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Archive for the ‘Familia’ Category

Cuestiones sobre la familia

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1.  El designio de Dios sobre el matrimonio y la familia

1.1. Hombre y mujer lo creó (Gn 1,27)

  1. El sexo biológico. Cfr.M. GIMÉNEZ AMAYA, Cerebro y diferencias sexuales: mujer-varón, en AA. VV., Mujer y varón: ¿misterio o autoconstrucción?, Universidad Francisco de Vitoria, CEU, Universidad Católica San Antonio, Madrid 2008, pp. 199-216.[1]
  2. La sexualidad como impulso o tendencia. Cfr. J. PÉREZ SOBA, El misterio de la sexualidad: entre la máscara del deseo y el rostro del amor, en AA. VV., Mujer y varón: ¿misterio o autoconstrucción?, 2008, pp. 59-104.[2]
  3. Varón y mujer: dos modos de ser persona humana. Cfr. CASTILLA DE CORTÁZAR, Persona femenina, persona masculina, 2000.[3]

1.2. Una sola carne (Gn 2,24)

  1. Complementariedad sexual y procreación: fundamento antropológico del matrimonio.
  2. El matrimonio, exigencia intrínseca del pacto de amor conyugal.
  3. El matrimonio y la familia. Cfr. JUAN PABLO II, Ex. Ap. Familiaris consortio, 22-XI-1981, nn. 11-27.

1.3. La virtud de la castidad

  • RODRÍGUEZ LUÑO, Elegidos en Cristo para ser santos III. Moral especial, Roma 2008.[4]

1.4 La ideología de género.

  • TRILLO-FIGUEROA, Más allá de la «ideología de género», en J. DE LARRÚ RAMOS (ed.), La grandeza del amor humano: comentario al documento “La verdad del amor humano, orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar”, BAC, Madrid 2013, pp.171-194.

2.  Familia, Iglesia y Sociedad

2.1. La misión propia de los cónyuges: procreación y educación de los hijos

  1. La paternidad responsable
  2. La familia, primera escuela de vida cristiana y del más rico humanismo. Cfr. JUAN PABLO II, Ex. Ap. Familiaris consortio, 22-XI-1981, nn. 28-64.

2.2. Familia y bien común

  • AA. VV., Marriage and the Public Good: Ten Principles, The Witherspoon Institute, 2008 (Matrimonio y bien común: Los diez principios de Princeton[5]).

2.3. La legalización del divorcio, uniones de hecho y uniones entre personas del mismo sexo

  1. Valoración ético-política
  2. Pastoral ante situaciones irregulares. Cfr. AA. VV., Divorcio, EUNSA, Pamplona 1977. PONTIFICIO CONSEJO PARA LA FAMILIA, Familia, matrimonio y “uniones de hecho”, 26-VII-2000. GIRGIS – R. P. GEORGE – R. T. ANDERSON, What is marriage?: man and woman: a defense, Encounter Books, New York 2012 (Qué es el matrimonio? [6]). JUAN PABLO II, Ex. Ap. Familiaris consortio, 22-XI-1981, nn. 77-85.

BIBLIOGRAFÍA MAGISTERIAL

General

  • CONCILIO VATICANO II, Cons. Past. Gaudium et spes, 7-XII-1965.
  • CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 355-421, 1601-1666, 2331-2400, 2514-2533.
  • PABLO VI, Enc. Humanae vitae, 25-VII-1968.
  • JUAN PABLO II, Ex. Ap. Familiaris consortio, 22-XI-1981. —– Carta a las familias Gratissimam sane, 2-II-1994.
  • CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración “Persona humana” acerca de ciertas cuestiones de ética sexual, 29-XII-1975.
  • —– Carta sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, 14-IX-1994.
  • —– Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales, 31-VII-2003.
  • —– Instrucción “Dignitas personae“, 8-VIII-2008.
  • PONTIFICIO CONSEJO PARA LA FAMILIA, Carta de los Derechos de la Familia, 22-X1983.
  • —– Sexualidad Humana: Verdad y significado, 8-XII-1995.
  • —– Familia y Derechos humanos, 9-XII-1999.
  • —– El apostolado de la familia en la actividad de la Iglesia en el nuevo milenio, 18-I- 2002.
  • —– Familia y procreación humana, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano, 2006.

BIBLIOGRAFÍA SECUNDARIA

La sexualidad humana y la virtud de la castidad

  • JUAN PABLO II, Teología del cuerpo (I. Varón y Mujer, II. La redención del corazón, III.
  • El celibato apostólico, IV. Matrimonio, amor y fecundidad), Palabra, Madrid 1995-1998.
  • APARISI, Á., Varón y mujer, complementarios, Palabra, Madrid 2007.
  • CAFFARRA, C., Sexualidad a la luz de la antropología y de la Biblia, Rialp, Madrid 2002.
  • GRANADOS L., «A imagen de Dios» (Gén 1,27), en LARRÚ RAMOS, J. DE D. (ed.), La grandeza del amor humano: comentario al documento “La verdad del amor humano, orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar”, BAC, Madrid 2013, pp. 53-76.
  • IBÁÑEZ LANGLOIS, J. M., Sexualidad, Amor, Santa Pureza, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile 2006.
  • LÓPEZ MORATALLA, N., Cerebro de mujer y cerebro de varón, Rialp, Madrid 2007.
  • RODRÍGUEZ LUÑO, A. – LÓPEZ MONDEJAR R., Los valores personales de la sexualidad y de la trasmisión de la vida humana[7].

La ideología de género

  • AA. VV., Mujer y varón: ¿misterio o autoconstrucción?, Universidad Francisco de Vitoria, CEU, Universidad Católica San Antonio, Madrid 2008.
  • LACALLE NORIEGA M., Género y persona. La disolución del sujeto, en LARRÚ RAMOS, J. DE D. (ed.), La grandeza del amor humano: comentario al documento “La verdad del amor humano, orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar”, BAC, Madrid 2013, pp. 149-170.

El matrimonio y el amor conyugal

  • CONTRERAS, F.J., La desinstitucionalización del matrimonio y sus consecuencias, en LARRÚ RAMOS, J. DE D. (ed.), La grandeza del amor humano: comentario al documento “La verdad del amor humano, orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar”, BAC, Madrid 2013, pp.171-194.
  • GRANADOS, J., Una sola carne (Gén 2,24): el lenguaje de la unión conyugal, en LARRÚ RAMOS, J. DE D. (ed.), La grandeza del amor humano: comentario al documento “La verdad del amor humano, orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar”, BAC, Madrid 2013, pp. 99-124. HERVADA, J., Diálogos sobre el amor y el matrimonio, EUNSA, Pamplona 2007.
  • RODRÍGUEZ LUÑO, A., Amor conyugal e institución del matrimonio, en LARRÚ RAMOS, J. DE D. (ed.), La grandeza del amor humano: comentario al documento “La verdad del amor humano, orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar”, BAC, Madrid 2013, pp. 249-264.

El matrimonio y la familia

  • CRUZ CRUZ, J. (ed.), Metafísica de la familia, EUNSA, Pamplona 1995.
  • D’AGOSTINO, F., Filosofía de la familia, Rialp, Madrid 2006.
  • FRANCESCHI, H. – CARRERAS, J., Antropología jurídica de la sexualidad. Fundamentos para un derecho de Familia, CEFT-SEA, Caracas 2000.

La misión propia de los cónyuges

  • BERNAL, A. (ed.), La familia como ámbito educativo, Rialp, Madrid 2005.
  • CASTILLO, G., La realización personal en el ámbito familiar, EUNSA, Pamplona 2009. SORIA, J. L., La paternidad responsable, Rialp, Madrid 1980.

