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Archive for the ‘teología fundamental’ Category

4.4.3. Perseverancia (y fidelidad). Magnanimidad

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Perseverancia

La perseverancia, que nada hace desfallecer, forma también parte de la fortaleza. Se trata, obviamente, de la perseverancia en la entrega de amor a Dios y a los demás: Perseverar es persistir en el amor. Sin esta virtud humana, el amor a Dios podría quedar limitado a temporadas y circunstancias; sería entonces un amor condicionado, al que le falta la determinación de perdurar pase lo que pase, requisito imprescindible para su perfección, según las palabras del Señor: «quien persevere hasta el fin, ése se salvará» (Mt 10,22; 24,13). Un amor a Dios que no quisiera durar para siempre no sería verdadero amor.

Puesto que el amor a Dios se puede y se debe manifestar en todas las acciones, la perseverancia se aplica a todo: perseverancia en la oración, en la mortificación, en el apostolado, en el trabajo… En este sentido, equivale a continuar en el bien sin desanimarse.

– La Roca, Dios y tú

Fidelidad

Muchas veces, san Josemaría se refiere específicamente a la perseverancia en la vocación cristiana, y concretamente a la vocación al Opus Dei. En este caso, perseverancia equivale prácticamente a fidelidad, porque ser fiel a los compromisos adquiridos para siempre es tanto como perseverar en la respuesta a la llamada que ha llevado a asumir esos compromisos. Por otra parte, la perseverancia no es un simple continuar o prolongarconsecuencia ciega del primer impulso, obra de la inercia–, sino un ser cuidadosamente fieles en cada momento a esos compromisos, manteniéndolos por amor, con voluntariedad actual, como exige su naturaleza.

– Vir fidelis multum laudabitur (el varón fiel será muy alabado) Prov 28,20

Magnanimidad

Junto con la perseverancia, y muy relacionada con ella, también la magnanimidad es parte de la fortaleza. San Josemaría la describe así:

Magnanimidad: ánimo grande, alma amplia en la que caben muchos. Es la fuerza que nos dispone a salir de nosotros mismos, para prepararnos a emprender obras valiosas, en beneficio de todos. No anida la estrechez en el magnánimo; no media la cicatería, ni el cálculo egoísta, ni la trapisonda interesada. El magnánimo dedica sin reservas sus fuerzas a lo que vale la pena; por eso es capaz de entregarse él mismo. No se conforma con dar: se da. Y logra entender entonces la mayor muestra de magnanimidad: darse a Dios.

La caridad necesita de la magnanimidad para desarrollarse a la medida del amor del Corazón de Cristo. Observa Jesús Ballesteros que en el pensamiento de san Josemaría «la magnanimidad aparece íntimamente unida a la caridad e implica a un tiempo el deseo de hacer bien las cosas por Dios y el ensanchar la “atención al otro” hasta abarcar a todo el género humano».

Además, el amor se ha de manifestar en obras. La magnanimidad sirve a esta dimensión de la caridad. Lleva a no tener miedo a emprender grandes iniciativas de servicio a las personas. Sin embargo, en aparente paradoja, las obras de amor que estimula, no tienen por qué ser llamativas ni materialmente “grandes”. San Josemaría rezaba: Jesús, que sea yo el último en todo… y el primero en el Amor. Se puede vivir magnánimamente una existencia corriente, como Jesús en los años de Nazaret, porque la santidad “grande” está en cumplir los “deberes pequeños” de cada instante.

Esta virtud lleva a poner los medios para dar fruto abundante, según el querer de Dios: «En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto» (Jn 15,8). La magnanimidad procura nada menos que ganar el mundo y conquistarlo para Dios; y pone por obra este ideal en el concreto entorno profesional, social y familiar de cada uno.

Si nos detuviéramos a explorar la vida de san Josemaría, veríamos que la presencia de la magnanimidad se percibe desde el momento en que comienza a presentir la llamada divina: Tenía yo catorce o quince años cuando comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor. Ese “algo grande” no era una empresa humana, era un gran amor que le conduciría a “hacerse pequeño” y a dejarse llevar por su Padre Dios sin miedo a ser instrumento de sus grandiosos designios de salvación.

Written by rsanzcarrera

septiembre 26, 2014 at 9:57 pm

Teología fundamental

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Written by rsanzcarrera

mayo 19, 2014 at 8:22 pm

La vida de fe

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Downtown New York, NYLa fe no es un simple conocimiento teórico de unas verdades reveladas, sino una virtud y un don vivos que dan a la persona la fuerza para llevar a la práctica lo que cree, y para anunciarlo con la palabra y con la vida. Está claro que la fe nos da la justificación, según aquellas palabras de Jesús: “El que crea y se bautice se salvará, y el que se resista a creer será condenado” (Mc 16, 16). Esto es así en el sentido de que la fe precede a la vida, pero la vida es expresión de la fe y signo de su presencia.

San Pablo deja bien clara la primacía de la fe en su epístola a los Romanos, cuando afirma: “Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás” (Rom 10, 9). Sin la fe es imposible agradar a Dios, y el inicio de nuestro seguimiento a Jesús es el don de la fe. La carta a los Romanos explica el don de la fe en contraposición con las obras de la Ley antigua, que fue superada con la Nueva Alianza de Cristo. Es la fe en Jesús la que nos da la salvación, y no las obras de la ley:

Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen —pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios— y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, pasando por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él justo y justificador del que cree en Jesús” (Rom 3 ,21-26).

San Pablo nos dice que la justificación viene por la fe en Jesucristo, que nos salvó a través de su sangre derramada en la cruz, con la que nos hizo partícipes de su vida divina. No puede venir a nosotros la gracia de Dios, si no creemos en Jesús. Somos justificados por el don de la gracia de Cristo. Y este don implica la fe, que nos hace creer en Jesús.

Pero la fe en Jesús es una fe viva, no muerta. El indicador de que la fe está viva es la práctica de la caridad, porque la fe conduce a la caridad. Es en este contexto en que hay que leer la carta de Santiago, en la que se contrapone la fe con las obras. Pero Santiago no habla de las obras de la ley de Moisés, sino de las obras del amor que hemos recibido de Cristo. Veamos de qué manera nos lo dice el apóstol Santiago: ¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo?” (Sant 2, 14). Al referirse a las obras del amor, y no a las obras de la ley antigua, Santiago pone a continuación un ejemplo que tiene que ver directamente con la caridad: “¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: «Vayan en paz, caliéntense y coman», y no les da lo que necesitan para su cuerpo?” (Sant 2, 15-16). Si actuáramos de esa manera, sería señal de que no tenemos una fe verdadera, por eso sentencia Santiago con tanta claridad: “Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta” (Sant 2, 17).

Según el texto que estamos escrutando, queda claro que en la cuestión de las virtudes teologales –fe, esperanza y caridad– no valen las “especializaciones”, en el sentido de que no se trata de que alguien se especialice en la fe, mientras que otro de dedique sólo a la caridad, en tanto que un tercero haga lo propio con la esperanza. No es así, porque esas tres virtudes teologales van de la mano. No puede haber verdadera caridad sin fe, ni verdadera fe sin caridad ni esperanza. Santiago explica esta realidad diciendo: “Sin embargo, alguien puede objetar: «Uno tiene la fe y otro, las obras». A ese habría que responderle: «Muéstrame, si puedes, tu fe sin las obras. Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe»” (Sant 2, 18). Las obras del amor son expresión de la fe, y serán verdaderas obras divinas si no están acompañadas del don de la fe.

Pero tampoco basta simplemente con creer en Dios, porque “los demonios también creen, y sin embargo, tiemblan” (Sant 2, 19). Es necesario también obrar según eso que creemos, porque de lo contrario seríamos semejantes a los demonios, si nos conformáramos con tener sólo fe, sin que eso nos impulse a tener una vida de fe, una existencia vivificada por el amor.

Y para convencernos que la fe sin obras es estéril, Santiago saca a colación la historia del patriarca Abraham:

“¿Acaso nuestro padre Abraham no fue justificado por las obras, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿Ves cómo la fe no estaba separada de las obras, y por las obras alcanzó su perfección? Así se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó en Dios y esto le fue tenido en cuenta para su justificación, y fue llamado amigo de Dios. Como ven, el hombre no es justificado sólo por la fe, sino también por las obras” (Sant 2, 21-24).

Santiago en ningún momento pone a las obras por encima de la fe, ni excluye a la fe de su discurso. Lo que enseña es que no basta con tener la sola fe, así como tampoco es suficiente tener tan sólo obras. Fe y obras son las dos caras de una misma moneda. Y lo son de tal manera, que el texto de Santiago compara la unión de la fe y las obras con la unión entre el alma y el cuerpo: “De la misma manera que un cuerpo sin alma está muerto, así está muerta la fe sin las obras” (Sant 2, 26). Este ejemplo tiene una gran significación en la mentalidad hebrea, en la cual el ser humano es visto de un modo tremendamente unitario. Para la antropología hebrea, el cuerpo y el alma forman una sola cosa, una sola sustancia. Los hebreos se sitúan así en las antípodas del planteamiento platónico, según el cual el cuerpo es la cárcel del alma, de la cual el alma se quiere liberar. Para los hebreos, el alma es la que vivifica el cuerpo, pero forma una sola cosa con el cuerpo, y no son dos realidades yuxtapuestas. Por ello se entiende claramente que para que vivamos como cristianos, debemos tener una fe viva, una fe vivificada con las obras.

Al comparar la fe con el cuerpo y las obras con el alma, no quiere decir la Escritura que el cuerpo –la fe– no sea importante. Lo que indica es que la fe es importante y tiene sentido sólo cuando está animada por las obras. Pero también las obras deben acompañar a la fe, porque de otro modo estaríamos hablando de un espíritu etéreo, sin cuerpo.

Vemos pues que en definitiva lo que denuncia Santiago es una fe muerta, una fe que no esté vivificada por la caridad, una fe que no se demuestre en obras concretas en favor de nuestros hermanos, sobre todo de los más necesitados. Si la fe no va acompañada de obras, es señal de que está muerta. Pero si la fe va acompañada de obras, es una fe verdadera. Lo que hemos dicho hasta aquí en este apartado puede ser sintetizado con una cita de san Gregorio Magno:

Cree verdaderamente quien, en su hogar, pone en práctica lo que cree. Por eso, a propósito de aquellos que de la fe no poseen más que las palabras, dice San Pablo: ‘profesan conocer a Dios, pero lo niegan con las obras’”[1].

Si queremos trasladar este pasaje a nuestros días, tendremos que pensar cómo podemos llevar a nuestra existencia concreta la fe que tenemos. Para ello es necesario que pidamos a Jesús, como el hombre del Evangelio: “Señor, auméntanos la fe” (Lc 17, 5). Sólo con una fe más intensa podremos llevar una vida más recta. Sólo si creemos realmente lo que Jesús nos ha enseñado y revelado, podremos tener una vivencia más acorde con el mensaje de Jesús.

La vida de fe, de una fe vivificada por la caridad, es equivalente a la vida de la gracia. Si queremos que la caridad anime realmente la fe que hemos recibido como don en el bautismo, debemos vivir en la gracia de Dios. Eso significa que hemos de evitar a toda costa el pecado, y si llegamos a cometer pecado mortal, perdiendo así la gracia de Dios, debemos acudir cuanto antes al sacramento de la confesión, para que Dios nos devuelva la gracia que perdimos por nuestra culpa, y nos impulse a seguir vivificando la fe con las obras de la gracia, que son las obras del amor.

El tema de la gracia de Dios fue objeto de intensas disputas a lo largo de la historia de la teología. Una época de especial intensidad en este tema fue la segunda mitad del siglo XVI, cuando la herejía de Martín Lutero había proclamado que sólo se necesitaba la fe para ser justificados, sin que las obras jugaran algún papel. En la exaltación de este planteamiento, Lutero llegó a afirmar: Pecca fortiter, sed crede fortius: “peca fuertemente, pero cree más fuertemente”. Lutero entendía la justificación como una especie de sábana blanca que cubre un basurero. Según esto, Jesús nos justificaría poniendo la sábana blanca de su misericordia sobre el basurero de nuestros pecados, pero no nos cambiaría realmente. Según Lutero, estamos de tal modo dañados por el pecado, que no podemos alcanzar una verdadera justificación intrínseca.

En cambio, el Concilio de Trento proclamó que la justificación nos transforma realmente, y no simplemente nos cubre con un manto mientras por dentro seguimos en el pecado. Trento es muy claro al respecto, afirmando que la justificación “no sólo es el perdón de los pecados, sino también la santificación y renovación del hombre interior por la admisión voluntaria de la gracia y dones que la siguen; de donde resulta que el hombre de injusto pasa a ser justo, y de enemigo a amigo, para ser heredero en esperanza de la vida eterna” (Decreto sobre la justificación). Si somos justificados por la fe, es para alcanzar algo más elevado que es la gracia, la caridad de Cristo que nos vivifica. Con el poder de la gracia será mucho más fácil realizar las obras que indiquen que nuestra fe está viva y no muerta.

En la justificación están implicadas dos realidades: el don de Dios y nuestra libertad. No podemos obtener la gracia si no colaboramos libremente con ella, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

“La justificación establece la colaboración entre la gracia de Dios y la libertad del hombre. Por parte del hombre se expresa en el asentimiento de la fe a la Palabra de Dios que lo invita a la conversión, y en la cooperación de la caridad al impulso del Espíritu Santo que lo previene y lo custodia: «Cuando Dios toca el corazón del hombre mediante la iluminación del Espíritu Santo, el hombre no está sin hacer nada en absoluto al recibir aquella inspiración, puesto que puede también rechazarla; y, sin embargo, sin la gracia de Dios, tampoco puede dirigirse, por su voluntad libre, hacia la justicia delante de Él» (Concilio de Trento: DS 1525)” (n. 1993).

En este sentido debemos señalar que Dios respeta nuestra libertad, no sólo en cuanto al acto de fe, sino también en cuanto al acto mismo de la justificación. Dios no nos obliga a creer. Creemos porque queremos. Tampoco nos obliga a recibir su gracia. La recibimos porque Él nos la regala, y también porque nosotros queremos recibirla.

La vida de fe consiste pues en obrar en nuestra existencia personal conforme a la fe que profesamos. ¿Y esto qué implica? Implica en primer lugar que debemos imitar a Cristo, pues somos cristianos, llevando a la práctica sus enseñanzas. Y en el centro de la enseñanza de Jesús está la caridad, como enseña el Evangelio en numerosas ocasiones: “En esto reconocerán que son mis discípulos, en que se aman unos a otros” (Jn 13, 35); “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13); “ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando” (Jn 15, 14); “este es mi mandamiento, que se amen unos a otros como yo los he amado” (Jn 15, 12). El amor que hemos de vivir, tal como nos lo manda Jesús, debe ser como el de Jesús, que amó a sus enemigos, los perdonó, y llegó a dar la vida por ellos y por todos.

Una verdadera vida de fe implica estar dispuestos a derramar nuestra sangre por Cristo, llevar una vida de oración semejante a la de Jesús, que pasaba noches enteras orando. Implica estar siempre alegres, hacer nuestro trabajo con toda la perfección humana posible, tratar de acercar a otras personas a Dios, principalmente a los que están más cerca de nosotros.

La fe se encarna en las circunstancias personales, y por ello no podemos pretender desterrar la fe de nuestra vida cotidiana o de nuestra vida familiar o profesional.

Pero la fe se encarna también en la cultura, según la lógica de la encarnación, pues todo lo que asumió Jesucristo fue redimido y elevado, y las manifestaciones de cada cultura están dentro de las realidades redimidas por Jesús.


[1] Gregorio Magno, Homilía 26 sobre los evangelios.

Written by rsanzcarrera

agosto 9, 2013 at 5:21 pm

Publicado en Teología, teología fundamental

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Jesucristo

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Se cuenta que en el régimen comunista de la Unión Soviética del siglo XX, los jerarcas del gobierno hicieron un plan bien pensado para destruir cualquier vestigio de religión. Esto lo hacían de conformidad con el principio marxista de que “la religión es el opio del pueblo”. El plan consistía en hacer propaganda de un elemento de la religión en desmedro de otro, para así ir eliminando los aspectos religiosos que hubiera en un ambiente de una impronta tan cristiana como era la cultura rusa. El primer paso del plan era repetir hasta el cansancio el siguiente slogan: “creo en la Iglesia, pero no creo en los hombres que la conforman”. Una vez que habían mandado de paseo a los pastores y miembros de la jerarquía de la Iglesia, cambiaron el slogan, que sería en adelante: “creo en Jesucristo pero no creo en la Iglesia”. Avanzando en el cambio de paradigma ideológico, una vez que lograron crear la convicción de que la Iglesia no era necesaria para ningún plan religioso de salvación, propusieron extender la frese: “creo en Dios pero no creo en Jesucristo”. No fue fácil quitar a Jesucristo del horizonte religioso de los soviéticos, pero a fuerza de propaganda lograron que la mayoría no le diera ya a Jesucristo la importancia que tenía en el horizonte religioso. Pero la cosa iba más allá, porque lo que querían hacer en definitiva era eliminar a Dios de la cultura de los habitantes de la Unión Soviética. Quitar un sentimiento religioso que había durado tantos siglos desarrollándose y afianzándose en una cultura, no era fácil, y había que ir por partes. Pues bien, ya habían logrado eliminar todos los elementos que dependían de Dios indisolublemente: Jesucristo, su Iglesia y sus pastores. Ahora quedaba el paso más difícil e importante: eliminar a Dios. Para ello, tenían que buscar sustituir a Dios por otra cosa, e inventaron el slogan: “creo en el hombre, pero no creo en Dios”. Pero una vez que se elimina a Dios de cualquier cultura, lo que sobreviene es la destrucción del mismo hombre, y fue así que el régimen comunista soviético cayó por su propio peso, destruido por el mismo régimen desde dentro. Este cambio se verificó con la caída del muro de Berlín en 1989.

Podemos afirmar así que cuando se pretende eliminar a Dios, y todo lo que depende de Dios, del horizonte religioso del ser humano, se va hacia la destrucción del mismo ser humano.

Es lo que pasa también cuando eliminamos a Jesucristo de nuestro horizonte, pues Cristo es Dios. Y de Jesucristo hablaremos en este apartado.

Jesús de Nazaret es un personaje histórico, que vivió en el siglo I de nuestra era. Tuvo tanto impacto en la historia, que su nacimiento fue empleado como punto de referencia, a partir del siglo IV, para contar la historia, tanto en el mundo occidental como en el oriental. Hoy día es universalmente aceptado el calendario cristiano, según el cual la historia se divide en dos etapas: antes de Cristo y después de Cristo. Y de hecho, estamos en el año 2013 del nacimiento de Cristo.

Las fuentes históricas de todas las índoles dan cuenta de la existencia de Jesús de Nazaret. No sólo las internas al cristianismo, como los evangelios, las cartas de san Pablo o los demás escritos del Nuevo Testamento. También atestiguan la existencia histórica de Cristo autores paganos como Plinio el Joven y Tácito, o autores judíos como Filón de Alejandría. No podemos negar la existencia histórica de Jesús de Nazaret, ni los elementos que rodean su existencia. Los mismos judíos, enemigos de Jesús, tuvieron que rendirse ante la evidencia de sus milagros, pero le acusaron de que los hiciera en sábado, al no poder negar que hacía milagros. Otros le acusaban que expulsaba a los demonios con el poder de Belzebú, príncipe de los demonios, pues no podían negar que expulsaba demonios, porque estaba a la vista de todos. Ni siquiera pudieron negar la evidencia del más grande de sus milagros: su propia resurrección. Ante el hecho inequívoco de la resurrección de Jesús, los jefes de los sacerdotes sobornaron a los guardias y les dieron dinero para que ellos atestiguaran falsamente que se habían quedado dormidos, y que los discípulos de Jesús habían robado el cuerpo. Es más, tenían tanto miedo de que Jesús resucitara como lo había anunciado, que pidieron a Pilato que pusiera a unos soldados a custodiar el sepulcro, quizás para que a la fuerza impidieran que Jesús resucitara, o para matarlo de nuevo si tenía la osadía de resucitar.

Al dedicar este apartado a Jesucristo, comencemos por indicar el significado de los nombres Jesús y Cristo. El Catecismo de la Iglesia Católica es sumamente claro al respecto: “Jesús quiere decir en hebreo: ‘Dios salva’. En el momento de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la vez su identidad y su misión (cf.Lc 1, 31)” (n. 430). Por otra parte, dice el Catecismo acerca del nombre Cristo: “Cristo viene de la traducción griega del término hebreo ‘Mesías’ que quiere decir ‘ungido’. Pasa a ser nombre propio de Jesús porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él” (n. 436). Así pues, Jesús quiere decir salvador, y Cristo quiere decir ungido. Dos nombres que fueron unidos en uno solo, y así es como designamos al mesías salvador: Jesucristo.

El Jesús histórico no es distinto del Cristo de la fe, en quien creyeron las primeras comunidades cristianas. Se trata de una misma persona, que es Dios verdadero y hombre verdadero. Curiosamente, las primeras controversias teológicas en los inicios del cristianismo, versaron sobre la persona de Jesús. Un grupo de cristianos de finales del siglo I y del siglo II, influenciados por el gnoscitismo, corriente que sostiene que la salvación viene por el conocimiento, llegaron a pensar que Jesús era tan Dios, que no podía ser verdadero hombre. Los gnósticos no podían poner en duda los milagros de Jesús, ni las afirmaciones sobre su divinidad, que aún resonaban en el ambiente de la época, pues el fenómeno de Jesús todavía estaba próximo en el tiempo. Entonces estos cristianos gnósticos comenzaron a dudar de la humanidad de Jesús, y aunque llegaron a afirmar que Jesús era Dios, negaron que fuera hombre verdadero. Esto se compaginaba con la corriente de pensamiento dualista, según la cual lo espiritual era bueno, mientras que lo material era malo. Y como lo humano es corporal, y por tanto material, Jesús, que es Dios, no podía ser verdaderamente humano. Surgió así la herejía de los docetas (del griego dokein, que significa apariencia), quienes afirmaban que el cuerpo de Jesús era aparente, y no era real. En definitiva, Jesús sería de tal modo Dios verdadero, que no podía ser hombre verdadero. La herejía gnóstica y doceta fue rechazada por los pastores de la Iglesia de los primeros siglos, hasta el punto que terminó extinguiéndose.

Con el correr del tiempo, otro grupo de cristianos se fue al extremo opuesto del docetismo, pues con los datos que proporcionaba el Evangelio no podían negar que Jesús era verdadero hombre. Jesús de Nazaret había nacido en un pesebre, había sido envuelto en pañales y había tenido que huir de un rey malvado que lo quería matar. Había sido tentado, había pasado hambre y sed, había experimentado el cansancio, e incluso la ira. Es más, había llegado a llorar, no sólo por la muerte de su amigo Lázaro, sino también por la tristeza que le produjo la dureza de corazón de la ciudad de Jerusalén. No había duda de que era hombre. Pero, ¿cómo podía ser Dios? Fue así cuando en el siglo IV, con la influencia de las enseñanzas erradas de un sacerdote llamado Arrio (256-336), un grupo de herejes comenzó a negar la divinidad de Cristo. Según ellos, Jesús sería verdadero hombre, pero no sería Dios. El arrianismo adoptó diversas formas, en las que prevaleció el adopcionismo, herejía que afirmó que Jesús era menor que el Padre, adoptado por Dios como hijo, y negó así que era Hijo de Dios por naturaleza. Al negar la divinidad de Cristo, los arrianos asestaron un duro golpe al corazón de la fe cristiana. Contra las perniciosas doctrinas de Arrio, se alzó el Concilio de Nicea en el año 325, primer Concilio universal (ecuménico) de la Iglesia, en el cual se proclamó solemnemente la divinidad de Cristo. El símbolo de fe de Nicea fue completado por el Concilio de Constantinopla en 381. El credo, fruto de ambos concilios, enseñó que Jesús es “engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho”. Y para que no quedara ninguna duda de su divinidad, rezaba el símbolo que Jesús era “Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero”. Esta fórmula indicaba que Jesús era verdadero Dios, pero que al mismo tiempo procedía del Padre, pues fue generado o engendrado desde la eternidad, pero no creado.

La divinidad de Jesús siempre fue un punto clarísimo en el Nuevo Testamento, donde se afirma de varios modos que Jesús es Dios. Y aunque esto pertenece a la fe revelada, la lógica humana puede reflexionar acerca de por qué es más racional creer que Jesús es Dios, que creer que no lo es. Citamos a continuación un texto del cardenal Silvano Piovaneli, para responder a este planteamiento:

“La hipótesis de Jesús, simple hombre, es definitivamente rechazada por la crítica, porque en un ambiente hebraico la divinización de un hombre no sólo es imposible, sino ni siquiera es pensable. Para un pío hebreo atribuirle a un hombre, aunque sea muy noble y santo, los atributos divinos, constituye y constituía la más abominable de las blasfemias (Jesús fue condenado por la supuesta blasfemia de ser Dios). Además, los sostenedores de esta hipótesis caen en una contradicción crasa. El más sabio, el más bondadoso, el más humilde de los hombres, al declararse Dios, sería el más grande embaucador”[1].

Habría entonces dos posibilidades: que Jesús sea Dios o que no lo sea. Si lo es, decía la verdad. Pero si no lo es, estamos ante el pero impostor de toda la historia.

Las enseñanzas cristológicas de Nicea y Constantinopla fueron mejor sistematizadas en el Concilio de Calcedonia en 451, donde se condenó la doctrina monofisita, que afirmaba que en Jesús había una sola naturaleza (la fisis divina fundida en la humana). Calcedonia proclamó entonces que en Jesús había dos fisis o naturalezas: la humana porque es hombre, y la divina porque es Dios. Así se fue sistematizando la doctrina de la Iglesia sobre la persona de Cristo, segunda persona de la Santísima Trinidad, hecho hombre para salvarnos del pecado, que asumió la naturaleza humana, elevando así al plano divino a todo el género humano, sin dejar de ser Dios. Quedó así más claro aún que al asumir la naturaleza humana, Dios divinizó al ser humano, y lo elevó haciéndolo capaz de la gracia y de la vida eterna. La síntesis del Concilio de Calcedonia sobre Jesucristo es muy elocuente:

“Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre compuesto de alma racional y cuerpo; consubstancial con el Padre según la divinidad, y consubstancial con nosotros según la humanidad, ‘en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado’ (Hb 4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la divinidad; y por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad. Se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo único en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación. La diferencia de naturalezas de ningún modo queda suprimida por su unión, sino que quedan a salvo las propiedades de cada una de las naturalezas y confluyen en un solo sujeto y en una sola persona” (Concilio de Calcedonia, citado por el Catecismo de la Iglesia Católica, 467).

Como vemos, los primeros concilios ecuménicos de la Iglesia católica se centraron en la persona de Cristo, que es el centro de la fe cristiana. Evidentemente, la Iglesia no podía cuestionar la divinidad de Cristo, cuando en los tres primeros siglos del cristianismo, la época de los mártires, miles de cristianos habían sido asesinados por defender la divinidad de Jesús. De hecho, los emperadores romanos de los tres primeros siglos habían reclamado el título de dioses, y pedían por ello ser adorados como tales. Pero los cristianos se negaban a adorar al emperador, o a quemar incienso a los ídolos en señal de adoración, porque proclamaban abiertamente que sólo Cristo era Dios, y que no había ningún otro dios sobre la tierra.

Los primeros concilios de la Iglesia lo que hicieron fue dejar cada vez más claro el misterio de Cristo, contra los que se empeñaban en desvirtuar este misterio. Esto lo hicieron de conformidad con las enseñanzas del Nuevo Testamento, que reflejan una claridad singular cuando se refiere a la persona de Cristo, Dios y hombre verdadero. El himno cristológico de la carta a los Colosenses es particularmente luminoso en la comprensión del misterio de Cristo, y dice así:

“Cristo es imagen del Dios invisible, primogénito de la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas en los cielos y sobre la tierra, las visibles y las invisibles, sean los tronos o las dominaciones, los principados o las potestades. Todo ha sido creado por Él y para Él. Él es antes de todas las cosas y todas subsisten en Él. Él es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia; Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que Él sea el primero en todo, pues Dios tuvo a bien que en Él habitase toda la plenitud, y por Él reconciliar todos los seres consigo, restableciendo la paz por medio de su sangre derramada en la cruz, tanto en las criaturas de la tierra como en las celestiales” (Col 1, 15-20).

El texto de san Pablo deja bien claras dos cosas: que Cristo es Dios, pues es el creador de todas las cosas y existe antes que todas ellas; y que Cristo es hombre, pues es el primogénito de la creación, al asumir un cuerpo y un alma creadas. Además, este Cristo es el fundador de la Iglesia, y su cabeza, y por ella derramó su sangre en la cruz.

Jesús de Nazaret es el centro de nuestra fe, y por ello creemos profundamente el Él. Jesús nos pide no sólo la adhesión de nuestra fe, sino también un trato íntimo y personal con Él. Sólo si tratamos a Jesús, podremos conocerle y podremos amarle cada vez más. No podemos decir que somos cristianos si nos mantenemos indiferentes ante la persona de Cristo, si no encarnamos en nuestras vidas su palabra de salvación, si somos indiferentes a su mensaje o a sus sacramentos.

Jesús de Nazaret vino con una misión universal, y por eso su Iglesia es católica. Su mensaje se adapta a todas las culturas y mentalidades. Esto se realiza en un proceso que se ha denominado inculturación, como dice el Concilio Plenario de Venezuela:

“En el Nuevo Testamento ya aparece la inculturación de la fe. Hay comunidades provenientes del judaísmo y del helenismo. El uso de las Escrituras, el cumplimiento de las leyes y costumbres, la sinagoga y la presencia en el templo, muestran una manera judía de vivir la fe cristiana. Poco a poco aparece la posibilidad y la necesidad de vivir la fe de un modo distinto al judío. San Pablo se opondrá a la judaización de los gentiles. Para ser cristiano no se requiere ser judío. En el ambiente judío se prefiere llamar a Jesucristo ‘Hijo del hombre’; en las comunidades judeocristianas se le llama preferentemente ‘Kyrios’ o ‘Señor’. En las comunidades griegas se le llama ‘Logos’ o ‘Palabra’”[2].

En este proceso de inculturación no se diluyó ni lo más mínimo la realidad de la divinidad y humanidad de Jesucristo. De hecho, los títulos dados a Cristo, que menciona el documento del Concilio Plenario, indican cada uno un aspecto concreto de su ser. La expresión “Hijo del hombre” hace hincapié en su humanidad. El título “Señor” resalta su carácter divino, mientras que el nombre “Logos” o “Palabra” indica que es la segunda persona de la Trinidad, Palabra eterna del Padre.

Para concluir este apartado, podemos hacer una síntesis diciendo que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, y que Jesús es una sola persona –la segunda persona de la Santísima Trinidad– en el cual la naturaleza divina está unida sustancialmente a la naturaleza humana, en lo que la teología ha llamado la unión hipostática (unión sustancial). Por tanto, en Cristo hay dos naturalezas, la humana porque es hombre y la divina porque es Dios. Ambas naturalezas son distintas, y están sustancialmente unidas a la persona del Verbo, de modo que decimos que Jesús es al mismo tiempo Dios verdadero y hombre verdadero.

Es ese Jesús el que nació en Belén, huyó a Egipto. Siendo aún niño, regresó y creció en Nazaret. Como a los 30 años comenzó a predicar el Reino de Dios, una vez que fue bautizado y que pasó 40 días de oración y penitencia en el desierto. Es el Jesús que sanó enfermos, abrió los ojos a ciegos, los oídos a los sordos, la boca a los mudos, hizo caminar a paralíticos, resucitó muertos, sacó demonios, y predicó un mensaje de amor y de salvación. El Jesús que llevó la buena noticia a los pobres, a los afligidos el consuelo y a los cautivos la libertad. El Jesús que vino a salvar lo que estaba perdido, a perdonar los pecados y a abrirnos las puertas del Cielo. El Jesús que “por nosotros los hombres, y por nuestra salvación” fue crucificado, muerto y sepultado. Pero resucitó al tercer día, y cuarenta días luego de resucitar subió al Cielo, para enviarnos a los diez días al Espíritu Santo. El Jesús que prometió a su Iglesia estar con ella todos los días hasta el fin del mundo. El Jesús que se ha quedado en la Eucaristía para que podamos alimentarnos de Él. El Jesús que vendrá al final de los tiempos revestido de todo su poder y su gloria, para juzgar a vivos y muertos, para inaugurar un reino que no tendrá fin. El Jesús en quien nosotros creemos, a quien damos el asentimiento libre de nuestra fe. El Jesús que vive y reina con Dios Padre, en la unidad del Espíritu Santo, y que es Dios, por los siglos de los siglos, amén.


[1] S. Piovaneli, El credo. Una palabra de amor, San Pablo, Caracas, 1993, p. 84.

[2] Concilio Plenario de Venezuela, Documento n. 1: La proclamación profética del Evangelio de Jesucristo en Venezuela, 85.

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agosto 8, 2013 at 4:48 pm

La Iglesia

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Sculpture of St. Peter at The Vatican. Vatican City, Rome, Italy.Algunos documentales televisivos, sobre todo luego de haberse escrito y haberse proyectado en la pantalla grande del famoso Código Da Vinci de Dan Brown, han afirmado que Jesús de Nazaret se casó. Y eso es verdad, a menos por cuanto nos dice san Pablo en la carta a los Efesios (5, 25-32). Pero no se casó con María Magdalena ni nada por el estilo. Se casó nada menos que con la Iglesia, que es la esposa de Cristo, a quien Jesús santificó dejándola sin mancha, ni arruga, ni nada semejante: “Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola mediante el baño del agua por la palabra, para mostrar ante sí mismo a la Iglesia resplandeciente” (Ef 5, 26-27). La Iglesia es la esposa de Cristo hasta el punto que Jesús se hizo un solo cuerpo con ella, tal como ocurre en un matrimonio. Es más, el matrimonio como la unión sagrada entre un hombre y una mujer para hacerse una sola carne, es un signo de la unión de Cristo con la Iglesia (Ef 5, 32). Jesús se ha hecho una sola cosa con ella, y por ello la Iglesia es llamada el “cuerpo místico de Cristo”. San Agustín hablaba del Cristo total, que era Cristo unido a su Iglesia: la Iglesia es el cuerpo de Cristo, y Cristo es la cabeza de la Iglesia. De este modo, podemos decir que la fe en la Iglesia hunde sus raíces en la fe en Jesús de Nazaret, que es quien fundó a la Iglesia.

El evangelio nos habla de la intención clara de Jesús de fundar una Iglesia, cuando nos narra las palabras de Jesús dirigidas a Pedro: “Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las fuerzas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18). Esa Iglesia, edificado sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, recibió en Pentecostés al Espíritu Santo, prometido por Jesús para guiarla, y llevarnos a la verdad completa.

Ahora bien, ¿qué necesidad tenía Jesús de fundar una Iglesia? ¿Para qué la Iglesia? ¿No hubiese bastado con todas sus obras y sus enseñanzas? No precisamente. Jesús fundó la Iglesia justamente para que sus obras y sus enseñanzas pudieran llegar a las personas de todos los lugares y de todos los tiempos.

En honor a la verdad, para muchos cristianos la parte más difícil del credo es: “creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica”. Había un santo sacerdote que vivía en Roma, y solía rezar el credo frente a la Basílica de San Pedro, y cuando llegaba a la parte del credo que nombraba a la Iglesia, decía: “Creo en la Iglesia, que es una, santa… a pesar de los pesares…, católica y apostólica”. Ese sacerdote le comentó a un cardenal la costumbre que tenía de rezar el credo así, el cardenal le preguntó: ¿a qué quiere referirse cuando dice a pesar de los pesares?”, a lo que el sacerdote contestó: “a pesar de mis pecados y de los suyos”.

Efectivamente, la Iglesia es santa, a pesar de nuestros pecados. Nuestra fe en la Iglesia, es la fe en una institución fundada por Cristo, pero formada por hombres, y por tanto, siendo santa en honor a su fundador y a su doctrina, está integrada por pecadores que están continuamente confesando sus pecados. Por ello no debemos escandalizarnos si encontramos el pecado en los miembros de la Iglesia, tal como lo encontraremos en cualquier institución humana. Los miembros de la Iglesia no están exentos de pecado. Sin embargo, aunque la Iglesia esté formada por pecadores, ella no pacta con el pecado. El hecho de que sea difícil vivir conforme al evangelio no quiere decir que la Iglesia deba permitir aquello que sea más difícil, o aquel pecado que esté más extendido en un lugar o en una época determinada.

Antes de seguir adelante, digamos algo acerca del significado de la palabra “Iglesia”. El Catecismo de la Iglesia Católica dice al respecto: “La palabra ‘Iglesia’ [ekklèsia, del griego ek-kalein – ‘llamar fuera’] significa ‘convocación’. Designa asambleas del pueblo (cf. Hch 19, 39), en general de carácter religioso. Es el término frecuentemente utilizado en el texto griego del Antiguo Testamento para designar la asamblea del pueblo elegido en la presencia de Dios, sobre todo cuando se trata de la asamblea del Sinaí, en donde Israel recibió la Ley y fue constituido por Dios como su pueblo santo (cf. Ex 19). Dándose a sí misma el nombre de ‘Iglesia’, la primera comunidad de los que creían en Cristo se reconoce heredera de aquella asamblea. En ella, Dios ‘convoca’ a su Pueblo desde todos los confines de la tierra. El término Kyriaké, del que se deriva las palabras church en inglés, y Kirche en alemán, significa ‘la que pertenece al Señor’” (n. 751).

El papa Benedicto XVI, en un discurso a la curia romana, destacaba el lado humano de la Iglesia, citando una visión de santa Hildegarda de Bingen sobre la Iglesia. El relato de la visión de la santa doctora de la Iglesia es el siguiente:

“En el año 1170 después de Cristo estuve en cama, enferma durante mucho tiempo. Entonces, física y mentalmente despierta, vi una mujer de una tal belleza que la mente humana no es capaz de comprender. Su figura se erguía de la tierra hasta el cielo. Su rostro brillaba con un esplendor sublime. Sus ojos miraban al cielo. Llevaba un vestido luminoso y radiante de seda blanca y con un manto cuajado de piedras preciosas. En los pies calzaba zapatos de ónix. Pero su rostro estaba cubierto de polvo, su vestido estaba rasgado en la parte derecha. También el manto había perdido su belleza singular y sus zapatos estaban sucios por encima. Con gran voz y lastimera, la mujer alzó su grito al cielo: ‘Escucha, cielo: mi rostro está embadurnado. Aflígete, tierra: mi vestido está rasgado. Tiembla, abismo: mis zapatos están ensuciados’. Y prosiguió: ‘Estuve escondida en el corazón del Padre, hasta que el Hijo del hombre, concebido y dado a luz en la virginidad, derramó su sangre. Con esta sangre, como dote, me tomó como esposa. Los estigmas de mi esposo permanecen frescos y abiertos mientras estén abiertas las heridas de los pecados de los hombres. El que permanezcan abiertas las heridas de Cristo es precisamente culpa de los sacerdotes. Ellos rasgan mi vestido porque son transgresores de la Ley, del Evangelio y de su deber sacerdotal. Quitan el esplendor de mi manto, porque descuidan totalmente los preceptos que tienen impuestos. Ensucian mis zapatos, porque no caminan por el camino recto, es decir por el duro y severo de la justicia, y también porque no dan un buen ejemplo a sus súbditos. Sin embargo, encuentro en algunos el esplendor de la verdad’. Y escuché una voz del cielo que decía: ‘Esta imagen representa a la Iglesia. Por esto, oh ser humano que ves todo esto y que escuchas los lamentos, anúncialo a los sacerdotes que han de guiar e instruir al pueblo de Dios y a los que, como a los apóstoles, se les dijo: ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’ (Mc 16,15)”[1].

Benedicto XVI comentó la visión de Hildegarda, en medio del año sacerdotal, cuando explotó la crisis ocasionada por los escándalos de pedofilia de algunos sacerdotes. Así se expresaba el papa:

“En la visión de santa Hildegarda, el rostro de la Iglesia está cubierto de polvo, y así es como lo hemos visto. Su vestido está rasgado por culpa de los sacerdotes. Tal como ella lo ha visto y expresado, así lo hemos visto este año. Hemos de acoger esta humillación como una exhortación a la verdad y una llamada a la renovación. Solamente la verdad salva. Hemos de preguntarnos qué podemos hacer para reparar lo más posible la injusticia cometida. Hemos de preguntarnos qué había de equivocado en nuestro anuncio, en todo nuestro modo de configurar el ser cristiano, de forma que algo así pudiera suceder. Hemos de hallar una nueva determinación en la fe y en el bien. Hemos de ser capaces de penitencia. Debemos esforzarnos en hacer todo lo posible en la preparación para el sacerdocio, para que algo semejante no vuelva a suceder jamás. También éste es el lugar para dar las gracias de corazón a todos los que se esfuerzan por ayudar a las víctimas y devolverles la confianza en la Iglesia, la capacidad de creer en su mensaje. En mis encuentros con las víctimas de este pecado, siembre he encontrado también personas que, con gran dedicación, están al lado del que sufre y ha sufrido daño. Ésta es la ocasión para dar las gracias también a tantos buenos sacerdotes que transmiten con humildad y fidelidad la bondad del Señor y, en medio de la devastación, son testigos de la belleza permanente del sacerdocio” (Discurso, 10-12-2010).

La Iglesia es la primera víctima de los pecados de sus sacerdotes, y de hecho, los ataques más duros que ha sufrido la Iglesia a lo largo de los siglos han venido de los sacerdotes. Se cuenta que Napoleón Bonaparte, habiendo llegado a Roma para doblegar al papa Pío VI, tuvo un diálogo con el cardenal Ercole Consalvi, que le preguntó: “Emperador, ¿a qué viene Usted a Roma?”. Bonaparte habría respondido retador: “vengo a destruir a la Iglesia”. A lo que el cardenal Consalvi, sonriente, replicaría: “No pierda su tiempo Emperador, que ni siquiera los que estamos adentro hemos podido destruir a la Iglesia en 18 siglos”. Algunos incluso se atreven a decir que la prueba de que la Iglesia católica es de Dios, es que ni siquiera los sacerdotes la han podido destruir.

A pesar de todos los ataques que ha recibido la Iglesia desde dentro y desde fuera, ella sigue progresando en la historia, aprendiendo de sus errores, y purificándose de las faltas de sus hijos. Es la única institución en el mundo que ha durado tanto tiempo. Los imperios más fuertes han caído, los regímenes más florecientes han caducado, las instituciones más prestigiosas se han acabado. Pero la Iglesia no muere, y cuanto más la atacan, pareciera que más se fortalece. Ya decía Tertuliano en los inicios del cristianismo: “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”. La Iglesia es la única institución en el mundo que ha pedido perdón por los pecados y los errores de sus hijos en las épocas pasadas. Ninguna otra religión ha realizado ese acto de heroísmo sincero y de humildad suprema. Muy pocos gobiernos han pedido perdón por algún crimen o falta grave cometida en el pasado. Pero la grandeza de la Iglesia consiste precisamente en su humildad de pedir perdón, por faltas cometidas por otros en el pasado, pero que se cometieron por miembros de la misma Iglesia. La solidaridad que vivimos los cristianos, nos ha llevado incluso a pedir perdón unos por otros. Si los pecados de los hijos de la Iglesia son un antitestimonio por  los que hay que pedir perdón, el reconocimiento de las faltas es una señal de que se quiere enmendar y purificar de esos pecados.

Más allá de los pecados de los miembros de la Iglesia, hemos de señalar que cuando decimos que creemos en la Iglesia, estamos diciendo en definitiva que creemos en Cristo, que es el esposo de la Iglesia, y que creemos en el Espíritu Santo, que es quien vivifica a la Iglesia. Estamos proclamando que creemos en el Dios que confía tanto en los hombres, que deja en sus manos la obra de la salvación. Muchas veces encontramos a gente que dice que no cree en Dios. Pero nosotros tenemos a un Dios que sí cree en los hombres, que confía de tal manera en ellos que les ha entregado su Iglesia, y ha depositado en ella los medios de la salvación.

La Iglesia es el misterio de un Dios que cree y confía en el hombre, pero no le deja solo, sino que le ayuda y le da su fuerza y su gracia. Esa es la Iglesia de Cristo: el misterio de un Dios que actúa a través de hombres pecadores, el fenómeno de un Dios que se pone en manos de los sacerdotes que consagran la Eucaristía para darla como alimento a los hijos de Dios. La Iglesia es el espacio en el que Dios nos perdona por el ministerio de los presbíteros, que absuelven los pecados en nombre de Cristo, haciendo sus veces.

Esa es la Iglesia en que creemos, y rezamos por ella para que se mantenga en la unidad, y para que viva la caridad con todas sus consecuencias.

Cuando rezamos el credo largo, decimos: “Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica”. Estas son las famosas cuatro notas características de la Iglesia fundada por Cristo. Nos detendremos ahora en cada una de ellas.

a)     La unidad de la Iglesia

La Iglesia de Cristo es Una porque Jesús fundó una sola Iglesia, y pidió que se mantuviera en la unidad cuando rezó al Padre en estos términos: “que todos sean uno, como tú padre en mí y yo en ti. Que todos sean uno para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21). Jesús no quiso una Iglesia dividida, sino unida en el amor. Y la única Iglesia que fundó Jesús es la católica, pues es la única que mantiene todos los elementos de la Iglesia primitiva. El Concilio Vaticano II afirma que la Iglesia fundada por Cristo “subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica” (Lumen Gentium 8).

El camino hacia la unidad es arduo, debido a que a lo largo de la historia, la Iglesia de Cristo ha experimentado dolorosas rupturas, que ha dado lugar a divisiones que no son queridas por Dios, sino que son fruto del mal uso de la libertad de los hombres.

La soolicitud por la unidad de todos los cristianos en una misma Iglesia se denomina ecumenismo, y la Iglesia católica está tan empeñada en buscar esta unidad, que posee un dicasterio en la Santa Sede dedicado a esta misión. Se trata del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos. Los esfuerzos ecuménicos de la Iglesia católica han dado hermosos frutos. En épocas recientes un grupo importante de anglicanos ha vuelto en masa a la Iglesia católica, en número tan elevado que el papa Benedicto XVI tuvo que erigir varias circunscripciones eclesiásticas nuevas, llamadas ordinariatos personales, para acoger a los cristianos que venían del anglicanismo, permitiéndoles la subsistencia de sus propias tradiciones litúrgicas, pero ahora unidos a la única Iglesia de Cristo. El camino hacia la unidad plena de los cristianos continúa, en un esfuerzo no sólo de la Iglesia católica, sino también de algunas denominaciones ortodoxas y protestantes que están en diálogo continuo con la Iglesia católica para conseguir la tan anhelada unidad.

La unidad de los cristianos es tarea de todos, y todos debemos trabajar y rezar por esta intención. Ayudaremos mucho a que se realice si nos empeñamos en estar más unidos entre nosotros. De hecho, Nuestro Señor ha pedido que todos seamos uno “para que el mundo crea” (Jn 17, 21). La unidad de la Iglesia es un testimonio que despierta la fe de los que aún no creen. Si nos mantenemos unidos, haremos que el mundo crea, avivaremos la fe de muchos.

Unidad no significa uniformidad. Es así que en la única Iglesia de Cristo hay diversidad de funciones, carismas y ministerios. Estamos unidos, pero no todos tenemos las misma vocación o la misma misión. Hay quienes son llamados al ministerio sacerdotal, otros a la vida consagrada, y existe también la vocación al matrimonio. Dentro de la vida consagrada hay monjes que se apartan totalmente del mundo para vivir en oración, pero también hay religiosos de vida activa. Existen además numerosos carismas, que reflejan la multiformidad de los dones del Espíritu Santo. Y aunque en la Iglesia todos hacemos cosas distintas, estamos unidos en una misma fe, un solo bautismo, un solo Señor, un solo Dios y Padre. Esta unidad también se debe ver reflejada en las parroquias, que han sido definidas como “comunidad de comunidades”: en la parroquia confluye una variedad de comunidades unidas en torno al pastor, el párroco. Cada comunidad tiene sus características propias, pero todas están unidas en la fe. Entre ellas se impulsan y se respetan, y se cultiva la unidad.

Unidad implica por tanto fraternidad y comunión, dos nociones que están estrechamente vinculadas. 

b)     La santidad de la Iglesia

La Iglesia de Cristo también es santa, porque su fundador es santo, Jesús de Nazaret, y porque su doctrina es santa, pues ha sido revelada por Dios. La santidad de la Iglesia también se manifiesta en la multitud de santos que ha tenido a lo largo de la historia. Los santos son personas como tú y como yo, que han vivido el mensaje de Cristo hasta sus últimas consecuencias, y de ese modo han alcanzado la unión plena con Dios en el Cielo. Por eso los santos son nuestros modelos, pero también nuestros intercesores. Recordemos que todos estamos llamados a ser santos, a través del bautismo que hemos recibido. El Concilio Vaticano II ha proclamado claramente esa vocación a la santidad:

“Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre” (Constitución Lumen Gentium, 11).

La llamada a la santidad no es pues un privilegio para una élite, sino una vocación para todos. En el Sermón de la montaña Jesús dijo: “sean perfectos como su padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48). La perfección de la vida cristiana es por tanto una llamada para todos, pues el Señor se dirigía al pueblo llano, y no a un grupito de elegidos.

La mayoría de los cristianos están llamados a ser santos en medio de sus ocupaciones cotidianas y de su trabajo. De modo que el trabajo profesional o la familia no son un obstáculo para ser santos, sino más bien el medio querido por Dios para alcanzar esa santidad. Debemos buscar, con la ayuda de Dios, convertir todos los momentos y circunstancias de nuestra vida en ocasión de amar más a Dios. Debemos buscar a Dios en medio de la calle, del mercado, del autobús o de la casa. Lo haremos si ofrecemos nuestro trabajo a Dios, si tenemos presencia de Dios, y presentamos a Dios el sacrificio de nuestra vida al unirlo al único y perfecto sacrificio de Cristo en la cruz, que se renueva cada día en la Santa Misa.

c)      La universalidad de la Iglesia

Hablemos ahora de la catolicidad de la Iglesia. La Iglesia es católica porque es universal. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña al respecto:

“La palabra ‘católica’ significa ‘universal’ en el sentido de ‘según la totalidad’ o ‘según la integridad’. La Iglesia es católica en un doble sentido: Es católica porque Cristo está presente en ella. ‘Allí donde está Cristo Jesús, está la Iglesia Católica’ (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Smyrnaeos 8, 2). En ella subsiste la plenitud del Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza (cf. Ef 1, 22-23), lo que implica que ella recibe de Él ‘la plenitud de los medios de salvación’ (Ad Gentes, 6) que Él ha querido: confesión de fe recta y completa, vida sacramental íntegra y ministerio ordenado en la sucesión apostólica. La Iglesia, en este sentido fundamental, era católica el día de Pentecostés (cf. Ad Gentes, 4) y lo será siempre hasta el día de la Parusía” (n. 830).

Es interesante saber que el primer documento que aplica el adjetivo “católica” a la Iglesia de Cristo es del año 107 de nuestra era, empleado por el obispo san Ignacio de Antioquía, que cita el Catecismo. Vemos así que ese título de católica aplicado a la Iglesia es antiquísimo, y manifiesta la universalidad de la Iglesia de Cristo, que ha sido fundada para los hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los lugares de la tierra.

El Concilio Vaticano II afirma acerca de la universalidad de la Iglesia:

“Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios. Por eso este pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo el mundo a través de todos los siglos, para que así se cumpla el designio de Dios, que en el principio creó una única naturaleza humana y decidió reunir a sus hijos dispersos […] Este carácter de universalidad, que distingue al pueblo de Dios, es un don del mismo Señor. Gracias a este carácter, la Iglesia Católica tiende siempre y eficazmente a reunir a la humanidad entera con todos sus valores bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu” (Constitución Lumen Gentium, 13).

Gracias a esa catolicidad, la Iglesia ha podido adaptarse a todas las culturas, sin eliminar los elementos de cada cultura, pero elevándolas hacia los más altos valores. Ese proceso de inculturación, en el que las culturas más diversas se adaptan al evangelio, es un fenómeno que sigue la misma lógica de la encarnación. Si al hacerse hombre, el Hijo de Dios asumió todo lo humano y lo elevó al orden de la gracia, entonces todos los elementos de la cultura humana pueden ser elevados al ser asumidos por la Iglesia fundada por Cristo.

d)     La apostolicidad de la Iglesia

Por último, rezamos en el Credo que la Iglesia es apostólica. Esto significa que, como dice san Pablo, está fundada “sobre el cimiento de los apóstoles y profetas” (Ef 2, 20). Cristo quiso que su Iglesia reposara sobre la columna de sus apóstoles, que dieron su vida por la Iglesia, y sobre los sucesores de los apóstoles que son los obispos. Sobre esta propiedad de la Iglesia dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

“La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido: –fue y permanece edificada sobre ‘el fundamento de los Apóstoles’ (Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo (cf. Mt 28, 16-20; Hch 1, 8; 1 Co 9, 1; 15, 7-8; Ga 1, l; etc.)– guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza (cf. Hch 2, 42), el buen depósito, las sanas palabras oídas a los Apóstoles (cf. 2 Tm 1, 13-14). –sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, ‘al que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia’ (Ad Gentes, 5)” (n. 857).

De hecho, la única Iglesia de Cristo está gobernada por los obispos, sucesores de los apóstoles, a quienes se ha comunicado de modo especial la gracia del Espíritu Santo a través del sacramento del orden en el grado del episcopado. Como los apóstoles, los obispos no dejan de ser seres humanos, con pecados y defectos, pero han sido elegidos por Dios para una misión singular y trascendente: pastorear su Iglesia. Por tres veces dijo Jesús a Pedro –príncipe de los apóstoles– que pastoreara las ovejas de su rebaño (Jn 21, 15 ss). Las ovejas somos todos los bautizados, miembros del único rebaño de Cristo. Y los pastores son los sucesores de los apóstoles, los obispos, que ejercen de modo pleno la triple función de santificar, enseñar y gobernar al pueblo de Dios. Es por eso que en la Iglesia católica existe una particular veneración por el papa y los obispos, pues escucharlos a ellos es escuchar a Cristo, y despreciarlos a ellos es despreciar a Cristo, tal como el mismo Jesús enseñó (cf. Lc 10, 16). Y no veneramos a los obispos porque nos caigan bien o porque sean muy simpáticos, siendo así que la mayoría de los obispos son simpáticos, sino que los veneramos porque vemos en ellos a uno de los doce apóstoles del Cordero, elegidos por el mismo Jesús.

La sucesión apostólica en la Iglesia garantiza la fuerza del Espíritu Santo que los apóstoles recibieron del mismo Jesús, y que nos puede llegar a nosotros gracias a esa transmisión de la gracia que ha venido a través de la historia con la imposición de las manos. Por la sucesión apostólica, nos hacemos más cercanos a los cristianos de la Iglesia primitiva, y nos hacemos partícipes más directamente del mensaje y de los dones que Jesús vino a traer al mundo.


[1] Hildegarda de Bingen, Carta a Werner von Kirchheim y a su comunidad sacerdotalPL 197, 269 ss.

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agosto 8, 2013 at 4:37 pm

El Dios misterioso

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Club-tipped anemone, Corynactis californica, California, Eastern Pacific OceanUna vez que hemos repasado todos los argumentos que pueden llevarnos hacia la existencia de Dios por medio de la razón, es el momento de preguntarnos ¿cómo es Dios? ¿Qué podemos saber de Dios con la razón?

Lo primero que tenemos que decir al respecto es que por más que nos esforcemos por entender a Dios, nunca lo podremos abarcar completamente con nuestra limitada inteligencia. Todo lo que pudiéramos decir acerca de Dios siempre se quedará por debajo de lo que Dios es realmente. La idea que tengamos de Dios, aunque sea fruto de brillantes elucubraciones, incluso en una mente iluminada por la fe sobrenatural, siempre estará por debajo de la realidad. Aquí podríamos decir, contra lo que se afirma habitualmente, que la realidad supera a la idea. Dios es siempre más de lo que nosotros pensemos de Él, y por eso es que siempre nos sorprende, y por eso es que nunca acabaremos de entenderlo plenamente, aunque seamos los teólogos más brillantes o los místicos más elevados.

La teología negativa o apofática.

Acá podemos hacer uso de lo que un autor del siglo IV, el Pseudo Dionisio Areopagita, llamó la teología negativa o apofática. El Pseudo Dionisio decía que de Dios podemos saber más lo que no es, que lo que es. Cuando afirmamos algo de Dios, siempre nos quedamos cortos, porque Dios supera infinitamente todo lo que podamos decir de Él. Por tanto, en lugar de atribuir a Dios las perfecciones que vemos en sus criaturas (teología positiva), lo que tenemos que hacer en primer lugar es negar de Dios las imperfecciones que hay en lo creado (teología negativa). Y entonces tendremos que afirmar que Dios es in-finito (negamos cualquier clase de finitud en Él), es in-conmensurable e in-abarcable (no se pude medir, ni nada lo puede abarcar o contener).

La vía anagógica, de elevación, o teología superlativa

Pero la vía negativa o apofática no basta para tener un conocimiento cabal de la esencia divina. Es necesaria también la vía anagógica o de elevación, llamada también teología superlativa. Ésta consiste en aplicar a Dios todas las perfecciones de las criaturas pero en grado superlativo. Diremos entonces que Dios es omnipresente (está en todas partes), es omnisciente (todo lo conoce), es infinitamente bueno y misericordioso, y es eterno. En definitiva, como dice Ex 3, 15, Dios es “el que es”. Y es eso precisamente lo que significa el nombre propio de Dios Yahvéh: “Yo soy”. Dios es la fuente del ser, el ser supremo, el ser mayor que el cual no se puede pensar otro.

Del Dios de los filósofos a la Revelación que Dios hace de si mismo

El problema de la esencia de Dios según el Pseudo Dionisio nos hace ver lo difícil que es decir cómo es Dios, porque con la teología superlativa aplicamos nociones filosóficas a Dios, que se quedan muy por debajo de lo que es realmente Dios. Por eso, el Dios de los filósofos se suele quedar en nociones abstractas que quizás hacen aún más incomprensible a Dios, y es entonces cuando debemos ir a la revelación, al Dios de nuestra fe. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Puesto que nuestro conocimiento de Dios es limitado, nuestro lenguaje sobre Dios lo es también. No podemos nombrar a Dios sino a partir de las criaturas, y según nuestro modo humano limitado de conocer y de pensar” (n. 40), pues Dios supera infinitamente todo lo que podamos decir y pensar de Él.

Los filósofos han hablado de los atributos divinos, y los han dividido en atributos entitativos, que tienen que ver con el ser mismo de Dios (unidad, infinitud, inmutabilidad, eternidad); y atributos operativos, referidos a la acción divina (por parte de su voluntad, la creación y la providencia, y por parte de su inteligencia, la omnisciencia). Pero al estudiar con toda la profundidad del caso esos atributos, no llegamos a saciar nuestra ansia de conocer el ser íntimo de Dios. Esto es así porque, como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica:

“Dios transciende toda criatura. Es preciso, pues, purificar sin cesar nuestro lenguaje de todo lo que tiene de limitado, de expresión por medio de imágenes, de imperfecto, para no confundir al Dios ‘que está por encima de todo nombre y de todo entendimiento, el invisible y fuera de todo alcance’ (Liturgia bizantina. Anáfora de san Juan Crisóstomo) con nuestras representaciones humanas. Nuestras palabras humanas quedan siempre más acá del Misterio de Dios” (n. 42).

El hombre tiene muchas dificultades para conocer a Dios, cuando emplea la sola luz de la razón. El papa Pío XII afirma al respecto:

“A pesar de que la razón humana, sencillamente hablando, pueda verdaderamente por sus fuerzas y su luz naturales, llegar a un conocimiento verdadero y cierto de un Dios personal, que protege y gobierna el mundo por su providencia, así como de una ley natural puesta por el Creador en nuestras almas, sin embargo hay muchos obstáculos que impiden a esta misma razón usar eficazmente y con fruto su poder natural; porque las verdades que se refieren a Dios y a los hombres sobrepasan absolutamente el orden de las cosas sensibles, y cuando deben traducirse en actos y proyectarse en la vida exigen que el hombre se entregue y renuncie a sí mismo. El espíritu humano, para adquirir semejantes verdades, padece dificultad por parte de los sentidos y de la imaginación, así como de los malos deseos nacidos del pecado original. De ahí procede que en semejantes materias los hombres se persuadan de que son falsas, o al menos dudosas, las cosas que no quisieran que fuesen verdaderas” (Encíclica Humani generis: DS 3875).

El pecado original ha oscurecido la capacidad humana de conocer a Dios. Hace falta entonces la revelación para conocer mejor el ser de Dios. Lo que dicen los filósofos de Dios no es falso, pero tampoco es todo lo que se puede decir de Dios. La Sagrada Escritura nos presenta a un Dios trascendente e infinito, pero al mismo tiempo a un Dios cercano, que desde el momento en que crea al ser humano, dialoga y pasea con el hombre, le viene a su encuentro, le da a conocer sus planes, y se hace su amigo y su confidente. Lo vemos en el diálogo de Dios con Abraham antes de destruir Sodoma y Gomorra, en el diálogo de Dios con Moisés antes de liberar al pueblo de Egipto, y en las acciones divinas que narran las Escrituras, en las cuales Dios se manifiesta al modo de los hombres, con un lenguaje humano, buscando por todos los medios hacerse entender. Dios no pide al hombre que se adapte a Él, por más que el hombre ha sido creado a su imagen y semejanza. Es Dios quien se adapta al hombre, se abaja y le habla en su mismo lenguaje.

Revelación

Acerca de la revelación, podemos hacer el siguiente razonamiento: si Dios es Dios, y por tanto, si Dios es bueno y nosotros somos sus criaturas predilectas, lo más razonable es que se comunique con nosotros, y es precisamente lo que ha hecho Dios a través de la revelación. Josef Pieper dice al respecto que “quien concibe a Dios como Alguien capaz de hablar y al hombre como un ser abierto por naturaleza a Dios, considera, justamente por ello, posible la Revelación, y quizá, no sólo posible, sino como algo que es de esperar[1]. Si tuviéramos que agradecer a Dios por habérsenos revelado, tendremos que decirle con toda confianza: “no esperaba menos de ti”.

El Dios verdadero es un Dios cercano, que se nos ha ido revelando poco a poco, mostrando que es uno sólo, que nos ama, que permanece fiel a sus promesas, que nos defiende de nuestros enemigos y nos protege en las adversidades. Este Dios se ha revelado de modo definitivo en Cristo, que es quien nos ha mostrado el ser íntimo de Dios. Jesús de Nazaret nos ha revelado a un Dios único, que al mismo tiempo es tres personas. Un Dios que es Padre, y que nos hace sus hijos. Un Dios que es Hijo, hecho hombre por nosotros y que nos ha salvado del pecado. Un Dios que es Espíritu Santo, que nos da vida y nos mantiene en la existencia, que nos revela sus planes y nos acompaña durante toda nuestra existencia. Un Dios que se queda como alimento en la Eucaristía, para que le podamos tocar, e incluso comer. Un Dios que espera por nosotros en esa cárcel de amor que es el Sagrario, donde permanece oculto bajo la apariencia de pan. En definitiva, un Dios que es Amor.

Por la revelación podemos saber mucho más de Dios que a través de la sola razón. Pero la razón no puede contradecir lo que ha sido revelado de Dios, ni puede decir que nada de lo que Dios nos ha dicho de sí mismo es falso, o es contradictorio. La fe supera a la razón, pero no la anula ni la contradice. Ese Dios amor se entiende mejor si lo contemplamos en la Trinidad de personas, como veremos a continuación.


[1] J. Pieper, Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid, 2000, p. 355.

