario, el hombre debe empeñar las energías de su naturaleza; y en ese empeño, las dimensiones naturales del obrar humano se desarrollan y acaban por engendrar unos hábitos que son las virtudes humanas.

Ser sobrenaturalmente bueno es mucho más que ser humanamente bueno, pero lo incluye, pues la madurez sobrenatural lleva consigo una madurez humana básica. La gracia no actúa de espaldas a la realidad física, psicológica y moral de la persona: «Dios nos quiere muy humanos (…). El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo (…), que es perfectus Deus, perfectus homo» (Amigos de Dios, núm. 75).

1) Relación entre las virtudes humanas y las sobrenaturales

Se puede sintetizar del siguiente modo: «Las virtudes humanas (…) son el fundamento de las sobrenaturales; y éstas proporcionan siempre un nuevo empuje para desenvolverse con hombría de bien» (Amigos de Dios, núm. 91).

a) Por una parte las virtudes humanas son fundamento; por tanto condicionan el ejercicio de las sobrenaturales.

Esto no significa que se adquieran unas, y sólo después puedan venir las otras. Se pueden poner muchos ejemplos para ilustrar la relación entre ellas.

  • Quien es laborioso y esforzado en su trabajo, simplemente por un motivo humano, cuando lo haga -el mismo trabajo, las mismas ocupaciones movido por la gracia, por Amor a Dios, su santificación del trabajo será más plena y honda que la de otra persona que tenga hábitos menos firmes (ésta puede tardar un poco más de tiempo en conseguirlo).

«Las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables (…) del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena» (CEC, núm. 1804).

b) Por otra parte, las virtudes sobrenaturales que se difunden con la gracia en el alma, purifican y elevan las humanas; les dan arraigo y facilitan su adquisición y desarrollo (Cfr. ibíd., núms. 1810, 1812).

Sin la gracia, las virtudes humanas no llegan a su perfección. En cambio, la gracia lo hace posible y, además lo facilita. Es lógico que así sea: al buscar a Jesucristo y procurar amarle, encontramos en Él el modelo; y por la acción del Espíritu Santo en el alma, y a través de los sacramentos, recibimos el impulso, la fuerza y la capacidad de obrar mucho más allá de lo que seríamos capaces por sólo motivos razonables.

Esto tiene una enorme importancia en la conducta moral a la hora de vivir las exigencias de la ley natural.

  • En lo referente a la virtud de la castidad, por ejemplo, la Encíclica Ueritatis splendor ha señalado los errores de algunos planteamientos morales que han encontrado no poca aceptación. La dificultad planteada es: ¿Está o no al alcance del hombre de hoy vivir todas las exigencias que la Iglesia ha enseñado desde siempre? ¿No habría que adaptarlas a las posibilidades reales del hombre? La respuesta vigorosa del Papa da la clave: «¿Cuáles son las posibilidades del hombre? y ¿de qué hombre se habla? ¿del hombre dominado por la concupiscencia o del redimido por Cristo?» (VS, núm. 103). En efecto, si se considera como natural el horizonte del hombre dominado por la concupiscencia, es difícil comprender qué hay de malo en la satisfacción de todas las tendencias instintivas, sin más límites que los de su propia expansión. 
  • La Revelación nos enseña que ésta no es la verdad. Más bien es esta otra: «¡Cristo nos ha redimido! Esto significa que Él nos ha dado la posibilidad de realizar toda la verdad de nuestro ser; ha liberado nuestra libertad del dominio de la concupiscencia» (VS, núm. 103.). Y desde aquí se entiende bien algo muy importante: que el pecado es también«una disminución del hombre mismo, que le impide alcanzar su propia plenitud» (GS, núm. 13).

2) La personalidad humana y sobrenatural

Están muy lejos de la verdad dos mentalidades opuestas. Una, de corte laicista que pretende que las exigencias del Evangelio sofocan las cualidades, vitalidad y posibilidades de felicidad humana. La otra, de tipo pietista, ve en lo humano algo que puede dificultar la fe, o al menos como un mundo que tiene pocos puntos de con-, tacto con lo sobrenatural. El resultado de ambos enfoques es igualmente defectuoso, y supone no valorar en toda su hondura la Encarnación del Hijo de Dios, y como consecuencia, desconocer que la gracia se apoya en la naturaleza humana y la vivifica.

Se dice que alguien tiene personalidad cuando posee una unidad interior en sus criterios, en sus obras y en sus afectos que es perceptible en todas las situaciones y a lo largo del tiempo. Esta unidad puede proceder, en última instancia, de dos principios: el yo, o Dios.