Familia y bien común

  • BLANCO, B., Políticas familiares justas y adecuadas, en LARRÚ RAMOS, J. DE D. (ed.), La grandeza del amor humano: comentario al documento “La verdad del amor humano, orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar”, BAC, Madrid 2013, pp.323-346.
  • CAFFARRA, C., Famiglia e bene comune, Pontificio Istituto Giovanni Paolo II per Studi su Matrimonio e Famiglia. Apertura anno Accademico 2006-2007, 24 ottobre 2006[8].
  • —– Il valore del matrimonio e della famiglia nella proposta cristiana: la sua rilevanza civile, Relazione conclusiva al convegno Matrimonio e stabilità della famiglia. Un valore per la società? Istituzioni pubbliche e realtà associative a confronto su tematiche riguardanti la famiglia, 24 febbraio 2006 [9].
  • COLOM, E., El Estado y la promoción de la familia, en «Familia et Vita» II (1997/3) 8595[10].
  • DONATI, P., La familia: il genoma che fa vivere la società, Rubbettino, Soveria
  • Mannelli (CZ) 2013; La familia como raíz de la sociedad, BAC, Madrid 2013.
  • MARTÍN LÓPEZ, E., Familia y Sociedad, Rialp, Madrid 2000.
  • ORTIZ, E., Bien común, matrimonio y familia, en LARRÚ RAMOS, J. DE D. (ed.), La grandeza del amor humano: comentario al documento “La verdad del amor humano, orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar”, BAC, Madrid 2013, pp. 279-292.

Valoración ético-política de la legalización del divorcio, uniones de hecho y uniones entre personas del mismo sexo

  • RODRÍGUEZ LUÑO, A., Il riconoscimento legale delle unioni omosessuali: profili eticopolitici, 2003[11].

Cuestiones pastorales

  • DE PAOLIS, V., Los divorciados vueltos a casar y los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, en DODARO, R. (ed.), Permanecer en la verdad de Cristo.
  • Matrimonio y comunión en la Iglesia Católica, Ediciones cristiandad, Madrid 2014, pp. 195-226.
  • MIRALLES, A., Aspectos teológicos a considerar en la pastoral de los divorciados vueltos a casar, en «Familia et Vita» II (1997/2) 38-55.
  • MÜLLER, G.L., Testimonio a favor de la fuerza de la gracia: Sobre la indisolubilidad del matrimonio y el debate acerca de los divorciados vueltos a casar y los sacramentos, en DODARO, R., Permanecer en la verdad de Cristo. Matrimonio y comunión en la Iglesia Católica, Ediciones cristiandad, Madrid 2014, pp. 163180.
  • PÉREZ-SOBA, J.J., La pastoral familiar: entre programaciones pastorales y generación de una vida, BAC, Madrid 2014.

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Notas y referencias de internet

Written by rsanzcarrera

julio 7, 2015 at 2:45 pm

Cerebro y diferencias sexuales mujer-varón, J. Manuel Giménez Amaya

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INTRODUCCIÓN

La lectura atenta de la historia de los pueblos múltiples veces atestigua la proverbial capacidad de la mujer para demostrar una extraordinaria perseverancia en la adversidad y en las calamidades que rodean cualquier situación límite, y también para mantener, en semejantes circunstancias, una mirada de esperanza hacia el futuro, valorando en su más alto grado toda vida humana. Tal vez estas afirmaciones no parezcan especialmente novedosas, pues si echamos un nuevo vistazo a la historia de la humanidad, pero cambiando ahora nuestro punto de vista hacia el de los varones, no cabe ninguna duda de que también pueden realizarse valoraciones singulares a favor de este otro sexo.

Lo que sí parece claro es que al comprobar estos hechos en profundidad y establecer patrones de comparación entre los sexos, uno se pregunta intrigado dónde radicará esa discrepancia que separa las actuaciones de la mujer con respecto a las del varón, cuya forma de actuar también se aleja de la mujer por sus particulares características conductuales. Muchas veces se ha hablado de diferencias genéticas, psicológicas o  culturales, pero con el gran desarrollo de las ciencias que exploran el sistema nervioso en los últimos años, muchos neurocientíficos han tornado a investigar si, en verdad, el cerebro de las mujeres y el de los varones presenta características que lo distinguen y que pudieran justificar conductas y acciones diferentes. En caso afirmativo, la gran pregunta que surge casi espontánea se podría enunciar de la siguiente manera: ¿cuál sería la base biológica de fondo que estaría detrás de esos cambios cerebrales?

Estas líneas pretenden hacer un breve resumen divulgativo sobre la neurobiología de las diferencias sexuales entre la mujer y el varón, con la intención de resaltar como hilo conductor aquellos aspectos científicos más relevantes que están surgiendo en los últimos años dentro de la neurociencia acerca de una cuestión de tanta trascendencia. No se pretende, por tanto, ser exhaustivo, ni explicar detalladamente este tema en todas sus dimensiones. Existen importantes trabajos científicos y monografías dedicados a este ámbito de la neurobiología, que el lector puede consultar para profundizar más en un campo neurocientífico que ha experimentado un considerable crecimiento en los últimos años (consultar la bibliografía actualizada de Arnold, 2004; Korol, 2004; Shah et al., 2004; Becker et al., 2005; CahilI, 2006, y el reciente libro de López Moratalla, 2007).

Lamentablemente, todo este tema se ha visto viciado al saltar a la opinión pública, por las amplias connotaciones políticas o sociales que lo acompañan en el mundo actual (Giménez Amaya, 2006). Es un asunto que, indudablemente, ha generado y está generando un «ruido» de fondo, visceral y poco ilustrado, que quizá necesita de una mayor cordura científica en su conjunto. Y la neurociencia puede realizar una gran aportación que ayude a enfocar algunas cuestiones relacionadas con este debate. El texto que aquí se presenta tiene como fin contribuir a destacar algunas de las bases científicas que señalan la existencia de diferencias cerebrales entre la mujer y el varón. Y es en este clima científico donde deberían evaluar- se afirmaciones de corte sesgado que se vierten sin fundamento en muchos terrenos de la vida cultural y social, y que hablan de una igualdad biológica sin paliativos; o que la reducen a un grado mínimo sin ninguna repercusión sobre nuestras vidas, lo que, en definitiva, no obligaría a tenerlas en cuenta.

Por ello, en los apartados siguientes se acomete la tarea de dar noticia en torno a algunos de los descubrimientos científicos que aportan datos sobre la existencia de diferencias estructurales y funcionales en el sistema nervioso central entre las mujeres y los varones. En la descripción experimental se ha intentado emplear un lenguaje interdisciplinar que permita una mayor difusión y entendimiento, aunque no ha podido evitarse el uso de todos los términos necesarios para explicar las diversas investigaciones. Sin embargo, y tal como quedó indicado de un modo más general en párrafos anteriores, se han realizado apuntes bibliográficos que contienen artículos importantes sobre algún aspecto concreto relacionado con este tema, a donde también puede dirigirse cualquier lector que desee examinar con mayor profundidad una determinada cuestión particular.

No se debe olvidar que muchas de las aportaciones más recientes sobre las diferencias sexuales en el cerebro se han llevado a cabo utilizando las modernas técnicas de imagen cerebral (neuroimagen), que precisan un conocimiento adecuado para su correcta valoración e interpretación. Sin este conocimiento se puede entrar en debates que están contaminados de raíz porque los datos obtenidos con estas potentes técnicas neurocientíficas exigen su estudio en el contexto adecuado y su interpretación correcta de acuerdo con la metodología que los ha producido.

En esta línea de razonamiento, y a modo de ejemplo, se puede decir que cuando analizamos los resultados logrados con imágenes de resonancia magnética funcional, que tal vez  sea la técnica de neuroimagen más poderosa que poseemos en la actualidad para observar científicamente el funcionamiento de nuestro cerebro, debe recordarse que las imágenes de activación o desactivación cerebral obtenidas ante determinadas pruebas sensoriales o motoras, o tras la aplicación de complejos test psicológicos a los sujetos examinados, reflejan un análisis sofisticado que se basa en varianzas probabilísticas y no en acciones causales directas. Aunque puede sonar un tanto oscuro todo lo que se acaba de indicar, el mensaje sencillo que debe entender el lector es que hay que estudiar y analizar muy detenidamente los experimentos realizados con esas técnicas para llegar a conclusiones certeras y útiles.

En definitiva, y como resumen de todo lo dicho en esta introducción, el artículo que ahora comenzamos pretende señalar con brevedad algunas consideraciones que ilustren cómo la perspectiva de la complementariedad entre los dos sexos también emerge con inusitada claridad desde el punto de vista neurobiológico a la hora de abordar científicamente este aspecto concreto en el amplio espectro de la ciencia neural.

¿HAY BASES CIENTÍFICAS PARA BUSCAR DIFERENCIAS CEREBRALES ENTRE LA MUJER  Y EL VARÓN?

En un artículo ya clásico sobre las diferencias sexuales en la organización cerebral, que apareció en un número monográfico dedicado al estudio del cerebro por la revista de divulgación científicaScientific American, y en la traducción posterior de su edición española publicado en la revistaInvestigación y Ciencia, la profesora Doreen Kimura, de la Universidad de Western Ontario en Canadá, terminaba su trabajo diciendo que, con referencia a la organización cerebral en las mujeres y en los varones, «el hallazgo de diferencias de origen sexual coherentes y, en algunos casos, muy sustanciales, sugiere que hombres y mujeres pueden tener distintos intereses y capacidades ocupacionales, con independencia de las influencias de la sociedad. Por ejemplo, yo no esperaría que hombres y mujeres hubieran de estar necesariamente representados de forma paritaria en actividades o profesiones que resaltan las habilidades espaciales o matemáticas, como la ingeniería o la física, y sí podría esperar que participaran más mujeres en los campos del diagnóstico médico, donde reviste suma importancia la fineza perceptiva. Así, aunque cualquier individuo dado pueda tener la capacidad de situarse en un campo «atípico”, las proporciones de uno y otro sexo, en conjunto, admiten variación» (Kimura, 1992).

Llama la atención la claridad con que muchos de los principales neurocientíficos que han analizado las diferencias sexuales en el sistema nervioso central resaltan la existencia, de hecho, de estas distinciones. Y ello ha ayudado enormemente a ver estas diferencias en un contexto de complementariedad entre los sexos más que en una lucha antagónica entre ellos o en reivindicaciones culturales no superadas.

Desde el punto de vista de la neurociencia, los trabajos de Kimura recogían ya una tradición de estudio que se inició de alguna manera en el año 1966 cuando Seymour Levine publicara enScientifrc American su célebre estudio sobre las diferencias sexuales en el cerebro (Levine, 1966). Desde entonces los neurocientíficos han hecho descubrimientos que sustancian de manera nítida esas diferencias. Hay que reconocer que tales investigaciones no han estado exentas de polémica, por sus amplias implicaciones humanas y sociales; aunque también es verdad que nunca se tomaron seriamente las ideas de superioridad de un cerebro masculino sobre otro femenino, o incluso de igualdad plena y llana, de forma especial con la llegada de la neurociencia como disciplina enteramente multidisciplinar. El ejemplo que señalaba Nolte en el año 2002, resulta muy significativo (Nolte, 2002). Relata este autor que la idea de que el cerebro femenino era más pequeño – y por lo tanto, estaba dotado de un menor número de neuronas y de células de la glía-, lo que llevaría a que las mujeres tuvieran una menor capacidad cerebral, nunca se tuvo en cuenta de manera seria. Esto es verdad en términos estadísticos, pero también lo es -sensu contrario- que las mujeres tienden a perder menos neuronas a lo largo de su vida, y que, funcionalmente, pueden realizar tareas cognitivas con mayor habilidad que los varones, especialmente aquellas que requieren un entorno emocional o afectivo (Nolte, 2002).

Aunque los trabajos de Kimura fueron revolucionarios para demostrar las diferencias cerebrales entre los sexos, se puede decir que este aspecto de la neurociencia moderna ha dado un salto muy grande durante los últimos 5-10 años. De hecho, hemos podido comprobar que tanto en los animales como en el hombre, las influencias sexuales afectan a muchas áreas del cerebro y de la conducta, como es el caso de la emoción, la memoria, la organización sensorial de la visión y de la audición, la percepción del dolor, la organización espacial y del movimiento, los niveles de sustancias utilizadas como neurotransmisores, o la acción de las hormonas de estrés sobre el sistema nervioso normal y patológico (Kimura, 1992; CahiI, 2006; López Moratalla, 2007).

En concreto, también hoy sabemos muy a fondo que, entre otras, existen variaciones notables cuando se estudian las habilidades motoras, verbales o espaciales en mujeres o en varones. Por ejemplo, las mujeres realizan mejor aquellas tareas que exigen coordinación de movimientos, tienen una mayor fluidez verbal y capacidad de deletrear, y memorizan las listas de palabras con una eficacia superior. En cambio, responden peor a las pruebas motoras que precisan buena puntería o, cuando se explora la capacidad espacial, tienen más problemas de orientación, percepción o visualización del entorno. Además las mujeres usan distintas regiones del cerebro para procesar y almacenar la memoria a largo plazo. Asimismo, recientemente se han detectado importantes diferencias sexuales en la elaboración de la información por el complejo amigdalino, estructura del cerebro muy implicada en la integración de las emociones, y que detallaremos en el tercer apartado de este capítulo (Cahill, 2006).

Como ya se indicó de forma somera en la introducción, la llegada al campo neurocientífico de las modernas técnicas de imagen cerebral, como la tomografía por emisión de positrones (PET, según sus siglas en inglés) y la resonancia magnética (Mifi) estructural y sobre todo funcional (FMRI), no han hecho más que aumentar exponencialmente la sensación de que, en verdad, nuestro cerebro está organizado según una regulación sexual diferenciada, y que se pueden poner de manifiesto estas distinciones, que cada vez cobran mayor claridad y que afectan a una mayor cantidad de funciones de nuestro sistema nervioso central.

Larry Cahill, al que ya hemos citado a lo largo de este trabajo en varias ocasiones, es una de las autoridades más reconocidas en el estudio cerebral de las diferencias sexuales mujer-varón. Profesor del Departamento de Neurobiología y Conducta de la prestigiosa Universidad de California en Irvine, son ya clásicos sus estudios de neuroimagen demostrando que mujeres y varones usan diferentes regiones del cerebro para procesar y almacenar la memoria a largo plazo, o que un fármaco, el propranolol, interfiere con esta facultad de manera diferenciada en cada sexo (véase la bibliografía en Cahili, 2006). En definitiva, sus investigaciones han contribuido poderosamente a otorgar el relieve correspondiente a tales desigualdades para aplicarlas en campos decisivos como la pedagogía o la sociología; o, también, en el tratamiento de diversas enfermedades (Cahill, 2006; Giménez Amaya, 2006).

Con todos estos datos a la vista, además conviene señalar que en los últimos años el debate neurocientífico se dirige por   otros caminos. En la actualidad, un nutrido grupo de investigadores cerebrales buscan con tesón diferencias estructurales, bioquímicas o funcionales en distintas partes del sistema nervioso con el fin de aclarar en profundidad, por ejemplo, la causa de que algunas patologías puedan presentar una marcada preferencia por uno de los sexos, como es el caso de la depresión o el síndrome del colon irritable, dos procesos de aparición más frecuente en la mujer que en el varón.

En un ya clásico artículo del profesor Cahill publicado en la prestigiosa revista Nature Reviews Neuroscience de junio de 2006, se señalaban algunos conceptos erróneos utilizados al analizar la neurobiología de las diferencias sexuales desde la perspectiva neurocientífica. Se dice que éstas son pequeñas y poco fiables, y que las desigualdades que se ven entre los sexos representan casos extremos, nunca una regla general. Además, se índica que las desigualdades existentes dentro de un mismo sexo son mayores que las que separan a la mujer del varón. También se ha sugerido que las diferencias quedarían explicadas en su integridad por la acción de las hormonas sexuales, especialmente los estrógenos. Finalmente, se entiende que si una determinada conducta es equivalente en los dos sexos, los mecanismos nerviosos implicados en su producción y organización deben ser idénticos.

Cahill afirma no tener confirmación científica de muchas de estas hipótesis y, además, indica que los resultados que se van obteniendo gracias a los estudios aportados por la neurociencia cognitiva, apoyan más bien la idea de que las diferencias son mucho más complejas y rehúyen todo análisis simplista sobre una teórica «igualdad cerebral de género». Dos ejemplos concretos lo prueban. En primer lugar, algunos trabajos señalan la gran entidad que asumen los mecanismos genéticos en el establecimiento de estas diferencias, independientemente de las hormonas circulantes. En segundo lugar, cada día son más numerosas las investigaciones neurocognitivas que reflejan distinciones sexuales importantes en la actividad neuronal, pero carentes de cualquier repercusión sobre la conducta en la mujer o en el varón.

Por lo tanto, pensamos que la respuesta a la pregunta que se enunciaba al comienzo de este apartado es afirmativa. En el siguiente epígrafe describiremos algunos de los hallazgos científicos que fundamentan nuestra contestación y, finalmente, estableceremos unas conclusiones a partir de nuestro estudio.

 NEUROBIOLOGÍA DE LAS DIFERENCIAS SEXUALES MUJER-VARÓN

Pienso que el relato detallado de todos los trabajos que han encontrado diferencias en la estructura o en la función cerebral entre la mujer y el varón se escaparía de la finalidad de este artículo. Por otra parte, como ya se ha indicado previamente, existen excelentes monografías y trabajos de revisión que se deberían consultar con detenimiento para adquirir una visión completa sobre todo ello. En este apartado, sin embargo, pretendo dar unos ejemplos que me parecen significativos sobre algunos dimorfismos estructurales, funcionales o neuroquímicos en el sistema nervioso central.

Existen diferencias sexuales en muchas de las regiones telencefálicas del sistema nervioso que se han estudiado. Y entre ellas también podríamos incluir zonas consideradas «cognitivas» tales como el hipocampo, el complejo amigdalino y amplias regiones de la neocorteza (Juraska, 1991). Las diferencias sexuales en el sistema nervioso central pueden ser igualmente de naturaleza más global. Por ejemplo, amplias áreas de la sustancia gris de la corteza cerebral tienen un grosor relativamente mayor en las mujeres que en los varones (Luders et al., 2006). Las proporciones entre sustancia gris y sustancia blanca también varían considerablemente entre los dos sexos en las distintas regiones de la corteza cerebral humana (Allen  et al, 2003). Muchas veces las diferencias resultan evidentes en la propia estructura anatómica, pero sí en alguna de sus dimensiones funcionales. Por ejemplo, una región del sistema nervioso central puede diferir sexualmente en aspectos relacionados con sus neurotransmisores, o bien en su respuesta genética o metabólica a la experiencia. Asimismo, las nuevas alternativas metodológicas (como es el caso de los ratones modificados genéticamente o los análisis morfométricos de los datos obtenidos con las técnicas de neuroimagen humana y basados en vóxeles) están ofreciendo nuevos dimorfismos sexuales que no se habían manifestado previamente (Shah et al., 2004; Bielsky et al., 2005; Mecheffi et al., 2005;Cahill, 2006). Y todo ello podría significar que tan sólo podemos ver una fracción aún pequeña de todas las posibles diferencias sexuales en el cerebro entre la mujer y el varón.

A modo de ejemplo, y tomándolas como modelo de dimorfismo desde el punto de vista estructural y funcional, nos fijaremos a continuación en dos regiones situadas en el lóbulo temporal de los hemisferios cerebrales: la formación del hipocampo y el complejo amigdalino.

El hipocampo es una región cerebral plenamente implicada en los procesos de aprendizaje y memoria (Nolte, 2002, Baars y Gage, 2007; Haines, 2008). Su dimorfismo sexual afecta a su estructura neuroanatómica, su configuración neuroquímica y su reactividad ante situaciones de estrés o de sobrecarga emocional (Madeira y Lieberman, 1995). El volumen del hipocampo es, por regla general, mayor en la mujer que en el varón, una vez realizadas las correcciones oportunas para compensar el tamaño total del cerebro (Goldstein et al., 2001). En el animal de experimentación, también se han visto otras muchas diferencias sexuales, como por ejemplo, la mayor abundancia de células piramidales en determinadas zonas hipocampales de los animales machos, o variaciones en muchos de los sistemas funcionales de neurotransmisión (por ejemplo, en el caso de las siguientes sustancias: noradrenalina, serotonina, acetilcolina, corticosterona, benzodiazepina y colecistocinina) (Madeira y Lieberman, 1995; Cahifi, 2006). También en los animales se ha visto que el sexo influye en el cometido desempeñado por el hipocampo para el aprendizaje, especialmente en las situaciones de estrés agudo y crónico (McEwen, 2000; Shors, 2002; Cahill, 2006). Precisamente con respecto a esto último, las diferencias sexuales del hipocampo también han sido detectadas en el hombre (Shors, 2002; Jackson et al., 2005).

Otra estructura claramente dimórfica desde el punto de vista sexual es el complejo amigdalino, cuya relevancia en la organización del cerebro parece cada vez mayor por su posición nodal en la estructuración del sistema límbico, que se encarga de procesar las emociones y de asociarlas a los procesos cognitivos y motivacionales (Cahifi, 2006; Baars y Gage, 2007; Ledo-Varela et al., 2007; Haines, 2008). Por ejemplo, según un estudio publicado en el año 2004 que me parece muy significativo señalar aquí, Cahill y colaboradores han puesto de manifiesto que existen diferencias sexuales en la relación entre la actividad del complejo amigdalino y la memoria durante las experiencias emocionales. Así, han visto una participación más destacada del complejo amigdalino izquierdo en la memoria emocional (por regla general, imágenes visuales) de las mujeres. En cambio, en los varones puede observarse lo contrario (predominio del complejo amigdalino derecho) (Cahill et al., 2004; Cahill, 2006). Esto mismo también ha sido confirmado en el animal de experimentación mediante la estimulación de los complejos amigdalinos, al observarse que el derecho modula el almacenamiento de la memoria en ratas macho (Lalumiere y McGaugh, 2005).

En cuanto a las diferencias sexuales entre la mujer y el varón con respecto a la organización neuroquímica del sistema nervioso, también podríamos señalar algunos dimorfismos.

Antes ya nos referimos a varios de los sistemas de neurotransmisores afectados en estas diferencias. En un estudio preliminar ya clásico de la década de los 70, Robinson y su equipo encontraron diferencias sexuales en el contenido de monoaminas, con una concentración considerablemente más alta de monoaminooxidasa en varias regiones cerebrales de la mujer (Robinson et al., 1977). En el año 2005, Curtis y colaboradores han podido observar en el animal de experimentación que la hormona liberadora de corticotropinas activa con mucha mayor potencia en las ratas hembra las neuronas
una región específica del tronco del encéfalo, denomina locus coeruleus, con relación a una situación de sobrecarga emocional o de estrés (Curtis et al.,2005).

Otros dos ejemplos característicos de dimorfismo sexual en el cerebro humano tienen relación con los sistemas serotininérgico y opiáceo.  Con respecto al primero, las diferencias atañen a la velocidad de síntesis de la serotonina en las personas san las concentraciones de sus metabolitos en tejido necrópsico y el número de células que contiene el núcleo del rafe en el tronco del encéfalo (las referencias bibliográficas de todos estos trabajos pueden consultarse en Cahill, 2006). Los péptidos opioides también presentan un dimorfismo sexual. Se han podido detectar diferencias en su eficacia analgésica y, utilizando técnicas de neuroimagen, se han señalado variaciones sexuales en la unión de los opioides a sus receptores respectivos en diversas regiones cerebrales, como es el caso del complejo amigdalino y el tálamo (Zubieta et al., 1999; Craft, 2003).

Conviene decir también que existen diferencias dimórficas entre la mujer y el varón con respecto a enfermedades neurológicas y psiquiátricas, que afectan a su naturaleza y a su incidencia. Entre ellas destacamos las siguientes: enfermedad de Alzheimer, trastorno por estrés postraumático y otros trastornos de la ansiedad, esquizofrenia, accidente cerebrovascular, esclerosis múltiple, autismo, patología adictiva, fibromialgia, trastorno por déficit de atención, colon irritable, síndrome de Gules de la Tourette o los trastornos alimentarios (Klein y Corwin, 2002; Shors, 2002; Hines, 2004; CahilI, 2006).

Finalmente, y como un ejemplo de lo señalado en el párrafo anterior a propósito de la patología, los casos clínicos proporcionan otro método de estudio muy valioso para abordar el problema del dimorfismo sexual entre las mujeres y los varones. Así, los varones son más propensos a sufrir una afasia (deterioro de la capacidad de comprensión y/o producción del lenguaje, a raíz de un daño en las áreas del lenguaje situadas en la corteza cerebral o en las interconexiones de dichas regiones corticales) después de una lesión en el hemisferio izquierdo (Purves et al., 2007). Ello también ha hecho pensar a varios autores que el lenguaje se encuentra representado en la corteza cerebral de forma diferente en los varones y en las mujeres (Harasty et al., 1997; Purves et al., 2007).

La profesora Doreen Kimura (Kimura, 1992, y véase también Kimura, 1996) ha analizado las funciones cerebrales relacionadas con el lenguaje de manera muy extensa. Para ello, esta investigadora las ha estudiado en pacientes diestros con una lesión unilateral en la corteza cerebral izquierda (la función del lenguaje está lateralizada en la corteza cerebral; para los individuos diestros, suele localizarse en el hemisferio izquierdo). Ella encontró que las mujeres eran más propensas a sufrir afasias si el daño cortical se restringía a las porciones anteriores del hemisferio cerebral izquierdo, mientras que los varones presentaban afasias con mayor frecuencia si la lesión cerebral se localizaba en una región más posterior de la corteza cerebral. Kimura concluía que las áreas corticales relacionadas con el lenguaje tienden a ocupar una posición más anterior en el cerebro de las mujeres que en el de los varones y, quizá por ello, serían menos susceptibles de sufrir un daño en los accidentes cerebrovasculares, dada la afectación menos  frecuente de esta región.

 CONCLUSIONES

Todo lo expuesto hasta aquí, vuelve a llevarnos hacia la idea con la que iniciamos este breve ensayo dedicado a realizar algunas consideraciones sobre los fundamentos neurobiológicos de la diferenciación entre la mujer y el varón. Se puede decir con claridad que, en efecto, existen diferencias cerebrales morfofuncionales en la constitución del sistema nervioso central de la mujer y del varón. Y además, es importante saber que desde muchos puntos de vista, estas diferencias no deberían ignorarse.

Los estudios neurocientíficos están dejando cada vez más claro que la diferencia entre la mujer y el varón no sólo es manifiesta en los atributos físicos y en su función reproductora, sino que también aparece, por ejemplo, en la manera como los dos sexos resuelven problemas de índole cognitiva o establecen patrones de comunicación a través del lenguaje. Brevemente, se puede decir que el dimorfismo sexual ha podido demostrarse en el ser humano por múltiples parámetros anatómicos, fisiológicos y psicológicos, y este dimorfismo está moldeado por influencias internas (genéticas y endocrinas) y externas (psicosociales y ambientales) (Harasty et al., 1997). También es importante señalar que, aunque durante los últimos años se ha insistido en que estas diferencias entre las capacidades cognitivas de la mujer y del varón son pequeñas, la realidad parece indicar que las hormonas sexuales condicionan la organización del sistema nervioso central desde los primeros estadios del desarrollo del individuo. De todos modos, aunque todo indica que esta disparidad de partida existe, todavía no se han conseguido evaluar con absoluta precisión los efectos que tienen, por ejemplo, la experiencia y el entorno externo sobre el desarrollo del cerebro de la mujer y del varón.

Pero también debemos señalar que nos enfrentamos a un asunto que plantea muchos más interrogantes de los que parecía en un primer análisis superficial. Además de las implicaciones patológicas, pedagógicas, laborales o sociales de estas investigaciones, se podría decir, con palabras de un estudio de la sección médica de la National Academy of Sciences de los Estados Unidos, que «(…) el sexo importa. Importa desde perspectivas que no esperábamos. Y, sin duda, importará de manera que todavía no somos capaces de imaginar». En mi opinión, las diferencias sexuales en el cerebro destacan de forma muy sugerente el aspecto complementario que está presente en el designio vivencial de la mujer y del varón en nuestra sociedad.

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José Manuel Giménez Amaya. Doctor en Medicina y Cirugía.
Catedrático de Anatomía y Embriología de la Universidad Autónoma de Madrid

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julio 7, 2015 at 2:45 pm

Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus

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En este post lo dedicaremos a hacer un estudio de las relaciones de pareja, atendiendo a la diversidad psicológica y estructural entre el hombre y la mujer. De algún modo esta en relación con algo que estudiamos en el post: “iguales pero diferentes”. Allí veíamos las diferencias de maduración y estructurales que desde la infancia (incluso ya desde el desarrollo embrionario) existe entre los sexos. Aquí veremos las diferencias en los adultos.

Los textos están sacados en su mayoría de un libro de Jonh Gray: “Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus” que lleva por subtítulo: “Una guía práctica para mejorar la comunicación y obtener lo que desea de su pareja”. Muchos enlaces van redirigidos a otro blog (si os ocasiona alguna molestia me lo decís y lo adapto).

Espero que os sirva este trabajo, a mi me ha servido y de mucho. Empezamos:

A modo de Introducción:

El estudio de las diferencias:

Algunas cuestiones prácticas:

  • 9. Cómo evitar las discusiones
  • 10. Cómo conseguir puntos
  • 11. Cómo comunicar los sentimientos difíciles
  • 12. Cómo pedir apoyo
  • 13. Cómo mantener viva la magia del amor

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abril 13, 2009 at 4:51 pm

Publicado en Familia

Iguales pero diferentes: La precocidad verbal femenina

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El desarrollo cognitivo del varón es más lento en ciertos tramos de edad en relación, sobre todo, con las habilidades lingüísticas. El psiquiatra Jay Giedd, uno de los mayores expertos sobre el crecimiento del cerebro en los niños del Instituto Nacional de Salud de Washington, ha demostrado que la parte del cerebro destinada a tales habilidades, el hemisferio izquierdo, adquiere en las mujeres la madurez mucho antes que en el varón. La región de Wernicke, la parte del cerebro que coordina la función lingüística, es un 30% más pequeña en los hombres que en las mujeres. Y esta diferencia permanece hasta aproximadamente los treinta años, edad en la que alcanzan idéntico nivel de madurez. Y esto con total independencia de la cultura o raza. A los 20 meses de nacer las chicas tienen en su vocabulario casi el triple de palabras que los niños. Del segundo al quinto año de vida, las niñas superaban siempre a los niños en muchos aspectos del lenguaje. Estos, al final, las igualan en vocabulario pero no en velocidad.

En la misma línea, los neurocientíficos, Reuwen y Anat Achiron, mostraron cómo la parte dedicada a las destrezas verbales de una niña de cuatro años equivale en madurez a la de un varón de seis. Por esto, en cuanto empiezan a hablar articulan mejor las palabras; crean frases más largas y complejas; hablan más y con mayor fluidez. En el colegio, escriben antes y con mayor perfección; adquieren un mayor vocabulario y leen con más facilidad que los niños de su misma edad (Business Weeck, How the educational system bombs out for boys?). El cerebro femenino goza además de un mayor número de conexiones entre el hemisferio cerebral izquierdo y la parte del cerebro responsable de los sentimientos y la emotividad. Por ello, al hablar o escribir, las niñas añaden más detalles y calificativos, resultando sus descripciones mucho más plásticas y expresivas que las de los niños de su misma edad (Michael Gurian, en Learning and Gender; American School Borrad Journal).

Las ciencias cerebrales han demostrado que además la coordinación precisa de los dedos progresa más lentamente en los niños que en las niñas (Sarah-Jayne Blakemore, Uta Frith). Desde los tres años, mientras los muchachos controlan mejor la musculatura axial, es decir, la que está más cerca del tronco, como la que se utiliza para lanzar lejos objetos, las niñas controlan mejor la musculatura distal. El origen de estas diferencias se encuentra en nuestros antepasados. Hace miles de años, una de las habilidades más apreciadas entre los hombres era su capacidad para acertar al lanzar un objeto para cazar o defenderse, mientras las mujeres se dedicaban al entrelazando mimbres, recolectar pequeños frutos, tejiendo o metiendo cuentas de collares en finas ramas, destacando en labores de psicomotricidad fina (cfr. Doreen Kimura, en Sexo y capacidades mentales).

El hecho de que las niñas vayan por delante en destrezas verbales y en habilidades lingüísticas, en infantil y primaria tiene una enorme trascendencia. En estas etapas escolares las asignaturas más importantes y en las que se pone un mayor énfasis son precisamente las relacionadas con la lengua: lectura y escritura. Ignorar el ritmo más lento del varón y exigirle estar al mismo nivel que las niñas en estas materias es injusto, supone una enorme incomprensión para los muchachos y puede acabar provocando que estos, al no poder alcanzar el ritmo más precoz de sus compañeras, reduzcan su nivel de aspiraciones, se sientan frustrados, y decidan que estudiar es «cosa de chicas».

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enero 26, 2009 at 1:14 pm

Publicado en Familia, padres hijos

¿Niños malos; niñas buenas? Diferencias en el comportamiento

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Hasta ahora hemos podido comprobar cómo los niños y las niñas tienen una diferente estructura cerebral afectada por la influencia de distintas hormonas, lo que condiciona sus ritmos de maduración, así como sus formas de aprender, abstracción hecha de las múltiples diferencias que exteriorizan asimismo en sus juegos, relaciones, amistades, afectividad o sexualidad. Pero existe otra diferencia fundamental a tener muy en cuenta: el comportamiento…

Estudios diversos, investigaciones y estadísticas (de psicología, psiquiatría, neurología, pedagogía y antropología) demuestran cómo, a igual edad, los chicos son más impulsivos e inquietos; menos ordenados; se concentran menos; encuentran mayores dificultades para expresar sus sentimientos; se quedan atrás en destrezas verbales; muchos tienen problemas de disciplina; muchos sobresalen en agresividad, nivel de aspiraciones e inadaptación escolar.

Una investigación desarrollada por la universidad de Vermont, en 1997, en la que se estudiaron las reacciones y comportamientos de niños de doce países diferentes (con niveles de renta muy distintos para que el factor económico no fuera un elemento determinante del resultado) concluyó que los muchachos, como regla general, tienden más a pelearse, decir palabrotas, tener rabietas e insultar; concluyendo que un niño, por ejemplo, español, tiene mucho más en común con otros niños chinos o africanos que con su propia hermana.

Nuevamente la testosterona es la responsable de este comportamiento masculino, pues, entre otras cosas, favorece e impulsa el desarrollo muscular de los chicos. Esto hace que los varones sientan la necesidad casi irresistible de moverse como un efecto reflejo a esos profundos cambios interiores que están experimentando. Este fenómeno no se da en las niñas con tal intensidad pues no se ven afectadas en cantidades tan elevadas por la testosterona, siendo por ello, más disciplinadas, obedientes y, en general, tranquilas.

Los niños suelen mostrar en clase y en casa un comportamiento dominante en cuanto al espacio que ocupan. La razón se encuentra en que aprenden conforme a los parámetros espaciales de su cerebro. Muchas veces, sin darse cuenta, invaden el espacio de sus compañeros, lo que provoca conflictos y problemas. Como afirma Michael Gurian, «Si los profesores no tienen en cuenta que los chicos necesitan más espacio que las chicas para aprender, inevitablemente estos quedan como unos groseros e incorregibles» (cfr. Una opción por la diversidad). Un excelente lugar para observar este dinamismo masculino y la necesidad de movimiento casi constante, son los patios o recreos de las escuelas. Allí podemos ver cómo se impone una clara “hegemonía masculina”. Los niños «se comen» el recreo con sus juegos. Los partidos de fútbol, el pilla-pilla, policías y ladrones, son juegos que precisan de mucho espacio físico.

La realidad es que las niñas demandan mucho menos espacio en sus juegos, incluso a veces prefieren las esquinas de los patios para formar sus grupitos; allí encuentran la tranquilidad e intimidad necesaria para desarrollar el elemento clave en torno al cual gira su relación de amistad: la conversación… El recreo es importante para las niñas, pero para los niños es esencial. Es el lugar donde pueden por fin «estirar las piernas», saltar, dar patadas a un balón, trepar, correr desenfrenadamente, en definitiva, permitir a sus músculos -que están en pleno desarrollo- y a la testosterona que inunda sus cerebros desahogarse antes de volver a sentarse quietecitos en el pupitre, que se convertirá en auténtica «silla de tortura» si antes no les hemos dado la oportunidad de desarrollar y expresar al máximo sus capacidades físicas en el recreo… Existen estudios psicológicopedagógicos que demuestran cómo los niños necesitarían hasta ocho descansos a lo largo de la jornada escolar para poder estar tranquilos y concentrados en el aula. Mientras que a las niñas les basta con uno.

Se ha demostrado que el ejercicio, al incrementar la capacidad de los glóbulos para absorber oxígeno, mejora no sólo las funciones muscular, pulmonar y cardiaca, sino también la función cerebral. Los niños que hacen cinco minutos de ejercicio antes de ir a clase, rinden más. La actividad física aumenta la producción de serotonina en el cerebro, la cual ejerce un efecto antidepresivo y agudiza las funciones intelectuales.

Joanne Rodkey, directora de la Woodward Avenue Elementary School, considera evidentes estas diferencias cuando, según su experiencia, el primer día de colegio, en una clase mixta de niños y niñas de seis años, éstas se sientan rápidamente en sus pupitres esperando disciplinadas que se les indique lo que tienen que hacer, mientras los varones van de mesa en mesa explorando la habitación, teniendo que ser prácticamente «acorralados» para que tomen asiento.

Nuestros chicos tienen alma de «exploradores». La antropóloga Hellen Fisher nos recuerda cómo hace millones de años y durante otros tantos miles de años la tarea básica y principal de los varones era precisamente la de explorar el entorno, buscando un lugar seguro para todos al abrigo de las fieras y del frío, explorar zonas para cazar, explorar cuevas para dormir lejos de los peligros, explorar, explorar y explorar.

La época de los seis a los doce años significa, desde el punto de vista del desarrollo psicológico, la maduración de los chicos, el desarrollo continuo de la musculatura en los juegos deportivos y el ejercicio del «dominio activo del mundo». Pero nadie parece percatarse de esta necesidad de movimiento de los chicos (Christa Meves en “Las chicas son diferentes y los chicos más”).

Los chicos siempre serán más indisciplinados y violentos ya que les impulsa la testosterona y su cerebro les dirige hacia una «expresión espacial del estrés y tienden a desahogarse físicamente». Por esto necesitan más autoridad, disciplina y atención que las niñas…

Los niños se expresan con mucha más energía y suelen tratar de imponer su criterio por la fuerza física desde que apenas tienen dos años. Esto hace que provoquen en su entorno choques mucho más frecuentes que las chicas. Y por ello suelen estar más expuestos a la censura y al castigo.

Este mayor movimiento de los niños requiere por parte de profesores y padres enormes dosis de comprensión, ya que, si no somos conscientes de las diferencias en su comportamiento con las niñas, más tranquilas, obedientes y disciplinadas, tendemos a «criminalizar» su conducta, considerándolos «malos». Conozco algunos padres que después de haber tenido sólo hijas, cuando por fin llega el deseado varón, quedan perplejos ante su constante actividad, movimiento y dinamismo y al estar acostumbrados a la actitud más tranquila de las niñas, suelen tacharlo de malo o travieso. Esto sucede también con los docentes. La inmensa mayoría del profesorado en infantil y primaria está compuesto por mujeres que a veces no comprenden las actitudes de los chicos, castigándolos con mayor frecuencia que a las niñas, sencillamente por comportarse como chicos.

Por otro lado, para ser realmente justos con los niños, es imprescindible que al hablar de violencia nos estemos refiriendo a actos realmente negativos o dañinos. Muchas veces las mujeres, madres y profesoras, tienden a calificar como violencia actuaciones que no lo son desde el punto de vista masculino (peleas entre amigos, luchas ficticias, juegos de guerra, empujones bromeando). La profesora Barba Wilder-Smith, después de estudiar la conducta de los varones durante un año en la escuela, llegó a la conclusión de que lo que parece violento a algunas mujeres del comportamiento de los muchachos puede ser sin embargo «una valiosa herramienta para el niño, su manera de hacer frente al miedo y la forma de caer en cuenta de su pequeñez dentro del universo»”‘. Esto no significa que no se les deba vigilar y controlar mientras juegan.

También la falta de empatía masculina o la dificultad para interpretar las expresiones faciales tiene mucho que ver con el peor comportamiento de los niños. En un estudio científico se filmó a unos padres en una sala de espera con sus hijos. Los investigadores descubrieron que los padres reprimían mucho más a sus hijos varones que a las niñas. La razón: los niños intentaban tocar con mayor frecuencia lo que estaba prohibido; mientras que las niñas antes de tocar o hacer algo indebido miraban las caras de sus padres buscando en su mirada la desaprobación o aprobación en relación con sus pretensiones. Las niñas además miraban más a menudo a sus padres para captar esas señales y enseguida las decodificaban o interpretaban, en cambio los niños o no las leían o las ignoraban. También comprobaron que el niño no entendía que estaba haciendo algo no permitido hasta que el padre o la madre se lo decían verbalmente 171.

Desde que tienen pocas semanas de vida las niñas estudian cualquier rostro que se les ponga delante, el contacto visual es esencial para ellas. Sin embargo, los varones no tienen los circuitos cerebrales dispuestos para la observación mutua 171. Muchas madres se preocupan cuando comprueban lo poco que sus hijos las miran directamente a los ojos. Prefieren observar los objetos que les rodean con mucha más frecuencia que nuestro rostro. Esta actitud se acentuará aún más en la adolescencia, cuando será toda una hazaña lograr que nuestro hijo nos mantenga la mirada mientras le hablamos.

Por el contrario, las niñas nacen interesadas en la expresión emocional e interpretando las miradas de las personas que les rodean descubren si son queridas, admitidas, admiradas, amadas o molestas, ignoradas, malas o pesadas. Y actúan en consecuencia.

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enero 26, 2009 at 12:52 pm

La violencia física masculina y la violencia psíquica femenina

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Llegada la hora de defenderse o de enfrentarse a alguien, las diferencias en el comportamiento y forma de reaccionar de los niños y las niñas vuelven a aflorar de forma inevitable y muy marcada.La violencia de los niños es, como regla general, una violencia física y es mucho más fácil de despertar que la violencia femenina. Los empujones, patadas y puñetazos son la técnica usualmente utilizada para la resolución de conflictos. Desde que apenas se tienen en pie los varones utilizan la fuerza física para marcar su territorio. En un estudio llevado a cabo por Eleanor Maccoby y Carol Jacklin, en 1973, sobre diferencias entre hombres y mujeres, concluyeron que, por lo general, los chicos se enzarzan más en peleas y agresiones ficticias y reales; se insultan más y toman represalias más rápidamente cuando son atacados. Estas diferencias las encuentran tan pronto como se inicia el juego social, sobre los dos años y medio (cfr. The psichology of sex differences)

Basta con observar en cualquier patio infantil cuál es la reacción de los varones cuando entra en su territorio un niño nuevo y se aproxima «peligrosamente» a sus juguetes. Cuando todavía apenas saben articular una palabra, la primera reacción suele ser un empujón. Como afirma el psiquiatra y psicólogo Baron-Cohen, los niños pequeños son más «físicos» que las niñas. Intentarán apartar al que les estorba con empujones, ya que son menos empáticos y más egoístas. Sin embargo, como regla general, las niñas, si alguien les estorba, intentarán persuadirle con palabras para que se marche. Este ejemplo muestra que, como promedio, las niñas antes que la fuerza física prefieren utilizar la mente para manipular a la otra persona y llevarla hacia donde ellas quieren (cfr. La gran diferencia)

La tendencia a la violencia también en los juegos de los muchachos viene provocada en gran medida, como expone la revista médica Scientific American, por las hormonas masculinas. En esta publicación la psicóloga Doreen Kimura escribe lo siguiente: «Sabemos, por ejemplo, de la observación de humanos y no humanos, que los machos son más agresivos que las hembras, que los jóvenes se enzarzan en más actividades violentas… Parece que el factor más importante en la diferenciación de machos y hembras es el nivel de exposición a varias hormonas sexuales en su temprana edad» (cfr. Sex differences in the brain). En la misma línea, el doctor Rubia mantiene que la testosterona es la responsable de la agresividad y la violencia física que aumenta durante la adolescencia, llegando a ser veinte veces más alta en varones que en mujeres (cfr. El sexo del cerebro). Son mucho más frecuentes las reacciones violentas de los chicos pues es más fácil «apretar el botón de la cólera masculina». Esta falta de sensibilidad ante la aflicción o el miedo de los demás nos indica la necesidad especialmente importante en los muchachos de inculcarles normas de conducta moral y herramientas de autocontrol. Por el contrario, las niñas no suelen pegarse, salvo situaciones extremas y, si llega el caso, se sienten «avergonzadas» al pelearse en público… La agresividad femenina se manifiesta de manera diferente a la del varón. Ellas son más complicadas, poliédricas o abyectas. Sus armas suelen ser la murmuración, la mentira para desprestigiar a la rival, la crítica a veces increíblemente sutil, en definitiva, el ataque psicológico. Es lo que Louann Brizendine denomina «agresividad en rosa». Ignorar, no hablar, hacer el vacío o poner un mal gesto o una sonrisita irónica a una compañera al pasar puede tener un efecto tan devastador como un buen puñazo. Si nos acercamos a ese grupo de niñas que está en una esquina jugando tranquilamente a las muñecas o a ser princesas descubriremos un mundo lleno de intrigas, pasiones, traiciones, maquinaciones y murmuraciones. Recordemos el cuento de Blancanieves, la Cenicienta o la Bella Durmiente, donde son siempre mujeres (la madrastra, la bruja o las hermanastras) las que actúan contra otra mujer movidas por envidia a su belleza, inteligencia o dulzura, y siempre lo hacen de manera maquiavélica usando sus «armas de mujer». Según Daniel Goleman, hacia los trece años las niñas se vuelven más hábiles que los chicos en tácticas agresivas ingeniosas, como ostracismo, chismorreo cruel y venganzas indirectas. Los chicos, por lo general, simplemente siguen inclinándose por la confrontación directa cuando se enfadan, olvidándose de estas estrategias más disimuladas (cfr. Emotional intelligence: why it cam matter more than IQ).

