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Pobreza, desprendimiento

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'77Es sabido que esta virtud puede entenderse en dos sentidos: como desprendimiento de sí mismo y como desprendimiento de los bienes terrenos. El primer sentido, más genérico, es la actitud del hombre que se reconoce indigente, sin nada propio y además pecador, pero que confía en Dios y espera todo de su misericordia. El segundo, más específico, es el de la pobreza como templanza en el uso de los bienes terrenos, que exige verlos como dones y emplearlos conforme al querer de Dios.

(Pobreza como faceta de la humildad)

Del primer sentido habla la Sagrada Escritura cuando se refiere a los “pobres de espíritu”. El Señor los llama bienaventurados «porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5,3). En realidad, esta pobreza es un aspecto de la humildad: los pobres de espíritu, dice un Padre de la Iglesia, «son los humildes y contritos de corazón» [1417]. San Josemaría se refiere a ella cuando invita a estar seriamente desprendidos de nosotros mismos: de los dones de la inteligencia, de la salud, de la honra, de las ambiciones nobles, de los triunfos, de los éxitos [1418]. Al ser una faceta de la humildad, esta pobreza de espíritu es fundamento de la pobreza en sentido específico, de la que nos ocupamos a continuación. Hay que tener en cuenta, no obstante, que la expresión “pobreza de espíritu” se aplica también a este segundo sentido de la virtud, para distinguirla de la “pobreza material”, que es la simple carencia de bienes. San Josemaría lo hace así con frecuencia [1419].

(Pobreza como desprendimiento y uso recto de los bienes)

En el caso de los fieles laicos, llamados a la santidad en medio del mundo, la pobreza respecto a los bienes terrenos tiene dos aspectos inseparables: el total desprendimiento interior de esos bienes y la disposición habitual de usarlos para santificar el mundo desde dentro. San Josemaría señala que un punto muy importante del que depende una recta comprensión de la vocación laical es entender que la pobreza no se define por la simple renuncia, ya que los laicos han de utilizar todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana [1420].

Estos dos aspectos –desprendimiento y uso recto de los bienes– no se excluyen mutuamente. Se puede estar desprendido de los bienes que se poseen hasta el punto de vivir como si no se poseyera nada propio (cfr. 1 Co 7,30), y manejarlos a la vez como un administrador, con la obligación de hacerlos rendir (cfr. Mt 25,14 ss.; Lc 12,42-44; 19,12 ss).

Os aconsejo que pongáis un empeño muy grande en estar desprendidos de todo, sin miedo, sin temores ni recelos. Después, al atender y al cumplir vuestras obligaciones personales, familiares…, emplead los medios terrenos honestos con rectitud, pensando en el servicio a Dios [1421].

(Señales del “justo medio” de la pobreza)

Como todas las virtudes humanas, la pobreza tiene un “justo medio”. San Josemaría proporciona a este respecto unos criterios eficaces para reconocerlo.

Aquí tenéis algunas señales de la verdadera pobreza: no tener cosa alguna como propia; no tener nada superfluo; no quejarse cuando falta lo necesario; cuando se trata de elegir algo para uso personal, elegir lo más pobre, lo menos simpático [1422].

Detengámonos en estas orientaciones prácticas:

  • a) Para san Josemaría, “no tener cosa alguna como propia” no se reduce a una genérica disposición interior: es una “señal” de pobreza, concretamente reconocible en el modo de tratar las cosas que se tienen a mano, de emplear el tiempo y de cuidar la salud. Para mí, una manifestación de que nos sentimos señores del mundo, administradores fieles de Dios, es cuidar lo que usamos, con interés en que se conserve, en que dure, en que luzca, en que sirva el mayor tiempo posible para su finalidad, de manera que no se eche a perder [1423]. No maneja las cosas del mismo modo quien no tiene que dar cuenta a nadie y, sintiéndose dueño, actúa a su gusto y placer, que quien se sabe administrador y procura cuidarlas y hacerlas rendir porque debe responder de ellas: llevará cuenta de los gastos, empleará con solicitud los instrumentos de trabajo, etc. Algo semejante se puede decir respecto al uso del tiempo: la pobreza se manifestará en no considerarlo como un bien “propio” en sentido absoluto, sino como un tesoro, para hacerlo rendir en servicio a Dios y a los demás [1424]. Lo mismo se puede decir de la salud: habrá que apreciarla como un don para bien de los otros, un don que el cristiano no puede despreciar ni, por el extremo opuesto, idolatrar o disponer de él a su antojo. Se podrían citar numerosos textos de san Josemaría sobre estos puntos.
  • b) “No tener nada superfluo” es otra “señal” de pobreza. Lo superfluo es lo innecesario para vivir de acuerdo con la propia vocación a santificarse y santificar las actividades en las que uno está involucrado, teniendo en cuenta que “necesario” es no sólo lo “absolutamente necesario”, sino también lo “relativamente necesario” para el buen cumplimiento del propio deber. La distinción concreta entre lo “superfluo” y lo “necesario” dependerá de las circunstancias de cada uno y exigirá delicadeza de conciencia. San Josemaría invita a no inventarse necesidades artificiosas [1425]:

Precisamente porque no consiste la pobreza de espíritu en no tener, sino en estar de veras despegados, debemos permanecer atentos para no engañarnos con imaginarios motivos de fuerza mayor. Buscad lo suficiente, buscad lo que basta. Y no queráis más. Lo que pasa de ahí, es agobio, no alivio; apesadumbra, en vez de levantar (San Agustín, Sermo 85,6) [1426].

  • c) “No quejarse cuando falta lo necesario”. Ciertamente no es contrario a la pobreza procurar proveerse de lo razonable para desempeñar la profesión, asegurar el debido bienestar de la familia, intervenir con dignidad en los acontecimientos de la sociedad…; pero si no dispusiera de lo necesario, el cristiano descubrirá en esas circunstancias la paternal Providencia de Dios. El espíritu de pobreza lleva a “no quejarse”, porque una queja consentida revelaría, al menos hasta cierto punto, que no se desean esos bienes para servir y que no se confía totalmente en Dios, que concede siempre, a quienes se lo piden y ponen los medios, todo lo que realmente necesitan (cfr. Mt 6,26.31-32).

Os aseguro –lo he tocado con mis manos, lo he contemplado con mis ojos– que, si confiáis en la divina Providencia, si os abandonáis en sus brazos omnipotentes, nunca os faltarán los medios para servir a Dios, a la Iglesia Santa, a las almas, sin descuidar ninguno de vuestros deberes; y gozaréis además de una alegría y de una paz que mundus dare non potest (cfr. Jn 14,27), que la posesión de todos los bienes terrenos no puede dar [1427].

La pobreza de espíritu no es menos exigente ni menos dura que la pobreza material, y por eso quien ama y practica la primera no teme la segunda, ni se rebela cuando la sufre: la recibe como uno de los tesoros del hombre en la tierra [1428], como acepta un cristiano el dolor o la enfermedad. A veces dispondrá de bienes para emplearlos por amor a Dios en servicio de los demás; en otras ocasiones el Señor permitirá que carezca de ellos, y entonces podrá ofrecer esa privación unido a la Cruz, con alegría. En los dos casos ha de poder afirmar como san Pablo: «He aprendido a contentarme con lo que tengo: sé vivir en pobreza y vivir en la abundancia, estoy acostumbrado a todo y en todo lugar, a la hartura y a la escasez, a la riqueza y a la pobreza. Todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Flp 4,11-13).

  • d) La última “señal” que menciona el texto citado es “elegir lo más pobre, lo menos simpático”, cuando se trata de cosas “para uso personal”. Esta señal resplandece, como todas, en el Señor, que «siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza» (2 Co 8,9). El Hijo de Dios, después de abajarse a la condición de hombre, eligió lo más pobre: nacer en un establo; trabajar como artesano; no tener, en su vida pública, donde reclinar la cabeza; morir en la Cruz. “Elegir lo más pobre, lo menos simpático”, no es negar que los bienes de la tierra sean bienes, sino manifestar que el primer criterio en la elección de un bien no es la satisfacción personal, lo cual es señal de desprendimiento [1429].

(Síntesis en Conversaciones)

Todas esas enseñanzas se resumen en Conversaciones, donde san Josemaría responde por extenso a una pregunta sobre la pobreza en medio del mundo. Citamos solamente unos párrafos en los que sitúa su postura en relación con otros modos de practicar esta virtud.

Después de la afirmación básica de que quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo, prosigue:

A veces se reflexiona sobre la pobreza cristiana, teniendo como principal punto de referencia a los religiosos, de los que es propio dar siempre y en todo lugar un testimonio público, oficial: y se corre el riesgo de no advertir el carácter específico de un testimonio laical, dado desde dentro, con la sencillez de lo ordinario.

Todo cristiano corriente tiene que hacer compatibles, en su vida, dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradictorios. Pobreza real, que se note y se toque –hecha de cosas concretas–, que sea una profesión de fe en Dios, una manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios, y dar luego a todos de ese mismo amor. Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que hay en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las personas y de las comunidades. La pobreza está en encontrarse verdaderamente desprendido de las cosas terrenas (…).

Para mí, el mejor modelo de pobreza han sido siempre esos padres y esas madres de familia numerosa y pobre, que se desviven por sus hijos, y que con su esfuerzo y su constancia –muchas veces sin voz para decir a nadie que sufren necesidades– sacan adelante a los suyos, creando un hogar alegre en el que todos aprenden a amar, a servir, a trabajar [1430].

(Pobreza como requerimiento de la caridad)

San Josemaría no presenta la pobreza como consecuencia de una visión negativa del uso de los bienes terrenos, sino como requerimiento de la caridad que los desea poner al servicio de Dios y de los demás. La caridad necesita de la pobreza para manifestarse en las acciones que se refieren al uso de esos bienes: reclama el desprendimiento. «No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Lc 16,13), dice el Señor. El joven rico no fue capaz de seguir a Jesús «porque tenía muchos bienes» (Lc 18,23). Su fracaso muestra vivamente la necesidad del desprendimiento para una vida enteramente cristiana [1431]. La virtud humana de la pobreza prepara el alma para escuchar las llamadas de Dios: es una manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios [1432].

A su vez, la pobreza ha de estar informada por el amor a Dios. Vuestro corazón debe estar en el Cielo. Sólo así podréis luego ponerlo, en su justa medida, en las cosas de la tierra [1433]. Si se enfría la caridad, el corazón tiende a apegarse a los bienes terrenos y entonces se difumina la “justa medida” de la pobreza cristiana. Se puede hacer problemático distinguir entre lo “necesario” y lo “superfluo”; y puede resultar inasequible llevar con alegría, sin quejas, la carencia de lo que sería práctico, ventajoso o agradable.

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 [1417] SAN JUAN CRISÓSTOMO, In Matthaeum homiliae, 15, 1.

 [1418] Amigos de Dios, n. 114. Es un modo común de referirse al sentido más radical de esta virtud. JUAN PABLO II, p.ej., habla de la pobreza de espíritu como un «desprendimiento y desapego coherente de sí mismo» (Homilía, 1-XI-2000, n. 3).

 [1419] Cfr., p.ej., Camino, nn. 631, 632, 636.

 [1420] Conversaciones, n. 110. Este texto se cita íntegramente más abajo.

 [1421] Amigos de Dios, n. 118.

 [1422] Instrucción, 31-V-1936, nota 137.

 [1423] Amigos de Dios, n. 122.

 [1424] Cfr. ibid., nn. 45-46, 50-52.

 [1425] Ibid., n. 125.

 [1426] Ibid.

 [1427] Ibid., n. 117.

 [1428] Camino, n. 194.

 [1429] Cfr. ibid., n. 636.

 [1430] Conversaciones, nn. 110-111.

 [1431] Cfr. Camino, n. 631. En esta línea se puede recordar aquí que JUAN PABLO II habló del «enfriamiento religioso causado por el consumismo» (Carta ap. Novo millennio ineunte, 6-I-2001, n. 46). La facilidad para consumir bienes, en bastantes países, ha arrastrado a muchos a no practicar la virtud de la pobreza, llevando a un enfriamiento de la caridad.

 [1432] Conversaciones, n. 110. Este texto se ha citado antes con más amplitud.

 [1433] Apuntes de la predicación (AGP, P10, n. 180).

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Written by rsanzcarrera

octubre 3, 2014 at 5:26 pm

4.4.3. Perseverancia (y fidelidad). Magnanimidad

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Perseverancia

La perseverancia, que nada hace desfallecer, forma también parte de la fortaleza. Se trata, obviamente, de la perseverancia en la entrega de amor a Dios y a los demás: Perseverar es persistir en el amor. Sin esta virtud humana, el amor a Dios podría quedar limitado a temporadas y circunstancias; sería entonces un amor condicionado, al que le falta la determinación de perdurar pase lo que pase, requisito imprescindible para su perfección, según las palabras del Señor: «quien persevere hasta el fin, ése se salvará» (Mt 10,22; 24,13). Un amor a Dios que no quisiera durar para siempre no sería verdadero amor.

Puesto que el amor a Dios se puede y se debe manifestar en todas las acciones, la perseverancia se aplica a todo: perseverancia en la oración, en la mortificación, en el apostolado, en el trabajo… En este sentido, equivale a continuar en el bien sin desanimarse.

– La Roca, Dios y tú

Fidelidad

Muchas veces, san Josemaría se refiere específicamente a la perseverancia en la vocación cristiana, y concretamente a la vocación al Opus Dei. En este caso, perseverancia equivale prácticamente a fidelidad, porque ser fiel a los compromisos adquiridos para siempre es tanto como perseverar en la respuesta a la llamada que ha llevado a asumir esos compromisos. Por otra parte, la perseverancia no es un simple continuar o prolongarconsecuencia ciega del primer impulso, obra de la inercia–, sino un ser cuidadosamente fieles en cada momento a esos compromisos, manteniéndolos por amor, con voluntariedad actual, como exige su naturaleza.

– Vir fidelis multum laudabitur (el varón fiel será muy alabado) Prov 28,20

Magnanimidad

Junto con la perseverancia, y muy relacionada con ella, también la magnanimidad es parte de la fortaleza. San Josemaría la describe así:

Magnanimidad: ánimo grande, alma amplia en la que caben muchos. Es la fuerza que nos dispone a salir de nosotros mismos, para prepararnos a emprender obras valiosas, en beneficio de todos. No anida la estrechez en el magnánimo; no media la cicatería, ni el cálculo egoísta, ni la trapisonda interesada. El magnánimo dedica sin reservas sus fuerzas a lo que vale la pena; por eso es capaz de entregarse él mismo. No se conforma con dar: se da. Y logra entender entonces la mayor muestra de magnanimidad: darse a Dios.

La caridad necesita de la magnanimidad para desarrollarse a la medida del amor del Corazón de Cristo. Observa Jesús Ballesteros que en el pensamiento de san Josemaría «la magnanimidad aparece íntimamente unida a la caridad e implica a un tiempo el deseo de hacer bien las cosas por Dios y el ensanchar la “atención al otro” hasta abarcar a todo el género humano».

Además, el amor se ha de manifestar en obras. La magnanimidad sirve a esta dimensión de la caridad. Lleva a no tener miedo a emprender grandes iniciativas de servicio a las personas. Sin embargo, en aparente paradoja, las obras de amor que estimula, no tienen por qué ser llamativas ni materialmente “grandes”. San Josemaría rezaba: Jesús, que sea yo el último en todo… y el primero en el Amor. Se puede vivir magnánimamente una existencia corriente, como Jesús en los años de Nazaret, porque la santidad “grande” está en cumplir los “deberes pequeños” de cada instante.

Esta virtud lleva a poner los medios para dar fruto abundante, según el querer de Dios: «En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto» (Jn 15,8). La magnanimidad procura nada menos que ganar el mundo y conquistarlo para Dios; y pone por obra este ideal en el concreto entorno profesional, social y familiar de cada uno.

Si nos detuviéramos a explorar la vida de san Josemaría, veríamos que la presencia de la magnanimidad se percibe desde el momento en que comienza a presentir la llamada divina: Tenía yo catorce o quince años cuando comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor. Ese “algo grande” no era una empresa humana, era un gran amor que le conduciría a “hacerse pequeño” y a dejarse llevar por su Padre Dios sin miedo a ser instrumento de sus grandiosos designios de salvación.

Written by rsanzcarrera

septiembre 26, 2014 at 9:57 pm

4.4.2. Paciencia y serenidad (y mansedumbre)

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'77Paciencia

Una parte de la fortaleza es la paciencia para soportar la prueba, la dificultad, la tentación y las propias miserias. San Josemaría se hace eco de la tradición cuando describe esta virtud, a la vez que resalta algunos aspectos. Explica que la paciencia es necesaria en la lucha contra las propias miserias, para no moverse por la prisa de ver los resultados, porque se pierde entonces fácilmente la rectitud de intención, olvidando que, si se combate por amor a Dios, en cierto sentido se ha alcanzado ya la victoria, aunque los frutos no sean aún perceptibles. En relación con los defectos ajenos afirma que la paciencia nos impulsa a ser comprensivos con los demás, persuadidos de que las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo. Más en general y pensando en los ideales del apostolado, aconseja expresivamente: Fomenta tus santas impaciencias…, pero no me pierdas la paciencia.

«La caridad es paciente» (1 Co 13,4). Informada por la caridad, la paciencia permite hacer frente a las dificultades con la serenidad de los Apóstoles que se mostraban «gozosos porque habían sido dignos de sufrir a causa del Nombre [de Jesucristo» (Hch 5,41). En la vida cristiana es muy necesario ver las cosas con paciencia. No son como queremos, sino como vienen por providencia de Dios: hemos de recibirlas con alegría, sean como sean. Si vemos a Dios detrás de cada cosa, estaremos siempre contentos, siempre serenos. Y de ese modo manifestaremos que nuestra vida es contemplativa, sin perder nunca los nervios.

Serenidad

23.8.14. - 1Para que la paciencia no sea un resistir en tensión, necesita el complemento de la serenidad, virtud que domina la inquietud interior ante el prolongarse de las contrariedades, el exceso de trabajo o las preocupaciones de diverso género, y crea en el alma el clima adecuado para la contemplación. La serenidad es una de las virtudes humanas que aparecen con más frecuencia en la predicación de san Josemaría.

Serenos. Pero no con la serenidad del que compra la propia tranquilidad a costa de desinteresarse de sus hermanos o de la gran tarea, que a todos corresponde, de difundir sin tasa el bien por el mundo entero. Serenos porque siempre hay perdón, porque todo encuentra remedio, menos la muerte y, para los hijos de Dios, la muerte es vida.

Bastantes veces habla de la serenidad como de la virtud que pone coto a la precipitación y, sobre todo, a los impulsos de la ira.

En este sentido nos parece que, en sus obras, “serenidad” es el nombre que toma con frecuencia la clásica virtud de la mansedumbre. Lo que dice de una se puede aplicar a la otra.

DSC02161_HDR-Edit-2-Edit-Edit-Edit-2-EditMansedumbre

La mansedumbre del cristiano nace del amor y al amor se encamina. Por amor a Dios y a los demás es preciso dominar la ira y los enfados. Pero moderar no quiere decir siempre suprimir. No es manso el que no se enoja nunca, sino el que lo hace cuando lo reclama el amor a Dios, y en estos casos, la caridad necesita de la mansedumbre. El Señor se manifiesta como modelo de esta virtud: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), y da ejemplo de ella no sólo cuando sufre mansamente las afrentas de la Pasión «como cordero llevado al matadero» (Is 53,7), sino también cuando expulsa a los vendedores del templo (cfr. Jn 2,15-17), enseñando a airarse santamente ante el mal. La caridad precisa de esta virtud de modo particular para saber corregir oportunamente, sin perder la serenidad.

No reprendas cuando sientes la indignación por la falta cometida. –Espera al día siguiente, o más tiempo aún. –Y después, tranquilo y purificada la intención, no dejes de reprender. –Vas a conseguir más con una palabra afectuosa que con tres horas de pelea. –Modera tu genio.

La importancia de esta virtud para llevar a cabo la misión apostólica de santificar el mundo desde dentro, se desprende de las palabras del Señor: «Bienaventurados los mansos, porque poseerán la tierra» (Mt 5,5). Informar con espíritu cristiano todas las actividades humanas, “poseer la tierra” –herencia de los hijos de Dios (cfr. Sal 2,8)–, exige “poseerse a sí mismo” (cfr. Lc 21,19) por la mansedumbre y no perder la serenidad al topar con la oposición de quienes rechazan el reinado de Jesucristo. San Josemaría se refiere a este contraste en la homilía Cristo Rey, al comentar algunos versículos del Salmo 2: «Se han levantado los reyes de la tierra, y se han reunido los príncipes contra el Señor y contra su Cristo (…). A mí me ha dicho el Señor: tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy». La actitud del cristiano en esa situación está condensada en el epígrafe de esa parte de la homilía: Serenos, hijos de Dios.

– El Círculo del Odio y el Círculo del Amor

Written by rsanzcarrera

septiembre 26, 2014 at 9:43 pm

La flojera o desgana

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028.-Para hablar del vicio contrario a la virtud de la fortaleza (por defecto), san Josemaría toma pie en su predicación de lo que suele llamarse flojera. En el lenguaje coloquial viene a designar un estado interior de desgana aparentemente irresistible, que se aduce como pretexto para dejar incumplidos ciertos deberes. En varias ocasiones sale al paso de esas excusas. Fuera de los casos en los que la debilidad interior proviene de una falta de salud física o psíquica, hace ver que la “flojera” de espíritu es un defecto moral, un voluntario abatimiento ante las dificultades que deja sin ánimo para seguir a Cristo tomando la cruz de cada día. Para san Josemaría es un defecto que puede y debe afrontarse. En el siguiente punto de Surco se percibe el tono de su predicación al respecto:

(…) No debes extrañarte de que sobrevenga el cansancio o el tiempo de “marchar a contrapelo”, sin ningún consuelo espiritual ni humano. Mira lo que me escribían hace tiempo, y que recogí pensando en algunos que ingenuamente consideran que la gracia prescinde de la naturaleza: “Padre: desde hace unos días estoy con una pereza y una apatía tremendas, para cumplir el plan de vida; todo lo hago a la fuerza y con muy poco espíritu. Ruegue por mí para que pase pronto esta crisis, que me hace sufrir mucho pensando en que puede desviarme del camino”.

 –Me limité a contestar: ¿no sabías que el Amor exige sacrificio? Lee despacio las palabras del Maestro “quien no toma su Cruz «cotidie» –cada día, no es digno de Mí”. Y más adelante: “no os dejaré huérfanos…”. El Señor permite esa aridez tuya, que tan dura se te hace, para que le ames más, para que confíes sólo en Él, para que con la Cruz corredimas, para que le encuentres.

  • – y por qué no rezas tres avemarías por las noches… es que solo me se una Avemaría
  • – no podemos… otros levantan la losa… y dicen, bah! así, haciendo fuerza cualquiera!
  • – Ah! y por favor, me pone también medio Kilo de ganas para pintar

Ante el peligro de la “flojera”, o como se quiera llamar a esta tentación, la sola reciedumbre humana se demuestra insuficiente. Hace falta una fortaleza por amor a Dios, que se ajusta a la regla de la fe y recurre a la ayuda divina, sin confiar sólo en las propias cualidades y energías. «El Señor es mi fortaleza» (Sal 59,10). «Todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Flp 4,13; cfr. 2 Co 12,10). «Quia Tu es, Deus, fortitudo mea» (Sal 42,2), porque Tú, Dios mío, eres mi fortaleza, repetía a menudo san Josemaría.

Cuando el amor a Dios vivifica la fortaleza, se puede cumplir la voluntad divina “a contrapelo”, superando la falta de ganas o de entusiasmo sensible. Se vence entonces la resistencia interior a “complicarse la vida”, incluso hasta darla materialmente si fuera necesario (como en el caso del martirio). Pero no hay rigidez voluntarista, porque no se confía en las propias fuerzas. Se reconoce humildemente de que toda nuestra fortaleza es prestada, y se tiene el íntimo convencimiento de que junto al Señor también son gustosos el dolor, la abnegación, los sufrimientos. ¡Qué fortaleza, para un hijo de Dios, saberse tan cerca de su Padre! Por eso, suceda lo que suceda, estoy firme, seguro contigo, Señor y Padre mío, que eres la roca y la fortaleza.

San Josemaría enseña sobre todo a practicar la fortaleza cristiana en las cosas pequeñas de la vida ordinaria. Puede muy bien ser ejercicio de esta virtud cumplir un horario por amor a Dios, cuidar un detalle de orden material, evitar un capricho, dominar un enfado y rectificarlo, acabar un trabajo, no quejarse ante el cansancio… De este modo, con la ayuda de Dios, se va adquiriendo una firmeza de voluntad y una “reciedumbre” –término frecuente en su predicación–, que permiten seguir cada vez más ágilmente las exigencias de la caridad, en la santificación y en el apostolado.

Siempre está presente la invitación a mirar a Santa María para aprender a seguir a Cristo llevando diariamente la cruz:

Admira la reciedumbre de Santa María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano –no hay dolor como su dolor–, llena de fortaleza. –Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la Cruz.

Written by rsanzcarrera

septiembre 26, 2014 at 9:25 pm

Teología espiritual especial (la vida cristiana según san Josemaría Escrivá)

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san-josemaria-escriva-de-balaguerEsquema general

Este trabajo está basado en la obra de ERNST BURKHART – JAVIER LÓPEZ, titula: Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría (Estudio de teología espiritual).

Para san Josemaría, la filiación divina –o, más exactamente, el sentido de la filiación divina– es el “fundamento” de la existencia cristiana; y la santificación del trabajo profesional es el “eje” de la vida de un fiel llamado a santificarse en medio del mundo. Sobre ese “fundamento” y en torno a ese “eje”, la existencia cristiana se dirige hacia su meta o “fin”: la santidad, unión amorosa con Dios, inseparable del apostolado. Ahora nos interesa decir que estos tres elementos –el fundamento, el eje y el fin– nos han servido de pauta para la elaboración de nuestro esquema, llevándonos a agrupar conceptualmente los temas en tres Partes: una sobre el fin último, otra sobre el sujeto de la vida espiritual (en la que se habla principalmente de ese “fundamento” que es la filiación divina) y una tercera sobre el camino del cristiano (donde se trata del “eje”: la santificación del trabajo).

Esquema general detallado completo aquí.

– La Parte I trata, como hemos dicho, del fin último que ha de buscar el cristiano en todas sus acciones. La Sagrada Escritura lo define de varios modos. Leemos, por ejemplo, en la primera Carta a los Corintios: «Ya comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (10,31); y a los Colosenses se dice: «Todo cuanto hagáis de palabra o de obra, hacedlo todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él» (3,17).

  1. Apoyado en esos y otros pasajes de la Escritura, san Josemaría indica el fin último con tres expresiones concatenadas, que serán los temas de esta Parte primera. Ante todo el fin es “dar gloria a Dios” (capítulo 1º), o sea, conocerle y amarle cumpliendo su Voluntad con obras; lo que significa, en definitiva, convertir todas las tareas en oración, buscando la contemplación amorosa de Dios en la vida ordinaria.
  2. Mas para esto es preciso “querer que Cristo reine” (capítulo 2º), tanto en uno mismo como en los demás y en la sociedad; lo que se traduce en el afán de poner al Señor en la cumbre de todas las actividades humanas.
  3. Y como exigencia de la gloria de Dios y del reinado de Cristo, el cristiano ha de “edificar la Iglesia” (capítulo 3º) cooperando con el Espíritu Santo en la santificación personal y en el apostolado, ejerciendo su participación en el sacerdocio de Cristo, lo que se traduce en hacer de la Santa Misa el centro y la raíz de la vida interior, con la mediación materna de la Santísima Virgen que el cristiano ha recibido por Madre al pie de la Cruz.

– En la Parte II se estudia cómo ha de ser el sujeto de la vida espiritual: en qué consiste su perfección. Es como la otra cara del fin último, porque el cristiano alcanza su propia plenitud y felicidad –la recibe por la acción del Espíritu Santo– cuando busca la gloria de Dios, el reinado de Cristo, la edificación de la Iglesia. Hay un vínculo indisoluble entre santidad (participación en la vida divina) y perfección del cristiano; perfección que consiste en su transformación en “otro Cristo” o, más aún –como repite san Josemaría–, en “el mismo Cristo”. Bien anclado en la tradición de la Iglesia enseña, en efecto, que la perfección es la “identificación con Cristo”. No hay aquí ninguna confusión del cristiano con Cristo, sino una honda percepción del “misterio” de su unión con el Redentor.

  1. Y para que se pueda dar esa identificación progresiva, se ha de cultivar el “sentido de la filiación divina” (capítulo 4º): todo el espíritu de san Josemaría está empapado de esta sorprendente y gozosa realidad.
  2. De ahí nace su apasionada reivindicación de la “libertad de los hijos de Dios” (capítulo 5º),
  3. y su planteamiento de la caridad y de las demás “virtudes cristianas” (capítulo 6º) como virtudes de hijos de Dios que configuran con Cristo, perfectus Deus, perfectus homo.

– La Parte III trata del camino por el que el cristiano se dirige al fin último en la vida presente. Los tres capítulos de que se compone son, en cierto sentido, los más importantes, porque enfocan la puesta en práctica de todo lo anterior. De ese camino se estudian tres aspectos.

  1. Primero, el terreno en el que se mueve el cristiano: las mismas realidades temporales que le sirven de materia de santificación y que él transforma al santificarlas; hablaremos, por tanto, en primer lugar de la “santificación del trabajo y de las demás actividades temporales” (capítulo 7º).
  2. Después consideraremos que, a causa del pecado, recorrer ese camino cuesta esfuerzo; en la vida presente, el amor a Dios –esencia de la santidad– requiere siempre lucha contra la inclinación al mal que anida en el corazón del hombre y contra las tentaciones que sobrevienen desde fuera: hablaremos, pues, de la “lucha por la santidad” (capítulo 8º), que es un combate por amor, sostenido por el Espíritu Santo.
  3. Por último expondremos “los medios de santificación y apostolado” (capítulo 9º) de los que dispone el cristiano para recorrer su camino: la participación en los sacramentos, la oración mental y vocal, y la formación cristiana por diversos cauces, en particular el de la dirección espiritual.

Terminamos con un EPILOGO sobre la “unidad de vida”. No se trata de un aspecto más, sino de un concepto clave en san Josemaría que recapitula toda su enseñanza, porque resume la “unidad de fin” y la “unidad interior del cristiano” que se realizan en el camino de santificación.

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