  • Indudablemente, el amor propio puede dar una cierta unidad y coherencia a la vida en la medida en que todo se haga con vistas al yo. Pero ese fin es incapaz de asumir toda la vida -basta pensar en el dolor, la muerte y además acaba por disgregar al hombre en tendencias desordenadas e incoherentes (Cfr. I. de Celaya, Vivir como hijos de Dios, pp. 97-98).
  • Muy distinta es la situación cuando ese principio unificador es la vida divina presente en el alma, porque la personalidad de un hijo de Dios va integrando progresivamente lo humano y lo sobrenatural: «Sereno y equilibrado de carácter, inflexible voluntad, fe profunda y piedad ardiente: características imprescindibles de un hijo de Dios» (San Josemaría Escrivá, Surco, 417). Por este camino es por donde se alcanza la madurez humana y sobrenatural, en progresiva y cada vez más plena armonía. En efecto. La madurez humana supone la conjunción de madurez en el entendimiento, en la voluntad y en los afectos: 
    • – La madurez en el entendimiento es capacidad de juicio; criterio para juzgar las cosas desde una perspectiva superior, verdadera y estable, sin dejarse arrastrar por tópicos y opiniones de moda.
    • – La madurez en la voluntad se manifiesta en la capacidad de tomar decisiones ponderadas y mantenerlas con perseverancia, afrontando las consecuencias.
    • – La madurez en los afectos consiste en la estabilidad de ánimo, que armoniza los sentimientos y tendencias sensibles con el papel rector que le corresponde a la inteligencia y la voluntad.

Ahora bien, la gracia santificante infundida en el alma se expande por estas tres instancias operativas, de modo que el conocer, querer y sentir quedan influidos:

  • -La gracia, por la virtud de la fe eleva el entendimiento a una comprensión sobrenatural de Dios, que se extiende de un modo u otro a todas las cosas.
  • – Eleva la voluntad (principalmente por la caridad) a querer conforme a la Voluntad divina.
  • – Perfecciona los afectos, para hacer posible llegar a tener los mismos sentimientos del Señor (Cfr. GER, voz «Gracia», IV).

Ya sabemos que este programa tiene un nombre propio: Cristo; y es el resultado de hacer nuestra la vida de Cristo: pensar como Él, amar como Él, actuar como Él. Será posible avanzar por este camino si, a la vez procuramos morir al propio yo: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3, 30).

Así Jesucristo llegará a ser el centro único de nuestros pensamientos y acciones; suyo nuestro criterio, porque se halle plenamente informado por la fe; suya nuestra voluntad porque queramos lo que Él quiere; suyas nuestras obras, porque busquemos hacer lo que a Él le agrada.

Del libro La Vida de Gracia de Juan Francisco Pozo

Written by rsanzcarrera

enero 27, 2016 a 5:17 pm

2 comentarios

Subscribe to comments with RSS.

  1. He estado considerando todo el capítulo y se habla de tantas cosas.. .Yo me fijado especialmente en la pregunta que le hacen los discípulos de lo que van a recibir por haberle seguido:

    Es por esto que el llamado al discipulado por parte de Jesús es una invitación a tener realización personal completa en tu vida (Romanos 12:1-2).

    “Por mi parte, nunca he dejado de regocijarme de que Dios me haya elegido. La gente habla del sacrificio que he hecho en pasar la mayor parte de mi vida sin formar una familia. Puede esto ser llamado sacrificio lo cual es simplemente pagar de vuelta como una pequeña parte de la gran deuda que debo a nuestro Dios, la cual nunca podremos pagar ¿Es un sacrificio lo que nos trae su propia recompensa en actividades llenas de vida, la conciencia de estar haciendo el bien, paz mental, y una esperanza resplandeciente de un destino glorioso a continuación? ¡Lejos con esa visión, y con esos pensamientos! Enfáticamente no es un sacrificio. Más bien decir que es un privilegio. Ansiedad, enfermedad, sufrimiento, o peligro, por aquí y por allá, con un precedente de conveniencias comunes y caridades de esta vida, nos puede hacer detenernos y hacer que nuestro Espíritu tiemble, y nuestra alma se hunda; pero no dejes que esto sea por más de un momento. Todas estas cosas no son nada comparadas con la gloria que debiera ser revelada posteriormente en y para nosotros. Nunca he hecho un sacrificio, ya digo es un privilegio.

    ¿Te has hecho alguna vez la pregunta y tomar la decisión de ser un discípulo de Jesús? ¿Te está llamando hoy? Nunca te arrepentirás…

    La verdad D. Rafael es que no sé muy bien que apartado intentar hacer viable a nuestra vida y contestar así, o coger el libro de Teología y explicar casi lo mismo que está ya dicho. Por lo pronto es un comentario breve y después de haber estudiado el tema, no creo que deba explayarme más.

    rosamagarcia

    enero 27, 2016 at 8:27 pm

    • Muy buen comentario Rosa. Lo acabo de leer porque he estado de viaje en Puerto la Crus durante tres días. Me parecen muy bien tus comentarios así que ya lo sabes. Comenta lo que te parezca más oportuno, ok. Gracias Rosa, cuento con tus comentarios de acyuerdo?

      rsanzcarrera

      enero 29, 2016 at 5:03 pm


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: