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¿Es razonable el acto de fe?

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1 ¿Es razonable el acto de fe?

Vivimos en tiempos de escepticismo e incredulidad, y paradójicamente también en una época en la que se suele tener al mismo tiempo una fe ciega y credulidad ingenua a las cuestiones más irracionales. La misma gente que no quiere creer en Dios o en sus planes salvíficos, es la que suele dar un crédito irracional a cuestiones esotéricas o astrológicas, cayendo en ridículas supersticiones, inquietándose porque les ha caído la “pava” o el mal de ojo, o porque alguien le ha hecho una “maldad” que conlleva a que nada le salga bien. Son los mismos que andan buscando oráculos misteriosos que presagien el futuro, y que les prometan prosperidad material a ellos o ruina y fracaso para sus enemigos.

Ante este contradictorio panorama, uno se pregunta si es razonable creer, o si bien creer sería un acto irracional y ciego. En este contexto, nos podríamos preguntar si la fe debe ser necesariamente ciega, de modo análogo a como se dice que el amor es ciego. (Cfr, lo que dice Lumem fidei sobre esto: poner eso) fe y verdad – fe y amor

(…)

El acto de fe es conforme al modo humano de afrontar la realidad, y por tanto pertenece al modo de pensar humano. De hecho, dicen los científicos que más del 90 % de las cosas que decimos que sabemos, son creencias. ¿Quién puede decir que tiene evidencia de que nació en el lugar donde dicen que nació, de que sus padres son los que dicen que son, de que un hecho histórico de hace más de 200 años fue tal cual como lo cuentan algunas fuentes? Todas estas cosas son creencias, aunque haya motivos de credibilidad más que suficientes para creer en ello. Son creencias porque no se tiene evidencia empírica de ellos, y sin embargo uno afirma sin titubear que nació en tal lugar, que sus padres son fulanito y menganita, o que Cristóbal Colón llegó a América en 1492. Quien afirma estas cosas no tiene por qué tener evidencia empírica de lo que afirma, pero no duda de que esas cosas sean verdaderas.

Para poder vivir como humanos necesitamos creer. En efecto, desde que nos levantamos hasta que nos vamos a la cama, hacemos tal cantidad de actos de fe, que si no fuera por ellos la vida sería imposible. Creemos la veracidad de lo que nos dicen las noticias que escuchamos en nuestra emisora, página web o diario preferido; creemos que el desayuno que nos dieron en la panadería o en la arepera no está envenenado; creemos que el autobús en que nos montamos nos llevará al destino que dice llevarnos; creemos que la persona con quien hablamos por teléfono es ella efectivamente, y no un impostor con una voz parecida; creemos que los billetes que nos dieron en el banco son verdaderos y no falsos, y podríamos seguir con un largo etcétera. Podría incluso pasar que en alguna de estas cosas fuéramos engañados, pero no deja de ser por ello más razonable creer. Si no creyéramos a nadie lo que nos dice, y si a todas las cosas les exigiéramos una evidencia experiencial de su certeza o veracidad, nos tomarían por locos y nos enviarían a un manicomio. Esto es así porque es muy razonable y muy sano creer, a no ser que tuviéramos una razón suficientemente fuerte para no creer algo. De modo que en la mayoría de las cuestiones de la vida cotidiana, las cosas son verdaderas a menos que se demuestre lo contrario. Y son verdaderas, o las consideramos verdaderas, por una creencia, porque las cosas de las cuales tenemos una evidencia directa e irrefutable son, como hemos asomado, muy pocas, menos del 10 % de las cosas que decimos que sabemos. Así pues, la mente humana está hecha para creer. Aristóteles afirma de modo lapidario que “quien quiera saber, ha de creer[1], indicando así que si nos negamos a creer en todo, nunca sabremos nada. La inteligencia humana se acostumbra a creer, porque lo más razonable y lógico es creer.

¿Esto quiere decir que la mente humana tiende a creer sin más en cualquier cosa, por inverosímil que sea?

No. Quiere decir que la mente humana tiende a creer justamente en lo más verosímil, y que cuando alguien nos anuncia algo que no parece lógico, la tendencia es a no creer, o bien a creer que eso no es verdad. Por ejemplo, si alguien nos dijera que afuera de nuestra casa hay una nave espacial con unos marcianos, seguramente nos negaríamos de plano a creer, mientras no hayamos visto eso. Y seguimos entonces con la creencia. La creencia es incluso constitutiva de las personas que se dicen incrédulas, porque no creen en algo o en alguien tan fácilmente. Pero aún en este caso se trata de creencias. El que dice que no cree en la existencia de Dios, es porque a fin de cuentas cree que Dios no existe, aunque esto no lo pueda demostrar. El que dice que no cree en los políticos, es porque en definitiva cree que los políticos son falsos o mienten sistemáticamente por el sólo hecho de ser políticos. El que dice que no cree en espíritus o apariciones, es porque cree que las apariciones o los espíritus no son reales.

Pues bien, a la mente humana le es muy difícil salir de la creencia. Podríamos afirmar que la mente humana está “programada” para creer. De hecho, las creencias facilitan enormemente la vida, y permiten al ser humano arriesgarse inventando, porque cree que con el nuevo sistema inventado, las cosas van a funcionar mejor. En el ámbito humano, nos parece mucho más razonable y mucho más simpática una persona que confía en los demás, que una persona desconfiada y recelosa, que duda de todo y pone todo lo que le dicen en tela de juicio. Una persona que sistemáticamente se niega a creer lo que le dicen o lo que ve en las noticias, está más cercana a la paranoia que al sano equilibrio mental. Es más agradable alguien que me cree, que alguien que sistemáticamente se resiste a creerme cualquier cosa.

Pero en honor al equilibrio mental, también tendremos que decir que no es lógico creer en cualquier cosa, y mucho menos creer en cosas que lo más probable es que sean falsas, o que no tienen ninguna razón de ser. Es cuando entramos en el campo de la patología de la credulidad ingenua –por no decir estúpida– de quien cree en cualquier ridiculez irracional, aún cuando no haya ningún motivo para creer eso, sino más bien motivos para no creer.

En definitiva, creer es un acto racional, y una necesidad del modo de pensar humano. Pero creer en cualquier cosa, o creer en cosas inverosímiles o contradictorias, es entonces algo irracional, porque traspasa los límites de la lógica y de lo razonable.

Para diferenciar una creencia razonable de una que no lo es, pongamos un ejemplo. Si nos conseguimos en una isla desierta una computadora de última generación, podríamos tener dos opciones para buscar el origen de ese aparato electrónico: o que alguien inteligente la diseñó y la construyó y de alguna manera la dejó en ese lugar, o bien que se fue formando con el paso de millones de años por la combinación azarosa de los elementos de ese lugar. Es decir: podemos creer que alguien hizo esa computadora y la puso allí, o bien que ese aparato es producto del mero azar. ¿Cuál creencia será más razonable? El sentido común nos dice que lo más razonable es creer que alguien inteligente la diseñó y la construyó. Y el que cree que es producto de la casualidad, y que esa computadora estuvo formándose por ensayo y error, a través de la combinación al azar de varios elementos durante millones de años, le tendremos que decir que en honor del sentido común, su creencia no parece la más lógica. Tendremos por fuerza que recurrir a la creencia, porque ninguno de los que vio esa computadora allí depositada fue testigo de su origen, pero hay una creencia más lógica que otra.

Podríamos poner otro ejemplo similar, más cercano a la ciencia contemporánea. ¿Qué es más razonable, pensar que el universo, y la vida presente en él, se formó al azar por la combinación casual de los elementos a lo largo de millones de años, o bien que un ser inteligente lo diseñó y lo fue “construyendo” poco a poco siguiendo unos planes muy bien pensados? Parece que la última es la opción más racional, porque el azar y la casualidad no suelen dar lugar a sistemas ordenados, sino que suelen producir caos y más caos. Pero en cambio, es evidente que el universo es un cosmos, porque posee un orden singular, que reclama la existencia de un ordenador y un diseñador inteligente. Por tanto, es más lógico creer que el universo lo diseñó y lo creó un ser inteligente, que pensar que fue fruto de un azar caótico. Aunque nos movamos en el campo de la creencia, una creencia es más razonable que la otra.

Así pues, a la pregunta, ¿es razonable creer en cualquier cosa? Tenemos que responder que no. Es razonable creer en algo razonable, creer en algo que, aunque no entendamos, tiene más razones para ser creído que para no ser creído.


[1] Aristóteles, Sobre el elenco de los sofistas, 2, 2.

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Written by rsanzcarrera

agosto 5, 2013 a 11:49 pm

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