Written by rsanzcarrera

agosto 8, 2013 at 4:31 pm

a) Argumentos cosmológicos para llegar a la existencia de Dios

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Los argumentos cosmológicos son aquellos que toman como punto de partida el universo creado, para a través de él llegar al Creador. El universo creado es tan hermoso y tan ordenado, que en él podemos descubrir la huella de su hacedor. El libro de la Sabiduría, capítulo 13, realiza una interesante argumentación de cómo se puede descubrir al creador a través de las criaturas. Dice así el texto sagrado: “Vanos son por naturaleza los hombres que han vivido en la ignorancia de Dios, que de los bienes visibles no fueron capaces de conocer al-que-es, ni al considerar las obras reconocieron a su artífice” (Sab 13, 1). Estos hombres vanos son los que se quedaron contemplando las criaturas, e incluso las divinizaron, siendo incapaces de alzar su vista hacia el creador, pues estas personas “al fuego, al viento, al aire veloz, a la órbita de los astros, o a la violencia de las aguas, o a los luceros del cielo, rectores del cosmos, los tuvieron por dioses” (Sab 13, 2). En esta cita hay una alusión velada a los filósofos griegos de la naturaleza, que ponían el primer principio (arjé) de todas las cosas en algo material. Así, Tales de Mileto decía que el agua era el principio de todas las cosas, mientras que Anaxímenes decía que ese principio era el aire. Empédocles puso el principio en los cuatro elementos (tierra, aire, agua y fuego), y Anaximandro en lo indefinido (en griego, apeiron). Pero ninguno de ellos fue capaz de ir más allá. Y precisamente por eso la Escritura denuncia sus planteamientos diciendo: “Si, fascinados por su belleza, los tomaron por dioses, que sepan cuánto mejor es el Señor de ellos, pues los creó el progenitor de la belleza. Y si se asombraron de su potencia y eficacia, que deduzcan de ellas cuánto más poderoso es el que los formó” (Sab 13, 3-4). De hecho, los grandes científicos, al descubrir la maravilla del cosmos creado en sus estudios e investigaciones, han llegado a la existencia de Dios, que muestra su potencia a través de las criaturas, y es por ello que hoy día la mayoría de los grandes de la ciencia son creyentes en Dios. Pero las grandes mentes pueden aún negarse a aceptar la existencia del creador. Sólo es posible negar la existencia del creador por un acto de la voluntad que contradice lo que sugiere la inteligencia. Es a estos incrédulos a quienes fustiga el texto bíblico cuando dice de ellos: “si fueron capaces de saber tanto, que pudieron escrutar los mundos, ¿cómo no encontraron más pronto a su Señor?” (Sab 13, 9).

El libro de la Sabiduría, en el cenit de su reflexión, toma para sí una argumentación racional, que se parece mucho a la cuarta vía de santo Tomás de Aquino, que luego veremos: “por la grandeza y hermosura de las criaturas se puede contemplar, por analogía, al que las engendró” (Sab 13, 5). Por su parte, san Pablo en la carta a los Romanos hace una argumentación muy similar: “desde la creación del mundo las perfecciones invisibles de Dios –su eterno poder y su divinidad– se han hecho visibles a la inteligencia a través de las cosas creadas” (Rom 1, 20). Aquí se plantea la vía analógica, que consiste en ir desde las criaturas en un camino ascendente hasta el creador, partiendo del principio de que las cosas son imagen y semejanza de quien las hizo. Y si la belleza de lo creado es tan grande, ¿cómo no será la del creador? El texto que acabamos de analizar fue un estímulo para los pensadores cristianos, que buscaron demostrar la existencia de Dios a través del cosmos.

Fue santo Tomás de Aquino (1225-1274) el teólogo católico que sistematizó las famosas cinco vías para llegar a la existencia de Dios, partiendo del universo creado hasta llegar a su origen y fuente (Suma Teológica I, q. 2, a. 3). No nos limitaremos a exponer las vías de santo Tomás, sino que estas vías simplemente nos servirán como base para argumentar con la razón humana que Dios tiene que existir.

En primer lugar tenemos el argumento del movimiento y de la causalidad,

Aunque Tomás de Aquino trata por separado en su Suma Teológica de ambos argumentos, los juntaremos acá en un mismo argumento. Uniremos los argumentos del movimiento y de la causalidad debido a que el argumento del movimiento se basa en el de la causalidad, y entendiendo uno de los dos, podemos entender los dos. Nos quedaremos con la vía de la causalidad. Todos somos testigos de que en el mundo que nos rodea unas cosas son causadas por otras, de que unas cosas son movidas por otras: las plantas vienen de las semillas, las plantas crecen a causa de la tierra fértil, del agua, del sol, etc. Los hijos son causados por los padres, los artefactos por los artífices, y las máquinas y los edificios por sus constructores. Vemos así que todos los efectos tienen una causa. Si queremos llegar a la causa última de todas las cosas, tenemos que ir de causa en causa, hacia atrás. Pero no podemos hacer hacia atrás un elenco de infinitas causas, porque eso repugna a la razón. Tiene que haber entonces una causa última de todas las cosas, que las haya comenzado a causar, pero que ella misma no haya sido causada por nadie. A esa causa última la llamamos Dios.

La tercera vía de santo Tomás es la de lo contingente y lo necesario.

Las cosas contingentes son las que existen, pero pudieron no haber existido, o pueden de algún modo dejar de existir. Podemos decir que todas las cosas de universo material son contingentes, porque hubo un tiempo en que no existían, y porque pueden dejar de existir. Es más, las cosas del universo material pudieron no haber existido, o pudieron haber sido de otro modo. Por eso decimos que son contingentes. Hubo un tiempo en que el sistema solar no existía, ni la tierra, ni el sol, ni la luna. La tierra en que vivimos se formó hace unos cinco mil millones de años. Es más, hasta el universo en que existimos tiene fecha de nacimiento: los astrónomos y los físicos actuales estiman que el universo tiene la edad de unos catorce mil millones de años. Es decir, antes de ese tiempo, el universo no existía. Esto quiere decir que el universo es contingente, porque antes no existía, y porque pudo no haber existido. Pero hay un problema: si todas las cosas que existen, hubo un tiempo en que no existieron, entonces nada existiría actualmente. Si todo fuera contingente, no habría nada que sostuviera a las cosas en el ser. La lógica nos dice que debería haber un ser necesario que no pueda dejar de existir, que tenga por fuerza que existir, que es lo que entendemos por “ser necesario”. Necesario en el sentido filosófico es aquello que tiene que existir, que no puede no existir. Si ese ser necesario no existiera, nada existiría actualmente. Pero el universo natural no es necesario, como hemos visto. Por tanto el ser necesario ha de ser alguien que siempre haya existido, y que no pueda no existir, y cuya existencia no dependa de otro ser. Es el ser que sostiene en la existencia a las cosas contingentes. A ese ser necesario lo llamamos Dios.

La cuarta vía es la de los grados de perfección.

Y la argumentación es la siguiente: en los seres del universo hay seres más perfectos, y seres menos perfectos. Pero todos los seres han recibido la perfección de quien los ha causado. Esto es así porque nadie da lo que no tiene. Todo aquél que transmite una perfección, es porque ya la tiene. Así, los cachorros reciben su perfección de sus progenitores, y los hijos las reciben de sus padres (no sólo en cuanto a patrimonio genético, sino también en lo referente a personalidad, capacidades, etc.). Es decir, todo el que tiene una perfección la ha recibo de alguien que la tiene en más alto grado, o al menos en igual medida. Vemos que en el universo creado hay una cantidad inmensa de perfecciones, que reclaman un ser que se las haya dado, y que tenga por tanto todas esas perfecciones en grado infinito. A ese ser llamamos Dios. La filosofía del ser ha hablado de una noción que explica que los seres reciben perfecciones de otros seres de modo participado. A esto se ha llamado “la participación en el ser”. Esto significa que todos los seres tienen el ser, porque la han recibido de alguien que posee la plenitud del ser. Por eso podemos decir que las criaturas participamos del ser divino, porque hemos recibido el ser de Dios, y es Dios el que nos mantiene en la existencia.

La quinta vía es la más fácil de entender: la del orden en el mundo.

El orden que vemos en las cosas –en una máquina, en una habitación, en una empresa o en una casa– es fruto de un ordenador, es decir, de alguien inteligente que ha puesto orden en las cosas. La lógica humana no acepta que un sistema con un orden tan preciso como una computadora, haya sido producido a partir del caos (palabra griega que significa desorden) por puro azar y casualidad. Lo más racional es que pensemos que algo tan bien acabado como una computadora portátil (un blackberry, una tablet o un smartphone) haya sido diseñado y fabricado por alguien inteligente. Pues bien, el universo, desde tiempos antiquísimos, recibió el nombre de cosmos, palabra griega que significa orden, porque es un sistema sumamente ordenado. El orden en el universo, que se palpa cada vez mejor a medida que avanzan las ciencias experimentales y la física (microfísica y astronomía), reclama la existencia de un ordenador inteligente. Sin la existencia de ese ordenador inteligente sería imposible explicar el mundo en que vivimos. Aunque nadie haya visto al arquitecto, el que contempla una edificación maravillosamente diseñada sabe que existe el arquitecto. Si nos sirven en un restaurant un plato de comida, sabemos que existe el cocinero, aunque nunca lo veamos ni lo conozcamos. El que contempla un universo y una naturaleza tan sabia y tan organizada como la existente, aunque no vea al autor de ella, gracias al sentido común puede afirmar su existencia, puede llegar con la luz de la razón a la existencia de ese ser, al cual todos llamamos Dios.

Written by rsanzcarrera

agosto 8, 2013 at 3:38 pm