Estos enfrentamientos femeninos llegan a su máxima expresión durante la pubertad, cuando surge la rivalidad sexual y niñas que antes eran amigas se encuentran compitiendo por un mismo chico. En estas situaciones las mujeres pueden llegar a ser increíblemente malignas y destructivas, usando herramientas muy sutiles como la difusión de rumores para desprestigiar a la rival. Los científicos mantienen que, aunque una mujer sea más lenta en actuar físicamente empujada por la cólera, una vez que se ponen en marcha sus circuitos verbales más rápidos, pueden desencadenar un aluvión de palabras insultantes que el hombre no puede igualar.

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enero 26, 2009 at 12:52 pm

La afectividad y los sentimientos: ¿Niños ariscos, niñas cariñosas?

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En el plano afectivo las diferencias también son destacables. En ellas la delicadeza, la atención a los detalles y el énfasis que ponen en lo emotivo fundamentarán más tarde su afectividad femenina. Las niñas son capaces de estudiar y comportarse bien en clase por cariño hacia su profesora a la que realmente quieren. Cosa que resulta impensable en los niños que, especialmente cuando se aproximan a la pubertad, se caracterizan por una aparente rudeza, dureza e insensibilidad, descalificando globalmente la vida afectiva, que es percibida en esta etapa evolutiva como algo secundario. De aquí no debe concluirse que en el mundo afectivo del varón no haya lugar más que para la violencia, sino que en estas edades la ternura está como escondida y no hace nada por exteriorizarse. Más tarde en la etapa adulta aparecerá la ternura masculina aunque manifestándose de forma muy diferente a como acontece en las chicas.

Perseguir por la casa a nuestro pequeño de cuatro años para que nos dé un beso es asimismo algo de lo más usual y no debe rompernos el corazón, ni debemos pensar que no nos quiere. Sencillamente la afectividad masculina tiene otras formas de expresión. Las niñas, sin embargo, necesitan recibir caricias, besos y abrazos, así como darlos, desde su más tierna infancia y durante toda su vida. Este es un dato importante a tener muy en cuenta. A veces, las madres cuando nuestras hijas comienzan a crecer y se figuran ya más como unas mujercitas que como unas niñas, dejamos de comérnoslas a besos y abrazos y comenzamos a tratarlas con mayor distancia física. Es, sin embargo, importante que esto no suceda demasiado pronto. Durante los inicios de la pubertad nuestras hijas siguen necesitando de los abrazos y besos maternos. Robarles este derecho puede provocar en ellas la sensación de falta de cariño y es muy posible que lo busquen en lugares, personas o formas inadecuadas o incluso perjudiciales… Necesitan sentirse muy queridas para elevar su autoestima, sentirse felices y seguras.

La capacidad de expresar los sentimientos ha sido también siempre otra de las grandes diferencias entre los niños y las niñas… A los chicos les horroriza exteriorizar sus sentimientos, lo asumen como un grave atentado a su intimidad. De hecho, suelen huir del contacto visual directo, incluso con sus padres… Esta reacción masculina tiene su explicación en la naturaleza, en concreto en la estructura de su cerebro y en la influencia sobre el mismo de las hormonas masculinas. Deborah Yurgelun-Todd y sus colaboradores en la Universidad de Harvard, utilizando sofisticadas resonancias magnéticas que ilustran cómo se procesan las emociones en el cerebro de los niños, encontraron que la parte del cerebro que actúa sobre el habla tiene pocas conexiones con la parte del cerebro donde se sitúan las emociones, en la amígdala. Forzar a un muchacho a exteriorizar sus sentimientos es, en resumidas cuentas, «antinatural»… El psiquiatra Rojas Marcos recomienda que respetemos ante todo su libertad, que no les presionemos para que se abran prematuramente (cfr. Nuestra incierta vida normal).

En la adolescencia sus niveles de testosterona empiezan a salirse de los gráficos y les impulsa a huir de la intimidad verbal, disminuye su interés por la conversación y el trato social, hasta el punto de que actividades como salidas en familia se convierten para él en un auténtico martirio. Simplemente quiere «que le dejen en paz». Esto provoca enorme frustración en muchas madres que no comprenden por qué su maravilloso hijo, con lo cariñoso y comunicativo que era de pequeño, al llegar a la pubertad no quiere tener largas y profundas conversaciones con ella.

Existe, sin embargo, para consuelo de las madres, una explicación antropológica y maravillosamente inteligente de la naturaleza humana a esta reacción masculina de los adolescentes. Este distanciamiento de los varones adolescentes nos lo impone la propia naturaleza a las madres, preparándonos para que la definitiva salida del nido de nuestros muchachos no sea excesivamente dolorosa. Cuando besamos o abrazamos a nuestros hijos, las mujeres generamos oxitocina en grandes cantidades, hormona que influye en el cerebro aumentando los lazos familiares, el cariño, la dependencia afectiva de nuestros hijos, la necesidad de acariciarlos y tenerlos cerca, en definitiva, nuestro cerebro «maternal». Un experimento sobre la conducta maternal de las ratas confirmó la necesidad del contacto físico para mantener los circuitos cerebrales correspondientes a la conducta maternal activa (L. Brizendine en El cerebro femenino). En estas condiciones, la separación de un hijo se haría casi insoportable… Se trata en definitiva de un mecanismo que nos proporciona la naturaleza y que prepara a las madres para la posterior separación definitiva de los hijos cuando estos comienzan a volar del nido. Es un increíble mecanismo que la naturaleza urdió hace miles de años para evitar el terrible sufrimiento de la separación de un hijo en épocas pasadas cuando los muchachos abandonaban el hogar a muy temprana edad, pero que sigue siendo necesario en la actualidad y surtiendo su maravilloso y mágico efecto.

Las niñas, al contrario que los chicos, necesitan rabiosamente expresar sus sentimientos. Sabemos que los niveles de estrógeno de las muchachas aumentan en la pubertad y disparan los interruptores de sus cerebros para hablar más, interactuar y ser más emotivas. Y lo hacen con palabras, gestos, lágrimas, gritos, o conversaciones telefónicas eternas con la amiga a la que acaban de ver hace cinco minutos en el colegio y a la que volverán a ver mañana. Pero no pueden esperar para contarlo todo, absolutamente todo.

La existencia de una inmensa pluralidad de conexiones entre los hemisferios cerebrales y de estos con la amígdala, junto con la madurez de la parte del cerebro femenino destinado a las destrezas verbales, hacen de la niñas, y de la mujer, en definitiva, una fuente de información y expresividad sentimental. Por otra parte, debemos recordar asimismo que las mujeres en situaciones de estrés generan oxitocina, una hormona que las impulsa a buscar ayuda, a exteriorizar y compartir sus sentimientos.

Los temas de conversación son también muy diferentes en los chicos o en las chicas. Basta con aproximarnos a un grupo de niños en el patio y escuchar de qué están hablando (la última película que vieron; el juego de vídeo de moda; el coche de su padre; el partido de fútbol de ayer…). Hacer lo mismo con un grupo de niñas y oír el tema de sus conversaciones (acontecimientos sucesos o anécdotas relacionadas con familiares, amigos, conocidos o sobre ellas mismas; la pelea de ayer de mis padres; lo que me dijo el chico que me gusta; lo guapa que estaba en la fiesta mi hermana…)… Sobre todo cuando están disgustados, los varones tienden a cerrarse en sí mismos y prefieren estar solos. Precisamente lo contrario de lo que hacen las mujeres y niñas que necesitan desahogarse y contar mil veces lo que les pasa (Leonard Sax en Why gender matters)…

Written by rsanzcarrera

enero 26, 2009 at 12:52 pm